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La Tradición Hermética (02) I Parte. Los símbolos y la doctrina. Introducción

La Tradición Hermética (02) I Parte. Los símbolos y la doctrina. Introducción

 

Biblioeca Evoliana.- La primera parte de "La Tradición Hermética" está dedicada a los símbolos y a la doctrina. Los distintos símbolos de los que parte Evola tienen todos el mismo común denominador: nos hablan de una empresa titánica, un intento de "tomar el cielo por asalto" que aparece en distintas tradiciones y en las que el protagonista -héroe o titán- aspira a vivir una experiencia de trascendencia mediante la lucha heroica, la prueba y la conquista. No siempre triunfa (el titán), pero en caso de que lo logré, conseguirá haber transmutado su naturaleza de plomo opaco en oro resplandeciente.

 

Primera parte

Los simbolos y la doctrina

Introducción: El Arbol, la Serpiente y los Titanes

Uno de los símbolos que encontramos en las tradiciones más diversas y más alejadas en el tiempo y en el espacio es el del Árbol. Metafísicamente, el árbol expresa la fuerza universal que se despliega en la manifestación del mismo modo que la energía de la planta se despliega desde las raíces invisibles al tronco, a las ramas, a las hojas y al fruto.

Se asocian, además, al árbol, con un alto grado de uniformidad, ideas de inmortalidad y de conocimiento sobrenatural por una parte, y, por otra, figuraciones de fuerzas mortales y destructivas, naturalezas temibles, como dragones, serpientes o demonios. Existe también todo un ciclo de mitos referidos a acontecimientos dramáticos que tienen como centro al árbol, y tras cuya alegoría ocultan significados profundos. Es popularmente conocido, entre otros, el mito bíblico que relata la caída de Adán. Destacaremos el conjunto más amplio al cual pertenece este mito y determinaremos sus variantes, no sin antes hacer referencia a la universalidad de los elementos simbólicos que lo componen.

Ya en el Veda y en los Upanishad hallamos el «árbol del mundo», a veces invertido, para significar que en «lo alto», en los «cielos», reside el origen de su fuerza[i]. Ya en él encontramos la convergencia de varios de los elementos a que antes nos hemos referido, puesto que él segrega la bebida de la inmortalidad (soma o amrta); quien se.acerca a él recibe la inspiración, y una visión que, superando el tiempo, es como un recuerdo de infinitas formas de existencia, y puesto que en el interior de su follaje se oculta Yama, el dios de ultratumba, concebido también, no obstante, como un rey primordial.[ii]

En el Irán encontramos también la tradición de un doble árbol, uno de los cuales comprende, según el Bundabesh, todas las semillas, mientras que el otro es capaz de proporcionar la bebida, de la inmortalidad (haoma) y la ciencia espiritual; [iii] lo que nos lleva a pensar inmediatamente en los dos árboles bíblicos del Paraíso, uno el de la Vida y el otro, precisamente, el de la Ciencia. El primero se convierte luego en Mateo (XIII, 31‑32) en la figura del reino de los cielos que surge de la semilla arrojada por el hombre en su simbólico «campo»; lo encontramos más tarde en el Apocalipsis de Juan (XXII, 2) y sobre todo en la cábala, como «el grande y potente Árbol de la Vida», del que «nos llega la Vida desde lo alto» y con el cual se relaciona una «rociada» en virtud de la cual se produce la resurrección de los «muertos»: equivalencia patente con la fuerza de inmortalidad del amrta védico y del haoma iranio.[iv]

