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Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 12.El declive del Ecumene medieval: las naciones

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 12.El declive del Ecumene medieval: las naciones

Biblioteca Julius Evola.- Siguiendo con el análisis de las distintas fases de decadencia de la "Edad Oscura", Evola llega al siglo XIV cuando empiezan a manifestarse las primeras causas que luego darán origen al Renacimiento y al Humanismo y, más tarde, después de las guerras de religión, cristializarán en la Paz de Westfalia y en la destrucción completa del ecumene medieval. A partir de ese momento, la idea de la Tradición va alejándose de Europa, si exceptuamos el breve y reducido episodio de la aparición del fenómeno rosacruciano. La "nación" es, a partir de ese momento, el sustituto del Imperio.

 

12.

DECLIVE DEL ECUMENE MEDIEVAL: LAS NACIONES

 

Fueron a la vez causas de "lo alto" y  de "lo bajo", quienes  provocaron la decadencia del Sacro Imperio Romano y, más  generalmente, del principio de la verdadera soberanía. En cuanto  a las primeras, figuran la secularización y la materialización  progresiva de la idea política. Ya en un Federico II, la lucha  contra la Iglesia, aunque emprendida para defender el carácter  sobrenatural del imperio, deja aparecer el anuncio de una  evolución de este tipo, que se traduce, por una parte, en el  humanismo, el liberalismo y el racionalismo nacientes en la corte  siciliana, la constitución de un cuerpo de jueces laicos y de  empleados administrativos, la importancia dada por los legislae y  los decretistae y para aquellos que un justo rigorismo religioso,  señalado con autos de fé y hogueras sabonarolianas para los  primeros productos de la "cultura" y del "libre pensamiento",  calificaba con desprecio de theologi philosophantes, y, de otra  parte, por la tendencia centralizadora y ya anti‑feudal de  algunas nuevas instituciones imperiales. En el momento en que un  imperio cesa de ser sagrado, comienza a dejar de ser un Imperio.  Su principio y su autoridad bajan de nivel y, una vez alcanzado  el plano de la materia y de la simple "política", no pueden  mantenerse, porque este plano, por su naturaleza misma, excluye  toda universalidad y toda unidad superior. En 1338 ya, Luis IV de  Baviera declara que la consagración imperial ya no es necesaria y  que el prìncipe elegido es emperador legítimo en virtud de esta  mera elección: emancipación que Carlos IV de Bohemia culmina con  la "Bula de Oro". Pero, de hecho, la consagración no fue  reemplazado por nada metafísicamente equivalente y los  emperadores destruyeron así ellos mismos su dignitas  trascendente. Se puede decir que tras esta época, perdieron "el  mandato del Cielo" y que el Sacro Imperio no fue más que una  superviviencia (1). Federico III de Austria fue el último  Emperador coronado en Roma (1452), cuando el rito ya se había  reducido a una ceremonia vacía y sin alma.

