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Biblioteca Evoliana

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Biblioteca Evoliana.- En 1985 tradujimos este texto que había sido publicado inicialmente, casi diez años antes, por el Centro de Estudios Evolianos de Nantes,, dirigido por Leon Colas, con el nombre de "Evola o la Afirmación Absoluta". El texto fue publicado artesanalmente en España por Ediciones Alternativa. El contenido tiene la virtud de resumir, no solamente los episodios biográficos más importantes en la vida de Evola, sino también un resumen bastante completo y preciso (dada la extensi´no del texto) de su obra.

 

 

INTRODUCCION A JULIUS EVOLA

Philipe Baillet

NOTA DEL TRADUCTOR

En 1978 ó 79 recibimos del Centro de Estudios Evolianos de Nantes (si no recordamos mal, lo dirigía León Colas), este texto fotocopiado. Era un pequeño folleto escrito por Philipe Baillet al que conocí personalmente dos años después durante mi exilio parisino. Hasta 1985 no tuve ocasión de traducir este pequeño texto y publicarlo en la pequeña editorial artesanal “Ediciones Alternativa” de la que fue un “éxito” de ventas (algo más de 400 ejemplares…). En estos momentos en los que se preparan unas jornadas evolianas en Madrid de las que daremos más información en breve, consideramos fundamental el colocar en línea esta obra que podemos calificar como “Introducción general a la vida, a la obra y a las ideas esenciales de Julius Evola”.

Vale la pena conocer a Evola. No se trata de un autor fácil. Las traducciones que se han hecho de él no han sido todo lo precisas que hubiera sido de desear. Salvo “El Misterio del Grial”, “La tradición hermética” y “Metafísica del Sexo”, el resto de sus obras se han difundido muy escasamente. Hoy Evola está esperando todavía que alguien tenga el tiempo suficiente para escasear todo este material precioso y ofrecerlo en Internet, tal como se ha hecho con la obra de Guenon.

El texto original se había perdido y ha sido gracias al encuentro fortuito en un desván de un ejemplar que se ha podido realizar el OCR del original. Los scaneos y tratamiento OCR son imprecisos y suelen adornarse con todo tipo de faltas y errores. Rogamos a nuestros lectores sepan disculparlos y si alguien tiene tiempo y ganas para realizar la corrección de estilo y la corrección ortográfica, se lo agradeceremos.

Ernesto Milá

© Por la obra, Philipe Baillet – Centro de Estudios Evolianos de Nantes.

© Por la traducción del texto: Ernesto Milà – infoKrisis –administración@krisis.info – 15.09.04


"El progreso filosófico o incluso la simple sabiduría, consisten siempre en la capacidad de distinguir entre marcos de referencia, entre niveles de verdad, y situar al mismo tiempo la propia vida en re1ación a estos distintos niveles de universalidad creciente"

Allan Watts.

"Nos preocuparemos poco en discutir y demostrar. Las verdades que pueden hacer comprender el mundo tradicional no son de las que se "aprenden” o "discuten". Son o no son. Solo se las puede recordar y esto se produce cuando uno se libera de los obstáculos y prejuicios que representan las diversas construcciones humanas (y en primer lugar los resultados y los métodos de los "investigadores" autorizados) y cuando se ha suscitado la capacidad de ver desde este punto de vista no humano que es el punto de vista tradicional"

Revuelta contra el mundo mo­derno. Julius Evola.

I

LA BUSQUEDA DEL ORDEN EN LA VIDA DE EVOLA

Julius Evola nació en Roma en el seno de una vieja familia patricia y cristiana el 19 de mayo de 1.898 y no en 1.892 como se ha escrito en dos de sus obras publicadas en Francia.

Desde la adolescencia se manifestaron en él dos disposiciones fundamentales, dos predisposiciones, deberíamos decir, pues Evola parece atribuirles un origen prenatal. La primera es un impulso hacia la trascendencia, y un cierto distanciamiento respecto a lo humano, cuya contrapartida negativa durante su juventud, fue una relativa insensibilidad y frialdad del alma, no exenta de desviaciones seudo-místicas. La segunda predisposición es la de khsatriya, de guerrero, la cual coloca a Evola en disposición de formular una afirmación desequilibrada del Yo y a exponer de manera especulativa una doctrina de potencia y autarquía. Pero fue también la base existencial que le hizo sentir como absolutamente evidentes, a pesar de su anacronismo, los valores y la realidad de otro mundo, el mundo de una civilización jerárquica, aristocrática y feudal. Por fin, le dio también el gusto por las posiciones netas, sin compromiso y es­ta especie de intrepidez intelectual coherente y lógica que se encuentra siempre en todas sus obras y en lo que concierne a las influencias de orden intelectual, Evola, hacia la edad de 15/1ó años, lee a Wilde, D'Annunzio y a dos autores desconocidos que aun hoy siguen siéndolo; dos autores judíos, es preciso establecerlo para aclarar por anticipado el "antisemitismo" de Evola. Estos dos autores, que se suicidaron antes de cumplir los treinta años, son Michelstaedler y Otto Weininger. El segundo escribió un libro muy interesante sobre la sexualidad al que Evola se referirá más tarde e; su "Metafísica del Sexo", Evola lee también a Stirner y a Nietzsche. La lectura de este último refuerza su disposición de khsatriya y su revuelta contra el mundo burgués y su pequeña moralina.

Justo antes de la primera guerra mundial y durante el principio de la misma, Evola se pone en contacto con Giovanni Papini, director de varias revistas bastante próximas al futurismo y, como él, bastante exhibicionistas y sin raíces profundas. Evola no será deudor de Papini salvo por el hecho de haberle dado a conocer las corrientes extranjeras del arte de vanguardia, así como a ciertos místicos, entre ellos Meister Eckhart. Aun rechazando completamente el chauvinismo propio a la corriente futurista, Evola participa en la primera guerra mundial como oficial de artillería, pero sobre el plano interior la experiencia bélica no le reportó nada nuevo no habiéndose encontrado nunca en el curso de las hostilidades en momentos de grave peligro. De regreso a Roma los años que siguieron fueron para él los de una grave crisis, Evola realiza entonces varias experiencias con drogas poco conocidas, experiencias que serán, por otra parte, las únicas de su vida. Las cosas empeoraron de tal forma que contempló incluso la posibilidad de suicidarse. Tenía entonces 23 años. Evitó finalmente el suicidio gracias a la lectura de un fragmento del Majhima Nikaya, una de las antologías del canon budista palí que provocó en él una especie de ruptura. El fragmento en cuestión decía: "Consideró el Nirvana como Nirvana y habiendo considerado el Nirvana como Nirvana pensó: "Nirvana", se identificó con el Nirvana, pensó como el Nirvana. Se dijo: "El Nirvana es mío" y se regocijó con el Nirvana ¿y esto por qué? a causa de su ignorancia te digo". Es tras esta lectura que Evola dice haber adquirido una firmeza capaz de resistir todas las crisis.

De este período datan igualmente la adhesión de Evola al dadaísmo, del que fue uno de sus principales representantes en Italia, así como sus producciones en el terreno artístico, bajo la forma de poemas y pinturas.

Evola estuvo atraído por el dadaísmo ya que no se trata ba solamente de una tendencia entre otras del arte de vanguardia, sino más bien, según él, de una "visión general” de la vida en la cual el impulso hacia una liberación absoluta de todas las categorías lógicas, éticas y estéticas se manifiestan, bajo formas paradójicas y desconcertantes". Algunas palabras de Tristán Tzara, a quien cono­ció personalmente, encuentran en él cierto eco, como por ejemplo: "Buscamos la fuerza recta, pura, única, no busca mas nada más". Pero la atracción hacia el dadaísmo estaba indisolublemente ligada a la crisis que Evola atravesaba entonces. Pasada la crisis, murió en él algo de todo esto.

Al período artístico continuó el periodo especulativo y filosófico con dos libros sobre el "Individuo absoluto" período que va desde 1.921 a 1.927. Pero la atención de Evola se había fijado ya en las doctrinas sapienciales, sobre todo en las orientales. Publica una presentación del Tao-Te-King, de Lao-Tsé, entra en contacto con Jhon Woodroofe, traductor de los Tantras hindúes y escribe "El hombre como potencia" del que "El yoga tántrico", publicado veinte años después, no será más que una profundización. Evola conoce también a Arturo Reghini, futuro cola­borador de "El Velo de Isis" que le facilita ideas interesantes sobre la tradición romana y le pone en contacto ~ con René Guenon. En 1.928, aparece "Imperialismo Pagano", obra violentamente anticristiana, donde se encuentran expuestas las concepciones sobre el Imperium. El libro, que alimentaba la esperanza, bastante quimérica, según reconoce el mismo Evola, de actuar sobre las corrientes político-culturales de su tiempo, no tuvo prácticamente resonancia la edición alemana de 1.933 fue, por contrario, mucho mejor acogida y muchos alemanes vieron en Evola, aunque de forma equivocada, al representante más conspicuo de una potente corriente cultural "gibelina" en el fascismo.

En 1.927 se constituye bajo la dirección de Evola el "Grupo de Ur". El nombre del grupo se había elegido como referencia al término griego PYR, fuego, y también en el sentido primordial y original, del prefijo UR, en la lengua alemana. Durante tres años, el grupo publicará monografías abundantes sobre diferentes doctrinas tradicionales extractos comentados como los de Kremmerz, Meyrink, Crooley y traducciones de textos tradicionales entre los que pueden citarse el "Ritual Mithriaco del Gran Papiro Mágico de París", el texto hermético de la Turba Philosopharum los Versos Áureos de Pitágoras, extractos de un Tantra del Milindapala budista, algunos cantos del asceta tibetano Milarepa, etc. Todo será recopilado más tarde en los cuatro grandes tomos que fueron publicados bajo el título de "Introducción a la magia en tanto que ciencia del Yo" y forma verdaderamente un conjunto de este género, tanto por la importancia de la materia reunida, como por la calidad de los diferentes estudios.

Hacia el fin de su segundo ano de existencia, el grupo: conoce una escisión de la que no se recuperará, escisión provocada a instigación de ciertos elementos que pretenden mantener en vida a la francmasonería, por entonces prohibida por el régimen fascista. En cuanto a la cuestión discutida de saber si el "Grupo de UR" revistió un carácter: operativo, Evola responde que si. Las instrucciones correspondientes a este carácter operativo fueron expuestas en dos monografías hoy disponibles.

