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Cabalgar el Tigre (16) Disolución del Individuo. Doble aspecto del anonimato

Cabalgar el Tigre (16) Disolución del Individuo. Doble aspecto del anonimato

Biblioteca Julius Evola.- En el primer parágrafo del capítulo titulado "Disolución del Individuo", Evola aborda un tema capital: la posibilidad de superación del individuo "por arriba" y "por abajo", es decir, hacia estadios superiores del ser, o bien hundiéndolo en lo indiferenciado del "hombre masa". El ser realizado y el hombre masa tienen como elemento común el haber superado y destruido al Ego, solo que por debajo del Ego se encuentran elementos pre-personales, mientras que por encima del Ego se vive una realidad superior.

 

 

DISOLUCIÓN DEL INDIVIDUO

 16.- Doble aspecto del anonimato.

A fin de aplicar a un dominio más concreto los puntos de referencia definidos en el capítulo precedente, examinamos ahora el problema de la personalidad y del individuo en el mundo contemporáneo.

Numerosos son los que deploran hoy la "crisis de la personalidad" y los que se presentan como los defensores de la civilización occidental, apelan a menudo a los "valores de la personalidad", que consideran como un elemento completamente esencial de la Tfadici6n europea.

Un problema se plantea, pues, y no basta, para esclarecerlo, mantenerse en los fáciles ataques al colectivismo, la "normalizas ' i6n", la mecanización y la "desanimación" de la existencia moderna.  Haría falta, además, precisar claramente lo que debe ser salvado.  Pero los intelectuales que asumen hoy de corazón la "defensa de la personalidad" no aportan ninguna respuesta satisfactoria a esta cuestión, por lo que permanece en lo que hemos llamado ya el régimen de las fortunas residuales y continúan casi sin excepción, pensando y juzgando según las categorías del liberalismo, del derecho natural o del humanismo.

El verdadero punto de partida debe situarse, por el contrario, en la distinción entre PERSONA e INDIVIDUO.  En sentido estricto, la noci6n del individuo es la de una unidad abstracta, informe, numérica.  Como tal, el individuo no tiene cualidades propias, ni nada, e consecuencia, que lo diferencie verdaderamente.  Contemplados e tanto que simples individuos, puede decirse que todos los hombres (mujeres) son iguales, de suerte que se les puede atribuir derechos y deberes, asimismo iguales, y una "dignidad" presuntamente igual en tanto que "seres humanos" (la noción de "ser humano" no es más que una transcripción "dignificada" de la del individuo).  Sobre el plano social, esto define el nivel existencia¡ tal como lo fijan el "derecho natural", el liberalismo, el individualismo y la democracia absoluta.  Uno de los principales aspectos y uno de los más evidentes de la decadencia moderna es precisamente el advenimiento de¡ individualismo, consecuencia del hundimiento y de la destrucción de las precedentes estructuras orgánicas y jerárquicas tradicionales reemplazadas en tanto que elemento básico por la multiplicación atómica de los individuos en el mundo de la cantidad.  Es decir, por la masa.

En la medida en que la "defensa de la personalidad" se fundamenta sobre el individualismo, es insignificante y absurda.  Es ¡lógico tomar posición contra el mundo de las masas y de la cantidad y no darse cuenta de que es precisamente el individualismo quien ha conducido a estar ahí, en el curso de uno de estos procesos de "liberación" del hombre del que hemos hablado y que han concluido históricamente con un giro en la dirección opuesta.  En nuestra época, este proceso tiene ahora consecuencias irreversibles.

Si se considera el medio no social, sino propiamente cultura¡, las cosas sólo son diferentes en apariencia.  Este medio ha quedado, de alguna manera, aislado, separado de todas las grandes fuerzas actualmente en movimiento y es sólo por esto por lo que subsiste el equívoco.  Si ya no se trata aquí, de individualismo atómico, sin embargo, la idea de la personalidad permanece, como mínimo, ligada a un subjetivismo fundado sobre el individualismo, donde la pobreza o, más simplemente, la ausencia de toda base espiritual, está enmascarada por el talento literario o artístico, por un intelectualismo y una originalidad sin raíces y por una fuerza creadora desprovista de todo significado profundo.