En lo que concierne al otro aspecto del declive, se ha señalado  justamente que la mayor parte de las grandes épocas tradicionales  se caracterizan por una constitución de forma feudal, que  conviene más que cualquier otra a la formación regular de sus  estructuras (2). Allí donde el énfasis está puesto sobre el  principio de la pluralidad y de la autonomía política de las  unidades particulares, aparece, al mismo tiempo, el verdadero  lugar de este principio universal, de este unun quod non est  pars, capaz de ordenarlos y utilizarlos realmente, no oponiéndose  a cada uno de ellos, sino dominándolos gracias a la función  trascendente, suprapolítica y reguladora a la cual corresponde  (Dante). Nos encontramos entonces en presencia de una realeza que  se corresponde con la aristocracia feudal, de una "imperialidad"  ecuménica que no atenta contra la autonomía de los principados o  de los reinos particulares y que integra, sin desnaturaliezarlas,  las nacionalidades particulares. Cuando, por el contrario, decae  la dignitas que permite situarse por encima de lo mútiple, de lo temporal y de lo contingente, cuando disminuye, de otra parte, la  capacidad de una fides, es decir de un compromiso más que  simplemente material, de la parte de cada elemento subordinado,  entonces surge la tendencia centralizadora, el absolutismo  político que busca mantener la cohesión del conjunto por medio de  una unidad violenta, política y estática y no ya esencialmente  suprapolítica y espíritual. O bien son procesos de particularismo  puro y de  disociación quienes toman la delantera. Por estas dos  vías  se realiza la destrucción de la civilización medieval. Los  reyes comenzaron a reivindicar para sus unidades particulares el  principio de autoridad absoluta propia al imperio (3),  materializándola y proclamando finalmente la idea nueva y  subversiva del Estado nacional. Un proceso análogo hace surgir  una multitud de comunas, ciudades libres y repúblicas, entidades  que tienden a constituirse cada una para sí, pasando a la  resistencia y a la revuelta, no solo contra la autoridad imperial  sino también contra la nobleza. Y la cúspide desciende, el  ecumene europeo de deshace. El principio de una legislación  única, dejando sin embargo un campo suficiente al jus singulare,  correspondiente a una lengua única y a un único espíritu,  desaparece; la caballería misma decae y, con ella, el ideal de un  tipo humano formado por principios puramente éticos y humanos.  Los caballeros llegan a defender los derechos y a sostener las  ambiciones temporales de sus príncipes y, finalmente, de los  Estados nacionales. Las grandes alineaciones inspiradas por el  ideal suprapolítico de la "guerra santa" y de la "guerra justa"  dan lugar a combicaciones, guerreras o pacíficas, trazadas en  número creciente por la habilidad diplomática. No solamente la  Europa cristiana asiste, inerte, a la caida del Imperio de  Oriente y de Constantinopla provocada por los otomanos, sino que  un rey de Francia, Francisco I, da el primer golpe al mito de la  "cristiandad" base de la unidad europea, no dudando, en su lucha  contra el representante del Sacro Imperio romano, no solamente en  sostener a los príncipes protestantes sublevados, sino incluso en  aliarse con el Sultán. La Liga de Cognac (1526) vió al jefe de la  Iglesia de Roma seguir el mismo camino. Se asiste a este absurdo:  Clemente VII, aliado de la Casa de Francia, entra en liza contra  el Emperador aliándose con el Sultán precisamente en el momento  en que el avance de Soliman II en Hungría amenaza a toda Europa y  donde el protestantismo en armas está en trance de derribar su  centro. Y se verá, igualmente,  a un sacerdote al servicio de la  casa de Francia, Richelieu, sostener de nuevo, en la última fase  de la guerra de los Treinta Años, la liga protestante contra el  emperador, hasta que, tras la paz de Augusta (1555), los tratados  de Westphalia (1648) suprimen a los últimos restos del elemento  religioso, decretan la tolerancia recíproca entre las naciones  protestantes y las católicas y acuerdan a los príncipes  sublevados unas independencia casi completa respecto al Imperio.  A partir de esta época, el interés supremo y la resolución de los  conflictos no serán del todo la defensa ideal de un derecho  dinástico o feudal, sino una simple disputa en torno a un trozo  de territorio europeo: el Imperio es definitivamente suplantado  por los imperialismos, es decir por los movimientos de los  Estados nacionales deseosos de afirmarse militar o económicamente  sobre las demás naciones. La Casa de Francia juega, en estas  convulsiones, tanto sobre el plano de la política europea, como  en su función netamente anti‑imperial, un papel preponderante.

En el conjunto de estos desarrollos y fuera de la crisis de la  idea imperial, la noción misma de soberanía se seculariza sin  cesar del todo. El rey no es más que un guerrero, el jefe  político de su Estado. Encarna también, durante un cierto tiempo,  una función viril y un principio absoluto de autoridad, pero que  no se refieren ya a una realidad trascendente, sino a una fórmula  residual y vacía del "derecho divino", tal como fue definido,  para las naciones católilcas, tras el concilio de Trento, en el  período de la Contra‑refoma. La Iglesia se declaraba dispuesta a  sancionar y a consagrar el absolutismo de soberanos íntimamente desconsagrados, a condición de que se convirtieran en el brazo  secular de esta misma Iglesia que seguía a partir de ese momento  la  vía de la acción indirecta.

