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Biblioteca Evoliana

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 4. La Ley, el Estado, el Imperio

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 4. La Ley, el Estado, el Imperio

Biblioteca Julius Evola.- Evola aborda ahora, los fundamentos de una verdadera teoría del Estado, desde el punto de vista tradicional. La ley, para ser asumible, no puede ser emanada por el "demos", sino que debe estar anclada en lo "alto", esto es en principios metafísicos y prmulgada por quien los ha realizado en sí mismo. El Estado no es la estructura organizativa de la Nación, sino la encarnación del Orden, y la "nación" no tiene valor, mientras que es la noción de Impero la que se sitúa en el centro de esta doctrina del Estado.

 

4.

LA LEY, EL ESTADO, EL IMPERIO.

 

El sentido que tenían la Ley y el Estado para el hombre de la  Tradición se relaciona estrechamente con las ideas que acaban de  ser expuestas.

 

De forma general, la noción tradicional de ley presupone un  realismo trascendente. En sus formulaciones arias, en particular,  el concepto de ley está en estrecha relacion con los de verdad,  realidad y estabilidad inherentes a "lo que es". En los Vedas el  término rta tiene frecuentemente el mismo sentido que dharma y  designa no solo lo que es orden en el mundo, el orden como orden sino también, sobre un plano superior, la verdad,  el derecho, la realidad, allí donde su contrario, anrta designa  lo falso, lo malo, lo irreal([1]). El mundo de la ley y, en  consecuencia, del Estado, fue pues considerado como el mundo de  la verdad y de la realidad en el sentido eminente, es decir  metafísico.

 

En consecuencia, habría sido completamente inconcebible, e  incluso absurdo, para el hombre tradicional, hablar de leyes y  exigir que se las observara cuando eran de origen puramente  humano, individual o colectivo. Toda ley, para poder contar  objetivamente como tal debía tener un carácter "sagrado": pero  unas vez reconocido este carácter, su origen se encontraba  relacionado con una tradición no humana, su autoridad era  absoluta, la ley representaba algo infalible, inflexible e  inmutable, no admitía discusión; y toda infracción ofrecía menos  el carácter de un delito contra la sociedad, que el de una  impiedad ‑           ‑ un acto que comprometía incluso el destino  espiritual del culpable y de aquellos con quienes se encontraba  socialmente relacionado. Es asi que, hasta en la civilización  medieval, la rebelión contra la autoridad y la ley imperial fue  asimilada a la herejía religiosa y los rebeldes fueron  considerados, no menos que los heréticos, como enemigos de su  propia naturaleza, en tanto que contradecían la ley de su esencia([2]). Para designar a quienes rompen la ley de la casta, en el sentido que trataremos más adelante, la India aria utilizaba la expresión patita, es decir: los caidos, aquellos que han caido. La utilidad de la ley en el sentido moderno, es decir en tanto que utilidad material colectiva, no fue nunca el verdadero criterio: no es que este aspecto no haya sido considerado, sino que era juzgado accesorio y considerado como la consecuencia de toda ley, en la medida en que esta era una ley auténtica. Por lo demás, hay utilidad y utilidad, y la noción de útil que sirve, materialmente, de último criterio para el hombre moderno, correspondía tradicionalmente a un medio que debía justificar la consecución de un fin más elevado. Pero para ser útil en este sentido, era preciso, repitámoslo, que la ley se presentase de otra forma que como una simple creación modificable de la voluntad de los hombres. Una vez establecida su autoridad "de lo alto", su utilidad y su eficacia eran ciertas, incluso en los casos en los que la experiencia, bajo su aspecto más grosero e inmediato, no confirmaba e incluso, en algunos aspectos,  desmentía esta utilidad y esta eficacia, pues "las mallas de la  Vía del Cielo son complejas e inaprensibles". Es así como, en el  mundo tradicional, el sistema de las leyes y ritos fue siempre  referido a legisladores divinos o a mediadores de lo divino, en  los cuales se pudo ver, bajo formas variadas, condicionadas por  la diversidad geográfica y étnica, como manifestaciones del  "Señor del centro" en la función, anteriormente examinada de "rey  de justicia". Igualmente cuando, más tarde, el principio del voto  fue admitido, la tradición subsiste en parte, por el hecho que  amenudo, la decisión del pueblo no era juzgada suficiente, y se  subordinaba la validez de las leyes a la aprobación de los  pontífices y a la seguridad, dada por los augures, que los dioses  eran favorables([3]).

