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Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 7. De la "Virilidad Espiritual"

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 7. De la "Virilidad Espiritual"

Biblioteca Julius Evola.- La virilidad espiritual está íntimanete asociada a las civilizaciones de carácter solar que practican cultos masculinos y viriles, frente a los cultos telúricos y ginecocráticos propios de las civilizaciones del Sur. Referida al tipo de culto, la "virilidad espiritual" se manifiesta en las costumbres de las naciones y en sus tradiciones. Esta distinción será esencial para comprender más adelante la diferenciación que establece Evola entre los dos modelos de civilizaciones: la "civilización de la Madre" y la "civilización Olímpica".

 

7.

DE LA "VIRILIDAD ESPIRITUAL"

Hemos hablado hasta aquí de lo sagrado, los dioses, el  sacerdocio, el culto... interesa subrayar que estas expresiones  al estar referidas a los orígenes, no tienen más que una relación  lejana con las categorías propias al mundo de la "religión" en el  sentido que ha tomado esta palabra desde hace tiempo. En la  acepción corriente, la religión reposa sobre la noción de  divinidades concebidas como entidades en sí, cuando no sobre la  noción de un Dios que, en tanto que ser personal, rige  providencialmente el universo. El culto se define entonces  esencialmente como una disposición afectiva, como la relación  sentimental y devocional que une el "creyente" a este ser o a  estos seres, en quienes una ley moral juega, a su vez, un papel  fundamental.

Sería vano buscar algo parecido en las formas originales del  mundo de la Tradición. Se conocen civilizaciones que no tuvieron,  en su principio, ni nombres, ni imágenes para los dioses: fue,  entre otros, el caso de los pelasgos. Los romanos mismos, durante  dos siglos, no representaron tampoco a sus divinidades: como  máximo los representaban con ayuda de un objeto simbólico. No es  ni siquiera  "animismo" ‑es decir, la representación general de  lo divino y de las fuerzas del universo teniendo como base la  idea del alma‑ lo que corresponde al estadio original, sino que  es, por el contrario, la idea o la percepción de puros poderes([1])  cuya concepción romana del numen es, aun una vez, una de las  expresiones más apropiadas. El numen, a diferencia del deus (tal  como este fue concebido luego), no es un ser o una persona, sino  una fuerza desnuda, que se define por su facultad de producir  efectos, actuar, manifestarse ‑y el sentido de la presencia real  de estos poderes, de estos numina, como algo trascendente e  inmanente, maravilloso y temible a la vez, constituía la  sustancia de la experiencia original de lo "sagrado"([2]). Una  frase bien conocida de Servius([3]) evidencia el hecho de que en  el origen "religión" no era otra cosa que experiencia. Y si los  puntos de vista más condicionados no eran excluidos en el  exoterismo, es decir, en las formas tradicionales destinadas al  pueblo, según la enseñanza correspondiente a las "doctrinas  internas", las formas personales más o menos objetivas de  divinidades no eran más que símbolos de los modos  suprarracionales y suprahumanos del ser. Tal como hemos dicho, lo  que constituía el centro del mundo de la Tradición era, sea la  presencia inmanente, real y viviente, de estos estados en el seno  de una élite, sea la aspiración a realizarlas gracias a lo que se  llama en el Tibet, y de una manera expresiva, la "vía directa"([4]) la que corresponde, en el conjunto, a la iniciación, en tanto  que cambio ontológica de naturaleza. Se encuentra en los  Upanishads esta frase que podría servir bien de consigna a la  doctrina interna tradicional: "Aquel que venera una divinidad  diversa del Yo espiritual (atmâ) y que dice: "Ella es diferente a  mí, y yo soy diferente que ella", no es un sabio sino tan solo  un animal útil a los dioses"([5]).

Sobre el plano más exterior, existía el rito. Pero apenas se  encontraba nada de "religioso" en él y, en aquel que lo  celebraba, bien poco del pathos devoto. Se trataba antes de una  "técnica divina", es decir de una acción determinante ejercida  sobre fuerzas invisibles y estados interiores, técnica parecida,  en su espíritu, a la que se ha elaborado en nuestros días para  actuar sobre las fuerzas físicas y los estados de la materia. El  sacerdote era simplemente aquel que, gracias a su cualificación y  a la "virtud" inherente a esta, era capaz de volver esta técnica  eficaz. La "religión" correspondía a los indigitamenta del mundo  romano antiguo, es decir al conjunto de fórmulas que convenía  emplear alternativamente respecto a los diversos numina. Es pues  comprensible que oraciones, miedo, esperanza y otros  sentimientos, frente a lo que tiene carácter de numen, es decir  de poder, tenían tan poco sentido como para un un moderno todo  esto puede tener en relación con la producción, por ejemplo, de  un fenómeno mecánico. Se trataba, por el contrario ‑sobre el  plano ténico‑ de conocer relaciones tales, que una vez creada,  una causa, por medio del rito correctamente ejecutado, sucede  un efecto necesario y constante en el orden de los "poderes" y,  en general, sobre el plano de las diferentes fuerzas invisibles y  de los diversos estados del ser. La ley de la acción tiene pues  la primacía. Pero la ley de la acción es también la de la  libertad: ningún lazo  se impone espiritualmente a los seres.  Estos no tienen nada que esperar, ni nada que temer; tienen que  actuar.

