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Capítulo II. Metafísica del Sexo. Apéndice al capítulo. 15. "Biologización" y caída del eros

Capítulo II. Metafísica del Sexo. Apéndice al capítulo. 15. "Biologización" y caída del eros

En el Banquete platónico, Diotima parece primeramente polemizar con Aristófanes. Dice que, a través del amor, todos los hombres tienden hacia el bien y que "la esencia eterna del amor consiste en poseer el bien", no la mitad de la que se carece o el todo (21). Pero, en realidad, se trata de lo mismo, aunque expresado en términos diferentes, al tener el "bien", en la concepción helénica, un significado no moral, sino ontológico, hasta el punto de identificarse con el estado de aquello que "es" en sentido eminente, de aquello que es perfecto y completo. Y es a esto a lo que se hace alusión con el mito del andrógino bajo la forma de una fábula. Diotima dice después que "la ardiente solicitud y la tensión" del que tiende a aquel fin toma la figura específica de amor en relación con la "fuerza creadora innata en todos los hombres, según el cuerpo y según el alma", que mira al "acto de la procreación en la belleza"; lo que es el caso "también en la unión del hombre con la mujer". Y afirma: "En el viviente que, sin embargo, es mortal, esta unión es raíz de inmortalidad" (22).

El significado, ya indicado, de la metafísica del sexo recibe aquí, por un lado, confirmación: aspiración a la eterna posesión del bien, el amor es también aspiración a la inmortalidad (23); pero, por otro lado, en la doctrina de Diotima se pasa a una física del sexo que curiosamente casi anticipa los puntos de vista de Schopenhauer y de los darwinistas. La naturaleza mortal, al ser atormentada y transportada por el ímpetu del amor, busca alcanzar la inmortalidad en forma de continuación de la especie, engendrando. "Por este solo medio —dice Diotima— se puede conseguir aquí [la inmortalidad) por el acto de la generación, en cuanto siempre ella no deja sobrevivir uno diferente, en el puesto del ser antiguo." Y habla de un hombre casi superindividual que, a través de la cadena ininterrumpida de las generaciones, se continúa, gracias al eros procreador. "Respecto a cada ser viviente... se afirma que él no conserva jamás en sí las mismas cualidades; sin embargo, se le considera como una personalidad siempre idéntica, mientras va renovándose contínuamente, a pesar de la destrucción de algunas de sus partes, en sus cabellos, en sus carnes, en sus huesos, en su sangre, en todo su organismo... Análogo a este es el procedimiento mediante el cual cada ser mortal no perece: no en el conservarse perfectamente igual a sí mismo, como ocurriría a un dios", sino en el hecho de que el individuo que envejece, se desgasta y muere sea siempre sustituido por otro individuo. Es justamente la inmortalidad como perennidad de la especie (24). Y Diotima habla verdaderamente como un darwinista, explicando en estos términos el sentido más profundo, no solamente del impulso natural de los hombres a actuar de forma que su raza no se extinga, sino también del impulso que, directamente, sin estar dictado por ningún razonamiento, impulsa a los animales, además de al acoplamiento, a sacrificios de todo género para alimentar, proteger y defender la primogenitura (25).

No es casual que esta teoría fuera puesta en boca de una mujer, en primer lugar, y, en segundo lugar, de Diotima de Mantinea, iniciada en los Misterios que bien se podrían llamar "los Misterios de la Madre" y que remiten al substrato prehelénico, preindoeuropeo de una civilización telúricamente y ginecocráticamente orientada.
Reservándonos volver sobre esto, diremos aquí solamente que, para una tal civilización, que pone el misterio de la generación física casi en la cima de su concepción religiosa, el individuo no tiene una existencia en sí; él es caduco y efímero, siendo eterna en él solamente la sustancia maternal cósmica en la que se disuelve de nuevo pero en la que eternamente pululará: de la misma manera que en el árbol nuevas hojas volverán a brotar en el lugar de las hojas muertas. Esto es lo opuesto al concepto de la inmortalidad verdadera y olímpica que, por el contrario, implica la rescisión del vínculo naturalístico y telúrico-materno, la salida del círculo eterno de la generación, la ascensión hacia la región de la inmutabilidad y del ser puro (26). Más allá de los aspectos de una desconcertante modernidad darwiniana, lo que se trasluce en la erotología expuesta por Diotima es pues el espíritu de la arcaica religión pelásgica y telúrica de la Madre.
Cuales sean "los más altos misterios reveladores" a los que ella hace alusión (27), lo veremos más adelante. Aquí, es esencial hacer notar que con la teoría del andrógino y con la de la supervivencia en la especie se tienen dos teorías efectivamente antitéticas, la una de espíritu metafísico, uraniano, viril y, eventualmente, prometeico; la otra de espíritu telúrico-maternal y "físico".