 

Igualmente, las leyes y las instituciones, venían de lo alto y,  en el marco de todos los tipos verdaderamente tradicionales de  civilización, eran orientadas hacia lo alto. Una organización  politica, económica y social integralmente creada solo para la  vida temporal es algo exclusivamente propio del mundo moderno, es decir del mundo de la antitradición. Tradicionalmente, el Estado tenía, por el contrario, un significado y una finalidad que eran, en cierta manera, trascendentes y no inferiores a las que la Iglesia católica reivindicó para sí misma en Occidente: era una aparición  del "supramundo" y una vía hacia el "supramundo". La expresión misma de "Estado", status, derivado de permanecer, si, empíricamente, deriva quizás de la forma tomada  por la vida social de los pueblos nómadas, cuando fijaron su residencia, puede sin embargo relacionarse también con el  significado superior, propio a un orden tendente a participar  jerárquicamente en la "estabilidad" espiritual, por oposición al  carácter contingente, cambiante, inestable, caótico y  particularista propio de la existencia natural([4]); así pues en  el orden representa un reflejo eficaz del mundo del ser en el del devenir, hasta el punto de transformar en realidad las palabras ya citadas de la consagración real védica: "Firme es todo este mundo de los vivientes y firme es también este rey de los hombres". Por tal vía, se aplicaron frecuentemente a Imperios  y Estados tradicionales los símbolos de "centralidad" y  "polaridad", que hemos visto unirse con el arquetipo de la  realeza.

 

Asi el antiguo Estado chino fue denominado "Imperio Medio", el  "lugar" al que se refieren los más antiguos textos nórdicos toma  el nombre de Mitgard, con el mismo sentido de sede central, de  centro del mundo; la capital del Imperio solar de los Incas,  llamado Cuzco, parece haber significado el "ombligo" (en el  sentido de centro) de la tierra, y se reencuentra esta misma  designación simbólica aplicada a Delfos, centro de la  civilización doria y a la misteriosa Ogigia homérica. Se podría  fácilmente encontrar en otras tradiciones ejemplos  análogos, para hacer comprender el sentido antiguo de los  Estados y las organizaciones tradicionales. En general, y ya en  la prehistoria, el simbolismo de las "piedras sagradas" se  refiere al mismo orden de ideas; la interpretación fetichista del  culto a las piedras no es más que una fantasía de los  investigadores modernos. El omphalos, la piedra sagrada, no es  una representación ingenua de la forma del mundo([5]); su sentido  de "ombligo", en griego, se refiere en general ‑como se ha dicho‑  a la idea de "centro", de "punto de estabilidad", en relación  también con lo que se puede llamar la geografía sagrada:  ritualmente, la "piedra sagrada" aparecía a menudo, en efecto, en  lugares elegidos ‑no al azar‑ como centros tradicionales de un  ciclo histórico o de un pueblo dado([6]), sobre todo con el  sentido de "fundamento de lo alto" cuando, como frecuentemente  ocurrió, la piedra es "del cielo", es decir un aerolito. Se puede  mencionar a este respecto el lapis niger de la antigua tradición  romana y the stone of the destiny, la piedra fatídica, igualmente  negra, de las tradiciones céltico‑británicas, importante por la  virtud que le era atribuida para indicar a los reyes legítimos([7]). A este orden de ideas se refiere el hecho que en Wolfram von Eschenbach el Graal, en tanto que misteriosa "piedra divina", posee igualmente el poder de señalar a quien es digno de revestir la dignidad real([8]). De aquí, enfin, el sentido  evidente del simbolismo de la prueba consistente en extraer una  espada de la piedra (Teseo para Hélade, Sohrab para Persia, el  rey Arturo para la antigua Bretaña, etc...).

