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La Doctrina del Despertar. Capítulo III. Lugar histórico de la doctrina del despertar

La Doctrina del Despertar. Capítulo III. Lugar histórico de la doctrina del despertar

Biblioteca Julius Evola.- En este tercer capítulo, Evola aborda desde un punto de vista suprahistórico los significados que se pueden extraer de los textos Védicos y Upanishad, e incide sobre todo en su relación con los desarrollos del budismo originario, dando una visión completa de las diferentes corrientes según el clima histórico que condicionaron su aparición.

3. Lugar histórico de la doctrina del despertar

Según el punto de vista tradicional., que es el que seguimos, conviene no considerar las grandes tradiciones históricas ni como algo "origi­nal" ni como algo arbitrario. En toda tradición digna de este nombre se encuentran presentes, de una u otra forma. elementos de un saber que, no obstante estar enraizado en una realidad supraindividual, es objeti­va y esencialmente idéntico. Más aún, toda tradición contiene una for­mulación particular y específica, la que tampoco se ha de tomar por arbitraria, sino que corresponde más bien a las condiciones de determi­nado clima histórico y espiritual. En esas condiciones reside la razón de determinada formulación, adaptación o limitación del único saber, y en ninguna otra razón. No es, pues, como si a una determinada perso­nalidad se le hubiera ocurrido en dado momento enunciar, por ejemplo, las teorías del alma o del nirvana o las islámicas, etc., así, arbitraria­mente o por circunstancias extrínsecas, como si fueran puntos de vista aislados. Por el contrario, toda gran tradición y toda gran doctrina obe­decen, aunque no lo parezcan, a una lógica profunda, la cual se ha de descubrir partiendo de una adecuada metafísica de la historia. Tal es, por ende, el criterio que seguiremos en lo que se refiere al budismo: por lo que consideramos un error garrafal aquella crítica que a toda costa quiera reivindicar para el budismo (o para cualquier otra gran tradi­ción) una "originalidad", o bien alegue que de otra forma no habría distinción alguna. La distinción existe, como hay concordancia, pero una y otra determinadas -repitámoslo- por factores objetivos. aun­que no se adviertan siempre con toda claridad en cada uno de los expo­nentes de determinada corriente histórica.

Dicho lo anterior, para desentrañar el sentido específico de la doctri­na budista es preciso examinar el conjunto de las tradiciones hindúes prebudistas y distinguir en ellas dos fases fundamentales: la védica y la brahmana-upanishádica.

Por lo que hace a los Vedas, que constituyen la base de toda la tradi­ción de que tratamos, no se puede hablar propiamente ni de "religión" ni de "filosofía" El nombre Veda -de la raíz vi, significa "veo", "he visto"- alude a una doctrina cimentada en la fe o en la "revelación", pero entendiendo por ello un conocimiento en sentido eminente, asimi­lado ni más ni menos a un ver. Los Vedas fueron "vistos": fueron vistos por los rishi (rsi), los "videntes" de los tiempos primitivos. En toda la tradición, el contenido de los Vedas no ha valido nunca como una "fe", antes bien como una "ciencia sagrada".

Es de verdad una broma ver en los Vedas la expresión de una "reli­gión estrictamente naturalista", como han hecho no pocos orientalistas. Puede tratarse de escorias, por infiltraciones exógenas, que se advier­ten particularmente, por ejemplo, en el Atharva-Veda. Pero lo que la parte esencial y más antigua de los Vedas refleja es el estadio cósmico del espíritu indoario. No se trata de teorías o teologías, sino de himnos, en los que se refleja y engrandece una conciencia aún ligada al mundo y a la realidad metafísica, de guisa que los distintos "dioses" de los Vedas, más que imágenes religiosas son proyecciones de la experiencia de significados y de fuerzas percibidas directamente tanto en el hom­bre. como en la naturaleza, o allende la naturaleza, en un impulso cós­mico, heroico y "sacrificial", en un estado de cosas liberado y, por así decir, "triunfal".[1] Y aunque las epopeyas, como el Mahabharata (Mahabharata), tengan una redacción bastante más tardía, los motivos fundamentales ahí contenidos se remontan al mismo prístino estadio. Hombres, héroes y figuras divinas se encuentran aquí codo con codo, de manera que, como señala Kerényi refiriéndose a la fase olímpico­-homérica de la tradición ariohelénica, se podría hablar de sobras de un "ver a los dioses y ser vistos por ellos", de un "estar junto a ellos en el estadio original de la existencia".[2] El elemento olímpico se refleja, por lo demás, en un grupo típico de divinidades védicas. En Dyaus (de div, "resplandecer", raíz que se encuentra tanto en Zeus como en Deus), señor de la luz uránica, principio del esplendor, de la fuerza, de la sabiduría: en Varuna, también él símbolo de una fuerza celeste y regia, vinculada a la idea de rita (rta). O sea, del cosmos, de un orden cósmi­co, de una ley natural y sobrenatural: mientras en Mitra se añade la idea de un dios de virtudes específicamente arias. de la verdad y de la fide­lidad. Tenemos también a Surya, el sol flamígero, al que –como al νονς olímpico- nada se le esconde, que destruye toda debilidad y, en cuanto a Savitar, es la fuerza de luz, exaltada en el primer rito matinal de todas las castas arias, como principio de despertar y de animación intelectual: o está Ushas (Usas), la aurora, la que eternamente joven abre los caminos al sol, trae la vida y es "señal de inmortalidad". En Indra se encarna, por fin, el mismo ímpetu heroico y metafísico de los primeros conquistadores hiperbóreos: Indra es aquel "sin el cual no vencen las gentes", es el "hijo de la fuerza", el dios-rayo de la guerra, del valor, de la victoria, el exterminador de los enemigos de los arios, de los negros Dasyu y, en ellos, también de toda fuerza tortuosa y ti­tánica que "quiera escalar el ciclo", mientras que aparece al propio tiempo como el consolidador, como "aquel que ha hecho salvo al mundo". Y el mismo espíritu se refleja, por grados, en divinidades védicas menores, hasta en aquellas ligadas a formas de existencia más contingentes.