Ha habido, en efecto, en Occidente, una connivencia entre individualismo, subjetivismo y "personalidad" que se remonta al Renacimiento y se ha desarrollado precisamente en nombre de este "descubrimiento del hombre" que la historiografía antitradicional ha exaltado, pasando bajo el silencio la contrapartida de la que hemos hablado, es decir, el distanciamiento, más o menos consciente y completo respecto a la trascendencia, o considerando incluso esta contrapartida como un bien.  Todo el esplendor y la potencia de la 1 creatividad " de esta época no deben hacer olvidar que tal es la significación de su tendencia básica.  Schuon ha esclarecido perfectamente la verdadera situación en el dominio de las artes: "Humanamente hablando, ciertos artistas del Renacimiento son grandes, pero de una grandeza que se vuelve pequeña ante la grandeza de lo sagrado.  En lo sagrado, el genio está como oculto; lo que domina, es una inteligencia impersonal, vasta, misteriosa.  La obra de arte sagrada tiene un perfume de infinitud, una impronta de lo absoluto.  El talento individual es disciplinado; se confunde con la función creadora de la Tradición entera; esta no podría ser reemplazada y aun mucho menos superada por los recursos de lo humano".  Se puede decir la misma cosa de la forma como la "personalidad" se ha afirmado sobre otros planos en esta época: tras el tipo del Principe de Maquiavelo y sus encarnaciones históricas, más o menos perfectas, hasta el de los condottieri y los movilizadores del pueblo y, en general, de todas estas figuras que han ganado la simpatía de Nietzsche por caracterizarse de una acumulación prodigiosa, pero informe, de potencia.

Más tarde, esta forma de acentuar el yo humano e individual, base del "humanismo", no debía manifestarse más que en los subproductos representados por el "culto al yo" del siglo XVIII, siglo burgués, asociado a un cierto culto estético de los "héroes", de los genios" y de los "aristócratas del espíritu".  Pero es en un grado más bajo donde se sitúan buen número de los actuales "defensores de la  personalidad": en ellos, todo lo que es vanidad del yo, exhibicionismo, culto de su propia "interioridad", manía por la originalidad jactanciosa de brillantes hombres de letras y de ensayistas alimentados a menudo por ambiciones mundanas, todo esto juega un papel importante.  Incluso si no se contempla más que el dominio del arte, el 1 personalismo" está casi siempre ligado a una pobreza interior. Aunque situándose desde un punto de vista opuesto al nuestro, Lukacs ha hecho esta justa precisión: "El hábito actual de sobreevaluar y exageras la importancia de la subjetividad creadora corresponde, por el contrario, a la debilidad a la pobreza de la individualidad de los escritores; cuanto más están obligados a recurrir, para distinguirse, a 'particularidades " puramente espontáneas o penosamente cultivadas en invernaderos, más el bajo nivel de la concepción del mundo impide que todo intento de superar la inmediatez subjetiva nivele completamente la "personalidad" y se da más peso a una pura subjetividad inmediata que, precisamente, es identificada algunas veces con el talento literario".  El carácter de "objetividad normativa" que era propia del arte verdadero tradicional desaparece completamente. La casi totalidad de la producción intelectual en el dominio cultural, pertenece a lo que Schuon ha calificado justamente de "estupidez inteligente".  No nos detendremos, por el momento, en este punto -volveremos un poco más tarde- y no señalaremos más que de paso, lo que puede verse en otros dominios, lo que puede verse en los "ídolos" actuales, la visión popular up to date,  llevada hasta el ridículo, del "culto a la personalidad".

Por el momento, lo que nos interesa es más bien señalar que numerosos procesos objetivos del mundo contemporáneo tienden, sin ninguna duda, a eliminar y hacer desaparecer estas formas de la "personalidad" individualista.  Dada la situación general, no consideraremos que se trate aquí de un fenómeno puramente negativo para el tipo de hombre que tenemos exclusivamente a la vista; por el contrario, diremos incluso que cuanto más de desarrolle, por razones intrínsecas o extirmsecas, la disolución de los valores de la personalidad, mejor será.

Tal es la matización.  Para continuar nuestro análisis, es preciso salir del equívoco y clarificar ideas; cosa que no será posible más que si nos remontamos al sentido lelgítimo y original del término "persona".  Se sabe que en el origen "persona" quería decir "máscara": las máscaras que llevaban los actores antiguos para representar un papel, para encarnar un personaje determinado.  Por esta razón, la máscara tenía algo de típico, de no individual, sobre todo cuando se trataba de máscaras divinas (esto aparece aún más netamente en numerosos tipos arcaicos).  Es precisamente así como podemos recuperar y aplicar las ideas ya expuestas en el capítulo precedente sobre la estructura dual del ser: la "persona" es lo que el hombre representa concreta y sensiblemente en el mundo, en la situación que asume, pero siempre como una forma de expresión y manifestación de un principio superior que debe ser reconocido como el verdadero centro del ser y sobre el cual se sitúa o debería situarse el énfasis del Yo.

Una máscara es algo muy preciso, delimitado y estructurado.  El hombre, en tanto que "persona" ( = máscara), se diferencia ya por esto del simple individuo, tiene una forma, es él mismo y se pertenece a sí mismo.  Por lo tanto los valores de la "persona" han formado, en todas las civilizaciones tradicionales, mundos de la cualidad, de la diferenciación, de los tipos.  Y la consecuencia natural fue un sistema de relaciones orgánicas diferenciadas y jerárquicas, lo que no es, evidentemente, el caso, no solo en los regímenes de masas, sino también en los regímenes de individualismo, de "valores de la personalidad" y de democracia, dignificada o no.