 

La doctrina de las dos naturalezas ‑fundamento de la visión  tradicional de la vida‑ se refleja en las relaciones que, según  la tradición, existen entre el Estado y el  pueblo (demos). La  idea que el Estado extrae su origen del demos y encuentra en él  el principio de su legitimidad y de su consistencia, es una  perversión ideológica típica del mundo moderno, que atestigua  esencialmente una regresión. Con ella se vuelve a concepciones  que fueron propias de formas sociales naturalistas, desprovistas  de una consagración espiritual. Una vez tomada esta dirección,  era inevitable que se descendiera cada vez más bajo, hasta el  mundo colectivista de las masas y de la democracia absoluta; es  preciso ver en este proceso el efecto de una necesidad natural,  de la ley misma de la caida de los cuerpos. Según la concepción  tradicional, el Estado está por el contrario, respecto al pueblo,  en la misma relación que el principio olímpico y uranio respecto  al principio telúrico y "subterráneo", que la "idea" y la "forma" especto a la "materia" y la "naturaleza", en la misma relación, en consecuencia, que un principio luminoso  masculino, diferenciador, individualizante y fecundador, respecto de una sustancia femenina lábil, impura y nocturna. Se trata aquí de dos polos entre los cuales existe una tensión íntima que se resuelve, para el mundo tradicional, en el sentido de una transfiguración y de un orden determinado por lo alto. La noción misma del "derecho natural" es una pura ficción, cuya utilización antitradicional y subversiva es bien conocida. No existe naturaleza "buena" en sí, donde esten preformados y arraigados los principios intangibles de un derecho igualitariamente válido para todos los seres humanos. Incluso cuando la sustancia étnica aparece, en cierta medida, como una "naturaleza formada", es decir presentando algunas formas elementales de orden, estás ‑a menos de ser huellas residuales de acciones formadoras anteriores‑ no tienen valor espiritual antes de ser recuperadas en el Estado, o en una organización tradicional análoga determinada por lo alto, y recibir así una consagración gracias a su participación en un orden superior. En el fondo, la sustancia del demos es siempre demoníaca (en el sentido antiguo, no cristiano y moral del término); tiene siempre necesidad de una catharsis, de una liberación, antes de poseer un valor en tanto que fuerza y materia de un sistema político tradicional, a fin que más allá de un sustrato natural pueda afirmarse, siempre primeramente, un orden diferenciado y  jerarquizado de dignidades.

 

En relación con lo que precede, veremos que el primer fundamento  de la distinción y jerarquía de las castas tradicionales no  ha sido político o económico, sino espiritual: hasta el punto de  crear, en el conjunto, un sistema auténtico de participación,  según una progresión graduada, en una conquista extranatural y  una victoria del cosmos sobre el caos. La tradición indo‑aria  conocía, fuera de las cuatro grandes castas, una distinción aun  más general y significativa, que se refiere precisamente a la  dualidad de las naturalezas, la distinción entre los arya, o  dvîja, y los shudra. Los primeros son los "nobles" y los "re‑  nacidos" por la iniciación, constituyen el elemento "divino",  draivya; los otro son los seres que pertenecen a la naturaleza,  aquellos cuya vida no posee en propiedad ningún elemento  sobrenatural y que representan pues el substrato "demoníaco" ‑  asurya‑ sub‑personal e impuro de la jerarquía, gradualmente  vencida por la acción formadora tradicional ejercida, en la  sustancia de las castas superiores, desde el "padre de familia"  hasta los brahmana([9]). Tal es, en sentido estricto de los  términos, la significación original del Estado y de la Ley en el  mundo de la Tradición: un significado de "formación"  sobrenatural, incluso allí donde este sentido, por el hecho de  aplicaciones incompletas del principio, o por el efecto de una  materialización y de una degeneración ulteriores, no se presenta  bajo una forma inmediatamente perceptible.

 

De estas premisas resulta una relación potencial entre el  principio de todo Estado y el de la universalidad: allí donde se  ejerce una acción tendiente a organizar la vida más allá de los  límites de la naturaleza y de la existencia empírica y  contingente, no pueden manifestarse formas que, en principio, no  están ligadas a lo particular. La dimensión de lo universal en  las civilizaciones y organizaciones tradicionales, puede  presentar aspectos diferentes y manifestarse, según los casos,  con más o menos evidencia. La "formación", en efecto, se enfrenta  siempre con la resistencia de una materia que, por sus  determinaciones debidas al espacio y al tiempo, actúa en un  sentido diferenciador y particularista en la aplicación histórica  efectiva del principio único, superior en sí y anterior a estas  manifestaciones. Sin embargo no existe forma de organización  tradicional que, a pesar de todas las características locales,  los exclusivismos empíricos, los "autoctonismos" de los cultos y las insituciones celosamente defendidas, no oculte un principio  más elevado, universal que se actualiza cuando la organización  tradicional se eleva hasta el nivel y hasta la idea del Imperio.  Existen así lazos ocultos de simpatía y de analogía ente las  distintas formaciones tradicionales particulares y algo único,  indivisible y permanente, del que parecen ser, por decirlo así,  otras tantas imágenes: de tiempo en tiempo, estos circuitos de  simpatía se cierran, se ve brillar lo que en ellos les  trasciende, igualmente que se les ve adquirir una potencia  misteriosa, reveladora de un derecho soberano, que derriba  irremisiblemente todas las fronteras particularistas y culmina en una unidad de tipo superior. Tal son precisamente las  culminaciones imperiales del mundo de la Tradición. Idealmente,  una línea única conduce de la idea tradicional de ley y de Estado  a la del Imperio.