En los Vedas, esta experiencia cósmica se reaviva esencialmente mediante la acción sacrificial. El sacrificio prolonga lo humano en lo no humano, galvaniza y confirma los encuentros entre dos mundos, de modo que el sacrificador, figura austera y majestuosa (como el flamen dialis romano), asume los rasgos de un dios en la tierra (bhu-deva, bhu­sura). Respecto de la doctrina postmortem, en los Vedas se da en lo esencial la misma solución que fue propia del más antiguo espíritu ariohelénico: en las partes más antiguas de los Vedas están ausentes las imágenes de tinieblas o de infiernos y apenas si se advierte como tal la crisis de la muerte. En el Atharva-Veda se le concibe incluso como efecto de una fuerza enemiga y demónica, combatible con ritos idó­neos. Los muertos pasan a una existencia de esplendor, que es un "re­torno", donde se vuelven a unir a su forma primordial: "Habiendo depuesto todo defecto. regresa a casa: únete, pleno de esplendor, con [tu] forma";[3] y también: "Bebimos el soma [símbolo de un sacro entu­siasmo], nos volvimos inmortales, alcanzamos la luz".[4] El rito védico de "cancelar las huellas". para que el muerto no regrese con los vivos, muestra bien cuán ausente estaba en este periodo la idea de la reencar­nación, pues tal posibilidad no es concebible en la alta tensión heroica, sacrificial y metafísica, propia de tal estadio. El rey de los difuntos, Yama, rey solar, no tiene en absoluto en los Vedas el significado poste­rior de dios de la muerte y de los infiernos, antes bien conserva los rasgos de su equivalente irano-ario, Yima, rey solar de la edad primor­dial. Hijo del "Sol", Yama es el primero de los mortales y "el primero en encontrar el camino [hacia el más allá]".[5] Así pues, el más allá védico está asociado en buena medida a la idea de una especie de reintegra­ción del estado primordial.

Hacia el siglo X a. C. tuvieron lugar nuevos desarrollos que han deja­do constancia en otros textos, por un lado en los Brahmana y, por el otro, en los Upanishad (Upanisad). Unos y otros textos se remontan a la tradición de los Vedas, aunque se advierte ya un notable desplaza­miento de las perspectivas. Se nos encauza poco a poco hacia la "filo­sofía" o hacia la "teología".

La lucubración en torno a los textos brahmana se apoyó sobre todo en aquella parte de los Vedas que se refiere al rito y a la acción sacrificiales. El rito, en todas las civilizaciones tradicionales, se conci­bió no como una ceremonia vacua, sentimental y formalista a la par, para alabar y mantener propicio a un dios, sino como una operación que producía efectos reales, o sea, como un acto de potencia que podía ora reavivar los contactos con el mundo trascendente ora imponerse a las fuerzas suprasensibles y, con la mediación de éstas, ejercer efectos eventualmente sobre las fuerzas naturales. Como tal, el rito presupone tanto el conocimiento de ciertas leyes secretas, como esencialmente la posesión de una fuerza no humana. El término brahman (en neutro, sin confundirlo con el masculino Brahma, que es la divinidad concebida teístamente) en su origen designaba precisamente esta energía, fuerza mágica, fluido y fuerza de vida, en que se cifra el rito y lo activa.

En los textos brahmana, este aspecto ritual de la tradición védica se hipertrofia y se formaliza. El rito se transforma en el centro de todo y es objeto de una ciencia minuciosa, que poco a poco resultaría exenta de todo contenido vivo. Oldenberg, refiriéndose a la época en que vivió el príncipe Siddhartha, habla de "una sabiduría tonta que todo sabe, todo explica y todo pontifica, satisfecha, en medio de sus extravagante creaciones".[6] El juicio es excesivo, pero tiene su parte de verdad. En tiempos de Buda se puede hablar de sobras de una casta de theologiphiloso­phantes, dedicados a administrar los vestigios de la antigua tradición, buscando todo medio de consolidar un prestigio, al que no siempre correspondía su calidad humana ni su raza (si no la raza física, que el sistema de castas bien protegía, al menos la espiritual). Y si he dicho "teólogos", ya que en aquellos ambientes el concepto de brahmán se fue generalizando y, por así decir, se sustancializó, hasta el punto de que brahman ya no significó aquella fuerza misteriosa que en el fondo sólo tenía sentido como experiencia mágica y ritual, sino el alma del mundo, la fuerza-sustancia suprema del universo, el sustrato, en sí in­determinado, de todo ser y de todo fenómeno. Pasó a ser, pues, un con­cepto casi teológico.

En cuanto a los Upanisad, en ellos toma forma sobre todo la doctrina del atma, la cual refleja aún en buena medida el prístino sentimiento cósmico y solar de la primera conciencia aria, que contrapone la reali­dad del Yo como principio supraindividual, inmutable e inmortal de la personalidad frente a la múltiple variedad de los fenómenos y de las fuerzas de la naturaleza. El atma se define con el neti neti ("no es esto, no es esto"), o sea, con la idea de que no es nada de lo que pertenece a la naturaleza y, en general, al mundo condicionado.

Poco a poco se fue produciendo en la India una convergencia de la corriente especulativa de los Brahmana y la de los Upanisad, conver­gencia que se concluyó con la identificación del brahman con el atma: el Yo, en su aspecto supraindividual y la fuerza-sustancia del cosmos se convierten en una sola y misma cosa. Tenemos aquí un giro de gran momento para la historia espiritual de la civilización indoaria. La doc­trina de la identidad del atma y del brahman constituye un ápice meta­físico, pero simultáneamente es un punto que ofrecía la posibilidad de Un proceso de fragmentación y de descentración espiritual. Es lo que tenía que suceder a medida que las sombras descendían sobre la lumi­nosidad de la experiencia originaria heroica y cósmica del hombre védico e iban ganando terreno influencias exógenas.

En un principio, la doctrina de los Upanisad era secreta, un saber que se transmitía sólo a pocos (esa idea es la que comporta el término Upanisad). Pero en realidad, el momento filosófico y especulativo tam­bién se impondría aquí, de donde las continuas oscilaciones, en los más antiguos Upanisad (ya en el Candogya y en el Brhadaranyaka­upanisads, acerca del plano de conciencia que ha de servir como punto de referencia de la doctrina. El atma ¿es objeto de experiencia inmediata o no lo es? Es una y otra cosa a la vez. Se afirma su identidad sustancial con el Yo singular, pero al mismo tiempo vemos que a menu­do la unidad del particular con el atma-brahman es pospuesta hasta después de la muerte, y no sólo eso sino que se ponen condiciones para que esto ocurra y se contempla el caso en el que el Yo o, por mejor decir, los elementos de la persona no salgan del ciclo de existencias finitas y mortales. En los antiguos Upanisad, en el fondo, no se llega nunca a una solución precisa del problema de las relaciones efectivas existentes entre el Yo, acerca del cual todos pueden hablar con certeza, y el atma-brahman, lo cual no es una casualidad, sino una circunstan­cia debida a un estado ya incierto de conciencia, por el hecho de que mientras para los adeptos de la "doctrina secreta" el Yo podía ser efec­tivamente el atma, para la conciencia general el atma se estaba convir­tiendo en un simple concepto especulativo, un supuesto casi teológico, porque el nivel espiritual original estaba a punto de perderse.