Tras el cese de las publicaciones del grupo, la materia esencial había sido ya tratada, Evola crea en 1.930, con algunos amigos, entre los cuales se encuentra Guido de Giorgio, muy apreciado por Guenon y que colabora también: con él en "El velo de Isis", una revista mensual, "La To­rre". Se trata de una nueva intentona, tras la defectuosa de "Imperialismo pagano", de influir positivamente en el ambiente político cultural. En el editorial del primer nú­mero de su revista, Evola afirmará que ha sido creada para defender los principios que se encuentran más allá del plano político, pero que, aplicados sobre este plano pueden dar lugar a un orden de diferenciaciones cualitativas, es decir, de jerarquía, también, de autoridad y de Imperium, en el sentido más amplio del término y añade también: "En la medida en que el fascismo sigue y defiende tales principios y en esta medida solamente nosotros podemos considerarnos como fascistas". Volviendo sobre esta cuestión en el número 5, Evola precisa su posición: "No somos ni fascistas ni antifascistas. El antifascismo no es nada... el fascismo es muy poco quisiéramos un fascismo más radical, más intrépido, un fascismo realmente absoluto, hecho de fuerza pura, inaccesible a todo compromiso”. Con la experiencia de "La Torre" desearíamos probar que existe en la Italia fascista la posibilidad de expresar un pensamiento rigurosamente imperial y tradicional libre de cualquier servilismo, adherido a la pura voluntad de defender una idea".

Al expresar tan libremente sus posiciones, la revista no tarda en tener problemas con el poder político. Excepcionalmente -pues no era adecuado prohibir una revista abiertamente pro-fascista por lo menos en su conjunto- el número 3 había sido suspendido por haber condenado la campaña demográfica entonces orquestada por el régimen. Pero Evola debe enfrentarse muy pronto a la hostilidad declarada de los jerarcas del partido único, él que ha rechazado siempre adherirse a los escuadristas, veteranos combatientes de las calles contra los militantes de izquierdas, por ironías de la suerte es este el único período de su vida en que deberá circular por Roma acompañado por un cuerpo de guardia. Siguiendo las órdenes de las altas instancias del partido, todas las empresas de artes gráficas de Roma rechazan imprimir la revista de Evola que cesará de aparecer el 15 de junio de 1.930 tras haber publicado 10 números.

La interrupción de la revista envalentona a Evola a volver sobre sus trabajos personales y es en este momento que comienza a escribir "Revuelta contra el mundo moderno". De este período data también "La Tradición Hermética" pub1icado en 1.931 y "Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo" que aparecerá en 1.932. Curiosamente la segunda intentona abortada de "La Torre" va a reencarnarse en uno de los bastiones de la ortodoxia fascista. Evola se pone en relación con Roberto Farinacci, hombre que goza de cierto prestigio en el séquito de Mussolini y en quien Evola encuentra una especie de "santo protector". Farinacci dirige un diario, "El Régimen Fascista" y acepta que Evola dis­ponga en su diario de una página especial reservada a la defensa ya afirmación de los valores tradicionales. La colaboración durará de 1.932 hasta el inicio de la guerra y en "El Régimen fascista", Evola y sus amigos, así como repre­sentantes de la derecha europea tendrán una tribuna asegurada. Entre otros colaborarán Gonzague de Reynol, el Príncipe Karl Anton Rohan, el economista austriaco Otmar Span, poetas judíos alemanes como Wolfskehl, del grupo de Stefan George, pero también -y esto merece ser subrayado- artículos traducidos de René Guenon y estractos de sus libros, primero bajo el seudónimo de "Ignitus" y luego bajo su propio nombre.

En 1.934 se publica "Revuelta contra el mundo moderno". La edición germana aparecerá un alto des pues y recibirá una elogiosa acogida entre los medios alemanes tradicionalistas: especialmente en la tendencia denominada "revolución conservadora" y en algunos circulas de la aristocracia. Un período de actividades intensas comienza entonces para Evo la: viaja a Alemania y a diversas partes de la Europa Central, da conferencias, multiplica sus entrevistas interesantes, entre ellas con Corneliu Codreanu, jefe del movi­miento rumano fascista de la "Guardia de Hierro" y con Mircea Eliade, entonces miembro de este movimiento y que se había interesado ya en el "Grupo de UR". Es igualmente el período durante el cual Evola elabora su doctrina de la raza, apoyándose en la división tradicional del hombre: soma, psique y nous. En 1.937, aparece "El mito de la sangre", una historia del racismo desde sus formas antiguas hasta las teorías modernas de la antropología y de la genética, pasando por el estudio de precursores como Gobineau, Vacher de Lapouge, Chamberlain, etc. El primer libro sobre la cuestión es seguido en 1.941 de "Síntesis de la doctrina de la raza" que expone de forma sistemática la concepción clásica de la "raza interior" o "raza del espíritu" en oposición al racismo moderno exclusivamente biológico de origen materialista. La Raza se define así como una energía formadora, como un modo de ser válido en sí y para sí y se dice que el deber de un verdadero estado seria precisamente ejercer una acción formadora y diferenciadoras sobre el sustrato étnico del que recibe su empuje, en vistas a hacer surgir una élite auténtica, encarnada en un tipo humano superior, no solo en el plano de la raza física exterior, sino sobre todo en el plano interior, a la manera de las antiguas aristocracias del mundo de la tradición.

Estos años de actividades exteriores no impiden a Evola continuar sus trabajos sobre las doctrinas tradicionales: en 1.938 publica "El misterio del Grial" luego, con algo de retraso a causa de la guerra, aparece "La Doctrina del despertar", considerada por muchos como la mejor exposición doctrinal del canon budista pali. Los dos últimos años de guerra, Evola los pasa en condiciones muy particulares. En el momento en que Italia se pasa a los aliados de la mano del Mariscal Badoglio, el 2 de septiembre de 1.943, se encuentra en Rastemburgo, en Prusia, en el Cuartel General de Hitler, en compañía de algunos antiguos jefes fascistas que habían abandonado Italia y es uno de los primeros que saludan a Mussolini una vez liberado del Gran Sasso por los comandos SS del Comandante Skorzeny. En 1.944, Evola vuelve a Roma, pero la ocupación aliada le obliga a abandonar la ciudad. De regreso a Austria, en Viena insiste en su proyecto de escribir una "Historia Secreta de las Sociedades Secretas", trabajando sobre los numerosos materiales puestos a su disposición por las autoridades alemanas. Uno de los objetivos de esta obra que jamás podrá ser terminada a causa de las circunstancias era el demostrar, con documentos en la mano, la acción subversiva y antitradicional operada por la inmensa mayoría de la franc-masoneria, antes y después de 1.789.

Y es en la capital austriaca, justo antes de la entrada de las tropas soviéticas en la ciudad, en abril de 1.945, cuando sobreviene el accidente. En el curso de un bombardeo Evola recibe un fragmento de metralla que le ocasiona una lesión en la médula espinal que tendrá como consecuencia una parálisis de los miembros inferiores. Es preciso aña­dir a este respecto que Evola había tomado el hábito de circular normalmente bajo los bombardeos sin colocarse jamás al abrigo.

Tras haber pasado dos años en una clínica austriaca Evola vuelve a Roma en 1.948, aquí encuentra las ruinas, rui­nas aun más espirituales que materiales. Sin embargo, los grupos de jóvenes formados en los duros combates de los últimos meses del fascismo, mantienen valientemente la antorcha, su obra es conocida entre ellos y para ellos escribe en 1.949 un pequeño opúsculo titulado "Orientaciones" en donde indica las posiciones a mantener, política y espiritualmente. En 1.953, aparece "Los hombres y las ruinas", que puede ser considerada como la obra maestra del pensamiento político europeo de la verdadera derecha. La obra contiene definiciones esenciales sobre la doctrina del Estado, el Imperio, la Autoridad, la primacía de la política sobre la economía, del Estado sobre el Demos, el espíritu militar, la guerra oculta, etc... Este libro influencia ampliamente los cuadros de la tendencia "dura" del Movimiento Social Italiano y se puede decir, sin exagerar que una parte de la renovación neofascista que conoce Italia desde hace algunos años parece apoyarse sobre bases doctrinales sólidas facilitadas por la lectura y difusión de Los Hombres y las Ruinas que ha sido ya reeditado varias veces

En 1.949 Evola inicia una serie de traducciones de sus obras a la lengua alemana: reúne y presenta extractos de los escritos de Jacob Bachofen, mitólogo del siglo pasado, traduce "La decadencia de Occidente" de Oswald Spengler y tres novelas esotéricas de Gustav Meyrink. En 1.958, Evola publica "Metafísica del Sexo", seguido en 1.960 de un estudio sobre "El Obrero", obra maestra del gran escritor Ernest Junger, libro muy importante. Y es hacia 1.961 cuando aparece "Cabalgar al Tigre" que permanecerá como el testamento espiritual de Julius Evola, aunque posteriormente haya editado "El fascismo visto desde la Derecha", libro complementario de "Los hombres y las ruinas" y "El arco y la maza", una recopilación de ensayos diversos y títulos aparecidos antes y des pues de la guerra.

El mismo Evola ha dicho de "Cabalgar al Tigre", que era su testamento, añadiendo en "El camino del cinabrio" a este respecto "bajo ciertos aspectos, refleja mi propia vida; las máximas y las orientaciones que se han indicado son también las que yo me he esforzado en general en seguir a lo largo de mi propia existencia". De cierta manera, Evola, con este libro riza en rizo, volviendo a la posición de partida de su juventud, es decir, a una negación radical del mundo actual y sus valores, esta vez" con el apoyo de cuarenta años de investigación.

Hasta el fin de su vida, continúa dando regularmente ar­tículos a revistas de derecha y a órganos doctrinales de orientación tradicional. Su vida se extingue el 11 de junio de 1.974. Debido a malversaciones infames y a la dejadez de los ejecutores materiales de su testamento, los restos de Evola, no pudieron ser inmediatamente icinerados como había solicitado. La icineración se produjo finalmente ello de julio, es decir, un mes más tarde de su muerte gracias a la valerosa intervención de nuestros amigos del Centro de Estudios Evolianos. Luego, hacia finales de agosto del mismo año, nuestros amigos italianos transportaron la urna que contenía las cenizas de Evola al glaciar del Monte Rosa, a 2.500 metros de altura, en la frontera italo-suiza, donde será enterrará conforme a las últimas voluntades del difunto.