 

Se ha visto que la oposición entre las castas superiores,  caracterizadas por el "segundo nacimiento", y la casta inferior  de los shudra, equivale, para los Indo‑Arios, a la oposición  entre "divino" y "demoniaco". Las primeras castas correspondían  por otra parte, en Irán, a emanaciones del fuego celeste  descendido sobre la tierra, más exactamente sobre las tres  "cumbres" distintas: más allá de la "gloria" ‑hvarenô‑ bajo la  forma suprema presente ante todo en los reyes y los sacerdotes  (los antiguos sacerdotes medas se llamaban athrava, es decir  "señores del fuego") este fuego sobrenatural se articula, según  una jerarquía correspondiente a las otras dos castas o clases,  las de los guerreros y los jefes patriarcales de la riqueza ‑  rathaestha y vâstriya‑fshuyant‑ en otras dos formas distintas,  hasta tocar y "glorificar" las tierras ocupadas por la raza aria([10]). Es partiendo de esta base como se llega precisamente, en la tradición irania, a la concepción metafísica del Imperio, en tanto que realidad que no esta ligada, en el fondo, ni al espacio ni al tiempo. Las dos posibilidades aparecen claramente: de un lado el ashavan, el puro, la "fidelidad" sobre la tierra y la buenaventuranza en el mas allá, aquel que crece aquí abajo, en el dominio que le es propio, la fuerza del principio de luz: ante todo los maestros del rito y del fuego, que tienen un poder  invisible sobre las fuerzas tenebrosas; luego los guerreros, en  lucha contra el bárbaro y el impío; enfin los que trabajan la  tierra seca y estéril, pues esto también es militia, la  fertilidad era casi una victoria que aumenta la virtus mística de la tierra aria. Frente al ashaban, el anashvan, el impuro, aquel que no tiene ley, aquel que neutraliza el principio luminoso([11]). El Imperio, en tanto que unidad tradicional gobernada por el "rey de reyes", corresponde pecisamente aquí a lo que el principio de luz supo conquistar en el dominio del principio tenebroso y tiene por idea‑límite el mito del Shaoshian, señor universal de un futuro reino de "paz", culminada y victoriosa([12]). La misma idea se encuentra por otra parte en la leyenda según la cual el emperador Alejandro habría cerrado la ruta, con la ayuda  de una muralla de hierro, a los pueblos de Gog y Magog, que pueden representar aquí el elemento "demoníaco" dominado en las jerarquías tradicionales. Estos pueblos se lanzarán un día a la conquista de las potencias de la tierra, pero serán definitivamente rechazados por personajes en quienes, según las leyendas medievales, se volverá a manifestar el tipo de los jefes del Sacro Imperio Romano([13]). En la tradición nórdica, las defensas que protegían la "región media" ‑el Mitgard‑ contra las naturalezas telúrico‑elementales y que serán derribadas en el "crepúsculo de los dioses", ragna‑rökkr([14]), expresan la misma idea. Ya hemos recordado, por otra parte, la relación que existen entre aeternitas e imperium según la tradición romana, de la que se desprende un carácter trascendente, no humano, al cual se eleva aquí la noción del "regenerado", hasta el punto de que el paganismo atribuyó a los dioses la grandeza de la ciudad del Aguila y del Hacha. De aquí emerge el sentido más profundo que pudo ofrecer también la idea según la cual el "mundo" no desaparecería mientras se mantuviera el Imperio romano: idea que es preciso precisamente referir a la  función de salvación mística atribuida al imperio, a condición de entender el "mundo", no en un sentido físico o político, sino en el sentido de "cosmos", dique de orden y de estabilidad opuesta a las fuerzas del caos y de la desintegración([15]).