Así, según la más antigua visión indo‑aria del mundo, se  entronizaba, en la cúspide de la jerarquía, la raza brâhmana  constituida por naturalezas superiores, dueñas, a través de la  fuerza del rito, del brahaman entendido aquí como la fuerza‑vida  primordial. En cuando a los "dioses", cuando no son  personificaciones de la acción ritual, es decir, de los seres  actualizados o renovados por esta acción, son fuerzas  espirituales que se inclinan ante ella([6]). El tipo de hombre  que, según la tradición extremo‑oriental, posee la autoridad, es  asimilada a las inteligencias celestes. Constituye incluso "un  tercer poder entre el Cielo y la Tierra". "Sus facultades son  amplias y extensas como el Cielo; la fuente secreta de la que  deriva es profunda como el abismo". "Sus facultades, sus  poderosas virtudes, son iguales a las del cielo"([7]). En el  antiguo Egipto, incluso los "grandes dioses" podían ser  amenazados por la destrucción por los sacerdotes que se  encontraban en posesión de las fórmulas sagradas([8]). Kamutef, que significa "toro de su madre", es decir aquel que, en tanto que macho, posee la sustancia original, es uno de los títulos del  rey egipcio. Desde otro punto de vista, es, como hemos dicho, el  que da a los diversos dioses el "don de la vida", el hijo que  "regenera al padre" y que, por esto, en relación a lo divino, es  más que lo condicionado, es condicionante. Así lo atestigua,  entre otras, esta fórmula pronunciada por los reyes egipcios  durante los ritos: "O dioses, estais salvados si yo lo estoy;  vuestros dobles están salvados si mi doble está salvado a la  cabeza de todos los dobles vivientes; todos viven si yo vivo"([9]). Fórmulas de gloria, potencia e identificación absoluta son pronunciadas por el alma "osirificada" en el curso de sus  pruebas, que se pueden por otra parte asimilar a los grados  mismos de la iniciación solar([10]). Son las mismas tradiciones  quienes prosiguen cuando la literatura alejandrina habla de una  "raza santa de reyes‑santos", "autónoma e inmaterial", que "opera  sin sufrir la acción"([11]); y es a esta raza que se refiere una  "ciencia sagrada de siglos antiguos", propia a los "Señores del  espíritu y del templo", que no está carente de relación con los  ritos de la realeza faraónica y que debía precisamente tomar más  tarde, en Occidente, el nombre de Ars Regia([12]).

En las más altas formas de la luminosa espiritualidad aria, tanto  en Grecia como en la Roma antigua y en Extremo‑Oriente, la  doctrina era inexistente o casi inexistente: solo los ritos eran  obligatorios y no podían ser olvidados. A través de ellos y no  por los dogmas, se definía la ortodoxia: por prácticas más que  por ideas. No era el hecho de no "creer", sino el olvido de los  ritos, lo que constituía sacrilegium e impiedad. No  se trata aquí de un "formalismo" ‑como lo desearía la  incomprensión de los historiadores modernos más o menos  influenciados por la mentalidad protestante‑ sino, por el  contrario, de la ley desnuda de la acción espiritual. En el  ritual aqueo‑dórico, ninguna relación de sentimientos sino como  do ut des([13]). No era "religiosamente" como eran tratados los  dioses del culto funerario: no amaban a los hombres y los hombres  no los amaban. Se quería solo, gracias al culto, apropiarse de  ellos e impedir que se entregasen a una acción funesta. La  expiatio misma tuvo, originalmente, el carácter de una operación  objetiva, comparable al tratamiento médico de una infección, sin  nada que se asemejara a un castigo o a un arrepentimiento del  alma([14]). Las fórmulas que todas las familias patricias, como  todas las ciudades antiguas, poseían en propiedad, en el marco de  sus relaciones con las fuerzas del destino, eran aquellas cuyos  antepasados divinos se habían servido y a los cuales los  "poderes", los numina habían cedido; no eran pues más que la  herencia de una dominación mística; no una efusión de  sentimientos sino un arma sobrenatural eficaz, pero siempre a  condición (que vale para toda técnica pura) que nada fuera  cambiado en el rito, pues hubiera perdido entonces su eficacia y  los poderes se habían encontrado libres de sus lazos([15]).

