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Metafísica del Sexo. CAPITULO V. APENDICE AL CAPITULO QUINTO. 49. Sobre la significación del Sabbat y de las "misas negras"

Metafísica del Sexo. CAPITULO V. APENDICE AL CAPITULO QUINTO. 49. Sobre la significación del Sabbat y de las "misas negras"

Como apéndice a lo que acabamos de exponer sobre evoca-ciones suprasensibles de base erótica, se puede señalar brevemente alguna cosa sobre el contenido real de las experiencias del Sabbat, así como de las llamadas misas negras.

En general, la "demonología" de los siglos pasados es un dominio interesante que todavía espera ser estudiado desde su punto de vista justo. Tal punto de vista no es ni el de los autores que teológicamente lo anotan todo en la cuenta del satanismo, como fue el caso de los jueces de la Inquisición, ni el de esos otros que quisieran reducirlo todo a puras supersticiones, o bien a mani-festaciones de la psicopatología y de la histeria. Los defensores del segundo punto de vista -psiquiatras y psicoanalistas- se han esforzado recientemente en liquidar toda interpretación teológica y sobrenatural por medio de pruebas experimentales, indicando los casos en que unos simples tratamientos psicoterapéuticos hicieron desaparecer diversos fenómenos atribuidos antes a influencias y contactos demoníacos. Es, una confirmación más de la superficialidad característica de todo cuanto, en nuestro días, se ha convenido en llamar "científico" o "positivo". Se ha olvidado la posibilidad de que ciertos individuos tarados presentan sin duda perturbaciones psíquicas reales, pero que todo esto constituye una simple condición o causa ocasional para la producción o la inserción suprasensible de hechos de orden diferente. En todos los casos de este género es evidente que si, de una manera o de otra, se llega a "curar" al individuo, al desaparecer la base, la posibilidad material de estas manifestaciones, las manifestaciones cesarán también, sin que esto signifique sin embargo nada respecto a su verdadera naturaleza ni a la existencia de una manifestación más profunda de los fenómenos observados. Esto, abstracción hecha de otros casos que, por pertenecer al pasado, no pueden ya ser objeto de un examen apropiado, pero que sin embargo se han hecho entrar por las buenas en el número de los que ofrecen un pretexto para la interpretación psicopatológica simplista a que nos hemos referido.

En lo que concierne al Sabbat, inclusive dejando un gran margen a todo cuanto se puede atribuir a la superstición y a la sugestión (sugestión espontánea o creada en los acusados durante el curso del proceso), están atestiguados hechos de experiencia interior de estructura suficientemente constante y típica. Para favorecer estas experiencias en determinados individuos, predis-puestos o no, se empleaban substancias cuyos efectos eran análo-gos a los de los filtros. Del lado material, figuran, bien polvos afrodisíacos, bien narcóticos y estupefacientes. Los textos de la época mencionan la belladona, el opio, el acónito, el beleño, las hojas de álamo, ciertas clases de adormideras, etc., además de gra-sas animales que facilitaban las mezclas y permitían hacer con ellas un ungüento que, por absorción cutánea intoxicante, provo-caba un doble efecto. De un lado, se obtenía un sueño profundo y la liberación de la fuerza plástica de la imaginación para la produc-ción de imágenes de sueños lúcidos y de visiones; de-otro lado, el despertar de la fuerza elemental del sexo y su activación sobre ese plano extático-visionario e imaginativo. Los autores mencionan sin embargo también una especie de consagración ritual de las substancias empleadas. Se dice, por ejemplo: "no olvidando en esta composición la invocación particular de sus demonios ni las ceremonias mágicas instituidas por ellos" (70). Estas palabras hacen alusión, evidentemente, a una operación secreta encamina-da a dar una "dirección de eficacia" particular a la acción de las drogas en cuestión. Está claro que este factor debía tener una importancia fundamental en este conjunto. Reconocerle o no una realidad cualquiera depende de la medida en que, por ejemplo, se piensa que los sacramentos no se reducen a simples ceremonias simbólicas. Verosímilmente es a este factor al que se debe la dife-rencia entre la acción general y desordenada que, todavía hoy, determinados estupefacientes y afrodisíacos pueden ejercer sobre el primero que llegue, y la acción específica ligada a hechos evo-cadores, que daban lugar a las experiencias del Sabbat. En fin, como factor todavía más esencial, hay motivos para suponer algo así como una "tradición": un fondo fijo de imágenes tendría que ser llevado por una corriente psíquica colectiva, en la que cada individualidad estaba inserta en el acto mismo de agregarse a los grupos que se entregaban a estas prácticas; de ahí la gran concor-dancia existente entre las experiencias fundamentales.