II

EN EL MUNDO DE LA TRADICION

A nivel interior

La comprensión de lo que significaba el Orden para el hombre de la Tradición solo es posible haciendo referencia a la doctrina tradicional universalmente extendida de las dos naturalezas y de su oposición. Estas dos naturalezas son la naturaleza terrestre o materia, "fisis" "hyle" para los griegos y la naturaleza divina o celeste o, mejor aún, sobrenatural, la "metatafisis". A nivel microcósmico, toda doctrina verdaderamente tradicional afirma que el hombre está formado por tres entes, de una parte el ente fisiológico, el "soma" y el ente psicológico, "psique", de otra parte el ente metafísico o espiritual, "nous". Para el hombre de la tradición, era evidente el reconocimiento de la insatisfacción fundamental inherente a los dos primeros entes, en tanto que no fueran de alguna manera "absorbidos" por el tercer ente, el ente metafísico, del cual este hombre suponía, presentía, al menos, que era una fuente de perfección.

Desde el punto de vista tradicional, la materia no tiene, en sí misma, ninguna realidad. Está marcada por una necesidad y una privación eterna, es el dominio de las cosas que fluyen, su cuantificación y su divisibilidad infinitas prueban que es el desorden asegurado. Es pesada e informe.

Realizar el ente metafísico, realizarse, es pues, depurar toda la materia que uno lleva en sí mismo, volver a la unidad; es darse un orden, una forma. Es adoptar una actitud -tal es el sentido etimológico de "samadhi"- ante la vida, es construirse, en y por ciertos límites. Tal es el sentido de la antigua máxima "conócete a ti mismo" y de la palabra délfica "nada de más", tal es también la razón de la insis­tencia de los antiguos sobre la noción del limite, que "conduce precisamente -dice Evola- a la exigencia fundamental de circunscribir, activa y conscientemente, el terreno en el cual se puede ser verdaderamente uno mismo".

En el mundo tradicional un medio de conseguirlo era, naturalmente, la existencia de las castas que ordenaban funcionalmente y cualitativamente toda la sociedad hacia lo alto. Se consideraba que el hecho de nacer en tal o cual casta hombre o mujer, en talo tal otra condición, no era un mero azar sino más bien el reflejo de lo que había querido o había sido trascendentalmente, el principio convertido en él "Yo" humano, en el momento de comprometerse en un nacimiento terrestre. La casta permitía al individuo recordar su propia naturaleza. Desde entonces, toda su libertad ,recuerda Evola, consistía en no apartarse, sino, por el contrario en unirse a la matriz más profunda de su voluntad, que está en relación con el misterio de su propia forma existencial, a reducir las tensiones entre las diferentes fuerzas que componen la personalidad y a centrarse sobre la tendencia dominante. La casta era, en suma, el molde al que iban a deslizarse las potencialidades virtuales del ser. Y la jus­tificación del régimen de castas era tan profunda que podía leerse en el Baghavad-Gita (111, 33): "Mas vale cumplir, aun que sea de forma imperfecta, el propio dharma, que realiza; incluso perfectamente, el dharma de otra condición; antes perecer perseverando en su dharma; asumir el dharma de otra condición no aporta más que desgracias".

Romper la ley de la casta era ir en contra de la propia naturaleza, era caer más bajo que por no importa que otra falta. Los que cometían tal acción eran llamados precisamente en la India aria, "pathitas", es decir, los caídos, los que han caído. Igualmente, Evola dice en "Revuelta contra el mundo moderno" que, precisamente la civilización medieval consideraba la rebelión contra la autoridad y la ley imperial como una herejía religiosa y los rebeldes fueron tenidos, no menos que los herejes, como enemigos de su propia naturaleza, contradiciendo la ley de su esencia". Precisamente uno de los méritos de la obra de Evola es que nos ha restituido la mejor vena de la tradición clásica en una época en que sus principios parecían más necesarios que nunca pues, ahora que el marco preestablecido de la casta ha desaparecido, ¿cómo cada uno de nosotros puede desarrollar regularmente sus potencialidades, descubrir su verdadero querer y unirse a sí mismo?

Con la aparición de la "segunda religiosidad" propia del fin del ciclo ¿no ve los horizontes ampliarse ante él y multiplicarse las llamadas y las solicitudes de todo tipo hacia lo suprasensible o, más a menudo, a lo infrarracional? Aquí también la cuantificación exterior marcha pareja con la anarquía interior, signo indiscutible de decadencia, que hace salir una multiplicidad de tendencias, instintos, movimientos irracionales, etc. Frente a esta desintegración del espíritu, en una época en que la desesperanza y la angustia se venden bien, donde se llega a valorizar sistemáticamente la división interior como fuente de tensión creadora, Evola ha recordado en varias ocasiones que la primera tarea que se impone a aquel a quien ha llamado "humedo diferenciado", es la unificación interior, que abre al ser hacia el equilibrio y la armonía. Esta unificación debe hacerse a través del descubrimiento experimental de la tendencia dominante y la transformación de esta en un imperativo ético que rija toda la existencia (nos proponemos volver más ampliamente sobre este punto en la tercera parte de esta obra a propósito de la diferencia entre lo ético y lo espiritual y la superación de lo primero para desembocar en lo segundo).

Pero antes de llegar aquí es preciso decir que el hombre diferenciado puede y debe ante todo, frente al caos de mercancías seudo-espirituales que se instala ante él, guardar una cierta tranquilidad de espíritu, superior a todo apetito de "recetas" para la realización interior y reencontrar, lo que la teología católica llamó el "discernimiento de los espíritus", Es así como empieza la búsqueda del orden a nivel interior.

A nivel exterior

Lo que llama inmediatamente la atención en la concepción tradicional del Orden, es el carácter orgánico, eminentemente flexible y viviente de este Orden, en oposición a todo lo que éste término connota de rigidez e incluso de constreñimiento para los modernos.

En su cúspide, el Orden se confunde con el Principio, que es la suma de la infinitud de posibilidades no manifestadas y manifestadas, las segundas saliendo de las primeras por combinación, por probabilidad. Bajo su aspecto no manifestado, el Principio es la materia prima de los escolásticos, la "prakriti" de la tradición hindú. retención de todos los gérmenes, potencialidad pura e indistinta. Bajo su aspecto manifestado, se puede hablar con propiedad de "Ordo rerum", el orden de las cosas, sometidas a la alternancia de los pares opuestos: construcción-destrucción, vida-muerte, guerra-paz, salud-enfermedad, etc.

Estar de acuerdo con el Principio, estar en el Orden, consiste pues en pasar a la otra orilla, para, desde allí, con templar con serenidad la dualidad inherente a todo lo que; se ha manifestado, el juego sin fin de la alternancia de los contrarios. No regocijarse con la juventud y la vida, no entristecerse con la vejez y la muerte, sino considerarlas con indiferencia. Estar en el Orden, es renunciar al vivir individual frenético y sediento para aceptarse totalmente en tanto que impermanencia universal, remolino en el remolino d; la espiral cósmica. Estar en el orden, es despojarse de todo lo que hay de opaco en el individuo angustiado para acceder: a la dignidad transparente de la Persona, a través de la cual suena el eco del Principio.

Aquí radica la fuente de la práctica de la sabiduría, el no actuar, que recibe indiscutiblemente de la tradición china su mejor formulación. En la óptica taoísta, ya que el mundo es un campo de fuerzas en perpetua interpenetración, ya que el mundo es actividad o proceso, es absurdo buscar por encima de su cabeza razones de actuar. Tal como dijo Allan Watts, "no existe alternativa a la acción, ya que todo es acción comprendidos nosotros mismos. Presentar una acción como motivada traiciona el vacío afamado del ego". La buena conducta, la del sabio, consiste pues en modelarse sobre el Tao del que sin embargo no puede más que el hombre ignorante ni aproximarse ni alejarse. Como el Tao, el sabio no se apropia de nada, no espera nada, no quiere nada, no persigue ningún fin. Pues Lao-Tsé dijo: "Es a través de la ausencia de deseo y de la quietud como el universo se regula a sí mismo" (XXVII)

En esta comprensión muy antigua del Orden, todo reposa sobre la verdadera espontaneidad que está siempre dispuesta a expresarse. Una sociedad idealmente taoísta, guiada por sa­bios se mantendría en lo invariable del medio, en la inmaterialidad esencial del eje de la rueda, guardándose mucho de intervenir, vería al pueblo transformarse en sí mismo, todo esto teniendo la sensación de ser libre y de actuar él misma y en tal sociedad, los actos más arbitral desórdenes parciales no harían evidentemente más que contribuir al Orden total.

Se ve muy bien como, en relación a esta concepción antigua algunas sociedades tradicionales codificadas y ritualizadas, han ido degenerando. La raíz de la palabra "rito" es "ceremonia", lo que más que un orden implica una celebración convencional, es decir, un alejamiento del orden original. En Lao-Tsé, el rito viene des pues de la pérdida de la justicia, que ella misma sigue a pérdidas sucesivas del Tao, de la virtud, de la bondad. El Tao Te King dice a este respecto: "El rito es la cáscara de la fidelidad y de la confianza, pero también es la fuente del desorden, la inteligencia cauta es la flor del Tao, pero también el inicio de la idiotez" (XXVII 1)

De una forma más general, el carácter orgánico de todo orden tradicional está probado por el hecho, dice Evola, de que supone "fuerzas del caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y modela; implica el dinamismo de dos polos antagonistas, cuyo polo superior, ligado al elemento supranatural de las castas superiores, busca arrastrar consigo al otro hacia lo alto, mientras que éste -el polo inferior ligado a la masa, al demos- busca atraer al primero hacia lo bajo". A titulo de ilustración muy particular de esto, puede recordarse que en la Edad Media, locos y los idiotas eran dejados en libertad. Estaban vistos como portadores de influencias determinadas que no era bueno encerrar sistemáticamente. En cuanto a la comunidad de hombres, estaba tan segura de la solidez de su fundamento que podía sin peligro para ella misma, franquear cotidianamente la ancarnación de su propia negación. En el mundo de la Tradición, los Hijos del Cielo deben dominar y elevar a los hijos de la Tierra, pero estos no son nunca excluidos y también tiene su papel a jugar.

En Occidente la mejor representación del carácter dinámico, y orgánico del Orden fue ciertamente el régimen feudal. Este régimen, recuerda Evola "dejó un campo considerable al dinamismo de las fuerzas libres, alineadas unas contra otras, sin atenuación y sin alteraciones -el sujeto frente al señor, el señor frente al señor- de forma que todo -libertad, honor, gloria, destino, propiedad- se fundó sobre el valor y el factor personales y nada o casi nada sobre un elemento colectivo, un poder público o una ley abstracta". Es también por esto que Evola ha podido muy justamente evocar la "soberbia elementareidad" de la Edad Media -época en absoluto uniforme, sino en la que se opusieron, por el contrario, fuerzas simples y desnudas- y no ha silenciado la extrema dureza del régimen feudal. Pero todo esto se acompañó perfectamente de un sentimiento de libertad y solidaridad de hombre a hombre prácticamente inimaginable hoy.

