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Notas sobre el III Reich (02).Carácter Populista del III Reich

Notas sobre el III Reich (02).Carácter Populista del III Reich

Biblioteca Evoliana.- Movimiento de masas, cesarismo, democratismo, fueron las características más acusadas del nacional-socialismo. Estas tendencias figuran en lo más negativo que Evola percibe en el partido hitleriano. Este mismo reproche ya había sido dirigido por Evola contra el fascismo italiano y lo reitera ahora con la misma fuerza, pues, si cabe, veía en la dinámica nacional-socialista, una extremización de estos rasgos problemáticos. En particular, Evola critica uno de los temas favoritos de la propaganda nacional-socialista: el de la "nobleza del trabajo". 

 

CAPITULO III

CARACTER POPULISTA DEL TERCER REICH

 

Pero si la tradición prusiana del Estado había sido abandonada, numerosos rasgos fundamentales del carácter y del estilo prusiano de la vida fueron recuperados y utilizados por el Tercer Reich: lo mismo que, cuando Prusia con el Segundo Reich, cesó de ser un reino independiente, se extendieron también a otras partes de Alemania. En consecuencia, si se quiere buscar la fórmula del éxito del Tercer Reich debe verse precisamente la relación entre estos dos elementos. El primero, fue la fanatización del VOLK, la masa, con el culto a su Führer, que alcanzaba en ocasiones grados próximos a la histeria. Puede recordarse, por ejemplo, como en el Día del partido en Nuremberg, Hess, lugarteniente del Führer, gritó de manera histérica: "¡Alemania es Hitler! ¡Hitler es Alemania!" siendo acogido por los gritos frenéticos de varios cientos de miles de personas, dando el aspecto de un verdadero fenómeno de posesión. Pero el segundo elemento, asociado a todo lo que una organización de las manifestaciones de masa de una grandeza sin igual favoreció, fue precisamente el patrimonio de ciertas disposiciones "prusianas" lo cual se buscó, a través de una acción paralela, a fin de mantenerlas vivientes en la colectividad y en las formaciones del partido; la REICHSWHER, por su parte, continuaba siendo la guardiana típica del espíritu prusiano y mantuvo una autonomía que se tradujo incluso en un cierto divorcio cuando Hitler, a decir verdad, con medios más bien turbios, reveló y reemplazó a los generales von Blomberg y von Fritsch de sus puestos de mando.

Fue a la acción convergente de estos dos factores que se debió el fermento unitario del estado hitleriano, pudiendo alcanzar así records excepcionales. Es una vulgaridad pensar que todo esto no existió más que gracias a la represión. No era la represión lo que hace nacer el impulso para tantas realizaciones que, como las Olimpiadas de 1936 fueron ofrecidas a la sincera admiración de los extranjeros, ni las virtudes de toda la población y de la FFAA, virtudes tales que hicieron falta seis años de una guerra despiadada contra una coalición casi del mundo entero para batir militarmente al Tercer Reich y gracias a las cuales se mantuvo hasta el final sin un grito ni una revuelta, con recuperaciones milagrosas tras cada destrucción y en medio del horror. Es preciso citar también ejemplos, como los de la Juventud Hitleriana movilizada, no ciertamente bajo las pistolas de la Gestapo y que participó en la defensa desesperada de Berlín, dando caza a los gigantestos carros de combate soviéticos T‑34; esta Juventud Hitleriana consiguió batir en retirada a una unidad blindada americana en el bosque de Teotoburgo tras haberle infringido grave  pérdidas, obteniendo por esta acción la Cruz de Hierro. Se podría naturalmente hablar de un fanatismo suscitado por métodos y fórmulas de un gran brujo; sin embargo, sin la contrapartida de un amor por la disciplina, del espíritu de entrega personal y eventualmente heroico, de la fidelidad ‑es decir de un factor esencialmente diferente, que es preciso referir a la SEGUNDA de las componentes antes consideradas‑ el conjunto no se explica. Naturalmente, existe también el punto de vista de quienes acusan a Hitler de haber abusado de las cualidades intrínsecas del alemán utilizándolas para llevarlos a una vía que desembocó en la ruina.