Además, se vino a anunciar el peligro de confusiones panteístas. Este peligro no existía en teoría, porque en los Upanisad, siguiendo el concepto védico, el principio supremo se concebía como la sustancia del mundo y de todos los seres, pero también como aquello que los trasciende "en tres cuartos" y subsiste como "lo inmortal en el cielo".[7] Sin embargo, en los mismos Upanisad se recalca la identidad del atma-brahman con elemen­tos de todo género del mundo natural, de guisa que fue real la posibilidad práctica de una desviación panteísta favorecida por la asimilación de atma y brahman. Aquí se ha de tomar en cuenta también el proceso de gradual involución del hombre, de que se encuentran indicaciones en las enseñan­zas de todas las tradiciones, comprendida la indoaria, donde la teoría de los cuatro yuga corresponde exactamente a la clásica de las cuatro edades y del descenso de la humanidad hasta la última de éstas, la edad del hierro, equivalente a la "edad oscura" (kali-yuga) de los indoarios.[8] Si en este proceso general, durante el periodo de dichas lucubraciones, la prístina conciencia cósmica y uránica de los orígenes védicos había sufrido ya cier­to oscurecimiento, formular la teoría de la identidad de atma y brahman debía significar para muchos un peligroso incentivo a la evasión, al confu­so ensimismamiento del Yo en la espiritualidad del todo, por lo que habría sido necesaria una reacción particularmente enérgica, en el sentido de una concentración, de un desprendimiento, de un despertar.

En su conjunto, los gérmenes de una decadencia que ya se eviden­ciaba en el periodo posvédico y que se acentuó en el época de Buda (siglo VI a. C.) son los siguientes: En primer lugar, un ritualismo este­reotipado. Luego el daimon de la lucubración, el cual hizo que cuanto debía ser "doctrina secreta" -upanisad, rahasya- en parte se hiciera filosofía, hasta el grado de que se llegó a una multiplicidad tumultuosa de teorías y escuelas divergentes, acerca de lo cual en los textos se hace un cuadro sugestivo.[9] En tercer lugar, la transformación "religiosa" de muchas divinidades que, como se ha dicho, en el periodo védico co­rrespondían a estados de una conciencia cósmicamente transfigurada, mientras que ahora se convierten en objeto de cultos populares.[10] Ya hemos hablado del peligro panteísta, pero además hay que considerar el efecto de las influencias externas, no arias, a las que creemos poder atribuir una parte no indiferente en la formación y difusión de la teoría de la reencarnación.

De esta teoría, como ya se ha señalado, no hay rastro en el periodo védico, lo que se debe a que es incompatible con la visión olímpica y heroica del mundo, visión que es la "verdad" propia de un tipo de civi­lización distinto, telúrica y matriarcal mente entonado. La reencarna­ción, por el contrario, es concebible sólo en quien se siente "hijo de la tierra" y no conoce una realidad que trascienda el orden natural ligado a las divinidades femíneo-maternas que, como en el mundo paleomediterráneo, encontramos también en los vestigios de la civilización hin­dú prearia, dravídica y kosoliana. Lo individual al morir se volverá a disolver en el tronco del que ha nacido como entidad efímera, para reaparecer en nuevos nacimientos terrenos, en un devenir fatal e inde­terminado. Éste es el sentido último de la teoría de la reencarnación, teoría que comienza a infiltrarse en el periodo de la lucubración upanishádica, dando lugar -en un primer tiempo- a formas mixtas que nos pueden servir como indicios barométricos de la ya citada mu­tación de la prístina conciencia aria. Mientras en los Vedas se concibe para el más allá una única solución, afín como se ha dicho a la de más antigua Hélade, en los textos brahmana se apunta ya a la teoría de la doble vía: "[Sólo] quien conoce y practica la acción ritual resurge en vida y obtiene vida inmortal; los demás que no conocen ni practican la acción ritual renacerán siempre de nuevo, como alimento de la muer­te".[11] En los Upanisad, sin embargo, al igual como es oscilante la rela­ción entre Yo real y atma, de igual modo lo es la doctrina del más allá. Se habla del "dique allende el cual incluso la noche se convierte en día, porque este mundo del brahman es luz inmutable", dique constituido por el atma, contra el cual nada puede ni la decadencia ni la muerte ni el dolor ni la obra buena ni la obra mala.[12] Se habla de la "vía de los dioses" -deva-yana-, la cual, si se sigue, tras la muerte se alcanza lo incondicionado y "no se vuelve a regresar". Pero a la par se considera otra vía, la pitr-yana, a lo largo de la cual "regresa" el ser individual tras la muerte y va siendo "sacrificado" a distintas divinidades, en cuyo "alimento" se convierte, hasta por fin reaparecer en la tierra.[13] En los textos más antiguos no se concibe una posibilidad de liberación para quien pisa esta segunda vía; en cambio se habla ya de la "ley causal", del karma, el cual determinaría la siguiente existencia según lo que se haya hecho en la existencia precedente. Se anuncia así lo que llamare­mos la conciencia samsárica, la cual constituirá la clave de arco de la visión budista de la vida: el saber secreto -confiado aparte por el sa­bio Yajñayalkya al rey Arthavaga- es que, al morir, cada elemento del hombre se disuelven en los correspondientes elementos cósmicos, com­prendido el atma, que vuelve a entrar en el "éter", y lo que queda es sólo el karma, o sea, la acción, la fuerza ya ligada a la vida de determi­nado ser y que acabará determinando un nuevo ser.[14]

En todo esto se advierte, pues, mucho más que la excogitación o ideación de una nueva lucubración metafísica: es el signo de una con­ciencia, la cual se habitúa ya a considerarse terrestre y, en última ins­tancia, panteístamente cósmica y se va desplazando al nivel de aquella parte del ser humano que se planteaba a fondo la cuestión de morir, renacer y vagar sin fin por varias formas de existencia condicionada; decimos "varias", ya que poco a poco los horizontes se ampliaron y se concibió el resurgimiento de dioses, en este u otro mundo, según las acciones. En todo caso, en la época en que aparece el budismo la teoría de la reencarnación y la de la transmigración eran ya parte integrante de las ideas adquiridas por la mentalidad predominante. A veces, incluso ya en el Upanisad, se unieron promiscuamente perspectivas distin­tas, de modo que se concibe, por un lado, un atma, que por más que no sea un dato inmediato de la conciencia se supone siempre e intangiblemente presente en cada uno y, por el otro, un indeterminado vagar del hombre por varias vidas.