 

La recuperación de la idea romana por la tradición bizantina  presenta, desde este punto de vista, un significado particular en  razón del elemento netamente teológico‑escatológico que vivifica esta idea. El Imperio concebido, aquí también, como una imagen del reino celeste, es querido y preordenado por Dios. El soberano terrestre es, él mismo, una imagen del Señor del Universo que domina todas las cosas: como él, es único, sin segundo, y reina sobre el dominio temporal y espiritual. Su ley es universal: se extiende también a los pueblos que se han dado un gobierno autónomo no sometido al poder imperial real, gobierno que, en tanto que tal es "bárbaro" y no "según la justicia", porque reposa sobre una base naturalista([16]). Sus subditos son los "Romanos" en el sentido no étnico ni puramente jurídico, sino de una dignidad y una consagración superior, que viven en la pax asegurada por una ley que es el reflejo de la ley divina. Es por ello que el ecumene imperial reunió en sí el orden de "salvación",  así como el derecho en sentido superior([17]).

 

Con este contenido supra‑histórico, la idea del Imperio,  contemplada en tanto que institución sobrenatural universal,  creada por la "providencia" como remedium contra infirmitatem  peccati para rectificar la naturaleza caida y dirigir a los  hombres hacia la salvación eterna, se reafirma una vez más en la  Edad Media gibelina([18]), aunque se encuentra prácticamente  paralizada, no solo por la oposición de la Iglesia, sino también  por los tiempos, que prohibían ya la comprensión y, más aún, la  realización efectiva según su sentido más elevado. De tal forma  que si Dante expresa un punto de vista tradicionalmente correcto  cuando reivindica para el Imperio el mismo origen y la misma  finalidad sobrenaturales de la Iglesia, hablando del Emperador  como aquel que "poseyendo todo y no pudiendo desear más" carece  de concupiscencia y puede hacer reinar la paz y la justicia,  fortificar la vita activa de los hombres incapaces, tras el  pecado, de resistir la atracción de la cupiditas si un poder  superior no lo frena y lo guía([19]), Dante, sin embargo, no  desarrolla estas ideas más allá del plano político y material. De  hecho, la "posesión perfecta" del Emperador no es aquí esta  posesión interior propia a "los que son" sino la posesión  territorial; la cupiditas no es la raíz demoniaca de toda vida no  regenerada, no separada del devenir, "natural", sino que es la de  los príncipes que se disputan el poder y la riqueza. La "paz" en  fin, es la del "mundo", simple premisa de un orden diferente, más allá del imperial, de una "vida contemplativa" en el sentido ascético‑cristiano. Pero sería solo bajo la forma de eco, la tradición se mantenía aún. Con los Hohenstaufen la llama lanzará una última luz. Luego, los Imperios serán suplantados por los "imperialismos" y no se sabrá ya nada más del Estado, sino bajo el aspecto de una organización temporal particular, "nacional", es decir,"social" y plebeya.

 



([1])F. SPIEGEL, Die arische Periode und ihre Zustande, Leipzig,  1887, pag. 139 y sigs. Rta corresponde, en el antiguo Egipto, a  Maat, que comporta los diversos significados que acabamos de  mencionar.

 

([2])Cf. de STEFANO, Idea imper., cit., pag. 75‑79; KANTOROWICZ,  op. cit., pag. 240 y sigs., 580. La misma idea en el Islam, cf.  p. ej. Coran, IV, iii.

 

([3])Cf. FUSTEL de COULANGES, La Ciudad antigua, op. cit., pag.  365, 273‑7, 221, 376: "Las ciudades no se preguntaban si las  instituciones que se daban eran útiles; estas instituciones se  habían fundado por que la religión así lo había querido. Ni el  interés ni la conveniencia habían contribuido a establecerlas; y  si la clase sacerdotal había combatido para defenderlos, no era  en nombre del interés público, sino en nombre de la tradición  religiosa". Hasta Federico II subsistió la idea de que las leyes,  a las cuales el Emperador està sometido,  tienen un origen inmediato, no en el hombre o en el pueblo, sino  en Dios (cf. De STEFANO, op. cit., pag. 57).