Ya Johannes Vierus, en su Daemonomanía, había sostenido, contra Bodin, la tesis de que estas experiencias, aun teniendo por base una experiencia sobrenatural (el "diablo"), se producían en un estado de sueño o de trance, permaneciendo inmóvil el cuerpo allí donde se encontraba, mientras que el sujeto creía dirigirse físicamente al Sabbat. Górres ha aportado ciertas experiencias hechas a partir del siglo XIV por un benedictino (otros las repetirían después, entre ellos el propio Gassendi) con personas que, después de haber acabado los preparativos rituales para dirigirse -al Sabbat, fueron atados a sus lechos y observados. A menudo caían en un profundo sueño, letárgico o cataléptico, hasta tal punto que inclusive ni quemaduras ni picaduras lograban despertarles. De todas maneras, en las informaciones que nos han llegado, hay un dato constante: es que, "para dirigirse al Sabbat", es preciso dormirse después de haber sido untado de ungüento y haber pronunciado determinadas fórmulas. Así la más simple interpretación sería que se trataba de orgías de la imaginación erótica, vividas durante el sueño. Pero quien sabe que este estado comporta un cambio del nivel de la conciencia, en la enseñanza tradicional hindú, su paso virtual al plano llamado "sutil", puede pensar en algo más que una sugestiva fantasmagoría del mismo género que un sueño cualquiera. De otra parte, el autor ya citado, de Nynauld, clasificando las diferentes especies de ungüento según su acción, distingue en ellos varios que provocarían "un transporte que no se hace simplemente por la ilusión estando profundamente dormido", es decir, que tendrían por efecto, si no una verdadera proyección, al menos una bilocación: así pues, un "ir al Sabbat" diferente de una pura alucinación subjetiva solitaria. Esta última posibilidad se puede considerar como real, en la medida en que, en principio, se admite que, en ciertos casos, los fenómenos de bilocación son reales; fenómenos que, como es sabido, se mencionan en la vida de algunos santos cristianos (71). De todas formas, es preciso hacer notar que en el curso de los controles indicados más arriba, se constatan al menos casos de desdoblamiento, en el sentido de que quien por efecto de las drogas permanecía inmóvil e inanimado sobre el lecho, podía a veces relacionar con exactitud lo que pasaba a su alrededor (Górres). No se debe pues excluir del todo la posibilidad de experiencias que, si bien permaneciendo esencialmente "psíquicas", no tuvieron el carácter de irrealidad de los sueños ordinarios y de las aluci-naciones de los esquizofrénicos, sino que han presentado una dimensión objetiva sui generis. No se debe excluir tampoco que, en la Edad Media, persistieran residuos de ritos muy antiguos; extáticos, que culminaban con el acto sexual, como en un sacra-mento, y que poseían muchos caracteres atribuidos al Sabbat. En ellos figuraba una divinidad cornuda llamada Cernunnos. Se ha descubierto, bajo los fundamentos del templo de la Gran Diosa cristiana, de Notre Dame de París, un altar consagrado a esta divi-nidad cornuda (72). Cualquiera que fuese el plano sobre el que se desarrollara la experiencia de los adeptos, es preciso sin embargo hacer notar que participantes en la ceremonia, real o vivida en un trance lúcido, hicieron confesiones espontáneas, sin tortura; morían sin miedo y sin remordimientos, convencidos de haber asegurado su vida inmortal. Mujeres jóvenes declararon haber sido llevadas a la ceremonia "por rapto" del dios, en su corazón y su voluntad, que esta era la "religión suprema", que el Sabbat era el verdadero paraíso, fuente de placeres extáticos tales que era imposible describirlos; se mostraban orgullosas de sus experiencias y afrontaban la muerte con la misma tranquila firmeza de los primeros cristianos (73).