Es por ello que en el curso del período consecutivo al declive  del ecumene gibelino, desapareció poco a poco, en cada Estado, la  premisa en virtud de la cual la oposición a la Iglesia podía  proseguirse sobre la base de un sentido superior: un  reconocimiento más o menos exterior es concedido a la autoridad  de Roma en materia de simple religión, cada vez que se puede  obtener, a cambio, algo útil para la razón de Estado. O bien se  asiste a intentos abiertos de subordinar directamente lo  espiritual a lo temporal, como en el movimiento anglicano o  galicano y, más tarde, en el mundo protestante, con las Iglesias  nacionales controladas por el Estado. Avanzando en la edad  moderna, se verá a las patrias constituirse en otros tantos  verdaderos cismas y oponerse unas a otras, no solamente en tanto  que unidades políticas y temporales, sino también en tanto que  entidades casi míticas rechazando admitir un cualquier autoridad  superior .

De todas formas, un punto aparece muy claramente: si a partir de  ahora el Imperio declina y no hace más que sobrevivir a sí mismo,  su adversario, la Iglesia, aunque teniendo el campo libre, no  sabe asumir la herencia, dando así la prueba decisiva de su  incapacidad para organizar Occidente según su propio ideal, es  decir, según el ideal guelfo. Lo que sucede al Imperio, no es la  Iglesia, una "cristiandad" reforzada, sino una multiplicidad de  Estado nacionales, más o menos intolerantes respecto a todo  principio superior de autoridad.

Por otra parte, la "desconsagración" de los príncipes, junto    a  su insubordinación respecto al Imperio, al privar a los  organismos de los que son jefes del carisma de un principio más  elevado, los llevan fatalmente a la órbita de las fuerzas  inferiores, que tomarán progresivamente la delantera. En general,  es fatal que cada vez que una casta se subleva contra  la casta  superior y se vuelve independiente, pierda el carácter específico  que tenía en el conjunto jerárquico, para reflejar el de la casta  inmediatamente inferior (4). El absolutismo ‑transposición  materialista de la idea unitaria tradicional‑ prepara las vías  para la demagogía y las revoluciones nacionales antimonárquicas.  Y allí donde los reyes, en su lucha contra la aristocracia feudal  y en su obra de centralización política, fueron llevados a  favorecer las reivindicaciones de la burguesía y de la plebe  misma, el proceso se realizó más rápidamente. Con razón se ha  fijado la atención sobre la figura de Felipe el Hermoso, en  efecto, quien, destruyendo, de acuerdo con el papa, a los  Templarios, destruyó al mismo tiempo la expresión más  característica de la tendencia a reconstituir la unidad del  elemento guerrero y del elemento sacerdotal, que era el alma  secreta de la caballería; es él quien comienza el trabajo de  emancipación laica del Estado respecto a la Iglesia, proseguido  casi sin interrupción por sus sucesores, al igual que se  prosiguió ‑sobre todo por Luis XI y Luis XIV‑ la lucha contra la   nobleza feudal, lucha que no desdeñaba el apoyo de la burguesía y  toleraba incluso, para alcanzar su fin, el espíritu de revuelta  de capas sociales aún más bajas; es él quien favorece ya una  cultura antitradicional, gracias a sus "legistas" que fueron,  antes que los humanistas del Renacimiento, los verdaderos  precursores del laicismo moderno (5). Es significativo que fuera  un sacerdote ‑el cardenal Richelieu‑ quien afirmó, contra la  nobleza, el principio de centralización, preparando la  sustitucion de las estructuras feudales por el binomio nivelador  moderno del gobierno y de la nación, es incontestable que Luis  XIV, dando forma a los poderes públicos, desarrollando  sistemáticamente la unidad nacional, y reforzándola sobre el  plano político, militar y económico, ha preparado, por así  decirlo, un cuerpo para la encarnación de un nuevo principio, el  del pueblo, de la nación  concebida como simple colectividad  burguesa o plebeya (6). Así, la obra antiaristocrática emprendida  por los reyes de Francia, cuya oposición constante al Sacro  Imperio ya se ha subrayado, debía lógicamente, con un Mirabeau,  volverse contra ellos y expulsarlos finalmente del trono  contaminado. Se puede afirmar que es precisamente por haberse  comprometido la primera en esta vía y haber, por ello,  acrecentrado sin cesar el carácter centralizador y nacionalista  de la noción de Estado, que Francia conoció el primer hundimiendo  de un régimen monárquico y, de una forma precisa y abierta, con  el advenimiento del régimen republicano, el tránsito del poder a  las manos del Tercer Estado. Se convirtió así, en el seno de las  naciones europeas, en el principal foco de este fermento  revolucionario y de esta mentalidad laica y racionalista que  debían destruir los últimos vestigios de  tradicionalidad (7).

