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Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo. Conclusión

Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo. Conclusión

Al llegar al término de estas notas críticas, muchos se senti­rán tal vez desorientados, desilusionados en su deseo de una ver­dad confortante y de una vía fácil, después de las sugerencias ofrecidas por tantas sectas y movimientos. Es posible que se sientan incluso perturbados debido a las doctrinas que nos hemos visto obligados a tomar de aquí y de ahí y a darlas a conocer, con el fin de poner en claro varias cosas. En efecto, esas doc­trinas con frecuencia pueden tener la parte del aguafiestas en las confrontaciones tanto de los espiritualistas sectarios cuanto de sus críticas, por lo cual no pensamos en atraer las simpatías ni de unos ni de otros. Es esto lo que notoriamente sucede cuan­do alguien se propone seguir tan sólo el punto de vista de la verdad, olvidándose de los factores sentimentales e irraciona­les, en cuestiones a las cuales se ligan fuertes tensiones internas.

Quien se lamentara por el hecho de no haber tenido sufi­cientes puntos de referencia positivos debería considerar la na­turaleza de las regiones en las que hemos tenido que movemos.  Para decir algo que valiera como "positivo" para la mayoría deberíamos haber considerado solamente los valores que se apli­can al campo de lo visible y de lo normal, en el sentido conve­nido de estos términos, a la zona cerrada, ya sea a las influen­cias "inferiores" que afloran en las evocaciones espiritualistas, ya sea al otro dominio, al de las posibilidades iniciáticas y de las disciplinas de alta ascética contemplativo, reservado a muy pocas personas.

Deberíamos haber hablado de la simple personalidad, en s forma humana, y decir de eso que puede fortificarla en relación al estado actual de la civilización. Se debería haber afrontado, entonces, esencialmente, el problema de la visión del mundo, porque éste es el principio de todo.  También en el orden de un espiritualismo que esté bien orientado en sí mismo, es un grave error el creer que se pueda alcanzar algo serio por medio de prácticas aisladas, sin haber cambiado antes y radicalmente el modo de sentirse a sí mismo, a los otros, el mundo, y haber cam­biado también, por consecuencia, nuestro modo de reaccionar.  En este campo se ha escrito mucho, desde cuando se comenzó a hablar de la crisis de la civilización moderna, pero casi siem­pre sin algún principio firme. En verdad, existe un solo camino para la defensa de la personalidad y éste es la torna, una vez más, de la visión tradicional del mundo y de la vida, unida a una "rebelión interna contra el mundo moderno".  En nuestra obra que lleva precisamente este título, nosotros hemos ya pro­porcionado todo lo que podíamos ofrecer en esta dirección, sin entrar en detalles propios de los especialistas.

Pero en el presente libro nuestra tarea era diversa.  Se trata­ba aquí esencialmente de dar el sentido preciso a las dos direc­ciones, una hacia el subpersonal y la otra hacia lo superpersonal Ésta es efectivamente la condición imprescindible para poderse orientar de frente al espiritualismo contemporáneo, para poder acertar en aquello que es una Máscara y aquello que es su Ros­tro; para poder superar, por una parte, los prejuicios filisteos, y por otra, las adulaciones de tantas presuntas "revelaciones" que se suceden día con día.

Desde un principio hemos reconocido que se impone ya una ampliación de horizontes.  El insistir en prejuicios y limitaciones que todavía ayer podían tener su razón pragmática de ser, hoy en día no es prudente, tal vez es hasta peligroso: por contraste pueden producir el efecto opuesto, como la misma experiencia lo ha demostrado. Dígase todo esto especialmente a aquellos que defienden una tradición religiosa en sentido restringido, habi­tual, devocional y conformista. Ellos, repetimos, deberían enten­der que ha llegado el momento de despertar si quieren estar a la altura del deber que les incumbe en vía de principio.  Y como tradición se entiende, de nuevo, algo mucho más vasto y uni­versal, algo mucho menos "humano" de todo lo que conocen y afirman.  Y esto es posible sin producir ninguna confusión, sin debilitar sus posiciones sino, más bien, reforzándolas.  Guénon, en sus referencias al catolicismo, ha puesto en claro este punto.