Aspectos de la estética "uránica" de Evola

Estas consideraciones sobre el Orden nos llevan de forma natural a detenernos un instante sobre la estética "uránica" de Evola que se desprende del estilo de sus mismas obras. Ya que el orden es fuente de armonía, la cual, idealmente, es expresión de una relación perfecta entre las diferentes partes de un conjunto. Y para nosotros que también en esto -siguiendo a Evola- somos fieles a la tradición clásica, solo lo que es armonioso es bello ..

Hemos calificado de "uránica" a la estética de Evola, ahora es preciso explicar el por qué, pero recordando en primer lugar que no es evidentemente por casualidad que Evola escogió el prefijo UR para nombrar' al grupo de investigaciones esotéricas que dirigió a finales de los anos 20. En la mitología, Urano simboliza el despertar del fuego primordial. Más ampliamente, el adjetivo "uránico" o "uraniano"; puede aplicarse para designar la, llama pura del Espíritu que se alimenta de sí misma y no arde. En el plano espiritual, Urano evoca un impulso irresistible hacia la trascendencia hacia lo descondicionado, impulso que puede acompañarse con una conciencia aguda y dolorosa de la privación y de la sed inseparables de la condición humana. En el plano psicológico, Urano nos remite a la imagen de una sobrecarga de tensión, de una corriente muy fuerte que tiene necesidad de "pasar" cueste lo que cueste, de un encaminamiento discontinuo, no progresivo, que avanza a través de crisis sucesivas. Sobre el plano estético, Urano se encuentra en todo lo que es austero, monumental, frío, lacónico. Sobre estos tres planos -espiritual, psicológico y estético- Urano es la marca de los "hijos del Norte" -la expresión se entiende aquí sin ninguna referencia a un conjunto étnico o de geografía física, aun cuando la geografía física y la geografía espiritual tengan frecuentemente interferencias- y de la vía que le es propia, la vía heroica. Urano define y circunscribe así una de las "razas del espíritu" de la que nos habla Evola. En Occidente, esta raza ha creado, por ejemplo, la desnudez de las columnas dóricas y ha encarnado el espíritu ascético y guerrero de Esparta. Pero la misma raza del espíritu ha hablado también en Oriente, en el budismo zen precisamente, cuya estética, tal como se nos pre­senta a nosotros a través de las artes que ha influenciado , puede legítimamente, fuera de cualquier sincretismo, ser llamado también "uránica". Queremos presentar corno prueba las 7 características de estas artes, características comentadas por el maestro contemporáneo, Shin'ichi Hisamatsu. Estos 7 caracteres, cuya enumeración no dejará de evocar recuerdos a los lectores asiduos de Evola son:

1) La asimetría: no se percibe la belleza en la regularidad ni en la exactitud "sino por el contrario en la forma tras la que se han superado estos aspectos".

2) La simplicidad: cuya "razón reside en el estado de lucidez desligado, sin objeto particular que se pide al practicante del zen".

3) La austeridad gélida: que es "la belleza potente, la dignidad majestuosa que aparecía cuando la cosa deviene “esencia” sola o “núcleo” aislado, después de que toda superfluidad inútil haya sido eliminada con el tiempo". Ejemplo: el pino viejo que ha perdido su juventud y su ligereza en una lucha sostenida contra el viento y la nieve, se ha convertido en un núcleo provisto de dignidad y de fuerza, sin fisuras.

4) Lo natural o la expontaneidad: "lo que no quiere decir instintivo, ingenuo y sin cambio desde el nacimiento, sino que implica que un ser, a pesar de superabundancia de su voluntad creadora, sabe preservarse de la influencia del artificio",la base natural residente en el estado interesado (Mu-Shin) del Zen.

5) La sutilidad profunda: palabras que, en japonés, evocan lo que está velado, dicho de otra forma "muchas implicaciones y repercusiones en el interior para permitir una expresión fuera", profundidad insoldable, oscuridad, calma.

ó) La libertad descondicionada sin ninguna ligazón con los fenómenos, ni con el despertar, ni con los esfuerzos en vis­tas de ahogar el compromiso.

7) La serenidad: lo que significa estar "calmado en un medio calmado, pero sobre todo, calmado en un medio en efervescencia".

En "Cabalgar al Tigre", Evola ha consagrado una veintena de páginas verdaderamente fundamentales al sentimiento de la naturaleza que debe tener el hombre diferenciado. Fundamentales por que desembocan sobre una visión mágica de la naturaleza que puede borrar la habitual dualidad entre un sujeto y un objeto; fundamentales también por que a este nivel, como en todos los demás, Evola vuelve al leit-motiv de su último gran libro: a saber, que lejos de lamentar la destrucción cada vez más profunda realizada por el mundo moderno de los últimos lazos naturalistas, es decir, del pueblo y de la ciudad, del matrimonio y de la familia, de la patria y, en fin de la intimidad burguesa, con la naturaleza humanizada, es preciso, por el contrario, asumir plenamente estas destrucciones y convertirlas en ventajas para acceder, sobre el plano existencial, a una libertad auténtica. Pero para que la naturaleza vuelva a ser para el hombre moderno lo que había sido para el hombre tradicional -el lugar de estupor original y de una libertad superior- se trata de ponerse en búsqueda del objetivo, "se trata, nos dice Evola, de descubrir el lenguaje de lo inanimado, que no se manifiesta antes que el alma haya cesado de verterse sobre las cosas". Para descubrir este lenguaje, es preciso amar los paisajes "más lejanos, más inmensos, mas calmados, más fríos, más duros" que otros y, para esto hace falta ir "a los desiertos, en las rocas, las estepas, los glaciares, los negros fiordos nórdicos, bajo los soles implacables de los trópicos antes que entre los árboles, los ruiseñores, los bellos jardines" o que enternecerse "ante las puestas del solo los cromos de románticos claros de luna".

Con claridad y para recuperar la expresión muy significativa de uno de los representantes de la corriente de la "Nueva Objetividad", es preciso partir del mundo para mirar el alma y no partir del alma para mirar al mundo, a fin de que todo lo que es humano parezca verdaderamente muy humano, insignificante y risible.

Pero que la palabra "naturaleza" y la evocación de sus paisajes salvajes y desolados no se presten sobretodo a confusión. Nada en la actitud de Evola revela la presencia de una pequeña moralina sofocada por el final del ciclo y por la inhumanidad del mundo moderno, tal como se ve hoy con la presencia de la moda ecológica. Es bueno amar los paisajes desérticos, por que son más grandes que lo humano, pero lo que es superior a lo humano, puede ser también experimentado en el centro del mundo moderno. Es la naturaleza bajo sus dos caras, la naturaleza inviolada y la naturaleza dominada, utilizada, son fundamentalmente una sola y misma naturaleza. Evola recuerda que la naturaleza es también "los diques, las turbinas y las fundiciones, la red tentacular de grúas y los muelles de un gran puerto moderno o un complejo de rascacielos funcionales". Todo, añade, consiste "en saber mantenerse presente, libre a sí mismo, ante una u otra naturaleza, en medio de las estepas o sobre las cumbres casi invioladas, tanto como en las boîtes nocturnas". Esto se une exactamente a la fórmula de choque de otro guerrero, Ernst Junger, que afirma que para el hombre completamente separado e interiorizado "hay bosques en el corazón de las capitales", los bosques designan aquí el lugar donde reina la libertad de espíritu. En varias tendencias de la arquitectura contemporánea, que ha recurrido cada vez más a líneas desprovistas de ornamentos, desnudas, se puede advertir también una inversión de la desnudez dórica. Asumir esta inversión, esta negación y el cuadro esencialmente inhumano que crea, es ya negar y utilizar positivamente la barbarie que se perfila siempre con más claridad en el horizonte de nuestro mundo, barbarie en comparación a la cual, las consideraciones sobre la decadencia están ahora completamente superadas.

III

LA CONCIENCIA DE LOS ORIGENES Y LA VIA HEROICA

Luz del Norte y Luz del Sur

Estas reflexiones sobre la estética de Evola nos han llevado a entrever una forma específica de espiritualidad, la espiritualidad "uránica", así como la vía de su reconquista, la vía heroica.

En la exposición extremadamente documentada hecha por Evola de la doctrina tradicional de las cuatro edades, la espiritualidad "uránica" u olímpica está ligada a la Edad de Oro, que se percibe como "ciclo del Ser, ciclo polar, ciclo de la luz como gloria, ciclo de los Vivientes", en el sentido interno de este término; este ciclo, que conoció la espiritualidad original, se puso a su vez en relación con el Norte, representación del Polo en la geografía sagrada. En su búsqueda sobre la conciencia de los orígenes Evola revela numerosos testimonios en apoyo de esta relación, entre los cuales pueden mencionarse a los siguientes: en la tradición hindú, el saludo; de homenaje a los textos sagrados -anj-ali- se hace siempre; volviéndose hacia el norte; la tradición tibetana hace del Norte el lugar donde renacerá Guesar, el héroe místico e invencible que exterminará a los usurpadores y restablecerá un reino de justicia y es en Shambala, la ciudad sagrada del norte, en donde deberá renacer el Kalki-avatara , aquel que pondrá fin a la Edad Sombría; en la tradición romana, por fin, Virgilio dice que es el Apolo Hiperbóreo quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el sig­no de Roma.

Estos testimonios confirman la perennidad de lo que Evola llama "la Luz del Norte", expresión de la espiritualidad propiamente real de la Edad de oro en oposición a la "Luz del Sur", luz de la Edad de Plata de la que se puede avanzar que fue la edad de la preponderancia de los sacerdotes y de la magia sacerdotal. Todas las corrientes tanto orientales como occidentales, portadoras de la Luz del Norte, se caracterizan por la insistencia sobre el simbolismo solar, "en todas partes -afirma Evola- en que el sol continúa estando concebido en su aspecto de pura luz, como una "virilidad incorpórea" sin historia y sin generación o, en la línea de esta significación olímpica, la atención se concentra sobre la naturaleza luminosa y celeste de las estrellas fijas... subsiste la espiritualidad más altai más pura, más original". Por el contrario, "cuando el centro está constituido por el principio masculino-solar concebido en tanto que vida, pues asciende y declina, que tiene un invierno y una primavera, una muerte y un renacimiento, como los dioses de la vegetación, mientras que lo idéntico, lo inmutable está representado por la madre universal se encuentra ya una civilización de decadencia, en la segunda era, colocada bajo el signo acuoso o lunar". Es la diferencia fundamental entre Apolo, el sol en si, y Helios, el sol bajo la ley de los ascensos y descensos.