Existe otro aspecto complementario de la Némesis histórica  igualmente preciso e interesante. A la emancipación, respecto del  Imperio, de los Estados convertidos en "absolutos", debía suceder  la emancipación, respecto del Estado de los individuos soberanos,  libres y autónomos. Una usurpación llama y prepara a la otra,  hasta que, en los Estados que, en tanto que Estados soberanos  nacionales que habían caido en la estatitación y la anarquía, la  soberanía usurpada del Estado se inclinaba ante la soberanía  popular, en el marco de la cual la autoridad y la ley no son  legítimas más que en la medida en que expresan la voluntad de los  ciudadanos considerados como individuos particulares y soberanos,  esperando la última fase, la fase puramente colectivista.

Si bien fueron causas de "lo alto" quienes determinaron la caida  de la civilización medieval, las de "lo bajo", distintas, aunque  solidarias de las primeras, no deben ser olvidadas. Toda  organizaicón tradicional es una formación dinámica, que supone  fuerzas de caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales  y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y frena:  implica el dinamismo de ambos polos antagonistas, cuyo polo  superior, inherente al elemento supranatural de las castas  superiores, intenta arrastrar hacia lo alto, mientras que el otro  ‑el polo inferior ligado a la masa, al demos‑ busca arrastrar el  primero hacia lo bajo (8). Así, a todo debilitamiento de los  representantes del principio superior, a toda desviación o  degeneración de la cúspide, corresponden, a manera de  contrapunto, una emergencia y una liberación en el sentido de una  revuelta de las capas inferiores. A través de procesos ya  analizados, el derecho de pedir a los sujetos la fides, con el  doble sentido espiritual y feudal, de la palabra, debía  progresivamente decaer, mientras que los mismos procesos abrían  virtualmente la vía a una materialización de esta fides en   sentido político, y luego, a la revuelta en cuestión. En efecto,  mientras que la fidelidad espiritualmente fundada es  incondicionada, la que se relaciona con el plano temporal es, por el  contrario, condicionada y contingente, sujeta a revocación según  las circunstancias y por motivos empíricos, y el dualismo, la  oposición persistente de la Iglesia al Imperio, debían  contribuir por su parte, a arrastrar toda fides a este nivel  inferior y precario.

Por lo demás, ya en la Edad Media, la Iglesia no experimentó  escrúpulos en "bendecir" la infracción a la fides alineándose al  lado de las Comunas italianas, sosteniento moral y materialmente  la revuelta que, al margen de su aspecto exterior, expresaba  simplemente la insurrección de lo particular contra lo universal,  inspirándose en un tipo de organización social que ya no reposaba  en absoluto sobre la casta guerrera, sino indirectamente sobre la  tercera casta, la de los burgueses y mercaderes. Estos usurparon  la dignidad del poder político y del derecho a las armas,  fortificaron sus ciudades, alzaron sus estandartes, organizaron  sus milicias contra las cohortes imperiales y la alianza  defensiva de la nobleza feudal. Es aquí donde empieza el  movimiento de "lo bajo", la sublevación de la marea de las  fuerzas inferiores.