Fue éste el camino por el que, en contra de las corrientes especulati­vas, se fueron afirmando gradualmente corrientes prácticas y realistas. En ellas se puede el samkhya, corriente que al peligro panteísta plantea un rígido dualismo, merced al cual la realidad del Yo o atma -aquí llamado purusa- se opone, como principio sobrenaturalmente intan­gible e impasible, a todas las formas, fuerzas y fenómenos de orden natural, psíquico y material. Pero son más importantes, a este respecto, las corrientes del yoga, que remontándose al propio samkhya o a ten­dencias ascéticas ya formadas en contra del brahmanismo ritualista y especulativo, reconocieron más o menos explícitamente el nuevo estado de hecho; a saber, que por el "Yo" no se podía ya entender concreta­mente el atma, el principio incondicionado; que éste no se presentaba ya como experiencia directa, por lo que, aparte las lucubraciones, po­día valer no sólo como un fin, como el límite de un proceso de reinte­gración basado en la acción. En cambio, como dato real se advierten la conciencia y la existencia "samsárica", la conciencia ligada a la "co­rriente" del devenir (el término samsara, que aparece en época relati­vamente tardía, significa precisamente "corriente").

No está de más hacer otra consideración. De ordinario, en Occidente la casta brahmánica se entiende como casta "sacerdotal". Esto es exac­to sólo hasta cierto punto. En los orígenes védicos, el tipo del brahmán o del "sacrificador" difería del de "sacerdote" en el sentido ordinario: figura a la par viril y sacra, en él se vio una especie de encarnación del mundo suprahumano en el humano: un bhudeva. Además, en los oríge­nes era inexistente la distinción entre el brahmán (la casta sacerdotal) y el ksatriam o rajam (la casta guerrera o real), en correspondencia con lo que se ha comprobado para el estadio más antiguo de casi todas las civilizaciones tradicionales. Los dos tipos sólo se diferenciaron en épo­ca posterior, lo que constituyó otro aspecto del ya señalado proceso involutivo. Muchos, por otra parte, sostienen que en la India la doctrina del atma en su origen fue propia sobre todo de la casta guerrera, mien­tras que la doctrina del brahman convertido en fuerza cósmica indiferenciada habría sido formulada por la casta sacerdotal. Creemos que hay verdad en esta opinión. De todas formas, en numerosos textos vemos que rey o ksatriyas (miembros de la nobleza guerrera) compiten en sabiduría y a veces llegan a instruir a miembros de la casta brahmánica y que, según la tradición, la sabiduría primordial se habría transmitido, a partir de Ikshvaku, precisamente por vía regia,[15] figurando aquí aque­lla "dinastía solar" (surya-vamsa), a la que se ha hecho referencia a propósito de la progenie de Buda. La situación fue ésta: en el mundo posvédico, mientras la casta guerrera se apegó a una actitud más realis­ta y viril y dio prestancia a la doctrina del atma, considerado como el principio impasible e inmortal de la personalidad humana, la casta brahmánica poco a poco se fue haciendo "sacerdotal" en el sentido peyorativo y acabó por dedicarse a los ritos, a exégesis estereotipadas y las lucubraciones. Al propio tiempo, por otro camino, el estilo del pri­mer periodo védico quedó sofocado en un pulular tropical y caótico de mitos, de imágenes religiosas populares, de formas semidevocionales que se preocupaban de la consecución de tal o cual "renacimiento" divino fundándose en la idea de la reencarnación y la transmigración que, como se ha señalado, ya se habían infiltrado en la mentalidad hin­dú menos iluminada. Hay que recalcar que, aparte el yoga, tanto el sistema samkhya, que ya se ha dicho representó una reacción realista indudable contra el idealismo especulativo, como aún más la "doctrina de los vencedores", el jainismo (dejina, "vencedor"), que no sin extre­mismos puso de relieve enérgicamente la necesidad de la acción ascé­tica, fueron apoyados sobre todo por elementos de la nobleza guerrera, los ksátriyas.

Es preciso tener presente todo esto para entender el lugar histórico del budismo y la razón de ser de sus más características ideas.

Desde el punto de vista de la historia universal, el budismo surge en un periodo en que en toda una serie de civilizaciones tradicionales ocu­rrió una crisis, que unas veces se solucionó positivamente gracias a reformas o renovaciones oportunas y otras tuvo final negativo que dio lugar a ulteriores fases involutivas o de desintegración espiritual. Este periodo, por algunos calificado de "climaterio" de las civilizaciones, ocurrió hacia los siglos VIII Y Va. C. Fue en un periodo así que en China se afianzaron las doctrinas de Lao-tzu* y de K’ung-fu-tzu (Confucio), quienes representan una renovación de elementos de una tradición más antigua, en el plano metafísico en el primero de los dos y en el eticosocial en el segundo. Por la misma época se supone que apareció Zaratustra, con quien en la tradición irania se operó una transformación similar. Y en la India tuvo una función análoga el budismo, el cual significó una reacción y al mismo tiempo un enaltecimiento; por el contrario, como hemos tenido ocasión de subrayar en otras obras, parece que en Occi­dente, en general, prevalecieron los procesos decadentes.[16] El periodo que estamos señalando es precisamente aquel en el que decae la anti­gua Hélade, aristocrática y sacra; es aquel en que sobre la civilización solar y regia de Egipto se sobrepone la religión de Isis, junto con cier­tas formas místicas populares y espurias; es aquel en que, con el profetismo, en Israel se preparan los más peligrosos fermentos de co­rrosión y de subversión espiritual para el mundo mediterráneo. La úni­ca contracorriente positiva en Occidente parece haber sido Roma, que nació en este mismo periodo y en determinado momento fue una crea­ción de alcance universal, en gran medida dominada por su espíritu original.[17]