Pero estos aspectos salen del marco preciso en el interior del cual desearíamos mantener nuestras consideraciones. Nos interesa ahora estudiar brevemente y juzgar ciertos aspectos concretos del Tercer Reich y de sus instituciones.

En forma de asistencia social en beneficio de las clases inferiores, la Alemania hitleriana fue la vanguardia de todas las naciones, no teniendo a su lado más que a la Italia fascista. Esto encajaba directamente en la política de Hitler, deseoso de tener con él a la clase trabajadora, a la cual asegurará un máximo de bienestar, mientras que la utilización del insípido slogan sobre la "nobleza del trabajo" le da una "conciencia" particular. Pero en ocasiones se superó el objetivo hasta el punto de adelantar la invasión de esta plebe presuntuosa, que disponía de los medios que,en nuestros días, prolifera como una verdadera peste en la "sociedad de consumo". Quienes habían visto las masas de VOLKSGENOSSEN (compañeros de raza, de VOLK) "arios" del Kdf (iniciales de "la fuerza por la alegría") y  constatar la pretensión del trabajador berlinés "desproletarizado" y evolucionando no podía retener sino un escalofrío de horror ante la perspectiva de una Alemania que se hubiera desarrollado en este sentido (1)

Varias iniciativas nazis en favor de la solidaridad social y nacional tuvieron, a menudo, un carácter obligatorio, incluso si se quería hacer de ellas inciativas espontáneas. De todas estas la más lamentable fue la institución del ARBETIDIENT, del servicio de trabajo, que una ley del 26 de junio de 1935 volvía obligatoria para todos los jóvenes de ambos sexos. Con la intención de consolidar la VOLKSGEMEINSCHAFT, es decir, la comunidad social, bajo el signo del VOLK (pero no sin un cierto sadismo jacobino) se hace del servicio de trabajo, voluntario primeramente, una obligación general; se obliga a no importa que joven de uno u otro sexo a hacer un trabajo manual durante un cierto período en compañía de otros jóvenes procedentes de las clases sociales más variadas ‑un hijo de la aristocracia podía así encontrarse obligado a vivir en común con un campesino o un proletario en una granja o en una fábrica. Naturalmente, el efecto de este instrumento "de educación político‑nacional" fue a menudo opuesto al buscado. No es este el único terreno de invasión totalitaria de lo privado por lo público, invasión ya subrayada a propósito de ciertos aspectos del fascismo, con su concepción del "Estado ético" y pedagógico, la campaña demográfica, la obligación de emplear el "voi" (el "vosotros" en lugar de "ustedes") en la conversación. La presencia de un aspecto proletario en el nazismo es innegable, así como en la misma persona de Hitler, que no demuestra ninguno de los rasgos propios de un "señor". De un tipo aristocrático y "de raza". Este aspecto proletario e incluso vulgar del nacional‑socialismo, se evidenció frecuentemente de forma particular en Austria tras el ANSCHLUSS y la fase de pretensión "nacional" inconsiderada de los austriacos por la "Gran Alemania".

La GLEICHSALTUNG, la integración niveladora en vistas de una unificación totalitaria tuvo también efectos negativos en algunos campos particulares; lleva, por ejemplo, a la disolución obligatoria de las corporaciones estudiantiles, las cuales con sus costumbres, sus tradiciones de honor, su espíritu de cuerpo (especialmente entre los KORPSTUDENTEN), habían sido uno de los lugares de la formación del carácter de una clase superior. Toda la juventud estudiantil, por el contrario, fue encuadrada en una sola organización controlada por el partido.