La mitología asirobabilónica conoce también un «Árbol. cósmico» radicado en Eridu, la «Casa de la Profundidad», llamado también «Casa de la Sabiduría». Pero, por encima de todo, lo que nos importa subrayar en estas tradiciones –porque nos valdremos de este elemento inmediatamente‑ es otra asociación de símbolos: el Árbol se nos presenta también como la personificación de una Mujer divina, del tipo general de las grandes diosas asiáticas de la Naturaleza, como Ishtar, Anat, Tammuz, Cibeles, etc. Encontramos, pues, la idea de la naturaleza femenina de la fuerza universal representada en el Árbol. Esta idea no sólo se confirma en la diosa a la ‑que se hallaba consagrada la encina de Donona, que, por lo demás, al ser un lugar de oráculos es también una fuente de ciencia espiritual, sino que incluso eran las Hespérides las encargadas de custodiar el árbol, cuyo fruto tiene el mismo valor simbólico que el Vellocino de Oro, la misma fuerza inmortalizante que aquel otro árbol que en la saga irlandesa de Mag Mell está custodiado también por tina entidad femenina; en el Edda es la diosa ldhunn la encargada de guardar las manzanas de la inmortalidad, mientras que en el árbol cósmico Yggdrassill volvemos a encontrarnos con el símbolo central, va que se levanta ante la fuente de Nlimir (guardándola, lo que confirma y reíntroduce el símbolo del dragón en las raíces del Árbol), la cual, por lo demás, contiene el principio de toda sabiduría.[v] Finalmente, según una saga eslava, en la isla de Bujan hay una encina guardada por un dragón (que has, que asociar con la serpiente bíblica, con los monstruos de la aventura de Jasón, y con el jardín de las Hespérides), que al propio tiempo es el lugar de residencia de un principio femenino, llamado «la Virgen del Alba».

Es también muy, interesante la variante según la cual el Árbol se nos presenta como el árbol del poder y del Imperío universal, tal como lo encontramos en sagas como las de Ogiero y del Preste Juan, de quien ya hemos hablado en otro lugar.[vi] En estas sagas el Árbol se desdobla a veces en un Árbol del Sol y en un Árbol de la Luna.

El hermetismo recupera íntegramente la tradición simbólica primordial y presenta la misma asociación de ideas. El símbolo del árbol en los textos alquímicos es muy frecuente: el árbol cobija la «fuente» de Bernardo Trevisano, en cuyo centro se halla el símbolo del dragón Uroboros, que representa el «Todo»[vii]; personifica el «mercurio», principio primero de la Obra hermética, pero representa al Agua divina o «de la Vida» que da la resurrección a los muertos e ilumina a los hijos de Hermes, o bien a la «señora de los filósofos»; pero además también representa al dragón, o sea a una fuerza disolvente, a un poder que mata. También el Árbol del Sol y el Árbol de la Luna son símbolos herméticos que producen a veces, en lugar de frutos, coronas.

Este rápido recorrido a través de un material simbólico que podríamos multiplicar indefinidamente basta para comprobar la permanencia y universalidad de una tradición de un simbolismo vegetal, que expresa la fuerza universal, preferentemente concebida bajo la forma femenina; con la que se relaciona el depósito de una ciencia sobrenatural, de una fuerza capaz de dar la inmortalidad y de una capacidad de dominio, pero al mismo tiempo la idea de un peligro, cuya naturaleza es diversa y que complica el mito en orden a diversas voluntades, a varias verdades y a diferentes visiones.

Por lo general, el peligro es el mismo que corre quien se lanza a la conquista de la inmortalidad o de la Sabiduría mediante un contacto con la fuerza universal, y cuyo empuje arrollador debe soportar. Pero además conocemos formas del mito en las que son héroes quienes se enfrentan con el árbol, y naturalezas divinas (en la Biblia el propio Dios hipostatizado) las que lo defienden e impiden el acceso. Y el resultado, entonces, es una lucha diversamente interpretada, según las tradiciones.

La posibilidad es doble: por un lado el Árbol se concibe como una tentación, que lleva a la ruina y a la maldición a quien sucumbe a ella; por otro lado, se concibe como el objeto de una conquista posible que, tras vencer a los dragones o a los seres divinos que lo defienden, transforma al audaz en un dios, y a veces, transfiere el atributo de la divinidad y de la inmortalidad de una estirpe a otra estirpe.

Así, la ciencia por la cual se deja tentar Adán[viii], para «hacerse igual a Dios», y que sólo conquista para ser inmediatamente abatido y privado del propio Árbol de la Vida, precisamente por aquel a quien había querido igualarse. Esa misma ciencia sobrenatural, sin embargo, la consigue Buda bajo el Árbol, a pesar de los esfuerzos de Mara, quien, según otra tradición, consiguió robar el fuego al dios Indra[ix].

