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Los hechos sociales presentan una más estrecha relación con los de la vida privada y de las costumbres, si se considera el problema de las relaciones entre los sexos, del matrimonio y de la familia en la exis­tencia de hoy día.

Por lo que respecta a la institución familiar, su crisis en nuestros días es tan manifiesta como la de la idea romántica ochocentista de patria, tratándose de procesos en amplia medida irreversibles por estar ligados a los factores que caracterizan el tipo de existencia en los últimos tiempos. Naturalmente, también la crisis de la familia suscita hoy preocupaciones y reacciones moralizantes, con intentos más o menos vagos de sabotaje, sin que se sepa hacer valer otra cosa que recurrir a argumentos conformistas y a un tradicionalismo vacío y falso. También, a este respecto, las cosas para nosotros se presentan de una forma diferente y, como en el caso de los demás fenómenos ya considerados, es necesario reconocer friamente la situación en su realidad desnuda. Es preciso, por tanto, extraer consecuencias del hecho de que la familia ha cesado desde hace tiempo de tener un significado superior, de estar cimentada por factores vivos que no sean simplemente de orden individual. El carácter orgánico y, en cierto sentido, "heroico" que ofrecía su unidad en otros tiempos, se ha perdido en el mundo moderno, al igual que se ha desvanecido, o está por desvane­cerse, el último barniz residual de "sacralidad" que esta institución debía a la consagración propia del rito religioso. En la realidad, en la grandísima mayoría de los casos, la familia de los tiempos modernos es una institución de carácter pequeño-burgués, casi exclusivamente de­terminada por factores naturalistas, utilitarios, 'rutinarios, primitiva­mente humanos y, en el mejor de los casos, sentimentales. Sobre todo su eje esencial ha desaparecido, el eje que constituía la autoridad, ante todo espiritual, de su jefe, del padre: la que puede encontrarse en el origen etimológico de la palabra pater: "señor" , "soberano". Así, una de las principales metas de la familia, la procreación, se reduce sencilla y groseramente, a perpetuar la sangre: perpetuación híbrida, por lo demás, ya que en el marco del individualismo moderno, las uniones conyugales ya no quedan sometidas a las limitaciones de lina­je, de casta o raza, dado que, en cualquier caso, no tiene como contra­partida la continuidad más esencial, espiritual, de una tradición, de una herencia ideal. Por otra parte, ¿cómo podría continuar teniendo un sólido centro que la mantuviera unida, si su jefe natural, el padre, es hoy día casi un extraño, incluso físicamente, al estar preso en el engranaje de la vida material, en esta sociedad cuyo absurdo ya hemos demostrado?. ¿Qué autoridad puede revestir el padre, si, en particu­lar en las "clases superiores" , se reduce hoy casi exclusivamente a una máquina de fabricar dinero pluriempleado?. Esto se aplica incluso hoy día tanto al padre como a la madre, debido a la emancipación de la mujer, a su entrada en el mundo de los profesionales y de los trabaja­dores, mientras que el otro tipo de mujer moderna, la "dama" que se entrega a una vida frívola y mundana, es menos capaz todavía de me­jorar el clima interior de la familia y de ejercer una influencia positiva sobre sus hijos. Estando así las cosas en la mayoría de los casos, ¿cómo reconocer a la unidad familiar moderna un carácter diferente de un conglomerado unido por factores extrínsecos, necesariamente expues­to a procesos erosionadores y disolutivos?, ¿cómo no incluir entre las mentiras hipócritas de nuestra sociedad el carácter pretendidamente "sagrado" de la familia?.