A la Edad de Plata y, para descender más en la involución cíclica, a todas las corrientes portadoras de la Luz del Sur, corresponde la dominante de la luna, símbolo del cambio y del elemento femenino, sobre todo sobre el plano de la organización de la sociedad, orientada en el sentido de una ginecocracia. Pero es al nivel del simbolismo celeste y de los culto; funerarios que la antítesis norte-sur se advierte más netamente. El Norte se liga al simbolismo solsticial, con el eje polar norte-sur; el sur, al simbolismo equinoccial con el eje este-oeste. En una glosa muy instructiva, el Emperador Julia no dice a este respecto que el equinoccio es el momento en que el sol parece escapar de su órbita y de su ley, dispersa se en lo ilimitado, alcanzar su momento, en suma, el más antipolar. Y puede también recordarse que el equinoccio de prima­vera era frecuentemente el momento de las fiestas mixtas de la Gran Madre, en ocasiones relacionada con el mito de la emascu1ación de su hijo-amante solar.

A nivel de los cultos funerarios que se recuerdan pueden ~ citarse los ritos de icineración de los Arios de la India, las hogueras alumbradas sobre los barcos celtas o vikingos; lo que refiere también el budismo, que ha continuado adoptan­do el procedimiento de cremación de los cuerpos, lo cual no es por simple azar, cuando se sabe que esta doctrina fue enseñada por un khsatriya, que relacionó míticamente su clan al = linaje solar de Ichvaku y que es -y de lejos entre todas las doctrinas orienta1es- la que presenta más rasgos específica ­mente "uránicos". Así, arden los últimos residuos terrestres de los hijos del cielo, amados de los devas radiantes, que suben a través de los estados del ser progresivamente más sutiles. En el caso de la inhumación, el individuo va a disolver­se en la "Magna Mater" cristiana, origen y fin de su vida efímera. Hemos visto así la expresión de la oposición radical de dos razas del espíritu, de dos aspiraciones verdaderamente incompatibles. Es la razón por la cual la vuelta de Occidente a la práctica de la inhumación, a través del cristianismo, mere ce una muy amplia reflexión. Prueba en todo caso, entre otras cosas, la extrañeidad original de la casi totalidad del cristianismo a la mentalidad del viejo Occidente.

Tradicionalmente, la oposición entre la Luz del Norte y la Luz del Sur nos remite a una oposición entre dos vías, es la distinción operada en la Tradición hindú entre el Deva-yana el sendero de los dioses, y el Pitr-yana, el sendero de los antepasados. Un fragmento del Bhagavad-Gita asocia el Deva-yana al fuego, a la luz, al día, al Norte y el Pitr-yana, al humo, a la oscuridad y a la noche al Sur. El Deva-yana se con funde con la vía heroica. Es la vía de las naturalezas uranias, fundamentalmente insatisfechas por el estado humano condicionado y que quieren romper el círculo aparentemente sin fin del nacimiento y de la decadencia y muerte, para no regresar nunca a una matriz humana. El Pitr-yana, por su parte, es especialmente la vía de las naturalezas que se podrían llamar, muy esquemáticamente dionisíaca y titánica. El ser dionisiaco es un adepto del Carpe-diem, quiere gozar de todos lo; aspectos de la existencia, mientras aun haya tiempo, y la perspectiva de tener que regresar a este mundo -queda claro que según la verdadera doctrina de los renacimientos, no es este individuo quien renace, sino la sed de vivir impersonal que está en él y que se transmite a otra individualidad fisiopatológica- tal perspectiva, pues, regocija más aún, y la vive con gusto. Por encima del ser dionisíaco se encuentra el ser titánico que pretende aceptar en principio toda existencia, comprendidas sus partes más penosas, por que quiere que sea así, a titulo de prueba de fuerza, y que puede alzarse hasta querer el Eterno Retorno del mismo al seno del devenir. Pero, tampoco sobre esta via, hay liberación efectiva.

Oriente y Occidente

Es ahora necesario hablar de la interferencia de la Luz del Norte con el Misterio de Occidente, pues si Oriente puede ser elevado a un espacio más allá del meramente geográfico, si bien puede ser legítimo considerarlo, según la expresión de Herman Hesse, como "patria de la juventud de las almas", no se sabe por qué Occidente no podría estar revestido de la misma dignidad. A diferencia de René Guenon, particularmente, Evola ha afirmado siempre para Occidente en tanto que Idea, la posibilidad de adquirir un valor universal "más allá de toda referencia geográfica o histórica". Ha sostenido también que si una verdadera élite espiritual se formase al fin de la "Edad Sombría", es en Occidente mucho más probable que en Oriente donde se constituiría, precisamente por que Occidente había iniciado su proceso evolutivo antes que Oriente y antes de alcanzar y supe­rar el punto cero de los valores, es allí donde aparecerá primero una reacción saludable por parte de hombres diferenciados. Los hechos parecen dar hoy la razón a Evola. Para convencerse basta precisamente mirar a Oriente. Hay un Oriente eminentemente respetable, el islámico, que permanece por el momento en varios países, bastante próximo al orden tradicional. Este Oriente, precisamente por que es tradicional, no viene a instalar su sabiduría en nuestras tierras. Ciertos países cubiertos por este Oriente vuelven de lejos y, por encima de la eliminación benéfica de las clases dirigentes corruptas y occidentalizadas, quieren incluso, por lo que parece, regresar a las fuentes de la tradición islámica Pero todo esto es muy reciente y demasiado incierto pa­ra que pueda hablarse de un verdadero renacimiento. y además, sobre un plano más amplio, no se ve como Orien­te escaparía milagrosamente a las leyes cíclicas que hacen su trabajo mortífero por todas partes, a través de la modernización y la occidentalización de las formas de vida.

El otro Oriente, está no solo permitido, sino que también es una muestra de salud, el detestarlo cordialmente. Es el Oriente de la India actual, continente de locura indescriptible, de conglomerado racial y físico. Su jungla ha terminado por colocar sus venerables raíces en el asfalto de nuestras grandes ciudades cosmopolitas a menudo a través de seres venidos de allí en estado ruinoso tras la absorción de sustancias alucinógenas. Este Oriente y sus seudo-maestros, Vivekananda, Aurobindo Saravasti y también Krisnamurti -hombres separados incluso de su propia tradición, educados en su mayor parte en colegios anglosajones, que terminan por no ser ni orientales ni occidentales- este Oriente, pues, no puede servirnos para vivificar espiritualmente Occidente . Por el contrario, no será más que un modo de perversión entre tantos otros, un nuevo camino de disolución.

Se quiera o no existe de cualquier forma, un "misterio de Occidente". Pues si Occidente es efectivamente el lugar donde la luz física, sometida al nacimiento y a la decadencia, se apaga, es también el lugar donde la luz inmutable y espiritual se alumbra. Aquí también, como en lo que concierne a la polarización hacia el Norte los testimonios tradicionales que registran una interferencia del polo con el misterio de Occidente son numerosos, en relación con el recuerdo de la Atlántida y de Hiperbórea, conservado en distintos pueblos. Según la tradición egipcia, las primeras dinastías habrían si do constituidas por una raza venida de Occidente, llamada de los "compañeros de Horus", colocada bajo el signo de Osiris, designada a sí misma, como "el primero de los habitantes de la tierra de Occidente". En la misma tradición el rito funerario comprendía la fórmula "¡hacia Occidente¡" y es en esa dirección que comenzaba tras la muerte del iniciado el viaje en la "barca del sol" hacia la Tierra de los Inmortales. En la Odisea, es hacia Occidente que aparece Ulises para alcanzar el otro mundo; es también en Occidente donde se sitúa el jardín de las Hespérides, allí donde los héroes prueban los frutos de la inmortalidad. Es en Occidente-Norte de donde venían los Tuatha De Dannan, los hijos solares de la diosa Dana, fundadores legendarios de Irlanda, posee dores de una ciencia incomparable y, en las leyendas del ciclo arturiano, es en la misma dirección donde se encuentra la isla sagrada de Avalon. Seria inútil multiplicar los ejemplos. Mejor vale interrogarse sobre el significado del misterio de Occidente y el estadio al cual corresponde en la involución cíclica total. "Lo que caracteriza -dice Evola- es un dualismo, y un paso discontinuo la trascendencia es "subterránea". La supra-naturaleza no existe más, como en el estado olímpico, es el fin de la iniciación, objeto de una conquista problemática". El misterio de Occidente pertenece pues a la segunda fase de la tradición primordial y se liga al símbolo solar más estrechamente que al polar. La luz que emana es la del heroísmo, cuyo significado último es el intento de restaurar la espiritualidad original a través de la superación tanto de la Madre como del Titán. Tocamos aquí un estadio en el cual ha aparecido la vía heroica. Es un estadio relativamente tardío que procede de los tiempos históricos y que viene tras las degeneraciones de la Luz del Sur, llamadas por Evola afroditismo y amazonismo y las de la luz del Norte, entre las cuales hay que mencionar sobre todo la desviación titánica que viene a predominar durante la Edad d; Bronce. Son quizás los fragmentos de la tradición germánica los que nos informan mejor del momento transhistórico. Tras la revuelta titánica, sobreviene el advenimiento de todas las potencias elementales, del fuego in feriar del "Sur, mantenidas hasta entonces fuera de los muros del Asgard, el dominio de los dioses. De una for­ma muy sugerente se dice que no solo es el sol "quien ha perdido su fuerza", sino también la luna, que ha si­do devorada por los dos lobos. Lo que quiere decir que la espiritualidad solar, igual que la lunar, desaparecen. El arco Bifrost, que unía el cielo y la tierra, se desploma y el destino de la decadencia -rök- se realiza La tierra es abandonada a sí misma, privada de todo con tacto con lo divino. Es la edad del hierro, la "edad del lobo", tras la del bronce.