Las Comunas prefiguran el ideal completamente profano y  antitradicional de una organización democrática fundada sobre el  factor económico y mercantil y sobre el tráfico judaico del oro,  pero su revuelta demuestra sobre todo que el sentimiento del  sentido espiritual y ético del lealismo y de la jerarquía, estaba  ya, en ese momento, a punto de extinguirse. No se reconoce ya en  el Emperador más que un jefe político, a cuyas pretensiones  políticas se puede resistir. Se afirma esta mala libertad que  destruirá y desconocerá todo principio de verdadera autoridad,  dejando a las fuerzas inferiores a sí mismas, y haciendo   descender todas las formas políticas a un plano puramente humano,  económica y colectivo, llegando a la omnipotencia del mercader y,  más tarde, de los "trabajadores" organizados. Es significativo  que el núcleo principal de este cáncer haya sido el suelo  italiano, cuna de la romanidad. En la lucha de las Comunas  apoyadas por la Iglesia contra los ejércitos imperiales y el  corpus saecularium principum, se encuentran los últimos ecos de  la lucha entre el Norte y el Sur, entre la tradición y la anti‑  tradición. Federico I ‑figura que la falsificación plebeya de la  historia "patriótica" italiana se ha esforzado en desacreditar‑  combatió en realidad en nombre de un principio superior y de un  deber que su función misma le imponía, contra una usurpación  laica y particularista fundada, entre otras, sobre rupturas  unilaterales de pactos y juramentos. Dante verá en él al "buen  Barbarroja" legítimo representante del Imperio, que es la fuente  de toda verdadera autoridad; considera la revuelta de las  ciudades lombardas como ilegal y facciosa, conforme a su noble  desprecio por las "gentes nuevas y las ganancia rápidas" (9),  elementos del nuevo e impuro poder comunal, al igual que había  reconocido una heregía subversiva en el "libre régimen de los  pueblos particulares" y en la nueva idea nacionalista (10). En  realidad, no fue tanto para imponer un reconocimiento material y  para satisfacer ambiciones territoriales, como en el nombre de una  reivindicación ideal y por la defensa de una derecho  suprapolítico,que lucharon los Ottones y luego los Suavios: exigían  obediencia  no en tanto que príncipes teutónicos, sino en tanto  que Emperadores "romanos" ‑romanorum reges‑, es decir,  supranacionales. Es por el honor y por el espíritu que lucharon  contra la raza de los mercaderes y de los burgueses en armas  (11), y es por ello estos fueron considerados como rebeldes,  menos contra  el emperador que contra Dios ‑obviare Deo. Por  orden divino ‑jubente Deo‑ el príncipe los combate como  representante de Carlomagno, con la "espada vengadora", para  restaurar el orden antiguo: redditu res publica statui votuta  (12).

Enfin, si continuamos considerando sobre todo a Italia, los  Señoríos, contrapartidas o sucesiones de las Comunas, aparecen  como otro aspecto del nuevo clima del cual "El Príncipe" de  Maquiavelo, es un índice barométrico. No se concibe ya, como  jefe, más que al individuo poderoso que no domina en virtud de  una consagración, en virtud de su nobleza, por que representa un  principio superior y una tradición, sino que domina en nombre de  sí mismo, se sirve de la astucia y de la violencia, recurre a las  fuentes de la política entendida a partir de ahora como un  "arte", como una técnica desprovista de escrúpulos: el honor y la  verdad no tienen para él ningún sentido y no se sirve  eventualmente de la religión misma más que como de un instrumento  entre otros. Danta había dicho justamente: Italorum principum...  qui non heroico more sed plebeo, secuntur superbiam (13). La  sustancia de este gobierno no es pues "heroica", sino plebeya; es  a este nivel que se encuentra reducida la virtus antica, al igual  que la superioridad en relación al bien y al mal inherente a  aquel que dominaba en virtud de una ley no‑humana. Se ve  reaparecer aquí el tipo de algunos tiranos de la antigüedad y se  encuentra al mismo tiempo la expresión de este individualismo  desencadenado que, como veremos, caracteriza, bajo formas  múltiples, este momento crucial de la historia. Se puede ver  finalmente la prefiguración brutal de la "política absoluta" y de  la voluntad de poder que se reafirmará, sobre una escala más  amplia, en una época reciente, al producirse el ascenso del  Cuarto Estado.