Pero, en general, por lo que se refiere al contenido de las experiencias del Sabbat en sentido propio, se trata esencialmente de evocaciones turbias de arquetipos y de situaciones rituales, justamente relacionadas con cultos antiguos.

Si se quiere, puede relacionarse con la subconsciencia colectiva considerada como receptáculo de imágenes ya vividas, capaces de actualizarse de nuevo, de ser revitalizadas sobre el plano sutil: toda suerte de desechos del subconsciente individual se mezclaban con ellos sin embargo, porque hay que recordar que en principio los sujetos de estas expereiencias pertenecían al pueblo y no tenían ni una preparación ni una tradición regulares comparables a las de los antiguos Misterios. Además, aquí hay que tener en cuenta el hecho de una deformación o degradación particular debida a la presencia de una tradición diferente estigmatizante, por encima de todo lo que es sexo, como era la tradición cristiana. En tales circunstancias, dentro de un régimen de evocaciones confusas y desordenadas, pueden producirse en las manifestaciones formas "antinómicas", "diabólicas". A menudo, el demonismo no concierne más que a la manera particular y desviada en la que se presentan motivos y figuras de un culto precedente en el marco de otro culto por el que el primero ha sido suplantado. Se encuentran numerosos casos de esto en la historia de las religiones. En el mecanismo de la subconsciencia, cuando se revitalizan residuos psíquicos de este género, es muy fácil que tomen automáticamente como apoyo imágenes contrarias, demoníacas, hasta satánicas. Se puede pues pensar que, en casos de experiencias como la del Sabbat, quien las intentaba raramente se daba cuenta de su contenido real, de que él no vivía este contenido más que indirectamente, a través de la fantasmagoría, de la zarabanda, para suministrar de buena fe confesiones conformes con el escenario diabólico ya fabricado por los Inquisidores.

Finalmente, diremos dos palabras a propósito del elemento animal que figura en estas fantasmagorías. Aquí se deben recordar los efectos eventuales de una agitación de las capas más profundas, prepersonales, del ser, donde se encuentran también potencialidades latentes y coposibilidades animales, excluidas por el proceso evolutivo que ha formado la figura humana típica. Estas potencialidades también, que tienen una participación importante en el totemismo de los pueblos primitivos, pueden ser activadas y entrañadas en el proceso evocatorio y producir, por proyección (casi como su "signatura") imágenes humano-animales o deformaciones animalescas de la figura humana, correspondiendo, en general, a lo que se manifiesta de más degradado e informe (como antiforme) en el proceso global. Pero, a todo otro respecto, este proceso es semejante al desencadenamiento dionisíaco y a los antiguos ritos de iniciación erótico-orgíacos.