En lo que respecta al dominio económico, Hitler había afirmado desde hacía largo tiempo que los problemas políticos y los que se referían a la visión de la vida tenían preeminencia sobre los problemas económicos. Había declarado que "el Estado no tiene nada que hacer con una concepción económica  y con un desarrollo dado de la economía", que "el Estado es un organismo del VOLK y no una organización económica". Había presentido muy pronto el peligro de que el sindicalismo podía convertirse en una fuerza política capaz de allanar la vía de la conquista del estado al marxismo. "El sindicato  nacional‑socialista ‑había escrito‑ no es un instrumento de lucha de clases, sino un órgano de representación profesional". Tras la toma del poder, Hitler dió valientemente el paso decisivo. El 1º de mayo fue solemnemente transformado en "fiesta nacional del trabajo" (imitación de la iniciativa análoga tomada por el fascismo italiano) tras una manifestación que suscitó mucho entusiasmo; al día siguiente, todas las sedes de los sindicatos fueron ocupadas tras una acción sorpresa y numerosos dirigentes sindicalistas fueron arrestados preventivamente. Los sindicatos "libres" fueron disueltos y sus bienes confiscados por el Estado. Apoyándonos sobre lo que hemos dicho respecto a las instituciones fascistas podemos juzgar positivas, desde nuestro punto de vista, una medida de este tipo. Tras esto, se procedió en Alemania a la reorganización del trabajo y de la economía gracias a la reconstrucción "corporativa" de las empresas. No hablando de ello subrayando los defectos del corporativismo estático fascista. En consecuencia, recordaremos solamente que el espíritu de la reforma (la cual tenía por antecedentes la revalorización de las estructuras orgánico‑corporativas medievales por diferentes representantes de la "revolución corporativa" como fundamento de una "tercera vía", más allá del capitalismo degenerado y del marxismo) era la superación del clasismo, y de la lucha de clases EN EL INTERIOR de cada empresa en la medida en que, en cada una de ellas, una solidaridad de intereses y deberes de todos los elementos debía entrar en vigor; se debía reafirmar igualmente el FUHRERPRINZIP, es decir, la relación entre un jefe (FUHRER, l jefe de empresa) y sus "seguidores" (los obreros y empleados), ligados por relaciones de fidelidad mutua. Para solventar eventuales desacuerdos y para todo lo que afectaba a los intereses nacionales, "delegados del trabajo", miembros del partido, fueron nombrados, la llamada a un "tribunal de honor" se contemplaba igualmente. Según los términos de la ley del 20 de enero de 1934, "en la empresa el empresario, en tanto que jefe (FUHRER) de la sociedad y los empleados y obreros a sus órdenes (GEFOLSGCHAFT) trabajarán concertadamente para alcanzar los objetivos de la empresa y para el bien común de la nación y del Estado". Por otra parte, las carencias de una gran empresa no eran considerados como un simple asunto privado; por el contrario, se veía incluso una especie de delito político. El reagrupamiento, en el seno del "frente del trabajo Alemán" de las diferentes empresas, en tanto que unidades autónomas, no era obligatorio en principio; no comportaba, de todas formas, una reglamentación supra‑ordenada, como en el corporativismo fascista. Ya en el programa original del partido, uno de los objetivos designados había sido la BRECHUNG DER ZINKNECHTSCHFT, expresión que podría traducirse por la eliminación de la servidumbre ejercida por el capital con sus tasas de interés. En otros términos, si se respetaba al capitalista‑empresario, cuya autoridad incluso se reforzaba sobre el plano moral y político, se atacaba al simple capitalismo financiero de "tipo judío", extraño al proceso de producción. Esta orientación, igualmente, puede ser puesta en el activo del nacional‑socialismo.

Además, en el marco mismo de las nuevas leyes del tercer Reich, la economía privada pudo desarrollarse con una gran libertad. Los grandes complejos industriales subsistieron y el sentido de la solidaridad de los diferentes elementos, sentido que había caracterizado estos complejos en el pasado, más allá del marxismo y del sindicalismo, fue reforzado. No se procede ni a nacionalizaciones, ni a socializaciones, algunos artículos radicales del programa del partido (artículo 13 y 14) fueron eliminados. Aquí, el principio de la "integración niveladora" encontró límites saludables, hasta el punto de que algunos pudieron hablar de colisión entre Hitler y los "barones de la industria".

En realidad, se trataba de un frente nacional donde cada uno mantenía su puesto y tenía una libertad de empresa fecunda y responsable. Bajo el tercer Reich, este sistema dió prueba de una extrema eficacia y superó todas las pruebas hasta el final. En cuanto al paro, no solo desapareció rápidamente sino que se llegó al extremo en ocasiones, de carácter de fuerzas productivas suficientes en el marco de las tareas confiadas por el Estado para la realización de los planes de reconstrucción, desarrollo y grandeza nacional.