No sólo en este campo, sino también en todos los demás examinados con ocasión de las precedentes consideraciones crí­ticas, los horizontes se han ampliado.  Es, más bien, una empresa precisa de quien tiene los ojos abiertos para prevenir activa y oportunamente todo aquello que puede suceder en este sentido por obra de fuerzas incontrolables.  Pero entonces se impone una prueba para el hombre moderno: la de saber desear el límite que define y sostiene el sentido de sí mismo de frente a estos hori­zontes ampliados; la de saber cerrar con calma tantas puertas que, por obra y gracia de Lucifer, se entrecierran, o podrán entrecerrarse encima de él y por abajo de él. Repitámoslo una vez más: en la mayoría de los casos la personalidad no es un dato sino una empresa. Hoy, época caracterizada por la tendencia irracional y demoniaca colectiva, son demasiadas las fuerzas contra las cuales es necesario combatir y resistir a fin de acer­carse a tal empresa y mostrar un carácter y una línea, para que además se añadan los peligros de la "espiritualidad".

Lo "espiritual” debe valer hoy como un conocimiento, no como una tentación.  Esto debe servir para poner en su lugar las pretensiones de todo lo que es ciencia y cientificismo, igualmente para hacer relativa la importancia de muchos valores de la ci­vilización humanista, para remover ideas fijas y deformaciones mentales establecidas en la parte interna de muchas disciplinas y así enriquecer sus posibilidades de desarrollo. Lo "espiritual" debe damos también el modo de volver a tomar posesión de partes preciosas de un patrimonio olvidado y desconocido; es decir, debe damos la posibilidad de leer a través en los símbolos y los mitos de las grandes tradiciones del pasado, lo cual equi­vale al despertar una vez más los nuevos sentidos espirituales. Lo verdaderamente "espiritual" se debería llegar a sentir como una realidad presente, no excepcional sino natural, no milagrosa o sensacional sino evidente dentro de los límites de una sensa­ción del mundo más vasta, más libre, más completa.  Esto no im­porta qué distancia, en cuanto verdaderamente "sobrenatu­ral", se encuentre respecto del hombre.  Lo que importa es la claridad y la naturaleza del conocimiento.  Alcanzar tanto sería ya mucho.  Y sin embargo, no sería nada más que una vuelta a la normalidad.  En la medida en que el nuevo espiritualismo propiciara verdaderamente un trastorno del género, por lo mismo que de engañoso se ha traicionado detrás de varias de sus for­mas, valdría el dicho goethiano sobre quien hace el bien a pesar de querer el mal.  Para propiciar esta transformación el único medio es tener bien en vista las enseñanzas tradicionales que hacen las veces de contraparte rectificadora e integradora de las idear difundidas actualmente del espiritualismo, comprendi­das las de la seudociencia del “inconsciente".

Hace poco hablamos sobre la función protectora de la con­cepción tradicional del mundo única en su esencia, es decir, en sus valores y en sus categorías fundamentales, esta visión, sin embargo, admite varias fórmulas y varias expresiones. De ahí que se nos pueda preguntar cuál de estas fórmulas puede ser una ayuda al hombre de hoy, cuando por dilatados horizontes vaya a considerar las c~ supremas. Tal vez la mayoría pen­sará que la ayuda más eficaz es la cristiana. Nosotros no somos de esta opinión. Una fórmula del género para el hombre medio de hoy o es demasiado o es demasiado poco. Es demasiado poco si, se toma al cristianismo debilitado, confesional y socializante como ya se ha dicho; es demasiado si se le toma en proporción con la dirección trágica y desesperada del espíritu, de la cual igualmente se ha hablado, dirección que hoy, o no se sentiría o conduciría a desequilibrios peligrosos.  Se subraya expresamente que aquí se trata no de elementos doctrinales o de teología, sino precisamente de lo que una determinada fórmula puede propor­cionar para una adecuada y complexiva visión de la vida.