Pero, aparte estas antítesis, todavía más importantes es considerar el punto de transición ideal de una hacia la otra, y el sentido de tal traspaso. Es evidente que la "inmortalidad telúrica" o "temporal" es una pura ilusión. A este nivel, el ser absoluto escapa al individuo, indefinidamente: al engendrar, éste dará siempre de nuevo la vida a otro ser afectado por su mismo esfuerzo impotente, en una reiteración sin fin (28). 0, por mejor decir, con un fin posible, en sentido negativo, porque una casta puede extinguirse, un cataclismo puede poner fin a la existencia no solamente de la sangre a la que se pertenece, sino también de toda una raza, por lo cual el espejismo de aquella inmortalidad es tanto más mendaz. Y en tal punto se puede muy bien hacer intervenir al mítico, shopenhaueriano demonio de la especie y decir que los amantes son engañados por él; que el placer es el cebo de la generación, y que también es un cebo la fascinación y la belleza de la mujer; que mientras que en la ebriedad de su unión sexual los amantes creen vivir una vida superior y asir la unidad, de hecho están al servicio de la generación. Kierkegaard, haciendo ver precisamente que, en la unión, los amantes forman un solo Yo, sin embargo son engañados, porque en el mismo punto la especie triunfa sobre el individuo —contradicción, dice, más ridícula que todo aquello por lo que Aristófanes encontraba el amor ridículo— hace notar, con razón, que inclusive en este marco una perspectiva superior no quedaría excluída, en el caso en que se podría pensar que, si los amantes no llegan a la realización por sí mismos de una existencialidad ya no dividida y mortal, por el hecho de aceptar servir de instrumentos para la generación, y casi de sacrificarse ellos mismos, verían al menos realizarse este fin en el ser engendrado. Pero no es así: el hijo no es engendrado como un ser inmortal que interrumpa la serie y ascienda, sino como un ser idéntico a ellos (29). Es el eterno, inútil henchi miento del tonel de las Danaides; el eterno, inútil trenzado de la cuerda de Oknos, que el asno del mundo inferior siempre roe de nuevo (30).

Pero esta desesperada y vana vicisitud en el "círculo de la generación" esconde, ella también, una metafísica: el impulso hacia el ser absoluto, degradándose, desviando, traspasa en lo que se cela detrás del acoplamiento animal y la procreación, con el sentido de la búsqueda de un sucedáneo para la necesidad de confirmación metafísica de sí. Y la fenomenología del eros sigue este descenso, esta disgregación: el eros, de embriaguez que era, se hace cada vez más deseo extravertido, sed, ansia carnal; se animaliza, deviene puro instinto sexual. Entonces hay un síncope en el espasmo y en el consecutivo abatimiento a la voluntad física, la cual, particularmente en el macho, está siempre más condicionada por un proceso fisiológico esencialmente orientado hacia la fecundación. La onda se hincha, se llega al acmé, se alcanza el momento fulgurante de la unión sexual, de la destrucción de la diada, pero como arrebatados por la experiencia, como sumergidos y disueltos en lo que, precisamente, es llamado "placer". Liquida voluptas, fenómeno de disolución, es la expresión latina, oportunamente recordada por Michelstaeder (31). Sin embargo, es como si la fuerza se escapase de la mano del que la ha puesto en movimiento: ella pasa al dominio del bios, se convierte en "instinto", proceso casi impersonal y automático. Inexistente como hecho de la conciencia erótica, el instinto genésico se hace real en los términos de un "Es" (por usar este término del psicoanálisis), de una oscura gravitación, de una coacción vital que se sustrae a la conciencia y eventualmente la socava y revuelve. Esto, no porque exista "la voluntad de la especie", sino porque la voluntad del individuo de superar su finitud no puede jamás ser extirpada, reducida al silencio o reprimida; ella sobrevive desesperadamente en esta forma oscura y demoníaca, según la cual suministra la dinamis, el impulso primordial al círculo eterno de la generación: aquí, en la misma relación con que la temporalidad está con la eternidad, en el sucederse y reiterarse de los individuos según la "inmortalidad en la Madre", se puede aún recoger un último reflejo engañoso de lo inmortal. Pero sobre este plano, el límite mismo entre el mundo humano y el mundo animal se borra poco a poco.