La interdependencia que se da entre la ausencia de un principio de autoridad preexistente y el fenómeno de desvinculación indivi­dualista, de interdependencia que ya hemos subrayado en el dominio político, se ha manifestado igualmente en el plano familiar. Al presti­gio decaído del padre corresponde el distanciamiento de los hijos, la ruptura cada vez más nítida y brutal entre las antiguas y las nuevas ge­neraciones. A la disolución de los lazos orgánicos en el espacio (castas, cuerpos, etc.) corresponde en nuestros días, la de los lazos orgánicos en el tiempo, es decir, el corte de continuidad espiritual entre las ge­neraciones, entre padre e hijo. El distanciamiento, la alienación recíproca, es un hecho innegable y de proporciones crecientes, favore­cido además por un ritmo de vida progresivamente más rápido y de­sordenado. Es por lo demás significativo que este fenómeno se mani­fiesta de un modo particularmente crudo en lo que queda de la anti­gua aristocracia nobiliaria y en las clases superiores, donde habría po­dido esperarse, al contrario, que los lazos de la sangre y de la tradición hubieran sido más duraderos. Decir que los padres son solamente para los hijos "modernos" un "mal inevitable" no es solamente un chiste. La nueva generación desea que los padres "se dediquen a sus asuntos" y no se entrometan en la vida de sus hijos porque ellos "no los comprenden" (incluso cuando no hay nada que comprender), los hijos ya no son los únicos en tener tal pretensión, también ahora las hijas "contestan". Naturalmente todo ello agrava el "desarraigo" general. El hecho de que en una civilización materialista y sin al­ma la familia esté desprovista de toda significación superior ha de incluirse en las causas de los fenómenos extremos, del tipo de los que constituyen la "juventud quemada" y la creciente criminalidad juve­nil.

De todos modos, dada esta situación y cualquiera que sea la causa principal, imputable a los padres o a los hijos, incluso la pro­creación asume un carácter absurdo y no puede razonablemente conti­nuar siendo una de las principales razones de ser de la familia. Tal co­mo hemos dicho, es en un régimen de mediocridad, de convenciona­lismos, de comodidad práctica, de rutina y de debilidad de carácter, donde subsiste la familia. No hay que creer que medidas exteriores puedan modificarla en algo. Repitámoslo: la unidad familiar sólo podía permanecer sólida mientras que una manera de sentir suprapersonal tuviera suficiente fuerza para hacer pasar a un segundo plano los hechos simplemente individuales. Antaño, en un matrimonio se podía no ser "feliz" , podían no verse saciadas las "necesidades del al­ma", sin embargo la unidad permanecía. Al contrario, en el clima in­dividualista de la sociedad actual, no puede invocarse ninguna razón superior para que se mantenga la unidad de la familia cuando el hombre y la mujer "ya no se entienden" y los sentimientos o el sexo le conducen a nuevas opciones. Es, por tanto, natural la multiplicación de los "fracasos conyugales" en la sociedad contemporánea, así como las separaciones y los divorcios subsiguientes. Y es absurdo pensar en la eficacia de medidas que puedan frenar el desarrollo de este fenóme­no, ya que la base del conjunto es una modificación del orden existen­cial.

Sería casi superfluo, después de este balance, precisar la acti­tud del hombre diferenciado en este terreno. En principio, no puede conceder ningún valor al casamiento, a la familia o a la procreación. Todo ello sólo puede serle ajeno; no puede reconocer en ello nada que tenga un significado y merezca su atención (en cuanto al problema se­xual, considerado en sí mismo, y no según las perspectivas sociales, lo examinaremos posteriormente).

Sobre el matrimonio, la mezcla de lo sagrado y lo profano y el conformismo burgués son tan evidentes, incluso en el caso del matri­monio católico indisoluble. En realidad tal indisolubilidad, que en el ambiente católico debería proteger a la familia, no es hoy más que una fachada. Las uniones, teóricamente indisolubles, están, de hecho, profundamente taradas y carentes de estabilidad; en este ambiente la moralidad no se preocupa más que de salvaguardar las apariencias. Que hombres y mujeres, una vez casados, actúen, más o menos como quieran, que hagan comedia, que se traicionen o que sencillamente se soporten, poco importa: la moral queda a salvo y se cree que la familia sigue siendo la célula fundamental de la sociedad, mientras se conde­ne el divorcio y se acepte esta sanción o autorización social —no perti­nente como tal— para la convivencia sexual, que corresponde al matrimonio. Por otro lado, incluso cuando no se trata del matrimonio "indisoluble" del rito católico, cuando se' trata de sociedades en las cuales se admite el divorcio, la hipocresía subsiste porque todavía hay que sacrificar en el altar del conformismo social, cuando resulta que hombres y mujeres se separan y se vuelven a casar por los motivos más frívolos y ridículos, como sucede en los Estados Unidos, hasta llegar al extremo de que el matrimonio ya no es más que el barniz puritano pa­ra una especie de sistema de alta prostitución, o de amor libre legaliza­do.