El propio Indra, a su vez, había robado el amrta a un linaje de seres anteriores, con caracteres a veces divinos, a veces titánicos, los Asuras, quienes con el amrta detentaban el privilegio de la inmortalidad.

El mismo resultado victorioso alcanzan Odín (mediante un autosacrificio junto al árbol), Hércules y Mitra, quien, tras fabricarse un manto simbólico con las hojas del Árbol y comer sus frutos, domina al Sol[x].

Y en el viejo mito itálico del Rev de los Bosques, Nemi, esposo de una Diosa (árbol = mujer), debía mantenerse siempre en guardia porque su poder y su dignidad pasarían a quien lo sorprendiera y matara[xi]. La realización espiritual de la tradición hindú va asociada con el hecho de cortar v abatir el árbol de Brahmán con la poderosa arma de la sabiduría[xii].

Pero Agni, que en forma de gavilán había arrancado una rama del Árbol, es también alcanzada: sus plumas, sembradas en la tierra, producen una planta cuyo jugo es el «soma terrestre»: oscura alusión, quizás, al paso de la herencia de la empresa a otra raza (esta vez terrestre): la misma en cuyo favor realizó Prometeo la misma hazaña, y por la cual cayó y, encadenado, sufrió el tormento del gavilán o del águila que le comía las entrañas. Y si Hércules cuyo prototipo de héroe «olímpico» libera a Prometeo y a Teseo, nueva personificación del tipo heroico, Jasón, por el contrario, de estirpe urania, quien había salido en busca del Vellocino de Oro colgado del árbol, muere al final bajo las ruinas de la nave de Argos, la cual, al estar hecha de la Encina de la Dodona, expresa el mismo poder que había sufrido el robo. La historia se repite para el édico Loki que robó las manzanas de la inmortalidad ¡tinto a la diosa ldhunn que las guardaba[xiii]; y el caldeo Gilgamesh, después de coger el «gran fruto cristalino» en una selva con «árboles semejantes a los de los dioses», encuentra la entrada impedida por las guardianas. El, dios asirio Zu, que aspirando a la dignidad suprema se apoderó de las «tablas del destino» y con ellas del poder del conocimiento profético, es alcanzado por Raal, quien, convertido en pájaro de presa, lo recluye en la cima de una montaña.

El mito nos habla, pues, de un acontecimiento que entraña un riesgo y tina incertidumbre fundamentales. En las teomaquias hesiodeas, y peculiarmente en la levenda del Rey de los Bosques, los dioses o los hombres se muestran como propietarios de un poder que puede transmitirse junto al atributo de la divinidad a quien sea capaz de alcanzarlo. En tal caso la fuerza primordial tiene naturaleza femenina (árbol = mujer divina): y puede sufrir la violencia que, según los propios Evangelios, hay que hacer al «Reíno de los Cielos». Pero entre quienes lo intentan hay quien fuerza el paso y triunfa, y quien cae y lamenta su propia audacia padeciendo los efectos del aspecto letal del mismo poder que trataba de conquistar.

Ahora bien, la interpretación de tal acontecimiento pone de manifiesto la posibilidad de dos concepciones opuestas: la heroico‑mágica y la religiosa. Según la primera, quien sucumbe en el mito es únicamente un ser cuya fortuna y cuya fuerza no han sido iguales a su audacia. Pero según la otra concepción, la religiosa, el sentido es muy distinto: en este caso la mala fortuna se convierte en culpa, la empresa heroica en un sacrilegio y maldíta, no por no haber acabado victoriosamente, sino en sí misma. Adán no es un ser que ha sucumbido en un intento en el que otros triunfaron, sino que es un pecador, y lo que le ha ocurrido es lo único que podía sucederle. No tiene más remedio que reparar su pecado expiando, y sobre todo renegando del impulso que lo embarcó en aquella empresa: la idea de que el vencido puede pensar en la revancha, o trate de «mantenella y no enmendalla» reivindicando la dignidad que su acto le ha reportado, aparece, desde el punto de vista «religíoso», como el «luciferismo» más reprobable.