Regresando al budismo, no hay que concebirlo, como quieren al­gunos que hacen suyo indiscriminadamente el punto de vista brah­mán, como una rebelión antitradicional, similar a su modo a la que representaría el protestantismo frente al catolicismo;[18] y menos toda­vía como una doctrina "nueva", producto de una lucubración aislada que hubiera logrado imponerse. Fue, por el contrario, una adaptación de la tradición prístina; adaptación que tuvo bien presentes las condi­ciones del tiempo en que se hizo necesaria, con lo que limitó y dio una formulación distinta a enseñanzas preexistentes: en resumen, ad­hesión en particular al espíritu ksátriya, el de la casta guerrera. Ya hemos visto que Buda nació de la más antigua nobleza aria, y no sólo eso sino que un texto nos informa de la particular aversión contra la casta brahmana que abrigaban los de su estirpe: "Los Shakya -se lee-[19] no tienen en buena estima a los sacerdotes, no respetan a los sacerdotes, no honran a los sacerdotes, no veneran a los sacerdotes, no toman en cuenta a los sacerdotes". En el príncipe Siddhartha se mantiene la misma actitud, pero con el fin de una restauración, de una reafirmación de la pura voluntad de lo incondicionado, a lo que en tiempos más recientes la línea "regia" había sido más fiel que la casta sacerdotal ya degenerada.

Pueden aducirse no pocos indicios del hecho de que la doctrina bu­dista no buscó la originalidad, sino que reivindicó un carácter univer­sal, un tradicionalismo en sentido superior. El propio Buda dice, por ejemplo: "Es así: aquellos que en tiempos pasados fueron santos, per­fectos despertados, incluso estos sublimes encaminaron así tan justa­mente a los discípulos a tal fin, como aquí ahora son encaminados así tan justamente por mí los discípulos; y aquellos que en tiempos futuros serán santos, despertados perfectos, también estos sublimes encamina­rán así tan justamente a los discípulos, como aquí ahora son encamina­dos así tan justamente por mí los discípulos".[20] Lo mismo se repite en lo referente a la purificación del pensamiento, la palabra y la acción;[21] lo mismo, acerca del justo conocimiento de lo que es decadencia y muer­te, de su origen, de su fin y del camino que conduce a su fin; lo mismo, acerca de la doctrina del "vacío" o "vacancia", sunnata,[22] La doctrina y la vita divina anunciadas por el príncipe Siddhartha son llamadas reite­radamente "no ligadas al tiempo", akaliko.[23] Se habla también de "an­tiguos santos, despertados perfectos"[24] y se retoma el motivo tradicional que se refiere a un lugar (aquí llamado "la Garganta del Vate"), donde ya antes habría desaparecido toda una serie de pacceka-buddha, o sea, seres que por sí mismos, aisladamente, alcanzaron la suprahumanidad y el mismo despertar perfecto que el príncipe Siddhartha.[25] Son recri­minados quienes están "sin fe, sin devoción, sin tradición".[26] Se repite: "De lo que para el mundo de los sabios no existe, yo digo ’no existe’, y de lo que para el mundo de los sabios existe, yo digo ’existe [27] Indica­ción interesante: de la "extinción", fin de la ascesis budista, en un texto se habla como de algo que "conduce a los orígenes"[28] A esto añádase el simbolismo de un gran bosque, donde se descubre "un antiguo sendero, un sendero de hombres de otros tiempos". Siguiéndolo, Buda encuentra una ciudad regia y pide que sea restaurada.[29] En otro lugar, Buda declara el sentido de lo anterior de manera más explícita: "He visto el camino antiguo, el viejo camino hollado por todos los Perfectos de un tiempo; éste es el sendero que yo sigo".[30]

Está pues claro que en el budismo no se trató en modo alguno de la negación del principio de la autoridad espiritual, antes bien de la re­vuelta legítima contra una casta que pretendía monopolizarla, sin que sus representantes conservaran dignidad y competencia. Los brahmanes, contra los que se levanta el príncipe Siddhartha, son quienes dicen sa­ber, pero no saben nada,[31] que desde hace generaciones han perdido la facultad de la visión necesaria para poder decir: "Sólo esto es verdad; lo demás es estulticia",[32] de guisa que se asemejan a "una fila de cie­gos, de los cuales el primero no ve, el del medio no ve y el último tampoco ve".[33] A los hombres de los orígenes, a los brahmana que re­cordaban las normas antiguas, que custodiaban las puertas de los senti­dos y habían dominado enteramente su fuerza, que eran ascetas, ricos sólo de sabiduría, invulnerables e invencibles, fuertes por la verdad (dhamma), son contrapuestos sus epígonos modernos, presas del ritualismo o dedicados a una vana penitencia, que han abandonado las leyes antiguas.[34] De éstos, "no hay uno que haya visto a Brahma cara a cara", por lo que "estos brahmanes, versados en la ciencia del triple Veda son capaces de indicar el camino a un estado de unión con lo que ellos ni conocen ni han visto --esto no se da".[35] Buda está en contra de quien sabe "sólo porque ha oído decir"; está contra quien conoce "sólo la verdad que ha oído decir y lo que tradicionalmente ha oído decir, como un cofre pasado de mano en mano transmite la doctrina", pero cuya integridad, en tales condiciones, es imposible garantizar.[36] Por eso se hace la distinción entre ascetas y brahmanes que "sólo por propio creer profesan haber alcanzado la suma perfección del conocimiento del mundo: tales, los razonadores y discutidores" y otros ascetas y brahmanes que, "en cosas nunca antes oídas, reconociendo en sí mis­mos la verdad, profesan haber alcanzado la suma perfección del cono­cimiento del mundo". A estos últimos, el príncipe Siddhartha dice pertenecer, y éste es el tipo que él indica como ejemplo a sus discípu­los.[37] "sólo sabiendo él dice que sabe; sólo viendo, él dice que ve".[38] El budismo no niega el concepto de brahmán, sino que a menudo incorpo­ra tal denominación y llama brahmacarya a la vida ascética, preten­diendo indicar sólo las cualidades reales sobre las que se puede confirmar la dignidad del verdadero brahmán.[39]