S. de Guaita, sobre el testimonio de las informaciones suministradas por los autores que, en el curso de los siglos pasados se han ocupado de este tema -Buguet, N. Remigius, Bodin, Del Río, Binsfeldius, Dom Calmet, etc. (74)- ha reconstruido efectivamente la estructura principal de las experiencias del Sabbat en los siguientes términos. En la cita' diabólica, la "reina del Sabbat" aparecía como una joven desnuda, de una belleza particular, llevada por un cordero negro (Pierre de Lancre dice: "Todas las que nosotros hemos visto cualificadas por el título de Reinas eran dulces, de cierta belleza, más singulares que las otras"). El macho cabrío iniciaba a la virgen mediante una serie de sacramentos (volveremos a encontrar el equivalente de esto en la consagración tántrica de las mujeres por medio del nyasa), ella era primero ungida y luego violada sobre un altar. Seguía una orgía general, pandémica, en la que el modo antinómico de manifestación que tenía un eros elemental, es decir, un eros en estado libre y desligado de toda forma, se dramatizaba a menudo en relaciones adúlteras, incestuosas o contra natura; aparte la experiencia de una posesión carnal poliforme simultánea, vivida por la nueva sacerdotisa. Sobre su cuerpo extendido como un altar palpitante, el macho cabrío, que se había transformado en figura humana o semihumana, oficia, ofreciendo trigo al "espíritu de la tierra", principio de toda fecundidad, a veces liberando también unos pájaros, como rito simbólico de una liberación por los asistentes a la asamblea (evocación del "demonio de la libertad"; un nombre de Dionyssos en Roma era también Liber). Se amasaba un bizcocho para proceder a una confarreatio, es decir, a una comunión por medio de la consumación de sus partes distribuidas entre los asistentes. Algunos pretenden que, al final, la reina del Sabbat se levantaba y, víctima triunfante, gritaba una fórmula como ésta: "Rayo de Dios, hiere si te atreves." En un rito del mismo género, de fondo sexual, atestiguado hasta el siglo XII en Eslavonia, la fórmula empleada habría sido la siguiente: "Alegrémonos hoy, porque Cristo ha sido vencido" (75). Un elemento objetivo a su manera estaría constituido por el hecho de que el que participaba en esta iniciación orgíaca habría obtenido la revelación de secretos y de procedimientos, como composición de filtros, venenos y elixires. La posesión de semejantes dones parece estar suficientemente atestiguada (76). Según los datos recogidos en ciertos procesos, en el Sabbat se invocaba a Diana; con ella, a Lucifer, transposición evidente "invertida" del dios masculino luminoso (77). Como es sabido, en el área germánica, era una de las figuras centrales Vrowe Holda; poseía los rasgos ambivalentes, suaves y terribles, de la dispensadora de gracias y de la destructora; rasgos ya considerados por nosotros en el arquetipo femenino; mientras que aquí el monte del Sabbat y de la noche de Walpurgis se confundía con aquel donde Venus habría elegido su domicilio, monte que, según las perspectivas cristianas, se habría transforma-do en un lugar demoníaco y de pecado.

A menudo se ha hecho notar que, en el escenario fantasma-górico del Sabbat, con el macho cabrío, retorna el hircus sacer, el animal sagrado simbólico, asimilado por los griegos unas veces a Pan y otras a Dyonysos, por el cual, en el sentido de una hieroga-mia, se dejaban poseer las jóvenes en uno de los cultos de la anti-güedad egipcia. La mujer desnuda, adorada como la diosa viva, es una variante de un antiguo tema mediterráneo. Por ejemplo, ya hemos recordado que en el área egea, el culto de la diosa se confundía a menudo con el de la sacerdotisa, y también hemos hablado de residuos análogos que subsistían en las ceremonias orgíacas secretas de algunas sectas eslavas. Aunque tendenciosa-mente, estructuras rituales semejantes a las del Sabbat habían sido ya atribuidas a los gnósticos; según estas atribuciones, Marco el gnóstico habría desflorado a jóvenes excitadas que el hacía subirse desnudas sobre el altar, consagrándolas por este medio y convirtiéndolas en profetisas. Si esto es exacto, se trataría evi-dentemente de la técnica de iniciación sexual que ya hemos considerado, hablando también del factor específico constituido por la desfloración. Además, por lo que respecta a la antigüedad, se tiene conocimiento, por el testimonio de Plinio (78), de sabbats nocturnos sobre el monte Atlante: danzas desenfrenadas y desencadenamiento orgíaco de-las fuerzas elementales del hombre, con la presencia o la manifestación de antiguas divinidades de la naturaleza. Como fondo del Sabbat, se debe pues pensar en una reactivación de estas estructuras rituales basadas sobre una oscura liberación de energías sobre el plano sutil, plano sobre el que efectivamente pueden actuar formas arquetípicas y verificarse formas de éxtasis raramente realizables en el dominio de la conciencia de vigilia. Por lo demás, veremos suficientemente atestiguada la idea de que, en el mismo caso de los ritos cumplidos con personas humanas reales, con actos materiales y accesorios físicos, si estos ritos han de tener una eficacia cualquiera, la condición previa es que la consciencia se disloque justamente sobre el plano sutil.