Al igual que el individuo, la personalidad mixta está, en un sentido, cerrada al mundo exterior y todas las reivindicaciones existencialistas cuya legitimidad hemos ya reconocido en nuestra época son válidas para ella.  Pero, a diferencia del individuo, la persona no está cerrada hacia lo acto.  El ser personal no es él mismo, sino a él mismo (relación entre el actor y su papel): estápresente en lo que es, no está fundido con lo que es.  Conocemos ya esta estructuración esencial.  Además, una especie de antinomia debe ser puesta en claro: para ser verdaderamente tal, es preciso que la persona se refiera a algo que es más que personal.  Si esta referencia falla, la persona se transforma en "individuo" y de ello resultan el individualismo y el subjetivismo.  Entonces, en el curso de una primera fase, podrá nacer la impresión de que los valores de la personalidad se conservan e incluso se refuerzan, ya que el centro se ha transportado, por así decirlo, hacia el exterior, se ha exteriorizado más -tal es el caso, exactamente, del humanismo cultural y crecador del que hemos hablado anteriormente y, en general, de lo que se llama las "grandes individualidadcs".  Es preciso, sin embargo, decir que la "defensa de la personalidad es algo precaria a este nivel, pues se da en el dominio de lo contingente; ya nada actúa que tenga raíces profundas y la fuerza de lo original.  De ahora en adelante, lo que es personal pierde, no sólo su valor simbólico, su valor de signo de algo que lo trasciende y lo lleva, sino también, poco a poco, su carácter típico, es decir positivamente anti-individualista, que no sea más que a esta referencia superior.  Aquí donde subsiste aún una forma independiente, se afirma en un régimen de desorden, de arbitrario, de pura subjetividad.

Para mejor orientarnos, conviene precisar el sentido que reviste la "tipicidad" en un medio tradicional.  Es el punto de reencuentro entre lo individual (la persona) y lo supraindividual, correspondiendo el límite entre las dos a una forma perfecta.  La "tipicidad" desindividualiza, en el sentido que la prensa encarna entonces, esencialmente, una idea, una ley, una función.  No se puede hablar en este caso de individuo en el sentido moderno de la palabra; los rasgos accidentales del individuo se borran ante una estructura significativa que podrá reaparecer casi idéntica, en todas partes donde la misma perfección será alcanzada.  El individuo se hace "típico", lo que quiere decir "suprapersonal ". Conforme a la fórmula: "El Nombre absoluto ya no es un nombre", es anónimo.  Y la tradicionalidad en el sentido más alto es una especie de consagración de este anonimato, o un encarrilamiento hacia él en un campo de acción y un marco determinado.  Se podría también hablar de un proceso de "universalización" y de "eternización" de la persona, pero estas expresiones han sido banalizadas por un uso más o menos retórico y abstracto, que ha recubierto la significación concreta y existencia¡ que pudieron tener.  Será pues preferible definir la situación de que se trata como la de un ser en quien el principio supra-individual -el Sí, la trascendencia- permanece consciente y da a su "papel" (a la persona) la perfección objetiva propia a una función y a una significación dada.

De ello se deduce que existen dos formas de concebir la impersonalidad, que son, a la vez, análogas y opuestas: una se sitúa por encima, la otra por debajo, del nivel de la persona; una desemboca en el individuo, bajo el aspecto informe de una unidad numérica e indiferente que, multiplicándose, produce la masa anónima; la otra es el apogeo típico de un ser soberano, es la persona absoluta.

Esta segunda posibilidad está en la base del anonimato activo que se encuentra en las civilizaciones tradicionales y corresponde a una dirección opuesta a toda actividad, creación o afirmación únicamente fundada sobre el yo.  Como hemos dicho, lo que es personal se convierte en impersonal; conversión paradójica en apariencia que atestigua el hecho de que existe verdaderamente una grandeza que la personalidad aquí donde la obra es más visible que el autor, lo objetivo que lo subjetivo, aquí donde, sobre el plano humano, alguna cosa trasluce de esta desnudez, de esta tendencia que es lo propio de las grandes fuerzas de la naturaleza; en la historia, en el arte, en la política, en la áscesis, en todos los dominios de la existencia.  Se ha podido hablar de una "civilización de los héroes anónimos", pero el anonimato ha existido también en el dominio de la especulación cuando se tenía por evidente que lo que se piensa según la verdad no puede ser firmado en nombre de un individuo.  Recordamos también la costumbre consistente en abandonar su nombre, tomando otro que designa, no al individuo, al hombre, sino la función o la vocación superior, cuando la personalidad ha sido llamada a una muy alta tarea (realeza, pontificado, órdenes monásticas, etc.).

Todo esto encuentra su pleno sentido en el medio tradicional.  En el mundo moderno, en la época de la disolución, no puede indicarse, en este dominio, como en los otros, más que una dirección esencial.  Nos encontramos aquí en presencia del aspecto particular de una situación que comporta una alternativa y una prueba.

 

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