Pero el punto de vista religioso no es el único. Como ya hemos apuntado más arriba, este punto de vista se asocia a una variante de la tradición «sacerdotal» (como opuesta a la regia) y con igual derecho a la existencia que el otro ‑el heroico‑, que se impone en la otra antigüedad de Oriente y de Occidente, y cuyo espíritu está reflejado en gran medida en el hermetismo: Una exégesis nos da, de hecho, la «verga de Hermes»[xiv] como símbolo de la unión de un hijo (Zeus) con la madre (Rea, símbolo de la fuerza universal), a la que ha conquistado tras matar al padre y apoderarse de su reino: es el símbolo del «incesto filosofal», que encontraremos en toda la literatura hermética. Hermes es, desde luego, el mensajero de los dioses, pero tambien aquel que consigue quitar a Zeus el cetro, a Venus el ceñidor, a Vulcano, dios del «Fuego de la Tierra», los utensilios de su arte alegórico; y en la tradición egipcia, tal y como nos cuentan los autores más tardíos, Hermes, investido de una triple grandeza ‑Hermes Trismegisto‑, se confunde con la imagen de uno de los reyes y de los maestros de la edad primordial que dieron a los hombres los principios de una civilización superior. El sentido concreto de todo esto no escapará a nadie.

Pero eso no es todo. Una tradición, contada por Tertuliano, y que reaparece en el hermetismo árabe‑sirio, nos lleva de nuevo al mismo punto. Dice Tertuliano[xv] que las obras de la naturale­za, «malditas e inútiles»; los secretos de los metales; las vírtudes de las plantas; las fuerzas de los conjuros mágicos y de «todas aquellas extrañas doctrinas que van hasta la ciencia de los astros» ‑es decir, todo el corpus de las antiguas ciencias mágico‑hermétícas‑ fue revelado a los hombres por los ángeles caídos. Esta idea aparece en el Libro de Enoch, donde se completa en el contexto de esta tradición más antigua, traicionando así la unilateralidad propia de la interpretación religiosa. Entre los Ben Elobim, los ángeles caídos, descendidos ‑sobre el monte Hermón, de los que se habla en Enoch[xvi], y la estirpe de los Veladores y de los Vigilantes ‑«egregoroi»‑ que descendieron a instruir a la humanidad ‑del mismo modo que Prometeo «enseñó a los mortales todas las artes»‑[xvii], de que se nos habla en el Libro de los Jubileos[xviii], como ha puesto de manifiesto Mereslikowskij,[xix] existe una evidente correspondencia. Más aún: en Enoch (LXIX, 6‑7), Azazel, «que sedujo a Eva», habría enseñado a los hombres el uso de las armas que matan, lo que, dejando a un lado la metáfora, significa que habría infundido en los hombres el espíritu guerrero. Ya se sabe, en este sentido, cuál es el mito de la caída: los ángeles se encendieron de deseo por las «mujeres»; ahora bien, ya hemos explicado qué significa la «mujer» en su relación con el árbol, y nuestra interpretación se confirma si examinamos el término sánscrito qakti, que se emplea metafísicamente para referirse a la «mujer del dios», y al mismo tiempo a su potencia.[xx]

Estos ángeles fueron presa del deseo por la potencia, y apareados cayeron ‑descendieron a la tierra‑ sobre un lugar elevado (el monte Hermón): de esta unión nacieron los Nephelin, una poderosa raza (los titanes), alegóricamente descritos como gigantes, pero cuya naturaleza sobrenatural queda al descubierto en el Libro de Enoch (XV, 11): «No necesitan comida, no padecen sed, y escapan a la percepción (material)».