Ya hemos hecho alusión a las causas técnicas de la "diaboli-zación" de la experiencia y también al papel que puede haber representado en ella un factor específico, es decir, la inhibición y la condena teológica de la sexualidad, propia del cristianismo. Sin embargo, en principio, es preciso considerar también la posibilidad de una empleo instrumental consciente de todo lo que tiene el carácter de un substratum demoníaco e informe, frenado por las formas de una religión determinada; empleo ligado al fin de una superación particular de estas formas y de una participación potencial de lo incondicionado. Más claramente quizá, podríamos decir que, en estos casos, al presentarse la forma como una limitación, lo que se encuentra por debajo de la forma es peligrosamente movilizado como medio contra la forma para alcanzar lo que se encuentra por encima de la forma (en las reli-giones teístas, a estas formas, sobre todo, corresponden figuras divinas particulares, dogmas, preceptos positivos, prohibiciones, etcétera). Puesto que, en tales casos, se permanece, a pesar de todo, en la corriente psíquica de la tradición correspondiente, una tal técnica puede efectivamente presentar en el exterior los rasgos de una contrareligión o religión invertida. En este contexto, surge un detalle interesante. Según la descripción del Sabbat, el carisma de la fe "satánica" de los participantes habría sido un beso obsceno, el obsculum sub cauda, que habrían tenido que dar al dios del rito, a su imagen o a quien lo representara como oficiante. Pero en ciertos testimonios fue claramente declarado que no era requerido ningún rito de este género. Como quiera que sea, se puede tratar de una versión deformada, de una manera increible y obscena, de una cosa completamente diferente. El propio De Lancre informa de que el acto de que se trataba realmente concernía a un segundo rostro negro que el ídolo o el oficiante tenían detrás de la cabeza, a veces como una máscara atada a la nuca, lo que le hacía presentar dos rostros, como la cabeza de Jano (79). El simbolismo de todo esto es bastante transparente: si el rostro anterior, claro, representaba al Dios "exterior" y manifestado, el rostro posterior, negro, representaba la divinidad abisal, informe y superior a la forma; es la divinidad a la que, en los misterios egipcios, se relacionaba la fórmula del último secreto: "Osiris es un dios negro", mientras que alusiones bastante precisas a esta fórmula se encuentran también en la primera patrística griega influenciada por la misteriosofía y el neoplatonismo; por ejemplo en Dionisio el Areopagita. Así, en lugar de un rito obsceno de brujería, podía tratarse de una profesión de fe o de una "adoración" cuyo objeto era justamente la divinidad informe en el marco de la técnica indicada más arriba, es decir, del empleo de lo que es inferior a la forma, para alcanzar lo que es superior a la forma, el "dios negro". Si éste es un aspecto operativo posible del satanismo, es difícil decir en qué medida se trata justamente de esto en el caso de varias ceremonias y de varios cultos oscuros, entre los que se podrían contar también las misas negras.

Respecto a estas últimas, si las informaciones de que disponemos a propósito de sus celebraciones efectivas son raras y dudosas, por contra la técnica de una inversión "diabólica" del ritual católico está suficientemente atestiguada. Se puede hacer abstracción aquí de la manera absolutamente blasfema, grotesca y sacrílega, propia de descripciones como la novelada por Huysmans. Lo poco que se sabe concierne a operaciones con fines menos extáticos que básicamente mágicos: como en el caso de la misa negra que Catalina de Médicis habría hecho celebrar. Como quiera que sea, en la estructura de la ceremonia reaparece la de los ritos antiguos del Misterio afrodisiano, al ser operado aquí lo que era vivido en la fantasmagoría del Sabbat en parte sobre el plano de la realidad. El centro del rito estaba en efecto constituido por una mujer desnuda tendida sobre un altar y sirviendo ella misma de altar. La posición indicada a veces -las piernas separadas para mostrar el sexo- es la misma adoptada por antiguas divinidades mediterráneas antiguas. Aparte la celebración invertida de la misa, parece ser que el rito comportaba los mismos desarrollos descritos anteriormente al hablar del Sabbat. El detalle más horrible, el sacrificio de un niño delante del altar, además de la idea de una contraforma demoníaca del rito sacrificial eucarístico de la misa, conduce al tema de los sacrificios y de la efusión de sangre en que la Diosa se deleitaba en diversas formas del culto antiguo, pero desde otro lado: se trataba de una técnica tendente a suministrar un cuerpo para su presencia real en un lugar dado. No solamente en relación con este punto particular, sino en general, he aquí un detalle importante: se juzgaba absolutamente necesario que el rito fuese cumplido por un sacerdote regularmente ordenado. En efecto, según la doctrina católica, dejando de lado aquéllos que pueden pretender haber sido directamente consagrados por el Señor, sólo el sacerdote puede operar el misterio de la transubstanciación de las especies, por medio de un poder objetivo que se le puede prohibir ejercer, pero que, gracias al character indelebilis conferido por la ordenación, no puede ser destuido o revocado. Ahora bien, los ritos indicados no pueden tener una eficacia cualquiera más que bajo el supuesto de que el oficiante dispone de un tal poder de transubstanciación, de un poder capaz de evocar y de activar presencias reales en las especies sensibles, no solamente en las cosas inanimadas (como la hostia eucarística), sino también en los seres humanos. Un "misterio" de este género debía producirse, o se suponía que él tenía lugar, en la persona misma de la mujer desnuda tendida sobre el altar, de manera que se provocara en ella una encarnación mágica momentánea del arquetipo, del poder de la mujer trascendente, de la diosa. Al ser evocada esta fuerza suprasensible, se podía concebir también su uso operativo. Es preciso sin embargo hacer notar que el empleo de la técnica de la contra-religión con la activación de todo lo que es informe e inferior, y que frena una tradición histórica, comporta un peligro extremo: presupone, pues, en los oficiantes, una cualificación particular, excepcional, a fin de que el conjunto no se convierta en un "satanismo" en sentido propio, peyorativo y solamente tenebroso de la palabra. El peligro es menor allí donde, para entrar en el marco de una tradición no antitética a ellos, los ritos análogos de magia sexual no recurren a la técnica de la inversión y no presentan el carácter antinómico del que ya hemos hablado, como en los casos de que pronto nos ocuparemos.