Estos procesos marcan pues el fin del ciclo de la restauración  medieval. De cierta forma, se reafirma la idea ginecocrático‑  meridional, en los marcos de la cual el principio viril, fuera de  las formas extremas que acaban de ser mencionadas, e incluso  cuando es encarnado en la figura del monarca, no tiene más que un  sentido material (político, temporal), mientras que la Iglesia  permanece depositaria de la espiritualidad bajo la forma "lunar"  de religión devocional y, en pocos los casos, de  contemplación, en las Ordenes monásticas. Una vez confirmada esta  escisión, el derecho de sangre y de la tierra o las  manifestaciones de una simple voluntad de poder imponen su  supremacía. El particularismo de las ciudades, de las patrias y  de los nacionalismos supone la inevitable consecuencia, al igual  que, más tarde, el principio de la revuelta del demos, del  elemento colectivo, subsuelo del edificio tradicional, que  tenderá a apropiarse de las estructuras niveladas y de los  poderes públicos unificados creados en la fase antifeudal  precedente.

La lucha más característica de la Edad Media, la del principio  "heroico"‑viril contra la Iglesia, aborta. A partir de entonces,  el hombre occidental no tiende a la autonomía y a la emancipación  del lazo religioso más que bajo la forma de una desviación  contaminadora y llegando, políticamente, hasta lo que se podría  llamar un retorno demoníaco del gibelinismo, prefigurado por lo  demás por la utilización que los príncipes germánicos hicieron de  las ideas del luteranismo. De manera general, en tanto que  civilización, Occidente  no se emancipa de la Iglesia y de la  visión católica del mundo, tras la Edad Media, más que  laizizándose y cayendo en el naturalismo, exaltando como una  conquista el empobrecimiento propio a un punto de vista y a una  voluntad que no reconocen ya nada más allá del hombre ni más allá  de lo que está enteramente condicionado por lo humano.

La exaltación polémica de la civilización del Renacimiento contra  la de la Edad Media forma parte de las convenciones de la  historiografía moderna. Si bien no se trata aquí más que de una  de las numerosas sugestiones difundidas en la cultura moderna por  los dirigentes de la subversión mundial, habría que ver en ello  la expresión de un incomprensión típica. Si, desde el fin del  mundo antiguo, hubo una civilización que mereció el nombre de  Renacimiento, fue precisamente la de la Edad Media. En su  objetividad, en su "virilismo", en su estructura jerárquica, en  su soberbia elementareidad anti‑humanista, tan frecuentemente  penetrada de lo sagrado, la Edad Media fue como una nueva llama  del espíritu de la civilización, universal y una, de los  orígenes. La verdadera Edad Media nos aparece bajo los rasgos  clásicos, y en absoluto románticos. El carácter de la  civilización que le sucedió tuvo otro significado diferente. La  tensión que durante la Edad Media, había tenido una orientación  esencialmente metafísica, se degrada y cambia de polaridad. El  potencial recogido precedentemente sobre la dirección vertical ‑  hacia lo alto, como en el símbolo de las catedrales góticas‑ se  descarga entonces en dirección horizontal, hacia el exterior,  produciendo, por sobresaturación  de los planos subordinados,  fenómenos capaces de  sorprender al observador superficial:  irrupción tumultuosa, en la cultura, de múltiples manfiestaciones  de una creatividad desprovista prácticamente de toda base  tradicional o simplemente simbólica, es decir profana y  desacralizada, sobre el plano exterior, expansión casi explosiva  de los pueblos europeos en el conjunto del mundo en la época de  los descubrimientos, exploraciones y conquistas coloniales, que  corresponde, más o menos, a la del Renacimiento y el Humanismo.  Estos son los efectos de una liberación de fuerzas idéntica a la  que se produce durante la descomposición de un organismo.