Los Nephelin y los ángeles caídos no son otros que los titanes y «los que vigilan», la estirpe llamada en el Libro de Barucb (111, 26), «gloriosa y guerrera», la misma raza que despertó en los hombres el espíritu de los héroes y de los guerreros, que inventó sus artes, y que les transmitió el misterio de la magia.[xxi] Ahora bien, ¿qué prueba puede ser más decisiva, en lo tocante a la investigación, acerca del espíritu de la tradición hermético-alquímica, que la explícita y continua referencia de los textos precisamente a aquella tradición? Leemos en un texto hermético: «Los libros antiguos y divinos ‑dice Hermes‑ enseñan que ciertos ángeles se encendieron de deseo por las mujeres. Descendieron a la tierra y les enseñaron todas las operaciones de la Naturaleza. Ellos fueron quienes compusieron las obras ‑herméticas y de ellos procede la tradición primordial de este Arte».[xxii] El mismo término chemi, de chema, del que derivan las palabras alquimia y química, aparece por vez primera en un papiro de la XII Dinastía, referido precisamente a una tradición de este género.

Pero ¿cuál es el sentido de este arte, del arte de «los hijos de Hermes», del «Arte Regia»?

Las palabras del dios teístamente concebido en el mito del Árbol son las siguientes: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros, en virtud de su conocimiento del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y, comiendo de él, viva para siempre» (Gén., 111, 22‑24). Hay que distinguir en esta cita dos puntos: ante todo el reconocimiento de la dignidad divina que Adán, en cualquier caso, ha conquistado; y, además, la referencia implícita a la posibilidad de trasponer esta realización en el orden de la fuerza universal, simbolizada en el árbol de la vida, y de confirmarla en la ínmortalidad. En el desenlace de la aventura de Adán, el Dios hipostatizado, que no ha impedido su primer logro, consigue, sin embargo, detenerlo antes de conseguir la segunda posibilidad: el acceso al árbol de la vida queda cerrado por la espada de fuego del querubín. El mito titánico del orfismo tiene un sentido análogo: el rayo abate y reseca «en una sed que arde y consume» a aquellos que han «devorado» al dios, sed que está simbolizada asimismo en el ave rapaz que muerde a Prometeo. Y en Frigia se lloraba a Atis, «espiga segada aún verde», y su emasculación, es decir, la privación del poder viril que sufre Atis, podría corresponder a la prohibición «del potente árbol del centro del paraíso» y al encadenamiento de Prometeo a la roca.

Pero la llama no se extingue, sino que se transmite y se purifica en la tradición secreta del Arte Regia, que en determinados textos herméticos se identifica explícitamente con la magia y tiende a la construcción de un segundo «Árbol de la Vida» que sustituya al perdido[xxiii]; persigue forzar el acceso «al centro del árbol que se halla en medio del paraíso terrestre», lo cual implica un atroz combate[xxiv]; es ni más ni menos que una reiteración de la antigua temeridad, según el espíritu del Hércules Olímpico, vencedor de los titanes y liberador de Prometeo, de Mitra, subyugador del Sol; en una palabra, de aquella misma personalidad que en el Oriente búdico recibió el nombre de «Señor de los hombres y de los dioses».

Lo que distingue y caracteriza al Arte Regía es su carácter de necesariedad. Berthelot, a propósito de las expresiones anteriormente citadas de Tertuliano, nos dice que: «La ley científica es fatal e indiferente: el conocimiento de la naturaleza y el poder que de ello se deriva lo mismo puede ser aplicado para el bien que para el mal», y que esto es el punto fundamental de contraste con la visión religiosa, la cual lo subordina todo a elementos de dependencia devota, de temor de Dios y de moralidad. Y continúa Berthelot, «algo de esta antinomia en el odio contra las ciencias (herméticas) se deja transparentar ya en el Libro de Enoch y en Tertuliano»[xxv]. Lo cual no‑ puede ser más exacto: aunque la ciencia hermética no es la material, que es la que debería estar en la idea de Berthelot, el carácter amoral y determinante que él reconoce a la última pertenece igualmente a la primera. Una máxima de Ripley, a este respecto, está llena de significado: «Si los principios con los cuales se trabaja son verdaderos y las operaciones son correctas, el efecto debe ser cierto, y no otro es el verdadero secreto de los Filósofos (herméticos)».[xxvi] Agripa, citando a Porfirio, habla del poder determinante de los ritos, en los cuales las divinidades son forzadas por la plegaria, son vencidas y obligadas a descender; añade que las fórmulas mágicas obligan a intervenir a las energías ocultas de las entidades astrales, las cuales no escuchan la plegaria sino que actúan sólo en virtud de un lazo natural de necesidad.[xxvii] No es diferente la idea de Plotino: el hecho en sí de la oración produce el efecto según una relación determinista, y no porque tal entidad preste atención a la plegaria propiamente dicha y deliberadamente.[xxviii] En un comentario a Zósimo, se lee: «La experiencia es la maestra suprema, porque sobre la base de los resultados probados ense­ña a quien comprende lo que mejor le puede conducir al fin».[xxix] El Arte hermético consiste, pues, en un método determinante que se ejerce sobre las fuerzas espirituales, por vía sobrenatural si se quiere (el simbólíco, Fuego hermético es con frecuencia denominado «no natural» o «contranatura»), pero siempre con exclusión de cualquier clase de lazo religioso, moral, final o extraño en cualquier modo a una ley de simple determinismo de causa a efecto. Referida por la tradíción a los «que velan» ‑«egregoroi»‑, a aquellos que consiguieron robar el Árbol y poseer la mujer, refleja un símbolo «heroico» y se aplica en el mundo espiritual para constituir algo que ‑como veremos‑ dice poseer una dignidad superior a todo lo precedente;[xxx] que no se define con el término religioso santo, sino con el guerrero de Rey; siempre un rey, un ser coronado y un color regio, la púrpura, al final de la obra hermético‑alquímica, y con el metal real y solar, el oro, como el centro de todo su simbolismo, como ya hemos dicho.