Para evitar todo equívoco, algunas consideraciones teóricas y retrospectivas suplementarias concernientes al matrimonio religioso católico, nos parecen necesarias. De hecho, como es obvio, en nuestro caso, no se trata de argumentos de librepensadores los que intentamos oponer a este matrimonio.

Acabamos de aludir a una mezcla de sagrado y profano. Es ne­cesario recordar que el matrimonio sólo se volvió un rito y un sacra­mento, implicando la indisolubilidad muy tardíamente en la Historia de la Iglesia (no antes del siglo XII), y que la ceremonia religiosa sólo se ha vuelto obligatoria para toda unión que no quiera ser considerada como un mero concubinato en una fecha todavía más reciente (des­pués del Concilio de Trento de 1563). En lo que a nosotros respecta, ello no atenta a la concepción misma del matrimonio indisoluble: es sencillamente para precisar de forma neta el lugar, el sentido y las con­diciones. Hay que subrayar aquí que, como en otros sacramentos, la Iglesia Católica nos coloca frente a una singular paradoja: partiendo de la intención de sacralizar lo profano, ha desembocado, práctica­mente, en hacer profano lo sagrado.

San Pablo anuncia ya el verdadero significado del matrimonio-rito, cuando para designarlo no utiliza la palabra "sacramento", sino "misterio" ("este misterio es grande", dice textualmente - Efesios V, 31-32). Puede admitirse también una idea superior del matrimonio, como unión sagrada e indisoluble no de palabra, sino de hecho. Sin embargo, este tipo de unión solamente es concebible en casos excep­cionales, cuando se parte de la base de una devoción absoluta, casi he­roica, de una persona a otra, en la vida y en el más allá, lo cual fue co­nocido por más de una civilización tradicional, en donde incluso se consideró natural el ejemplo de esposas que no quisieron sobrevivir a sus maridos.

Hemos dicho que lo sagrado ha sido profanado porque esta concepción de una unión sacramental indisoluble, "escrito en el cielo" , superando el plano naturalista, genéricamente sentimental y también, en el fondo, solamente social, ha querido aplicarse, incluso imponerse a no importa qué parejita de esposos, que se unen en la iglesia en vez de en el ayuntamiento por un simple conformismo res­pecto a cierto medio social. Y se ha pretendido que sobre este plano exterior y prosaico, sobre el plano de lo "humano, demasiado huma­no" nietzscheano, deban y puedan valer los atributos del matrimonio propiamente sagrado, al matrimonio "misterio" . De aquí, en una so­ciedad como la nuestra, el régimen de ficciones que hemos menciona­do y los muy graves problemas personales y sociales que se plantean cuando el divorcio no está admitido.

Por otra parte hay que hacer notar que el mismo catolicismo, debido a un descenso de nivel, el carácter teóricamente absoluto del matrimonio-rito ha sido restringido en una medida no despreciable. Baste recordar que la Iglesia, que insiste sobre la indisolubilidad del matrimonio en el espacio, negando el divorcio y la posibilidad de un nuevo casamiento, acepta en cambio, en el tiempo, que viudos y viudas vuelvan a casarse, lo que equivale a una infidelidad y sólo se concibe partiendo de premisas abiertamente materialistas, es decir, si se piensa que el muerto al cual uno estaba indisolublemente ligado por el poder sobrenatural del rito ha cesado absolutamente de existir. Esta incoherencia es uno de los rasgos que muestran que la ley reli­giosa católica, lejos de contemplar valores espirituales y trascendentes, ha hecho de los sacramentos simples auxiliares sociales, elementos de la vida profana, reduciéndolos, por tanto, a una mera formalidad, o bien, degradándolos.