Se querría ver en el Renacimiento, bajo muchos de sus aspectos,  una recuperación de la civilización antigua, descubierta de nuevo  y reafirmada contra el mundo oscuro del cristianismo medieval. Se  trata de un grave malentendido. El Renacimiento no recuperó del  mundo antiguo más que formas decadentes y no las de los orígenes,  penetrados de elementos sagrados y supra‑personales, o los  recuperó olvidando complementamente estos elementos y utilizando  la herencia antigua en una dirección completamente diferente. En  el Renacimiento, en realidad, la "paganidad" sirve esencialmente  para desarrolllar la simple afirmación del Hombre, para fomentar  una exaltación del individuo, que se embriaga de las producciones  de un arte, de una erudición y de una especulación desprovistas  de todo elemento trascendente y metafísico.

Conviene a este respecto, llamar la atención sobre un fenómeno  que se produce con ocasión de semejantes convulsiones y que es el  de la neutralización (14). La civilización, incluso en tanto que  ideal, cesa de tener un eje unitario. El centro deja de dirigir  cada parte, no solo sobre el plano político, sino también sobre  el cultural. Ya no existe una fuerza única que organice y anime  la cultura. En el espacio espiritual que el Imperio abraza  unitariamente en el símbolo ecuménico,  nacen, por disociación,  zonas muertas, "neutras", que corresponden precisamente a las  diversas ramas de la nueva cultura. El arte, la filosofía, la  ciencia, el derecho, se desarrollan separadamente, cada una en  sus fronteras, en una indiferencia sistemática y exhibida  respecto a todo lo que podría dominarlas, liberarlas de su  aislamiento, darles verdaderos principios: tal es la "libertad"  de la nueva cultura. El siglo XVII, en correspondencia con la  guerra de los Treinta Años y con el declive definitivo de la  autoridad del Imperio, es la época donde esta convulsión tomó una  forma precisa y donde se encuentran prefiguradas todas las  características de la edad moderna.

El esfuerzo medieval por recuperar la llama que Roma había  recibido de la Hélade heroico‑olímpica se acaba pues  definitivamente. La tradición de la realeza iniciática cesa, en  este momento, de tener contactos con la realidad histórica, con  los representantes de cualquier poder temporal europeo. No se  conserva más que subterráneamente, en corrientes secretas como  los Hermetistas y Rosacrucianos, que se retiran cada vez más en  las profundidades en la medida en que el mundo moderno toma  forma, cuando las organizaciónes que habían ya animado fueron  víctimas a su vez de un proceso de involución y de inversión  (15). En tanto que "mito", la civilización medieval deja  su  testamento en dos leyendas. La primera es aquella según la cual,  cada año, la noche del aniversario de la supresión de la Orden  del temple, una sombra armada, vestida con túnica blanca y con la  cruz roja, aparecere en la cámara sepulcral de los Templarios  para preguntar quien quiere liberar el Santo Sepulcro. "Nadie,  nadie ‑se le responde‑ porque el Templo está destruido". La otra  es la de Federico I que, sobre las cumbres del Kifhäuser, en el  interior del monte simbólico, continuaría viviendo con sus  caballeros en un letargo mágico. Y espera: espera que la hora  señalada haya sonado para descender al valle con sus fieles y  librar la última batalla de la que dependerá la nueva floración  del Arbol Seco y el comiendo de una nueva edad (16).


 

(1) Cf. J. REYOR, Le Saint‑Empire et l'Imperator rosicrucien  (Voile d'Isis, nº 179, pag. 197).

(2) R. GUENON, Autorité spirituelle et pouvoir temporel, cit.,  pag. 111.