Por todas partes donde el principio tradicional recibió una  aplicación completa, nos encontramos  en presencia de   diferenciacioes jerárquicas de una virilidad trascendente cuya  mejor expresión simbólica es la síntesis de dos atributos del  patriciado romano, la lanza y el rito. Se encuentran seres que  son reges sacrorum y, libres en sí mismos, a menudo consagrados  por la inmortalidad olímpica, presentan, en relación a las  fuerzas invisibles y divinas, el mismo carácter de centralidad y  jugando el mismo papel que los jefes en relación a los hombres, a  quienes guían y mandan en razón de su superioridad. Para llegar,  hablando de estas cumbres, a todo lo que es "religión" e incluso  sacerdocio, en el sentido corriente y moderno de estos términos, la ruta es larga y es sobre la pendiente de la degeneración que  es preciso recorrerla.

En relación al mundo concebido en términos de "poderes" y de  numina, el mundo del "animismo" marca ya una atenuación, una  caida. Esta se acentuará cuando del mundo de las "almas", las  cosas y los elementos, se pasará al de los dioses concebidos como  personas, en un sentido objetivo y no como alusiones  representativas de estados, fuerzas y posibilidades no humanas.  Cuando la eficacia del rito declina, el hombre tuvo en efecto  tendencia a prestar una individualidad mitológica a estas  fuerzas, que tenía primero rasgos según simples relaciones de  técnica o que había concebido como máximo en términos de  símbolos. Más tarde los concibió según su propia imagen, ya  limitadora de las posibilidades humanas mismas; vió a seres  personales más potentes hacia los cuales debería ahora volverse  con humildad, fe, esperanza y temor, en vistas de obtener, no  solo una protección o un éxito, sino también la liberación y la  "salvación". El mundo suprarreal sustanciado de acción pura y  clara, fue sustituido por un mundo confuso y subreal de emociones  e imaginaciones, esperanzas y terrores, que se convirtió de día  en día en cada más unánime y "humano", según las fases  sucesivas de una involución general, y de alteración de la  tradición pimordial.

Podemos ahora constatar que no es sino durante esta decadencia  que se volvió posible distinguir e incluso oponer, función real y  función sacerdotal. De hecho, incluso cuando domina una casta  sacerdotal, sin alejarse sin embargo del puro espíritu  tradicional, ésta, como fue el caso de la India más antigua, tuvo  un carácter mucho más "mágico" y real, que religioso, en el  sentido usual de este término.

En cuando a lo "mágico", es, sin embargo, bueno señalar que no se  trata aquí de lo que, hoy, un gran número de personas piensa del  término "magia", tras los prejuicios o falsificaciones, ni el  significado que toma este término, cuando se refiere a una  ciencia experimental sui generis de la antigüedad([16]). La magia  designa, por el contrario, aquí, una aptitud especial frente a la realidad espiritual, una actitud de "centralidad" que, como se ha visto, posee relaciones estrechas con la tradición y la  iniciación real.

En segundo lugar, es absurdo establecer una relación entre la  actitud mágica, el rito puro, la percepción impersonal, directa,  "numinosa" de lo divino, y las formas de vida de los salvajes aun  ignorantes de la "Verdadera religiosidad". Tal como ya hemos  dicho, los salvajes, en la mayor parte de los casos, deben ser considerados, no como representantes de estados infantiles y pre‑  civilizados de la humanidad, sino como formas residuales  extremadamente degeneradas de razas y civilizaciones muy  antiguas. Es por ello que el hecho, según el cual ciertas  concepciones se reencontraban, entre los salvajes, bajo formas  materializadas, tenebrosas y embrujadoras, no debe impedir  reconocer el significado y la importancia que tienen, desde que  son reconducidas a sus verdaderos orígenes. Así mismo, la "magia"  no puede ser entendida sobre la base de estos miserables residuos  degenerados, sino, por el contrario, sobre las formas, en que se  mantiene de manera activa, luminosa y consciente: formas que  coinciden precisamente con lo que llamamos la virilidad  espiritual del mundo de la Tradición. No tener la menor idea de  todo esto es una de las características entre otras, de algunos  modernos "historiadores de la religión", naturalmente muy  admirados. Las adulteraciones y las condenas que se encuentran en sus obras tan abundamentemente documentadas, figuran entre las más dignas de desprecio.



([1])Cf. G.F. MOORE, Origin and growth of religion, London, 1921.

([2])Cf.MACCHIORO, Roma Cata, pag. 20; J. MARQUARDT, Le cute chez  les Romains, trad., París, 1884, v. I, pags. 9‑11; L. PRELLER,  Römische Mythologie, Barlín, 1858, pag. 8, 51‑52. Como se sabe R.  OTTO (Das Heilige, Gotha, 1930) ha empleado la palabra "numinoso"  (de numen) para designar precisamente el fondo esencial de la  experiencia de lo sagrado.