No basta. Puede constatarse en la doctrina católica, además de lo absurdo tendente a democratizar, a imponer a todos, el matrimonio-rito, la incongruencia del hecho de pretender que el rito transforma las uniones naturales, no solamente en indisolubles, sino también en "sagradas" , estando ambas incongruencias ligadas, por lo demás. En razón de premisas traumáticas precisas, lo "sagrado" no puede reducirse aquí a un mero juego de palabras. Se sabe que el ca­tolicismo y el cristianismo se caracterizan por una oposición entre la "carne" y el espíritu, una especie de odio teológico hacia el sexo, que procede de la extensión ilegítima en la vida ordinaria, de un principio válido, todo lo más, para cierto tipo de vida ascética. El sexo, conside­rado como tal, es una mancha, algo pecaminoso y el matrimonio es concebido como un mal menor, como una concesión hecha a la debili­dad humana en favor de quien no sabe escoger como norma de vida la castidad, la renuncia al sexo. No pudiendo anatematizar toda la se­xualidad, el catolicismo intenta reducirla, en el matrimonio, al hecho biológico banal, admitiéndose exclusivamente su uso, dentro del matrimonio, para fines de procreación. A diferencia de otras tradi­ciones antiguas, el catolicismo no reconoce ninguna valencia superior, aunque sólo sea potencial a la experiencia sexual en sí, no existiendo ninguna base para transformarla dando mayor intensidad a la vida, completando y elevando la tensión interior de dos seres de sexo opues­to, cuando es precisamente así como debería, eventualmente, conce­birse una "sacralización" concreta de las uniones y la acción de una influencia superior ligada al rito. Las premisas cristianas de las que ya hemos hablado vuelven todo ello imposible y el ideal católico no es ya más un ideal de "uniones sagradas", sino de "uniones castas": nin­guna "sacralidad" concreta se inserta en el hecho existencial.

Por otra parte, habiendo democratizado el matrimonio-rito, las cosas no podrían ser de otra forma, incluso si las premisas fueran diferentes, o entonces había que atribuir al rito el poder casi mágico de elevar automáticamente las experiencias sexuales de no importa qué parejita al nivel de tensión superior, de embriaguez transfigura-dora, la única capaz que podría llevar, más allá del plano de la natura­leza y que sería entonces el elemento primero del hecho sexual, mientras que la procreación aparecería como algo secundario y perte­neciente, en sí mismo, al plano naturalista. En conjunto, tanto por su concepción de la sexualidad como por la profanación del matrimonio-rito, puesto al alcance de todos, e incluso obligatorio para toda la pa­reja católica, el mismo matrimonio religioso se reduce a una simple sanción religiosa añadida a un contrato profano que no tiene nada de absoluto, mientras que los preceptos católicos relativos a las relaciones sexuales tienden a colocar todas las cosas al nivel de una mediocridad burguesa contenida: animalidad doméstica procreadora encerrada en un marco conformista: un marco que, salvo titubeantes concesiones parciales, hechas por el "aggiornamento" , no se ha movido.