Aquí, con fines de reintegración se identifica en esencia al verdadero brahmán con el asceta, tipos que anteriormente eran distintos, en espe­cial desde que había desaparecido, salvo raras excepciones, el precepto del Ashrama (Asrama), según el cual el hombre de casta brahmánica debía pasar el último periodo de su existencia viviendo la vida ascética, apartado del vanaprastha y del yati. Una vez entendido este punto, se capta asimismo la verdadera actitud de Buda respecto del problema de las castas. También en la tradición precedente, la realización ascética era concebida como superior a toda casta, amén de libre del vínculo con ellas. Éste es el punto de vista de Buda, expresado con el parangón del fuego: como quien desea fuego no pregunta de qué especie es el leño que lo produce, así de cualquier casta puede salir el asceta y el Yo "despertado" ,[40] Al igual que a cualquier espíritu tradicional, también al príncipe Siddhartha las castas le parecieron algo natural; más aún, algo justificado trascendentalmente, porque él, siguiendo los Upanisad, en­tendió que nacer en una casta o en otra y, en general, ser desiguales, no es una casualidad, sino efecto de una actividad ocurrida anteriormente. Por ende, él en ningún momento pensó en subvertir el sistema de las castas en el plano ético y politicosocial; por el contrario, se prescribe no omitir ninguna de las obligaciones inherentes al propio estado,[41] ni nunca se dice que, v. gr., un siervo (sudra) o un vaisya [gente del co­mún] no tenga que obedecer o estar sometido a las castas más altas. El problema se circunscribe a la cima espiritual de la jerarquía aria, frente a la cual, las mismas condiciones históricas imponían una discrimina­ción, una reforma y una renovación. Era preciso que la "dirigencia" fuera revisada, de manera que las dignidades tradicionales fueran rea­les sólo "según los casos".[42] En esta renovación, como se ha dicho, el punto decisivo fue la identificación del tipo del verdadero brahmán en el del asceta, de donde la relevancia que se da a lo que se testimonia con la acción individual. Es así como se proclama el principio: "No por la casta se es paria, no por la casta se es brahmán, sino que por las acciones se es paria y por las acciones se es brahmán".[43] Frente a la "llama suscitada por la virtud, encendida por el ejercicio", lo mismo que frente a la liberación, las cuatro castas son iguales.[44] Y también: como no cabe esperar que la orilla de más allá de un río venga para acá por más que alguien invoque, rece o cante himnos, lo mismo hay que pensar de los brahmanes instruidos en el triple Veda, pero que "omiten la práctica de aquellas cualidades que hacen en verdad de un hombre un brahmán y, en cambio, asumen las cualidades que hacen de un hom­bre un no-brahmán cuando invocan a Indra, Soma, Varuna y demás dioses."[45] Éstos, si no han destruido el deseo en los cinco troncos de la personalidad, pueden esperar tan poco de unirse tras la muerte con Brahma como un hombre puede esperar alcanzar a nado la otra ribera con los brazos amarrados a la espalda.[46] Para unirse con Brahma hay que desarrollar en uno mismo cualidades parecidas a las de Brahma.[47] Esto no obsta para que en los textos se tome en consideración también el ideal del brahmán en quien la pureza del lenguaje se une a cualidades que lo hacen semejante a un dios o a un ser divino,[48] y se llega incluso a reprochar a los brahmanes de la época no sólo el que hayan abandonado las costumbres antiguas y hayan puesto su interés en el oro y las riquezas, sino que traicionen las leyes de la endogamia de las castas, dado que se les acusa de unirse a mujeres no brahmanas, en cualquier tiempo, por mero deseo, "como los perros".[49] El principio general de toda jerarquía justa queda confirmado con estas palabras: "Si por servir a alguien se convierte uno, por el servicio, peor y no mejor, a ese –digo-­ no se le debe servir. A quien, en cambio, sirviéndole se convierte uno, por el servicio, mejor y no peor, a ese -digo- se le debe servir".[50]

Esto demuestra, pues, que no se trató en modo alguno de una subver­sión democrática so pretextos espirituales, sino de condiciones que se imponían para conseguir la rectificación y la depuración de la jerarquía existente. El príncipe Siddhartha tuvo tan poca simpatía por las masas, que en un texto de los más antiguos se habla del "vil vulgo" como de un montón de basura, en contraposición al cual se produce el milagroso florecimiento del Despertado.[51] Más allá de la antigua distribución de las castas, el budismo afirma otra más neta y esencial, al cual retoma en el fondo, mutatis mutandis, retoma la que existía en los orígenes entre los arios, los "nacidos dos veces" (dvija) en su conjunto y los demás seres: por un lado están los ariya y los "nobles hijos impulsados por la confianza", abiertos a la doctrina del despertar; por el otro, "los hom­bres comunes, sin entendimiento para lo que es santo, extraños a la santa doctrina, sin acceso a la santa doctrina; sin entendimiento para lo que es noble, extraños a la doctrina de los nobles, sin acceso a la doctri­na de los nobles".[52] Si, por un lado, al igual que los ríos que "apenas llegan al océano pierden sus castas, cuando asumen las leyes de Buda pierden sus características", por otro lado constituyen una falange bien precisa, la de "los hijos del hijo de los Shakya"[53] y Se puede afirmar, pues, por todo lo anterior que el propósito efectivo del budismo fue la separación de las esencias, cuya piedra de toque era la doctrina del despertar; separación que no podía sino afianzar las bases espirituales que en los orígenes habían justificado, ellas solas, la jerarquía aria. Y como contraprueba de esto se encuentra el hecho de que el afirmarse y el difundirse del budismo en manera alguna tuvo por consecuencia a lo largo de los siglos la disolución del régimen de castas (hasta ayer, en Ceilán, este régimen subsistió inalterado junto al budismo y en Japón éste se avino con un concepto jerárquico, tradicional, aristocrático y guerrero. Sólo en ciertas divagaciones "espiritualistas" occidentales, el budismo --considerado en sus formas tardías, populares y ya altera­das- es presentado como una doctrina de la compasión universal, que fomenta el humanismo y el igualitarismo democrático.