Por lo que se refiere a la dignidad de quien ha sido reintegrado por el Arte, las expresiones de los textos son precisas: Zósimo llama a la raza de los filósofos «autónoma, inmaterial y sin rey, y custodios de la sabiduría de los siglos».[xxxi] Es superior al destino.[xxxii] «Superior a los hombres, inmortal», dice Pebechio de su Maestro.[xxxiii] Y la tradición ulterior, hasta Gagliostro, será: «Libre y dueño de la Vida, con poder de señorear sobre las naturalezas angélicas»?[xxxiv] Plotíno había hablado ya de la temeridad de aquellos que han entrado en el mundo, o sea, que han adquirido un cuerpo, cosa que, como veremos más adelante, tiene una relación cierta con uno de los sentidos de la caída, y Agripa 3' habla del terror que sobrecogía al hombre en su estado natural, es decir, antes de que, a causa de su caída[xxxv], en lugar de producir miedo, sucumbiera él mismo al miedo: «Este temor, que es como el signo impreso de Dios en el hombre, hace que todas las cosas le estén sometidas y lo reconozcan como superior», como portador del «carácter, llamado Pahad por los cabalistas, y mano izquierda y espada del Señor».

Pero aún hay más: el dominio de las «dos naturalezas» que encierra el secreto del «árbol del Bien y del Mal». La enseñanza se encuentra en el Corpus Hermeticum: «El hombre no pierde dignidad por poseer una parte mortal, sino muy al contrario, esta mortalidad aumenta su posibilidad y su poder. Sus dobles funciones le son posibles precisamente gracias a su doble naturaleza, porque está constituido de forma que le es posible abrazar a un tiempo lo terrestre y lo divino».' «Así pues, no temamos decir la verdad. El hombre verdadero está por encima de ellos (de los dioses celestes), o por lo menos igual que ellos. Puesto que ningún dios deja su mundo para venir a la tierra, mientras que el hombre sube al cielo y lo mide. Por lo que nos atrevemos a decir que un hombre es un dios mortal y que un dios uranio es un hombre inmortal.»