 

 

([4])H. BERL, (Die Heraufkunt des fünften Standes, Karlsruhe,  1931, pag. 38) interpreta de forma análoga las palabras alemanas  Stadt = ciudad, y Stand = clase o casta. En este contexto puede  ser justo.

 

 

([5])W. H. ROSCHER, Omphalos, Lipzig, 1913.

 

 

([6])Cf. GUENON, El Rey del mundo, cit., cap. IX.

 

 

([7])J. L. WESTON, The quest of the holy Grail, Londres, 1913,  pag. 12‑13.

 

 

([8])Cf. EVOLA, El misterio del Grial, cit.

 

 

([9])Frecuentemente, la casta de los shudra o servidores, opuesta  a la de los brahamana que es "divina" (daivya) en tanto que  cúspide de la jerarquía de los "nacidos dos veces", es justamente  considerado como "demoníaco" (asurya). Cf. p. ej.  Les castes dans l'Inde, París, 1896, pag. 67.

 

([10])Cf. SPIEGEL, Eran. Altert., v. III, pag. 575; v. II, pag.  42‑43‑46. En los Yasht (XIX, 9) se dice, en particular, que la "gloria" pertenece "a los arios nacidos y no‑nacidos y al santo Zaratustra". Se podría igualmente recordar aquí la noción de "hombres de la ley primordial" ‑paoiryôthae^sha‑ considerado como la verdadera religión aria de todas las edades, antes y despues de Zaratustra (cf. p. ej. Yasht., XIII, passim),

 

([11])Cf. MASPERO, Histoire anc. des Peuples de l'Orient  classique, París, 1895, v. III, pag. 586‑7.

 

 

([12])Bundahesh, XXX, 10 y sigs.; Yasht, XIX, 89‑90.

 

 

([13])Cf. A. GRAF, Mem. e. imaginaz, del Medioevo, cit., v. II,  pag. 521, 556 y sigs. La misma función de Alejandro respecto a los pueblos de Gog y Magog reaparece en el Corán (XVIII, 95), donde se atribuye al héroe Osul‑Kernein. (Cf. F. SPIEGEL, Die Alexandersage bei den Orientaln, Leipzig, 1851, pag., 53 y sigs.). Se encuentra, por otra parte, Gog y Magog en la tradición hindú bajo los nombres casi idénticos de los demonios Koka y Vikoka que, al final del presente ciclo, deben ser destruidos por el Kalki‑avatara, otra representación imperial. Cf. J. EVOLA, El misterio del Grial, cit.

 

([14])Gylfaginning, 8, 42; Völuspâ, 82. La defensa contra las  fuerzas oscuras, en el sentido de protección contra ellas,  también ha dado un sentido simbólico a la "gran muralla" tras la cual, el Emperador chino, o "Emperador de la tierra media" se había encerrado.

 

([15])La relación dinámica entre los dos principios opuestos se  expresa en la India aria con la fiesta de gavamyana, donde un shudra negro luchaba contra un arya blanco por la posesión de un símbolo solar (cf. A. WABER, Indische Studien, Leipzig, 1868, v. X, pag. 5). Entre los mitos nórdicos figura igualmente el de un caballero blanco que lucha contra otro negro al principio de cada año por la posesión del árbol: alude también a la idea de que el  caballero negro lo arrastrarà en el porvenir hasta que un rey lo abata definitivamente (J. J. GRIMM, Deutsche Mythologie, Berlín, 1876, v. II, pag. 802).

 

([16])Cf. O. TREITINGER, Die ost‑römische Kaiser‑und Reichsidee,  Jena, 1938.

 

 

([17])Sobre una base análoga se encontrará, en el Islam, la  distinción geográfica entre el daral‑islam, o tierra del Islam, gobernada por la ley divina, y el dar al‑harb, o "tierra de la guerra", porque sobre esta última, viven pueblos que deben ser recuperados para la primera gracias a la jihad, en "guerra santa".

 

([18])Cf. F. KAMPERS, Die deutsche Kaiser idee in Prophetie und  Sage, Berlín, 1896, passim, y también Karl der Grosse, Mainz,  1910.

 

 

([19])Cf. DANTE, Conv., IV, V, 4; De Monarchia, I, II, 11‑14 y A.  SOLMI, Il pensiero politico di Dante, Florencia, 1922, pag. 15.




 

 

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