El único punto de los textos que debe tomarse cum grano salis es la afirmación de que en los individuos de todas las castas existe, en igual modo, todas las posibilidades, tanto positivas como negativas.[54] Pero ya la teoría budista del samkhara, es decir, de las predisposiciones prenatales, basta para rectificar este punto. Los límites de casta, raza y tradición en un sistema jerárquico tienen por efecto que en el individuo existan predisposiciones hereditarias para su desenvolvimiento en un sentido dado, lo que por lo demás confiere a este desenvolvimiento un carácter orgánico y armonioso, a diferencia de los casos en que se in­tenta llegar al mismo punto con una especie de violencia, partiendo de una base natural no favorable. De las cuatro vías consideradas en algu­nos textos budistas[55] (en tres de las cuales o el camino es difícil o es difícil la realización del conocimiento o lo son ambas cosas juntas), sólo la cuarta es fácil y en ella es también fácil el conocimiento, de modo que se le llama "vía selecta"; ésta es la vía que correspondería a las ventajas que suponen un buen nacimiento. Esto como norma. Pero, repitámoslo, el budismo nació en condiciones ya no normales de una civilización tradicional; por esto se dio importancia a las obras, a la realización personal y por esto también se quitó importancia al apoyo ofrecido por la tradición en el sentido más restringido y formalista del término. Como el mismo príncipe Siddhartha declaró haber conquista­do la sabiduría con las propias fuerzas, sin maestro que lo iluminara, así en la doctrina original del despertar cada uno es confiado en lo esen­cial a las propias posibilidades, al propio esfuerzo. Como quien, ha­biéndose rezagado, tuviera que contar con él mismo para alcanzar el grueso del ejército en marcha.[56]

Así, el budismo, en una morfología de las tradiciones, se podría correlacionar legítimamente con aquella raza que en otra parte (no refi­riéndonos a la acepción corriente del término sino a la doctrina de Hesíodo sobre las "cuatro edades") hemos llamado "heroica".[57] Se tra­ta de un linaje en el que la espiritualidad propia del estado primordial no es algo dado y natural, sino que se convierte en un cometido, el objeto de una conquista, el límite de una reintegración operada por las propias fuerzas según un estilo de virilidad, puesto que la tradición por sí misma no brinda base suficiente.

Con esto se completa la individualización del lugar histórico del bu­dismo, condición indispensable para entender el sentido y la razón de ser de sus dos principales enseñanzas.

Antes de pasar al arte doctrinal y ascético debemos regresar al punto ya mencionado al inicio, diciendo que el budismo pertenece al ciclo en el que entra también el hombre moderno.

Si ya la época en que vivió el príncipe Siddhartha acusaba cierto oscurecimiento de la conciencia espiritual y de la visión del mundo del antiguo hombre indoario, el ulterior curso de la historia -y propia­mente el curso de la historia occidental- ha adoptado formas cada vez más graves de involución, de fisicalización del yo, de pérdida de toda relación directa con la realidad metafísica y, en general, suprasensible. Con el mundo "moderno" hemos llegado a un punto, más allá del cual difícilmente se puede caminar más en sentido descendente. El objeto del conocimiento directo del hombre moderno es sólo el mundo mate­rial, con el contrapunto de la esfera puramente psicológica de su subje­tividad. Aparte están sus lucubraciones filosóficas y su religión: las primeras, creaciones puramente cerebrales; la segunda, basada esen­cialmente en la fe, el moralismo y el sentimentalismo.

No es por casualidad que la religión occidental, a diferencia de las grandes tradiciones de los tiempos más antiguos, se ha centrado en la fe, tratando de salvar con base en ésta lo que aún se podía salvar. Es una especie de solución desesperada.[58] al hombre que haya perdido todo contacto directo con el mundo metafísico, la única forma posible de religio, o sea, de reconexión, se la da el creer, la fe. Se comprende así también otro punto, a saber, el significado íntimo del protestantismo frente al catolicismo. El protestantismo se afirmó en una época en que el humanismo y el naturalismo anunciaban una fase de involución del hombre europeo más acelerada que la existente cuando surgió el pro­pio cristianismo, a saber, mientras era evidente la decadencia y la co­rrupción de los representantes de la tradición católica, a quienes se les había asignado una función de sostén y de mediación. En vista de esta fractura más profunda se tuvo aquella exasperación del principio de la pura fe contra todo dato dogmático, contra toda organización jerárqui­ca y aquella desconfianza de las obras (comprendiendo en éstas el mis­mo ascetismo del monacato católico), que constituyen, en efecto, la característica del protestantismo.

Cuál es la crisis por la que atraviesan ahora en Occidente las mismas religiones basadas en el "creer", lo advierte cualquiera; como tampoco hay que subrayar el carácter del todo laico, materialista y samsárico de la mentalidad predominante de nuestros contemporáneos. Cabe plan­tearse el problema de la medida en que, en semejante estado de cosas, puede aún brindar posibilidades un sistema basado rigurosamente en el conocimiento, libre tanto de elementos fideístas como de elementos intelectualistas y de veras dirigido hacia lo incondicionado. Es eviden­te que esta vía es apropiada sólo para una reducida minoría dotada de una fuerza interior nada común. A este respecto, el budismo de los co­mienzos se recomienda como pocas otras doctrinas, por el hecho de que ha sido formulado en vistas de una condición del hombre, la cual, lejana aún del materialismo occidental y del correlativo eclipse de todo saber tradicional vivo, contenía en cierto modo, sin embargo, los pródromos y las potencialidades [de ese materialismo]. Tampoco se puede pasar por alto el hecho antes señalado de que el budismo corres­ponde a una adaptación práctica y realista de motivos tradicionales, propia sobre todo del espíritu de los ksátriyas, la casta guerrera, y pre­cisamente la línea de desenvolvimiento del hombre occidental, a pesar de todo, ha tenido un carácter guerrero más que sacerdotal, a la par que la inclinación por la claridad, el realismo, el conocimiento exacto, la acción aplicada al plano material, ha propiciado realizaciones más típi­cas para su civilización.

Otros sistemas de metafísica y de ascesis pueden resultar más atrac­tivos que el budismo, pero también dejan un mayor margen al ansia de todo espíritu que intente penetrar los misterios del mundo y del ser, además de presentar el peligro de que el hombre de hoy sea llevado a divagar y engañarse, precisamente porque se trata de sistemas que, por más que sean verdaderamente tradicionales, como el vedanta, para ser entendidos y realizados presuponen un grado de espiritualidad que en la grandísima mayoría de los hombres se puede considerar ausente des­de hace tiempo. El budismo, en cambio, plantea un problema total, sin dejar caminos de salida. Como dijo alguien con justeza, no tiene leche para bebés -no milk for babies-, ni chucherías metafísicas para los aficionados a las lucubraciones intelectuales.[59] El budismo dice: "Hom­bre, mira en qué te has convertido y mira en qué se ha convertido tu experiencia. Conócela. Un camino que conduce más allá, lo hay. Ésta es la ruta, éstas son sus etapas, éstos son los medios para recorrerla. Te queda por descubrir tu verdadera vocación y medir tus fuerzas". "No persuadas, no disuadas; conociendo la persuasión, conociendo la disuasión, ni persuadas ni disuadas, expón sólo la realidad." Ya hemos visto que éste es el precepto fundamental de los Despertados.