En lo que respecta a la política comercial, en cierta medida el tercer Reich siguió también el principio de autarquía para asegurarse un máximo de independencia económica. La norma de Schacht, hombre de derecha y prestigioso profesor de economía fue que "no debe comprarse en los países en donde las mercancías estén a mejor mercado, sino en aquellos donde pueden pagarse con un máximo de exportaciones".

Otro aspecto positivo del Tercer Reich se refiere a las medidas en favor del campesinado. Es preciso recordar a este respecto que el campesinado de Europa Central había conservado una cierta dignidad que lo volvía diferente del de los países meridionales. Se podía declarar con orgullo: "Pertenezco a una vieja familia de campesinos". Hitler siguió las ideas de Walter Darré, que se convirtió en ministro de agricultura del Reich, respecto a la fórmula "sangre y tierra". Se veía en el campesino fiel a su tierra la fuente de fuerzas más sanas de la sangre, de la raza, del VOLK; sobre esta cuestión Darré había escrito un libro donde, en referencia a las antiguas civilizaciones indo‑europeas ("arias") había intentado el justificar esta idea (otra de sus obras, más tardía ‑aparecida en 1929‑ se titulada NOBLEZA DE SANGRE Y SUELO). Los antecedentes de esta corriente eran abundantes en Alemania. Puede recordarse las ideas "antimodernas" de S.H. Riehl, que había visto en el campesinado a la única capa social, junto a la nobleza, "no desarraigada". Se había forjado también la consigna "la tierra libera del dinero", que algunos grupos habían incluso intentado traducir bajo una forma utópica por la creación de colonias (SIEDELUNGEN). Por lo demás, esta situación lamentable había sido esquematizada de forma drástica desde fin de siglo pasado en la novela, nuy conocida de W. von Polenz, DER BUTTNERBALER. Esta describía la tragedia de un viejo campesino cuyo fondo ancestral, en razón de las deudas que había sido obligado a contraer, había perdido su propiedad, vendiéndola a un prestamista (un judío se utilizaba una representación tradicional del judío) miembro de un grupo de especuladores que hizo construir una fábrica. A este espectáculo no puede asistir impasible el viejo campesino que termina suicidándose. Pero durante el período de la República de Weimar, en ciertas regiones, como en Schleswing‑Holstein, se introdujeron movimientos de revuelta campesina, en razón de secuestros y requisas a los que no podían hacer frente al endeudamiento y a la presión fiscal.

Aunque el Tercer Reich no estaba en absoluto opuesto a la industria, se ocupó de prevenir enérgicamente el "desarraigo del campesino" (implícitamente su éxodo urbano), proteger la base natural de sus existencia, es decir, las tierras, no solo contra toda expropiación y especulación económica, sino también contra todo fraccionamiento y endeudamiento. El centro de esta política, fue el concepto de ETRBHOF, es decir, de una propiedad hereditaria inalienable, a transmitir a un solo heredero, al más cualificado (lo que a menudo correspondía ya a un uso secular): a conservar a través de generaciones "la herencia del linaje  en las manos de campesinos libres". El Estado estaba dispuesto a ayudar cuando ciertas circunstancias amenazaban  la existencia y la integridad  de este ERBHOF. Expropiaciones y participaciones de las grandes propiedades no fueron emprendidas más que en raros casos típicos de mala gestión. Para numerosas grandes propiedades se observó, por el contrario, el principio conservador y fueron protegidos bajo ciertas condiciones. En efecto, la base tradicional de los JUNKERS era precisamente la propiedad de las haciendas sobre el telón de fondo de un mundo prácticamente feudal. El Tercer Reich extendía así, en cierta forma, el principio que había conducido a federico el grande, en 1748, a promulgar leyes que prohibían, además del crecimiento del estado en detrimento de las haciendas de la nobleza, su alienación y comercialización, su recuperación en beneficio de la clase burguesa rica y especuladora. A penas es preciso decir que desde nuestro punto de vista, estas iniciativas del tercer Reich, marcadas por un espíritu sanamente antimoderno y en absoluto "totalitario", figuran entre las más positivas.

 

 

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