Importa insistir muy particularmente sobre este punto pues nos remite a la distinción esencial entre la vía del héroe y la desviación titánica, distinción en la cual Evola ha insistido en diferentes ocasiones. Lo que vuelve absolutamente injustificados los reproches que algunos le han dirigido afirmando que Evola propone una vía de potencia basada en un endurecimiento unilateral del Yo. Esto es falso, total y absolutamente falso. El riesgo de desviación titánica por mala lectura de Evola existe, pero en ningún caso puede atribuirse a su autor Sea como fuere, antes de llegar a lo que pueden significar hoy estos dos conceptos de héroe y titán, es preciso primeramente referirse a las enseñzas tradicionales sobre la vía heroica, la vía del guerrero.

La Vía del Guerrero

Sobre esta vía -y la tradición griega y germánica son formales a este respecto- no hay nunca una revuelta contra el destino, sino cumplimiento total del destino por identificación con él, cualquiera que fuesen las consecuencias. El guerrero trasciende su individualidad identificándose con las fuerzas cósmicas de la destrucción con la faz de la muerte del Príncipe, con Shiva, por referirnos a lo tradición hindú. Lo hace a través de sus pasiones, que no ve como suyas, sino de una forma que podríamos llamar "tántrica", como atenuaciones extremas de poderes, de potencias contenidas en el universo. Ago ta sus pasiones de odio y destrucción remitiéndolas algo infinitamente mayor que él, se "lava ardiendo".Tal es el sentido de la Gran Guerra Santa, cuya guerra física, la Pequeña Guerra Santa, no es más que la manifestación exterior; tal es también una de las enseñanzas del Bagavad Gita donde Evola ha encontrado la más alta jus­tificación metafísica de la vía de la acción y en la cual el dios Krisna, hipóstasis del ser sin forma, enseña al guerrero Arjuna: "Soy yo, quien primeramente = golpea a todos estos guerreros; se solamente tú, hábil arquero, el instrumento en mi mano" (XI,33). Lo cual implica que: "Creer que uno mata, creer que otro es muerto, es igualmente equivocarse; ni uno mata, ni el otro es muerto" (11, 19). Los actos son definidos como "el lazo que encadena al mundo" (111, 9) habitualmente pueden convertirse en medios de liberación cuando son ejecutados en tanto que objeto de sacrificio, sin ningún apego ni interés. Luego viene para el guerrero la revelación del Ser innombrable, bajo el aspecto de la mordedura devoradora del tiempo, que disuelve los mundos: "Así como las olas de los ríos que ruedan raudas hacia el océano, igualmente los héroes se precipitan en tus mandíbulas ardientes" (XI, 28). Es el momento de la "mors triunphalis", de la muerte realizada como una necesidad para destruir el soporte carnal convertido en incapaz de acoger una energía suprahumana. Es el paso, la iniciación del guerrero. En la tradición nórdica, los mejores de entre los guerreros, los Einheriar, es decir, los que "combaten aislados", son llevados por las walkirias al Walhalla. Todos son invitados a beber la hidromiel sagrada en la mesa de Odin, el rey de los dioses, el cual, sea cual fuere la causa terrestre por la que han combatido, lo que nos recuerda la famosa frase de Nietzsche "Decís que es buena la causa que santifica la guerra, pero yo os digo que es buena la guerra que santifica toda causa", Odin los recibe en su palacio y corno para el héroe no hay revuelta contra el destino, no existe tampoco revuelta contra los dioses. Por el contrario, hay colaboración entre ellos y las fuerzas que combaten al caos, lo que pone de relieve la importancia decisiva del papel que corresponde al héroe . Hércules ayuda a los olímpicos a vencer a los titanes y entre los germanos, Odín llama a los Einheriar para combatir el desencadenamiento de las potencias elementales; Dioses y héroes perecen todos en el incendio cósmico final. Todo esto contribuye a demostrar que, en las antiguas tradiciones, el heroísmo fue también una vía total de realización.

IV

ACTUALIDAD Y SITUACION DE LA OBRA DE EVOLA

Problemática existencial del hombre moderno y vocación heroica

Es preciso ahora, para iniciar la cuarta parte de esta obra, definir rápidamente la problemática existencial del hombre moderno diferenciado, es decir, del hombre que vive en el mundo moderno, aun sabiendo que su naturaleza profunda es radicalmente extraña a este. Frente a esta problemática, no se hablará ya de una vía heróica, habiéndose perdido, sino de una actitud o, mejor dicho, de una vocación heroica. Esta vocación, el hombre diferenciado la reconocerá como una predisposición natural que le impulsa a no huir del mundo, sino a asumirlo, si es posible bajo todos sus aspectos.

A este respecto, el hecho de que Evola haya escrito un libro como "Cabalgar al Tigre" debe disipar algunos equívocos que se creían poder deducir a través dé los textos procedentes una impronta prusiana extraña para un italiano, pero tras "Cabalgar al Tibre" tal equívoco se ha disipado para dar lugar a una adaptabilidad, a una adecuación perfecta a las situaciones. Por otra parte, incluso si "Cabalgar al Tibre" no hubiera sido escrito, en la introducción misma de "Revuelta contra el mundo moderno" se hubieran encontrado motivos más que suficientes para desmontar esta acusación de rigidez, ya que Evola decía que el único punto de partida, por difícil que fuese, era el de ser capaz de asumir en bloque el mundo moderno, hasta percibir su sentido final. Pero con la publicación de esta última obra, todo ha quedado mucho más clarificado. "Cabalgar al Tigre" impide abso­lutamente que pueda hablarse de Evola como de un nostálgico de no se sabe que paraíso tradicional, o de un romano extraviado en nuestro siglo que se alimenta de la morgue y del desprecio. A este respecto, todos los calificativos que algunos le han dirigido elogiosamente como, por ejemplo, el de "último gibelino", o "último gran aristocrata", "gran reaccionario", para no hablar de otro político y particularmente ridículo, no son más que literatura y coquetería inútil... Pues si hubo jamás un hombre por encima de su tiempo y plenamente consciente del por qué le había sido dado el vivir en este tiempo, este fue Evola.

Además y para pasar a un nivel más elevado, no puede olvidarse sobre todo que Evola no concibió jamás a la oposición entre el mundo tradicional y el mundo moderno como una oposición histórica, sino más bien como una oposición metafísica y morfológica. El mundo tradicional y el mundo moderno son considerados por él como "dos tipos universales, dos categorías apriorísticas de la civilización", lo que le permitirá afirmar: "... el hecho de que las civilizaciones de tipo tradicional se sitúen en un pasado en relación a la época actual es algo completamente accidental". Si Evola se refiere constantemente a formas, instituciones y conocimientos no modernos, es por que "estas formas, instituciones y conocimientos resultan ser, por su naturaleza misma, símbolos más transparentes, aproximaciones más estrechas, de lo que es anterior a los tiempos y a la historia, de lo que pertenece pues al ayer tanto como al mañana, y puede solo producir una renovación real, una "vida nueva" en quien es aún capaz de recibir la". Por esto, Evola no ha dudado en aclarar -insistimos- "que el destino del mundo moderno no es en absoluto diferente ni más trágico que el advenimiento sin importancia de una nube que se eleva, toma forma y desaparece sin que el libre cielo pueda verse alterado". Lo que enlaza exactamente bajo otra forma, con lo que dijo René Guenon hacia el final de su obra maestra "El reino de la cantidad y los signos de los tiempos", a saber, que el fin del mundo moderno no será sino el fin de una gigantesca ilusión.

Pero antes de intentar asumir el mundo moderno, es preciso haberlo comprendido en profundidad. Lo que caracteriza todo lo que es moderno, es decir, para nosotros occidentales, todo lo que se desarrolla a partir del seudo-renacimiento, es, dice Evola, un "irrealismo radical, una inorganicidad fundamental". En el mundo moderno, tanto interior como exteriormente, nada ., e tá vivo, todo es destrucción. Los hombres modernos no vi­ven, no conocen más' que el reflejo de si mismos. Con la psicología primero, luego a través del psicoanálisis, han buscado y buscan explicarse, encerrándose así, cada vez más en sus fantasmas. Este prisma del reflejo de la imagen, que falsea todos los momentos de la existencia, ha llegado hoy a establecer un poder absoluto sobre los hombres. A este respecto, el desarrollo sin precedentes desde hace un siglo de las técnicas de reproducción, con los descubrimientos e invenciones de la fotografía, el cinematógrafo y la televisión, debe ser visto como un signo de los tiempos, un signo decisivo, anunciador del extremo fin de la edad sombría. Es con mucha agudeza que un par de siglos atrás, el filósofo alemán Luwdig Feuerbach escribía: "y sin duda nuestro tiempo ... lo que es sagrado para él, no es más que la ilusión, lo que es profano, aquello es la verdad. Mejor : lo sagrado crece a sus ojos en la medida en que decr~ ce la verdad y que la ilusión crece, si bien el colmo de la ilusión es para él también el colmo de lo sagra do".

Hemos llegado de hecho al tiempo del Ultimo Hombre, proféticamente descrito por Nietzsche. El último hombre "que empequeñece todo lo que toca, cuya calaña es tan indestructible como la del pulgón" pues es "el que vivirá más tiempo", dice "hemos inventado la felicidad. Habrán abandonado los parajes donde la vida es dura; pues tienen necesidad de calor. Amarán aún a su prójimo y lo frotarán con ellos pues necesitarán calor ... ¿Quien querrá aún gobernar? ¿quién querrá obedecer? Lo uno y lo otro son muy penosos. ¡No hay pastor y sí un solo rebaño Todos querrán la misma cosa, todos serán iguales",

El situacionista Guy Debord que ha analizado con una finura extraordinaria los mecanismos de alienación de las últimas formas del mundo moderno, ve en nuestra sociedad -y por ello entiende con razón lo que pasa tanto en Washington como en Moscú, en París o en Pekín- la sociedad del espectáculo. El espectáculo es definido como una relación social "entre personas, mediatizada por imágenes", como "imagen de la economía reinante", que se somete "a los hombres vivientes en la medida en que la economía los ha sometido totalmente", pues "no existe más que economía desarrollándose para sí misma". Otra de las características de nuestro mundo, del mundo del espectáculo es la tautología: "sus medios son al mismo tiempo un fin", "no quiere llegar a nada, más que a sí mismo". "Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna", En un universo así añade Debord, "la vida terrestre se convierte. en opaca e irrespirable. No deshecha solo el cielo, sino que alberga en él su recusación absoluta, su paraíso falaz. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión finalizada en el interior del hombre". Bastante lógicamente, por poco que se reflexione, Debord coincide así, en su des­cripción de nuestro mundo con Evola quien dice que la ciencia moderna "facilitando hoy los medios de controlar y utilizar todas las fuerzas de la naturaleza según los ideales de una búsqueda arhimánica del mundo, ha hecho nacer la tentación más peligrosa que se ha podido ofrecer jamás al hombre: la de considerar como una gloria su propia renuncia y confundir la potencia con el fantasma de la potencia".