Tal es la verdad de la «nueva raza» que el Arte Regio de los «hijos de Hermes» construye sobre la tierra, elevando lo que había caído, calmando la «sed», restituyendo la potencia a quien quedó inane, confiriendo mirada fija impasible de «águila» al ojo herido y enceguecido por «el relampagueo del rayo», otorgando dignidad olímpica, pero regia, a quien fue titán. En un texto mistéríco perteneciente al mismo mundo ideal donde la alquimia griega recibió sus primeras expresiones, se dice que la «Vida‑luz», de la que se habla en el evangelio de san Juan, es «la raza misteriosa de los hombres perfectos, desconocida para las generaciones anteriores»; a este texto le sigue una referencia precisamente a Hermes: el texto recuerda que en el templo de Samotracia se erguían las estatuas de dos hombres desnudos con los brazos elevados hacia lo alto y con el miembro erecto, «como en la estatua de Hermes en Cillene», los cuales representaban al hombre prímordial, Adamas, y al hombre renacido, «que es en todo de la misma naturaleza que el primero». Y se agrega: «Antes es la naturaleza beata del Hombre de arriba; luego la naturaleza mortal de aquí abajo; en tercer lugar la raza de los sin rey que procede de allá arriba, donde está Mariam, la buscada». «Este ser bienaventurado e incorruptible ‑aclara Simón el Mago‑, reside en todo ser, se halla escondido; en potencia y no en acto. Precisamente quien se mantiene erguido, quien se mantuvo erguido y quien se mantendrá erguido; quien se mantuvo erguido arriba, en la potencia increada; quien se ha mantenido erguido aquí abajo, al ser engendrado de la imagen (refleja) en la avenida, de las aguas; y quien se mantendrá erguido de nuevo arriba, ante la potencia infinita, cuando se haga perfectamente igual a ella.»

Esta misma enseñanza es la que se repite en los textos de la tradición hermética,' y que encierra todo su significado, como trataremos de ilustrar en sus aspectos principales en las páginas que siguen.



[i]. Q Katba‑Upanishad, VI, 1; Bbagavad‑gitá, XV, 1‑3; X, 26.

[ii] GOBLET WALVIELLA, La Migration des Symboles, París, 1891, pp. 151‑206.

[iii] ]aqna, IX y X.

[iv] Zobar, 1, 226 b; 1, 256 a; 111, 61 a; 111, 128 b; 11, 61 b; 1, 225 k, I, 131a.

[v] Q. UALVIELLA, 10C. Cit.

[vi] EVOLA, Il mistero del Graal e la tradizione ghibelina dall'Impero, Milán, 1964.

[vii] Cf el ex‑libris hermético reproducido por L. CHARBONNEAu‑LASSAY, en Regnabit, n. 3‑4 de 1925. En el espacio central del árbol se halla el Fénix, símbolo de la inmortalidad, que trae el amrta y el haorna.

[viii] Aunque volveremos sobre el tema, dejamos por el momento que el lector intuya el significado profundo del símbolo, según el cual la «tenta­ción» se presenta a través de la «mujer» ‑Eva la «Viviente»‑‑, la cual en el origen formaba parte de Adán.

[ix] CI. WEBER, Indiscbe Studien, t. III, p. 466.

[x] CI. F. CUMONT, Les MyWres de Mithra, Bruselas, 1913, p. 133.

[xi] Este mito es el centro alrededor del cual gira el exhaustivo mate­rial de la conocida obra de G. FRAZER, Tbe Golden Bougb.

[xii] Bhagavad‑Gítá, XV, 3.

[xiii] . Es evidente su correspondencia con las Hespérides. Este texto, incompleto, no excluye una frase ulterior de la aventura (cf. UALVIELLA, p. 190). El texto más conocido de la Epopeya de Gilgamesh ofrece un desen­lace negativo de la aventura; Gilgamesh pierde, durante el sueño, la hierba de la inmortalidad que había conquistado tras llegar, a través de las «aguas de la muerte», a la tierra del rey del «estado primordial».

[xiv] En ATENÁGORAS, XX, 292: encontramos también una interferen­cia con el ciclo heroico de Hércules: aquello con lo que Rea es atada se denomina el «lazo de Hércules».

[xv] TERTULIANO, De Cultu Fem., 1, 2 b.

[xvi] Libro de Enoch, VI, 1‑6; VII, 1.

[xvii] ESQUILO, Prometeo, 506.

[xviii] IV, 15 apud KAUTZSCH, Aprokryphen und Pseudoepigraphen, Tu­binga, 1900, t. II, p. 47.

[xix] D. MERESHKOWSKij, Das Gebeimnis des Westens, Leipzig, 1929, cc. IV‑V.