Parece que la divinidad de las prácticas de magia negra de los siglos XVII-XVIII fuese predominantemente del sexo femenino. Se llamaba Astaroth, nombre que tiene la misma raíz que Astarté, Ashtoreth, Attar, Ach-tur-tu, etc., lo que hace suponer su relación con Astarté-Ishtar (en la lengua semítica, oth -Astaroth- es la desinencia del plural) también si el sexo de aquella divinidad era indeterminado (80). Algunas veces las misas negras eran oficiadas por mujeres.

Como una última observación referente sólo al Sabbat, seña-laremos que, inclusive empleando las mismas técnicas, al no redu-cirse las experiencias sobre el plano sutil a simples orgías oníricas de la fantasía erótica individual, sino que implican evocaciones y contactos reales, difícilmente son posibles para el hombre moder-no. Ya no existe el clima psíquico necesario y un proceso de materialización creciente ha encerrado en sí mismo, en su sinple subjetividad, al individuo humano. Menos en casos muy excep-cionales, en nuestros días, el único plano de experiencias posibles más allá de los procesos psíquicos normales es tal que, en principio, se les puede aplicar interpretaciones banales del género de las de Jung.

Notas a pie de página


(70) Cf. J. DE NYNAULD, De la lycanthropie, transformation et extase des sorciers, París, 1615; Les ruses et tromperies du diable descou-vertes, sur ce qu'II prétend avoir envers les corps et les rimes des sorciers, ensemble la composition de leurs onguens, París, 1611 (apud DE GUAITA, op. cit., v. II, págs. 172-174) que son las obras que contienen la mayoría de los detalles sobre los ungüentos mágicos.
(72) Cf. M. MURRAY, The God of the witches, Sampson Low, 1933.
(73) Cf. G. BATTRAY TAYLOR, Sex in History.
(74) S. DE GUAITA, cit., v. I, págs. 154 sgg. La bibliografía de los textos utilizados por él para lo que sigue se encuentra en Le Temple de Satan, págs. 156-157.
(75) Cf. TAYLOR, Op. cit., págs. 298-299.
(76) También en los primitivos se encuentran tradiciones referentes a los poderes transmitidos a mujeres a raíz de su unión con entidades no-humanas, Cf. por ej. B. MALINOWSKI, The sexual life of savages. London, 1929, pág. 40.
(77) COLLUM, en "Eranos Jahrbücher", 1938, págs. 257 sgg (apud Pryluski, op. cit., pág. 167).
(78) (78) Nat. Hist., V, i.
(79) Cf. TAYLOR, Op. cit., págs. 134-135.
(80) H. T. RHODES, The satanie Mass, London, 1958, X, II.

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