Así, mientras hemos explicado claramente el lugar histórico del bu­dismo, se ha explicado hasta la última de las razones de que hayamos escogido el budismo como base para la exposición de un sistema com­pleto y viril de ascética, formulado en vistas del ciclo al que pertenece también el hombre contemporáneo. Para mayor abundamiento sobre esto, remitimos al lector a lo que se dice en el último capítulo de este ensayo.



[1] En cierta medida nos podríamos referir a lo que ha escrito K. Kerényi (La religione antica nell sue linee fondamentali, Zanichelli, Bolonia, 1940, cap II) acerca del “sentido de la festividad” y del rito

[2] Kerényi, K., La religione antica..., op. cit., caps IV y V.

[3] Rgveda, X, xiv, 2.

[4] Rgveda, VIII, xlviii, 3

[5] Rgveda, X, xiv, 2.

[6] Oldenberg, H .. Buddha. op. cit .. p. 21.

[7] Rgveda. X. xc; Candogva-upanisad, I1I, xii, 6.

[8] Véase Evola, J., Rivolta contro il mondo moderno (1934), Edizioni Mediterranee, Roma ’. 1969. (N. de G. d. T.)

[9] Digha-nikayo, 1, 1,29 Y SS.; Auhakavagga, XII, XIII.

[10] Es esencialmente a estos dioses a los que hay que referirse cuando los vemos asumir en los textos budistas partes del todo modestas y subordinadas hasta transformarse a veces casi en discípulos que reciben de Buda la revelación de la doctrina. Se trata, en efecto, de la degradación de los antiguos dioses.

[11] Cathaptuha-brahmana, X, IV, 3.10

[12] Candogya-upanisad, VIII, iv, 1-2.

[13] Ibid., iii -x; Brhadaranvaka-upanisad, VI, ii, 9-16

[14] Brhadaranyaka-upanisad, 111, ii, 13.

[15] Bhagavad-gita, IV, 1-2.

[16] Evola, J., Rivolta contra ... , op. cit.; Careo ... , op. cit.; Gli uomini e le rovine (1953), Ed. Settimo Sigillo, Roma’, 1990. (N de G. d. T.)

[17] Sobre este significado de Roma como "renacimiento" de un legado primordial, véase nuestro Rivolta contra ... , op. cit.

[18] Éste es el punto de vista que sostuvo en un principio R. Guénon, L’homme et son devenir selon le Vedanta, París 1925, pp. 111 Y ss., al que nos resulta imposible adherirnos. Más correctas son las ideas de Coomaraswamy, A. c., Hinduism and Buddhism, Nueva York, 1941, aunque en su libro es visible la unilateralidad al resaltar todo cuanto en el budismo es valorable desde el punto de vista brahrnánico, descuidado el específico signifi­cado funcional que tuvo frente a la precedente tradición hindú.

[19] Digha-nikayo, 111, 12.

[20] Majjhima , LI (11, 3-4).

[21] Majjhima , LXI (11, 3-4).

[22] Samyutta , XII, 33; Majjhima ... , CXX (iii, 184).

[23] Majjhima , XCII (11,443).

[24] Majjhima , LXXV (11,234); LXXXI (11, 3 12).

[25] Majjhima , CXVI (111, 136-7); CXXIII (I1I, 195).

[26] Majjhima , CII (I1I, 23).

[27] Samvutta .. ., XXII, 94.

[28] Mahaparinirvana-sutra, 52-53 (se trata, sin embargo. de la tradición china del texto).

[29] Samyutta.,., XXII, 94.

[30] Samyutta.,., III, 196. Es interesante que en el mito, Buda consiguió el despertar bajo el Árbol de la Vida, situado en el "ombligo" de la Tierra, donde también todos los budas precedentes consiguieron el conocimiento trascendente. Esto remite a la teoría del "Centro del Mundo", que se representa como una especie de crismón [letras iniciales del nombre de Cristo en griego] de tradicionalismo y de ortodoxia iniciática dondequiera que se restablece el contacto con los orígenes.

 

[31] Majjhima .. , XCIII (11,454).

[32] Majjhima ... , XCV (11,477).

[33] Digha.,., XII, i, 15; Majjhima ... , XCV (11, 478-79); XCIX (11, 514-15).

[34] Samyutta ... , XXV, 132; Cullavagga, VII, 1-16.

[35] Digha ... , XII, i, 12,15.

[36] Majjhima ... , LXXVI (11. 247-48). En tal sentido se afirma (el, 111, 8) que la tradición

es una de las cosas que pueden surtir resultados opuestos, bueno y malos

[37] Majjhima ...• 11, 527.

[38] Majjhima LXXVlI (11.267).

[39] Majjhima , XLVIII (11. 50S-lO); Dhammapada, 383 y ss.; Mahavagga, IV, passim;

IX. 27, passim; Uragavagga, VIII. l.

[40] Majjhima ... , XCIII (11,450); XC (11.417).

[41] Mahaparinirvana-sutra, 6-11.

[42] Majjhima ...• LXXXIV (11. 351).

[43] Suttanipata, 1, vii, 21 (Uragavagga)

[44] Majjhima ...• XC (II. 417).

[45] Digha XlI. i, 24-25.

[46] Digha , XII. i, 26, 28; Cullavagga, 11.11. Dhammapada, 141.

[47] Dhiga , 33-38. Hay una correspondencia con el principio antiguo, en especial

pitagórico. según el cual el verdadero culto es que uno se haga semejante a los dioses (en oposición a la distancia entre la "criatura" y el dios teísta).

[48] Anguttara ... , V. 192.

[49] Anguttara , V, 191.

[50] Majjhima , XCVI (11,486).

[51] Majjhima , XCVI (IJ, 486).

[52] Majjhima , 1, (1, 3 y ss.).

[53] Anguttara , VIII, 19; X, 96.

[54] Majjhima , XCVI (11,486-87).

[55] Anguttara , IV, 166.

[56] Véase Evola, J., II cammino del cinabro (1961), Scheiwiller, Milán", 1972, cap. 1, donde el autor da como suyas estas mismas palahras. (N. de G. de T.)

[57] Véase Evola, J., Rivolta contro il mondo moderno. 017. cit., parte II, cap. 7.

[58] Ibid., cap. JO. (N. de G. de T.)

 

[59] Rhys Davids, T. W., Early Buddhlsm, Londres, 1908, p. 7.

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