[xx] FABRE D'OLIVET (Langue Hébraique rest.) en su comentario al pa­saje bíblico (Gén. IV, 2), ve también en las «mujeres» un símbolo de los «poderes generadores». Además tiene especial relación con lo que diremos acerca del carácter vinculante del arte hermético, el simbolismo tibetano en el cual la Sabiduría aparece de nuevo como una «mujer», y quien desempeña el papel de varón en el coito con ella es el «método», el «arte» (cf. Shricakraasmbbara, ed. A. Avalon, Londres‑Calcuta, 1919, p. XIV, 23), DANTE (COM, II, XV, 4) llama a los «Filósofos» los «amantes» de la «mujer», la cual en la simbología de los «Fieles de Amor» representa tam­bién la gnosis, el Conocimiento esotérico.

[xxi] En la concepción más originaria, que encontramos también en Hesiodo, los «vigilantes» se identifican con los seres de la edad primordial, de la Edad del Oro, que no han llegado a morir, sino que únicamente se han hecho invisibles para los hombres de las épocas sucesivas.

[xxii] En la antología de Berthelot, La Chimie au Moyen Age, París 1893.

[xxiii] CESARE DELLA RiVIERA, El mundo mágico de los héroes, Milán, 1605, pp. 4, 5, 49.

[xxiv] BASILIO VALENTINo, Azoth (Manget, 11, p. 214). En S. TRISMOSIN, Aurum Vellus, Rorschah, 1598, en una ilustración llena de sentido se ve a un hombre en actitud de subir al Árbol cuyo tronco está atravesado por la corriente simbólica. Las invocaciones a Hércules, a Jasón y a sus empresu son además explícitas y muy frecuentes en los textos, y en ellos ‑‑cosa aún más significativa‑ suele llamarse Prometeo al alma.

[xxv] BERTHELOT, Les origines de l'Alcbimie, París, 1885, pp. 10, 17‑19.

[xxvi] FILALETFs, Epist. de Ripley, § VIII.

[xxvii] AGRIM, De occulta Nilosoffia, 11, 60, 111, 32.

[xxviii] PLOTINO, Enneadas, IV, 42; 26.

[xxix] Cit. en BERTHELOT, Coll. des Alchimistes Grecques, París, 1887 (que para mayor brevedad indicaremos desde ahora como CAG), t. 11, 284

[xxx] Se debe tener presente que esta superioridad depende de la pers­pectiva específica del punto de vista heroico; por lo cual, en última instancia, es relativa. Se consideran las épocas de oscurecimiento de la tradición prímor­dial, con sus generaciones. Desde el punto de vista puramente metafísico, la esencia de toda auténtica iniciación es siempre la reintegración del hombre al estado «primordial».

[xxxi] Citado en CAG, t. 11, 213.

[xxxii] Citado en CAG, t. 11, 229.

[xxxiii] Citado en CMA, t. 11, 310. Que los alquimistas tenían conciencia de construirse una inmortalidad contraria a la intención de «Dios», se ob­serva, por ejemplo, en GEBER, quien en el Libro de la Misericordia (CMA, t. 111, 173), dice: «Si él (Dios) ha puesto en él (el hombre) elementos divergentes es porque ha querido asegurar el fin del ser creado. Así como Dios no ha querido que los seres subsistieran para siempre, aparte de él, así le infligió al hombre la disparidad de las cuatro naturalezas, que conduce a la muerte del hombre, y a la separación de su alma y su cuerpo». Pero en otro lugar (Libro de los equilibrios, CMA, t. 111, 147,7148) el propio autor se propone equilibrar las naturalezas en el hombre, una vez descompuestas, para darle una nueva existencia, «tal, que no podrá volver a morir», porque «una vez obtenido este equilibrio, los seres no se cambian, ni se alteran ni se modifican jamás».

[xxxiv] Ver este texto en la revista «Ignis»,1925, pp. 277, 305.

[xxxv] Enneadas, V, IX, 14; ci. V, 1, 1. En el Corpus Hermeticum encon­tramos la audacia semejante de «salir de las esferas», en el mismo sentido que Lucifer (BÚHME, De Signatura, XVI, 40) habría salido de la «armonía» del mundo.

 

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