(3) En Europa los legistas franceses fueron los primeros en  afirmar que el rey del Estado nacional tiene directamente su  poder de Dios, que es "emperador en su reino".

(4) R. GUENON, Autorité etc., pag. 111.

(5) R. GUENON, Autorité etc., pag. 112 y sigs.

(6) Se conoce la expresión de Luis XIV: "Contra más aumentemos el  dinero contento, tanto más aumentaremos el poder, el engrandecimiento  y la abundancia del Estado". Es ya la fórmula de la idea política  descendida, a través del nacionalismo, al nivel de la casta de  los mercaderes, el principio de la subversión general que la  soberanía de lo "económico" debía realizar en Occidente.

(7) Cf. Ibid. Por el contrario, el hecho que los pueblos  germánicos, a pesar de la Reforma conservaron, más que todos los  demás, estructuras feudales, expresar que fueron los últimos en  encarnar ‑hasta la guerra de 1914‑ una idea superior opuesta a la  de los nacionalismos y las democracias modernas.

(8) Este concepto dinámico‑antagonista de la jerarquía  tradicional está indicado claramente en la tradición indo‑aria:  es el símbolo mismo de la lucha que tuvo lugar en el curso de la  fiesta del gavamyana, entre un representante de la casta luminosa  de los arya y un representante de la casta oscura de los shudra,  lucha que tenía por objeto la  conquista de un símbolo solar y  terminaba con el triunfo del primero (cf. WEBER, Indischer  Studien, cit., v. X, pag. 5). El mito nórdico de la lucha  constante entre un caballero blanco y un caballero negro tiene un  sentido análogo (GRIMM, Deutsche Myth., cit., pag. 802.)

(9) Inferno, XVI, 73.

(10) Cf. E, FLORI, Dell'idea imperiale di Dante, Bolonia, s.d.,  pag. 38, 86‑87.

(11) Dante no duda en acusar la aberración nacionalista naciente,  combatiendo particularmente a la casa de Francia y reconociendo  el derecho del Emperador. En relación a Enrique VII, comprende  bien, por ejemplo, que Italia, para hacer irradia su civilización  en el mundo, debía desaparecer en el Imperio, ya que solo el  Imperio es universalizado y que toda fuerza rebelde, según el  nuevo principio de las "ciudades" y de las patrias, no podía  representar más que un obstáculo al "reino de la justicia", Cf.  FLORI, Op. ccit., pag. 101, 71.

(12) Son expresiones del Archipoeta. Es interesante notar  igualmente que el simbolismo de Hércules, el héroe aliado de las  potencias olímpicas en lucha contra las del caos, fue aplicado a  Barbarroja, en su lucha contra las Comunas.

(13) De vulgari eloquentia, I, 12. A propósito del Renacimiento,  F. SCHUON ha tenido razón en hablar de un "cesarismo de burgueses  y banqueros" (Perspectives spirituelles et faits humains, París  1953, pag., 48) a los cuales es preciso añadir los tipos oscuros  de "condottieri", jefes de mercenarios que se convirtieron en  soberanos.

(14) Cf. C. STEDING, Das Reich und die Krankheit der europäischen  Kultur, Hamburgo, 1938; J. EVOLA, Chevaucher le Tigre, París,  1964, cap. 26.

(15) Cf. EVOLA, Mistero del Graal, cit, parag. 29, sobre todo en  relación a la génesis y el sentido de la masonería moderna y del  iluminismo.

(16) Cf. B. KUGLER, Storia delle Crociate, trad. it., Milán,  1887, pag. 538; F. KAMPERS, Die Deutsche Kaiseridee in Prophetie  und Sage, Berlín, 1896. Del contexto de las diferentes versiones  de la segunda leyenda, subyace que una victoria es posible, pero  no cierta. En varias versiones de la saga ‑que conservan  probablemente la traza del tema del ragna‑rok édico‑ el último  emperador puede hacer frente a las fuerzas de la última edad y muere, tras haber suspendido en el Arbol Seco el cetro, la corona  y el escudo.

 

 

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