Cualquiera que sea el nivel en el cual debe realizarse el hombre diferenciado que quiere poner a prueba su vacación heroica debe, en primer lugar, según Evola, "romper todo lazo con lo que está destinado a desaparecer en más o menos breve plazo". La primera tarea será "mantener una dirección general sin apoyarse sobre ninguna forma dada o transmitida, comprendidas las del pasado, que son auténticamente tradicionales, pero que pertenecen a la historia". Este hombre deberá aprender a formarse íntima mente y a conferir a su línea de conducta un "carácter autónomo y un valor inmanente e individual", lo que significa "que la atracción ejercida por perspectivas positivas a más o menos breve plazo no debe jugar un papel importante". Debe pues aprender a vivir en el presente, aquí y ahora.

Vocación heroica y combate político

El primer molde sobre el cual puede fundirse una vacación heroica es el molde del combate político de la verdadera derecha. A este respecto la expresión "verdadera derecha" no puede inducirnos a error. Empleándolo no pensábamos evidentemente en las clasificaciones habituales al uso de las pequeñas políticas cotidianas. Lo empleamos pues creemos que existe, en un nivel que podríamos llamar casi existencial, una oposición entre un tipo de hombre de derecha y un tipo de hombre de izquierda. Tres rasgos dominantes nos parecen definir, a este nivel, al hombre de derecha: Un sentido innato de las jerarquías naturales; el conocimiento de que todo orden humano verdadero no es más que una transposición de un Orden "celeste" o supra-humano; y una comprensión de la libertad tal que implique ante todo deberes y no derechos.

Hablemos pues del combate político. Pero no de cualquier combate. Aquí también, es preciso eliminar ilusiones. Evola había escrito en "Los hombres y las ruinas" por que la situación de los años 50 en Italia y fuera de ella le había sugerido que valía aun la pena que se intentara una acción rectificadora teniendo por fin una unidad europea a fin de hacer frente a los dos bloques, capitalista y comunista, surgidos de los acuerdos de Yalta. Pero tras haber, en este terreno como en todos los demás, "hacer lo que debía hacerse", Evola ha reconocido en "Cabalgar al Tigre" que "las condiciones necesarias para alcanzar un resultado, apreciable y concreto, en una lucha de este tipo están actualmente ausentes". Que esto sin embargo no paralice la acción del combatiente político: debe estar solamente dispuesto a combatir, con toda lucidez, aún en posiciones perdidas. Que lo haga con claridad, sin ningún gusto "celiniano" por el fracaso en sI mismo, aún menos pensando en la situación de "maldito" que sería la suya a causa de la derrota de 1.945. Que no descienda a ningún compromiso bajo pretexto de oportunidad. Que esté en guardia ante el vocabulario político moderno, y que sea consciente, por fin, de que las palabras son portadoras de influencias positivas o negativas Que testimonie, en la esfera política, los valores metapolíticos ordenadores de este Estado ideal del que nos habla Platón en "La República", Estado "que existe en el cielo para todo hombre. que quiera verlo y viéndolo, ponga en orden su vida interior"; que se convierta en un verdadero militante, en el sentido etimológico del término es decir, un soldado que "para actuar y alcanzar una me­ta, así es como lo subraya Evola, no exija anteriormente ninguna justificación trascendente, ni ninguna seguridad casi teológica respecto a la justeza de su causa"; en fin, que se refiera a las dos experiencias pasadas, la experiencia fascista y la experiencia nacional-socialista~ pero con una mirada crítica y distanciada. Al respecto de la primera experiencia, debe comprender que si "las ideas fascistas deben ser aún defendidas, deberían serlo no en tanto que tales, sino en la medida en que represen tan, bajo unos rasgos particulares, la expresión y la afirmación de ideas anteriores y superiores al fascismo" Respecto a la segunda experiencia, la experiencia nacional-socialista, el combatiente de la Tradición entre la pureza del movimiento en sus inicios, pureza encarnada en algunos hombres y el titanismo inherente al poder que terminó predominando tras 1.933. si hay alguien que conozca la doctrina de los ciclos, no se extrañará y se asegurará de que también esto estaba en el orden de las cosas. El nacional-socialismo, no sentó las premisas de algo nuevo, sino que más bien fue el último sobresalto de energía de una élite, aunque todo lo que cierra un ciclo está ya en el umbral de lo que se abrirá en el ciclo siguiente. El sentido último de este fenómeno metapolítico, es decir, el de un suicidio sacrificial colectivo, se desvelará a si mismo en quien medite sobre el fin del nacional socialismo, sobre "el crepúsculo de los dioses" de Wagner interpretado sin interrupción en radio Berlín por orden del Fuhrer, los últimos días del Reich, y sobre el hecho muy sintomático de que los últimos alemanes que se opusieron heroicamente, junto a combatientes europeos de varias nacionalidades, al avance de las ardas bolcheviques, fueron en su mayoría los ancianos de la Volkstrum y los niños de las Hitler Jugend. En lo que pasó en Berlín en 1.945, en ese enfrentamiento de niños que habían recordado como se amaba al sol y en quienes parecían condensarse todos los destinos de una raza,. de un lado, y los mongoles borrachos de alcohol, quemando, violando y dedicándose al pillaje, al servicio de la ideología más desviada que haya podido concebir jamás cerebro humano, de otro, en este enfrentamiento todo hombre llamado a una vocación heroica y ligado a la causa sagrada de Occidente, debe ver uno de estos momentos privilegiados de la historia donde el mito hace su irrupción en medio de las luchas de los hombres para mostrarles un significado más amplio. Este hombre debe ver aquí la reproducción, al nivel microcósmico, de las enseñanzas de la tradición nórdica sobre el Ragna-Rök, sobre el combate final de los dioses y de los héroes contra las fuerzas liberadas del caos.

Vocación heróica y realización ética

El segundo nivel de integración de la vocación heroica es el de la realización ética. Es el nivel donde, en lugar de poder dirigirse uno mismo, se obedece. La realización ética, es frecuentemente, la realización de quienes F. Schuon ha llamado en su clasificación de los diferentes temperamentos espirituales, los "volitivos", para distinguirlos de los "gnósticos" que, solos, .realizan verdaderamente el modelo metafísico. Los "volitivos" se apoyan, no sobre lo que es, sino sobre lo que debería ser, no sobre los que están, sino sobre los que deberían estar. Existe en ellos una comprensión "voluntarista" de la Via, más meritoria en un sentido que la de los gnósticos”, pero menos verdadera. La realización ética es el primer estadio de unificación del Yo, lo que consiste, dice Evoca, en darse una ley, hacer “coincidir el propio ser y el querer”. Es la ascensión hacia la autonomía. Esto, continúa Evoca, permite resolver el problema “sobre el plano de la forma; de la determinación o si se prefiere de la individualización; lo que da una base suficiente para orientarse, cualquiera que sean las contingencias”.

Pero este plano, el plano ético, adolece de falta de transparencia y no contiene un sentido absoluto si se le detiene, precisa Evola, "se es activo en tanto que se quiere ser uno mismo, pero no en tanto que se es tal como se es y no de otra forma". El gran peligro, en el nivel ético, es olvidar la vulnerabilidad esencial del Yo empírico, gracias a la estructura unificadora que el ser se bate en torno a su Yo y decaer en un endurecimiento arrogante y estoico de la individualidad. Pues esto, es la muerte interior.

Vocación heroica y realización espiritual

En un tercer y último nivel, el de la realización espiritual propiamente dicha, el calificativo de heroico ya no conviene, es superfluo. No hay realización de algo sin realización pura, visión de las cosas tal como son, conocimiento trascendental. El yo, visto como vacío y sin realidad propia en un momento intemporal está totalmente desmontado, hundido, lo que confiere a todos los aspectos de la existencia una espontaneidad que hace que no pueda hablarse aquí de heroísmo. Es la octava etapa -ocho es la cifra que se abre al infinito- en la tradición extremo-oriental, de la doma de la vaca, la vaca es el símbolo, en esta ocasión, de la naturaleza original del hombre. Es el satori-acontecimiento, el Despertar descrito así en un admirable texto Zen: "Desaparecidos los sentimientos que nos inducen al equivoco; negada la misma idea de santidad, no se esfuerza en ser un Buda, se burla de no ser uno, no difiere de la idea de Buda. En él no existe fisura ni dualismo. Un millón de ojos no descubrirían en él el menor defecto, ni la menor falla. Cuando reina este estado, el espíritu de los viejos maestras se ha manifestado". Es el ascesis más allá de la autonomía, la anomia positiva, la "impecabilidad" desde esta vida hacia la cual se ponen en marcha los verdaderos gnósticos, entre los que Evola ha ocupado un puesto destacado en nuestro siglo, gnósticos a decir verdad muy alejados de los que renacen desde hace un tiempo -es aún una moda reciente, no recuperada en su totalidad por el sistema- del lado del underground, quienes, para compensar el hecho de no ser más que "estudiantes en revoluciones" (Debord) en lugar de revolucionarios, giran su mirada hacia los marginales del Bajo Imperio.

En el nivel de esta "impecabilidad" la máxima de Nietzsche "lo que no me destruye me fortalece" es ya inutilizable. Pues hace ya mucho tiempo que no intenta probarse a sí mismo. "El estado del que se trata, afirma Evola, es el del hombre que, seguro de sí por que es el ser y no la vida, que es el centro esencial de su persona, puede aprovecharlo todo, abandonarse a todo y abrirse a todo sin perderse: aceptar, de este hecho no importa que experiencia, no para probarse y conocerse, sino para desarrollar todas sus posibilidades en vistas a las transformaciones que pueden producirse en él, en vistas de los nue vos contenidos que pueden, por esta vía, ofrecerse y revelarse. "Es el perfecto distanciamiento, el estado del hombre que, según palabras de Nietzsche, tiene un "cuello de toro" pero una "mirada de ángel", al que nada puede manchar.