([3])SERVIUS, (Ad Georg., III, 456): "Majores enim exugnando  religionem totum in experientia collocabunt.

([4])A. DAVID‑NEEL, Mystiques et magiciens du Tibet, París, 1929,  pag. 245, sigs.

([5])Bnhadâranvaka‑upanishad, I, iv, 10.

([6])Cf. OLDENBERG, Vorwissenschaftliche Wissenschaft, Leipzig,  1918; BOUGLE(Reg. Cast., op. cit., pag. 251, 76), muestra que,  en la tradición hindú, "el acto religioso por excelencia parece  concebido sobre el tipo de un proceso mágico, es una especie de  operación mecánica, que, sin la menor intervención moral, coloca  los bienes y los males entre las manos del operador", de forma  que el brâhamana se impone, no indirectamente, como el  representante de otro, sino por su misma personalidad.

([7])Tshung‑yung, XXIV, I; XXIII, I; XXXI, I, 3‑4.

([8])Cf. De Mysteriis, VI, 7; PORFIRIO (Epist. Aneb., XXIX) no  deja de señalar el contraste que existe entre esta actitud  respecto a lo divino y a la adoración religiosa timorata,  presente ya en algunos aspectos del culto greco‑romano.

([9])MORET, Royaut. Phar., pag. 232‑233. Por ello es comprensible que uno de los primeros egiptólogos haya sido llevado, desde el punto de vista de la religiosidad devocional, a reconocer en los rasgos de la realeza faraónica los del Anticristo o del princeps hujus mundi (J.A. de GOULIANOF, Archéologie égyptienne, Leipzig, 1839, v. II, pag. 452 y sigs.

([10])Cf. E.A. WALLIS BUDGE, The Boock of the Dead, Papyrus of  Ani, Londres, 1895, c. XVII, 3: "Soy el poderoso que crea su propia luz"; XXVII, 5: "Yo, Osiris, victorioso en la paz y  triunfante en el bello Amenti y sobre la montaña de la paz"; XLIV, 2‑3, 6: "Me he escondido con vosotros, estrellas sin declive... mi corazón está sobre su trono; pronuncio palabras y sé; en verdad, soy Ra mismo... Soy el primogénito y veo tus misterios. Estoy coronado rey de los dioses y no moriré de la segunda muerte en el otro mundo"; LXXVII, 4: "Pueden los dioses del otro mundo tener miedo de mì; que ante mi se escondan en sus residencias"; CXXXIV, 21: "Soy un espléndido vestido de poder, más poderoso que no importa quien de los seres resplandecientes".

([11])Cf. HIPOLITO, Philos., I, 8; M. BERTHELOT, Coll. des anc.  alchymistes grecs, París, 1887, v. II, pag. 218. Este "operar sin  sufrir la acción, corresponde manifiestamente al "actuar sin actuar" ya mencionado que, según la tradición extremo‑oriental, es el modo de la "virtud del Cielo" de la misma forma que los "sin‑rey" corresponden a los que LAO‑TSE (Tao‑té‑king, XV) llama "individuos autónomos" y "señores del yo", los "hombres de la ley  primordial" iranios.

([12])Cf. J. EVOLA, La Tradición Hermética, Ed. Martínez Roca,  Barcelona, 1975, passim. Los títulos de filiación en los reyes ‑ "Hijos del sol", "hijos del cielo", etc. no están en  contradicción con estos puntos de vista, en tanto que no se trata de concepciones dualistas y "creacionistas" sino de un descenso que es la continuidad de una "influencia", espíritu o emanación única: es ‑como observa C. AGRIPPA (De Occulta Philos. III, 36), "la generación un'voca donde el hijo es parecido al padre en todos sus aspectos y donde el engendrado según la especie es el mismo que el engendrador".

([13])Cf. J. E. HARRISON, Prolegomena to the study of the Greek  Religion, Cambridge, 103, passim y pag. 162.

([14])F. CUMONT, Les religions orient. dans le paganisme romain,  París, 1906.

([15])Cf. CICERON, De Harusp. resp., XI, 23; ARNOBE, IV, 31;  Fuestel de COULANGES, op. cit., pag. 195.

([16])Es únicamente a esta ciencia inferior que René GUENON  reserva el término "magia" (Aperçus sur l'initiation, París, 1945, c. II, XX, XXII), a pesar del sentido superior, más amplio, que la palabra guarda en Occidente hasta el inicio de a edad moderna (se puede citar, a título de ejemplo, Campanella, Agrippa, Della Riviera, Paracelso).

 

 

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