Como decíamos al principio, el proceso explicativo habitual debe pues ser invertido: lo inferior se deduce de lo superior, lo superior explica lo inferior. El instinto físico procede de un instinto metafísico. La tendencia primordial es hacia ser; es una tendencia, precisamente, metafísica, cuyo instinto biológico tanto a la autoconservación como a la reproducción, son "precipitados", materializaciones que se crean, sobre su plano, su determinismo físico. Agotada la fenomenología humana, que partiendo de la embriaguez hiperfísica, de una exaltación transfigurante y anagógica, encuentra su límite inferior en el orgasmo propiamente carnal en función genesíaca, se pasa a las formas de sexualidad propias de los animales. Y, como en las diferentes especies animales, se pueden ver especializaciones degenerativas de posibilidades latentes en el ser humano, especializaciones acabadas en callejones sin salida, correspondientes a tipos que representan desarrollos disociados, grotescos, obsesivos; del mismo modo debe ser considerada cada posible correspondencia entre la vida del sexo y del amor, en el hombre de una parte, en el reino animal de la otra: disociaciones, absolutizaciones oscuras y extremas de uno u otro aspecto del eros humano, he aquí lo que se encuentra en el reino animal.

Así vemos el magnetismo del sexo impulsar y guiar —a veces telepáticamente— especies en migraciones nupciales que cubren distancias inauditas, que comportan privaciones extremas y situaciones que hacen perder la vida por el camino a una gran parte de los emigrantes, para alcanzar el lugar en el que los gérmenes pueden ser fecundados y los huevos depositados. Vemos las múltiples tragedias de la selección sexual entre las bestias feroces, el, impulso ciego y a menudo destructor de la lucha sexual que, a pesar de las apariencias, no es por la posesión de la hembra, sino por la posesión del ser buscado tanto más salvajemente cuanto más lejano es el plano sobre el que se le puede encontrar. Vemos la crueldad metafísica de la mujer absoluta "macroscopizarse" en la manta que mata al macho en la cópula inmediatamente después de haberlo utilizado, y fenómenos análogos en la vida de los himenópteros y de otras especies: bodas mortales, machos cuya vida se termina inmediatamente después del acto procreador, o bien que son matados y devorados en el acto mismo del sexo; hembras que mueren después de haber puesto los huevos fecundados... En los batracios, vemos el después de haberlo utilizado, y fenómenos análogos en la vida de los himenópteros y de otras especies: bodas mortales, machos cuya vida se termina inmediatamente después del acto procreador, o bien que son matados y devorados en el acto mismo del sexo; hembras que mueren después de haber puesto los huevos fecundados... En los batracios, vemos ,e1 abrazo absoluto que no interrumpen ni heridas ni mutilaciones mortales, y, en la erótica de los caracoles, el límite extremo de necesidad de contacto prolongado y del sadismo de la penetración multiforme. Vemos la fecundidad "proletaria" humana devenir pandemia y pulula-miento indefinido en las especies más bajas, hasta aproximarnos al plano donde, con el hermafroditismo de los moluscos y los tuniceros y la partenogenesis de los organismos monocelulares, de los protozoos y de algunos de entre los últimos metazoos, se encuentra, invertido, perdido en el bios ciego e indiferenciado, el mismo principio que está en el inicio de toda la serie descendente. Son todas las formas que un Rémy de Gourmont ha descrito en su Physique de I 'Amour (32). Pero todo este mundo de correspondencias se nos ilumina ahora con una luz diferente: no son ya los antecedentes del eros humano, sus estadios evolutivos inferiores, los que aquí se nos revelan, sino más bien las formas liminales de su involución y desintegración bajo la forma de impulsos automatizados, demonizados, lanzados en lo ilimitado y en lo insensato. Pero ¿cómo no reconocer que en ciertos caracteres de este eros animal —allí donde se querría hablar del carácter absoluto de la "voluntad de la especie"— su raíz metafísica se hace incluso más visible que en muchas formas flácidas y "espirituales" del amor humano? Porque, según un reflejo invertido, se lee en ellos lo que, más allá de la vida efímera del individuo, es transportado por la voluntad del ser absoluto.