Es costumbre poner de relieve lo que el catolicismo presenta para una defensa de la persona.  Y, de acuerdo con lo que ya se ha dicho, nosotros mismos hemos tenido la ocasión de hacer aquí y allá reconocimientos a este propósito.  Sin embargo se trata de valores que el catolicismo no ha vuelto a tomar del cristianismo puro de sus orígenes, caracterizado por un pathos (sentimiento) desesperado de redención y de salvación unido a toda suerte de sugestiones y de complejos emocionales y que son atestiguados por la mejor corriente de la tradición clásica.  Y se plantea el problema de si tales valores, aquellos elementos de visión de la vida, no sean más aptos y eficaces para la em­presa señalada antes, hasta que sean liberados de las superestruc­turas de la fe y del dogma y reformuladas con mayor apego a su tronco original. Nosotros pensamos que éste es precisamente el caso; es decir, que de la concepción clásica de la vida puedan sacarse elementos más simples, más claros, más neutrales y exen­tos de "tendencias” que el hombre moderno puede apropiarse con el objeto de renovar y ampliar su mentalidad. Esto puede suceder en vía autónoma, sin relación con una determinada confesión religiosa, o con determinadas teorías o filosofías.

Dentro de la visión clásica de la vida, "demonios" y "diosa" tenían su lugar, es decir, el mundo era considerado en su tota­lidad comprendiendo ya sea lo infranatural, ya sea lo sobre­natural en el sentido indicado al principio del presente libro. Al mismo tiempo, tal vez como en ninguna otra civilización, estaba vivo el sentido de la personalidad como fuerza, forma, principio, valor, empresa.  Ella conocía lo invisible, pero en su centro celebraba el ideal de la "cultura" es decir, de la forma­ción espiritual, de la enucleación casi de vivas y realizadas obras de arte.  Un concepto tenía, como es obvio, una parte del primer plano en la ética clásica, o sea la del “límite”, que nos lleva precisamente a lo que dijimos hace poco, a la exigencia funda­mental de circunscribir activa y conscientemente el ámbito en el que se puede ser de modo verdadero uno mismo y realizar un  “equilibrio" y una "perfección parcial", alejando las adulacio­nes de las vías románticas y místico-estáticas hacia lo que no tiene forma y es ilimitado. Es así como también respecto a las cosas supremas se pudo mantener una tranquilidad apolínea para ver tales cosas.  Si el hombre clásico no se hizo ilusiones "espiri­tules”, si él, pues, conoció el doble destino, el camino del Hades y el camino hacia la "Isla de los Héroes”, así como la ley del mundo inferior, el eterno "ciclo de la generación", al mismo tiempo conoció aquella serenidad, en la cual el más allá no crea­ba ningún vértigo y el "hecho" no producía ninguna angustia; conoció la íntima capacidad del alma que remedia la insaciable sed de las "cosas que huyen", y en virtud de las que también, quien, como Epícuro afirmaba: "Una sola vez se nace y no se vuelve a existir nunca más" y rechazaba la idea de los dioses que cuidan a los hombres; Alejándose, podía decir: "lamentar nada que falte a una vida perfecta".

En esencia, es precisamente esta especie de claro y sereno he­roísmo unido a un dominio de sí mismo, al equilibrio y a la "neutralidad" en el sentido indicado al hablar de Kremmerz, que hoy necesita la vida -de la mayoría para evitar que nuevos conocimientos actúen en forma negativa.  Es como saber soste­nerse sin apoyo, pero con los ojos abiertos y el ánimo libre del vínculo de la protervia "superhumanista"- saber mirar las dis­tancias, pero sin vértigo; saber formar parte, íntimamente, de una actividad libre, sin las zozobras de la esperanza y del temor y la angustia que infunden las distintas "filosofías de las crisis" existencialistas que están de moda; saber amar por propia con­vicción la disciplina y el límite, sin olvidar nunca la dignidad de frente a la cual somos responsables e inexcusables, hasta que una superior, austera vocación en cualquiera, sepa recoger todo poder, hasta sus raíces más profundas y más recónditas de la vida por el arrojo que puede llevar más allá de la condición humana.

 

 

 

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