Sin embargo, para el hombre diferenciado de nuestro tiempo, hay pocas ocasiones de alcanzar estas cumbres de la vida interior. No es mas que a través de una crisis o de una sucesión de crisis como puede conocer la experiencia de la trascendencia, experiencia que le abre, no a otro mundo, a otra realidad, sino a otra dimensión de la realidad. Por lo que respecta a lo espiritual, más aún que en ningún otro dominio, debe de tener en él una disposición sacrificial. Lo esencial para él es realizar = una orientación fundamental que se imprimirá en todo el ser con, al mismo tiempo una conciencia afinada y ampliada de los horizontes de la existencia comprendida, para recuperar una fórmula extremo-oriental, como "un viaje de noche". Un viaje, es decir, algo que tiene un "antes" y un "después", lo que nos remite a la doctrina tradicional de la pre-existencia, de la que Evola dice que "representa un elemento absolutamente esencial de la actitud requerida para permanecer en pié en nuestros días" y "cabalgar al tigre", así como a una contemplación especial de la muerte.

Pero, en último análisis, todo está en función de la profundidad de la vocación heroica, ya que Evola en su libro más existencial, vuelve sobre la vieja identificación con el destino, al "amor fati". Tan numerosos como puedan ser para el hombre diferenciado, los aspectos del mundo moderno extraños a su naturaleza y susceptibles de herirlo, debe convencerse que está en este mundo, aquí y ahora, lo que no es el resultado ni de un azar brutal, ni de una falta, ni de un pecado, sino por que ha querido estar en virtud de una elección trascendental para medir se a la vida de un mundo que no es normalmente el suyo.

Evola y el cristianismo. Visión aria del mundo

La visión que Evola tiene del cristianismo nos remite a un punto absolutamente capital de su pensamiento. Es preciso decir que la actitud de Evola evolucionó poco con respecto a su anticristianismo. La moral evangélica permaneció siempre ajena a su mentalidad de khsatriya y no le impidió ver en ella y en alguno de sus aspectos, ciertos fermentos de la subversión antitradicional. Niega la presencia en el cristianismo de los orígenes, de una gnosis auténtica. Su sentido de lacción, de la responsabilidad y de la dignidad en la ascesis le volvían impermeable a una religión que afirma que todo es Gracia. Sin embargo, todo ello no impidió a Evoca reconocer en el catolicismo de la antigüedad un factor de autoridad y de equilibrio en la historia de Occidente. Un factor de autoridad, pero también un límite, debido a sus orígenes que impide a los occidentales, salvo, quizás a través de ciertas corrientes del monaquismo y de la caballería medievales, expresar sus cualidades de base en la búsqueda del conocimiento, con la consecuencia de que sus cualidades, sin encontrar una desembocadura, se perdieron en conquistas titánicas. Sobre el plano existencial y contemporáneo, Evoca, en fin, afirma muy justamente que el cristianismo era mucho… o demasiado poco: es mucho para algunos, si se concibe como una vía de renuncia, como la vía monástica –y precisamos que la palabras “renuncia” no se toma aquí en un sentido negativo, pues la regla de San Benito, que ha inspirado al monaquismo occidental, es un modelo de equilibrio- y con los riesgos que implica; es muy poco si se piensa solo en las formas devocionales. En relación a esta situación, la vía propuesta por Evoca, la vía del drama, del “cabalgar el tigre”, no está del todo entre el demasiado y el demasiado poco. Está en otra parte y, sobre esta vía abrupta, no se trataría, en principio, ni de crisis religiosa, ni de sentimiento de estar abandonado por Dios. La crisis religiosa, si sobreviene, sería interpretada como incapacidad de sostenerse sin apoyo en el período post-nihilista, en el seno del cual nos encontramos, pero el abandono por parte de Dios es imposible, ya que esta vía postula la superación tanto del teismo como del ateismo.

Sin embargo esto no es lo esencial. La oposición profunda se sitúa en el nivel de la visión del mundo. Es aquí donde la divergencia fundamental alcanza las más altas especulaciones del pensamiento ario, tanto el de Occidente como el de Oriente y el cristianismo que, en buena parte, es una encarnación de la Luz del sur. Lo que sorprende a todo espíritu ario del cristianismo es su antropocentrismo. Hay en la óptica judeo-cristiana esta insoluble contradicción: que el hombre no es nada en relación a Dios, pero Dios es solo concebido en función del hombre. Para el espíritu ario, el cristianismo equivoca al hombre asignándole un papel muy particular y único y dando a esta tierra una importancia especial, mientras que todo, empezando por nuestra razón, concurre a probarnos que estamos íntegramente en el juego del Principio que no es ni bueno ni malo, sino indiferente. Y, so bre todo, con su hipótesis creacionista y su doctrina de la Redención, el cristianismo introduce en el mundo la finalidad, la finalidad que asegura y limita al mismo tiempo, el hecho de perder en el devenir "su inocencia", como decía Nietzsche.

De este punto de vista, Evola no podía sino sentirse mucho más próximo a dos doctrinas orientales radicalmente anti-finalistas, a saber, el tantrismo y el budismo. Sin forzar las cosas, se puede decir, que ha expuesto, en una formulación occidental, una visión tántrica del mundo. En esta visión el mundo es la manifestación libre de la Shakti, cuyo nombre tiene por raíz SHAK que significa "capaz", tener la fuerza de hacer. El mundo es visto en tanto que potencia, la SHAKTI estando en cada poder, el "poder en tanto que tal", la que sostiene todas las cosas sin tener en sí misma "ningún sustento". No es más que por su poder que Brahman crea, que Visnhu conserva y que en el fin de los tiempos, Shiva disuelve el universo. Pero preguntar por qué la SHAKTI se manifiesta, por qué hay creación, conservación y destrucción es un punto de vista muy humano, es para hablar en términos Zen "querer poner patas a la serpiente". La SHAKTI se manifiesta sin ninguna incomodidad, ni constreñimiento, no conoce más que su propia espontaneidad, los tantra dicen que su. substancia es fuego (Lilamaya-shakti).

En el budismo se viene a decir, poco más o menos la misma cosa, pues para·que haya despertar, es necesario precisamente haber cesado de proyectarse sobre el mundo, haber suspendido todo juicio, toda interpretación individual, haber abandonado definitivamente el "por qué" y el "como". Es la experiencia-del Satori en el Zen del que Evola ha hablado muy extensamente en "Cabalgar al Tigre": "El ciprés en la explanada, una nube que proyecta su sombra sobre la colina, la lluvia que cae, una flor que se abre, el monótono rumor del cimbrearse de las hojas; todos estos hechos "naturales" y banales pueden pro vacar la iluminación absoluta, el satori: estos hechos ~ precisamente en tanto que carecen de significado, de finalidad, ni dé intención, tienen un sentido absoluto. Es así como aparece la realidad, en la cualidad pura de las "cosas-que-son-como-son".

La concepción no finalista del mundo fue también conocida en Occidente, especialmente en las formas purificadas del dionisismo y fue reencontrada por Nietzsche que dice en "Así habló Zaratustra": "He colocado sobre todas las cosas esta libertad, esta serenidad celeste, el día donde he ensenado que encima de ellas y por ellas no hay un querer eterno que actúe".

Antes de concluir resta solo situar la obra de Evola en relación a la de Guenon. Antes de interrogarse sin fin sobre la primacía originaria del sacerdocio sobre la realeza, o recíprocamente, vale más mostrar la complementareidad de las dos obras y mencionar de paso las desviaciones posibles por una mala lectura.

Evola es complementario de Guenon en la medida en que, tras la aproximación al mundo de la Tradición desde el punto de vista del Brahman, intentada por Guenon, él ha dado la aproximación de un Khsatriya. Esta aproximación ha sido mucho más existencial y, si nos referimos al estilo de las dos obras -lo que no es criterio en sí- menos impersonal. De la primera característica, sería absurdo querer extraer una superioridad de Evola sobre Guenon, sí mismo, sería igualmente absurdo querer resaltar la superioridad del segundo sobre el primero, Guenon ha tenido plenamente razón en mantenerse siempre al nivel de los principios y Evola ha tenido también razón en dar prueba en su obra de la "frialdad apasionada" del Khsatriya, que implica que en toda acción se puede estar simultáneamente comprometido y desprendido.

El fariseismo parece ser la principal desviación posible de Guenon. Se trata de una comprensión rígida y fija de la Tradición, de una adhesión solamente intelectual a principios, con dos consecuencias obligatorias: primeramente, una cierta rigidez expresada o de hecho; en segundo lugar una voluntad de ignorar o incluso de desprecia sistemáticamente encarrilamientos más existenciales hacia la Tradición -encarrilamientos que irán de todas maneras multiplicándose en nuestra época- bajo el pretexto de que no entran en el cuadro de una ortodoxia preestablecida. La segunda desviación posible es aquella que consiste en lo que podría llamarse un sincretismo superior. Esta desviación es imposible con Evola, a causa de la oposición esencial desprendida por él entre la Luz del Norte y la Luz del Sur, ante la cual la oposición incluso existente entre Oriente y Occidente pasa a segundo plano. La sola desviación posible en Evola es el titanismo, que puede cubrir aspectos muy diferentes sobre los cuales hemos insistido en varias ocasiones.

Es interesante insistir sobre el hecho de que Evola, a diferencia de Guenon, quien ha pretendido ser el único en haber presentado las doctrinas orientales desde el punto de vista tradicional -lo que no estaba exento de humor para quienes conocían lo que había escrito primeramente sobre el budismo- no ha pretendido jamás hablar ex-cathedra. Esto es importante, pues arruina el reproche que algunos han hecho a Evola de haber hablado de varias vías tradicionales sin haber entrado en ninguna ~ de las que aún hoy son practicables.

A titulo de comparación en lo que concierne a la actitud que tenemos respecto a la obra y la persona de Evola citaremos, en principio, un extracto de un artículo de Michel Valsan, aparecido en la revista "Estudios Tradiciona1es", en donde se escribe sobre la obra y la persona de René Guenon: "Conviene precisar que el privilegio especial que tiene esta obra de jugar un papel de criterio de verdad, de regularidad, y de plenitud tradicional ante la civilización occidental, deriva del carácter sagrado y no individual que ha revestido la función de René Cuenon. El hombre que debía cumplir esta misión fue enteramente preparado desde lejos y no improvisado. Las matrices de la sabiduría divina habían predispuesto y formado su entidad según una economía precisa y su carrera se realiza en el tiempo a través de una correlación constante entre sus posibilidades y las condiciones cíclicas exteriores". Esto implica revestir a René Guenon de una verdadera infalibilidad en la interpretación de las enseñanzas tradicionales. Nosotros nos guardaremos muy bien de hacer otro tanto con Julius Evola, sabiendo que, para los discípulos, la mejor manera de honrar al maestro es no ser siempre discípulos suyos, siendo así que el mejor maestro es aquel del que uno se puede reir.

Philipe Baillet.

 

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