Estas ideas ofrecen también auténticos puntos de referencia para asir el impulso más profundo actuante detrás de la existencia humana de cada día. Sobre el plano de la vida de relación, el hombre tiene necesidad del amor y de la mujer, para escapar a la angustia existencial y fingirse un sentido para su existencia; inconscientemente, busca un sucedáneo cualquiera aceptando y alimentando cada ilusión. Se ha hablado justamente de la "sutil atmósfera emitida por el sexo femenino, que no se advierte cuando se está inmerso en ella; pero cuando desaparece, se siente en la existencia un vacío creciente y se siente uno atormentado por una vaga aspiración a algo muy poco definido, que no se puede explicar" (Jack London). Este sentimiento sirve de fondo a la sociología del sexo, al sexo como factor de la vida asociada: del matrimonio al deseo de tener familia, prole y descendencia, deseo tanto más vivo por cuanto se desciende del plano mágico del sexo y se advierte oscuramente la desilusión del deseo más profundo del ser, más allá del espejismo que centellea en el momento de los primeros contactos y en el vértice de la pasión. Este dominio en el cual el hombre domesticado encierra habitualmente el sexo se puede bien considerar el de los subproductos de segundo grado de la metafísica del sexo y, en el sentido dado por Michelstaedter a estas tales expresiones, un mundo de "retórica" que se sustituye al de la "persuación" y la verdad (33). Aún más al margen, y como una dirección personal, se encuentra la búsqueda abstracta y viciosa del placer venéreo, como estupefaciente y lenitivo liminal por la falta de sentido de la existencia finita. Sobre esto tendremos que volver.


Notas a pie de página:

(21) Banquete, 205 d, 206 a.

(22) Ibid., 206 b.

(23) Ibid., 207 a.

(24) Ibid., 207 d, 208 b.

(25) Ibid., 207 b, 208 b.

(26) Es significativo que, al hablar de la "eternidad temporal" (en la especie) SCHOPENHAUER (Op. cit., c. 41, págs. 25-26) usa exactamente la imagen de las hojas caducas, tomada de Homero —qualis folia generatio, talis et hominum— en la cual J. J. BACHOFEN (Das Mutterrecht, Basel, 1897, § 4, cfr. § 15) ha visto justamente la base de la concepción físico-maternal y telúrica de las antiguas civilizaciones mediterráneas.

(27) Banquete, 209 e.

(28) Cfr. C. MAUCLAIR, Op. cit.: "¿Qué es una filiación, sino la proyección en el nuevo ser del mismo deseo de infinito que a su vez uno experimentará cuando sea adulto?" Al contrario, es sólo en el mejor de los casos que lo experimentará, oscuramente, como dice PLATON (Fedro, 225 d): "El ama y no sabe que ama, no sabe siquiera cuál es su sentimiento... El no se da cuenta de que se mira a sí mismo en el amante como en un espejo."

(29) S. KIERKEGAARD, In vino veritas, tr. it. Lanciano, 1910, págs. 52, 53, 55.

(30) Si E. CARPENTER (Love's coming-of-age, Manchester, 1896, pág. 18) tiene razón cuando afirma que la finalidad principal del amor es tender a la unidad, él no está sin embargo más que en parte en lo cierto cuando dice que la creación sobre el plano físico, es decir, la procreación, es el efecto, del estado de unión íntima en la unión sexual, estado que susci-ta el poder creador. Sea la posibilidad de que un hijo nazca de una mujer violada sin ninguna participación en el placer por su parte, sea, en el límite, la de la fecundación artificial, demuestran por el contrario que el hecho generador puede prescindir por completo del estado de unión extática de un abrazo sexual. La idea apuntada por Carpenter sigue siendo verdadera sólo en los casos de algunas aplicaciones especiales de la magia sexual (cfr. sobre esto más abajo, § 60).

(31)    C. MICHELSTAEDTER, La persuasione e la retorica, Firenze, 1922, pág. 58.

(32)    R. de GOURMONT, La physique de I 'Amour, París, 1912, pág. 120: "Las invenciones sexuales de la humanidad son casi todas anteriores o exteriores al hombre. No hay ninguna cuyo modelo, inclusive perfeccionado, no le sea ofrecido por los animales, hasta por los más humildes." Pág. 141: "No hay ningún tipo de lujuria [humana] que no tenga su tipo en la naturaleza en términos de normalidad", es decir, que no figure como manera de ser espontánea y fija de determinadas especies animales. Naturalmente, DE GOURMONT usa todas las correspondencias verificadas para lo opuesto, o sea, para incluir el eros humano en el conjunto del eros animal.

(33)    A este contexto se pueden referir las palabras del Corán (LXIV, 14): "Oh vosotros que creéis, en verdad que en vuestras mujeres y vuestros hijos hay un enemigo vuestro: guardaos de ellos."

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