Esto para aclarar los principios. En una civilización y en una so­ciedad materializadas y desacralizadas como las nuestras, es por lo tan­to natural que los diques que se oponían a la disolución de la concep­ción cristiana del matrimonio y de la familia —por más problemática que fuera esta concepción, como acabamos de decir— hayan cedido cada vez más y que, en el actual estado de cosas, nada exista que me­rezca ser sinceramente defendido y conservado. Las consecuencias de la crisis, evidentes en este ámbito también, así como todos los proble­mas relativos al divorcio, al amor libre y todo lo demás, no pueden apenas interesar al hombre diferenciado. En última instancia este hombre no puede considerar la disgregación individualista creciente, no puede ser considerada como un mal peor que la tendencia creciente del mundo comunista a sustituir por el Estado, o cualquier otro "co­lectivo" a la familia, una vez liquidados los sueños de unión libre cul­tivados por el primer socialismo revolucionario antiburgués, mientras que aparte de la "dignidad" de trabajadora asociada al hombre, con­cedida a la mujer, no se reivindica para ella ningún otro papel más que el de mamífero reproductor. En efecto, en la Rusia actual, están previstas algunas condecoraciones para mujeres fecundas, incluso la de "heroina de la Unión Soviética" para las camaradas —incluso no casadas— que hayan tenido al menos diez hijos, de los cuales además pueden desembarazarse confiándoselos al Estado que se ocupará de educarlos de una forma más directa y racional para hacer de ellos unos "soviéticos". Se sabe que esta educación, también respecto al sexo fe­menino, se inspira esencialmente en el artículo 12 de la Constitución Soviética: "El trabajo, considerado antaño como un cansancio inútil y deshonroso, se vuelve una dignidad, una gloria, una cuestión de valentía y heroismo". El título de "héroe del trabajo socialista", asi­milado al de "héroe de la Unión Soviética" es la contrapartida del título mencionado para las mujeres dignas de él por sus funciones reproductoras... Tales son los bienaventurados horizontes ofrecidos en lugar del "decadentismo" y de la "corrupción" de la sociedad bur­guesa capitalista, en donde la familia se descompone en la anarquía, en la indiferencia y en la llamada "revolución sexual" de las nuevas generaciones, al haber desaparecido todo vínculo orgánico y todo principio de autoridad.

Sea como fuere, tampoco esta alternativa tiene mucho sentido hoy en día. La que sigue siendo evidente, en esta época de disolución para el tipo de hombre que nos interesa, es la dificultad de plantearse algún tipo de matrimonio y de familia. No se trata de un ostentoso anticonformismo: se trata de extraer la conclusión de una visión con­forme a la realidad, cuando la exigencia de la libertad interior perma­nece firme. Un hombre como el que contemplamos, dentro de un mundo como el actual, debe poder disponer absolutamente de sí, has­ta el extremo límite de la vida. Los vínculos mencionados precedente­mente le convienen tan poco como en otra época al asceta o al soldado de fortuna. No es que no estuviera dispuesto a asumir cargas todavía más pesadas, pero la cosa estaría, en sí, desprovista de sentido por completo.

Es conocida esta frase de Nietzsche: Nicht fort sollst du dich pflanzen, sondern hinauf Dazu helfe dir der Garten der Ehe (30), re­ferida a la idea de que el hombre actual no es más que una simple for­ma de transición cuya única tarea consiste en preparar el nacimiento del "superhombre", estando dispuesto a sacrificarse para ello y a reti­rarse cuando él aparezca. Ya hemos valorado precedentemente este sueño del superhombre y de un finalismo que remite a una hipotética humanidad futura, la posesión del sentido absoluto de la existencia. Pero de esta cita y de su juego de palabras, se podría retener como váli­da la idea de que el matrimonio no debería servir para reproducirse "horizontalmente" , hacia adelante (tal es el sentido de fortpflanzen), contentándose con engendrar, sino "verticalmente", hacia lo alto (hi­naufpflanzen), elevando su linaje. En efecto, ello sería la única justifi­cación superior del matrimonio y la familia: justificación inexistente hoy en día, debido a la situación existencial objetiva ya mencionada, causada por procesos disolutivos que han roto los lazos profundos sus­ceptibles de unir una generación con otra. Ya un gran católico, Peguy, había hablado del hecho de ser padre como de la "gran aventura del hombre moderno" dada la absoluta incertidumbre total en la que nos encontramos respecto a lo que será nuestra progenie al ser poco probable que actualmente el hijo reciba del padre algo más que la mera "vida" . Como habíamos indicado anteriormente, no se trata sola­mente de poseer o no poseer esta cualidad, no sólo física, de "padre" , que existía en la familia antiguamente y fundamentaba su autoridad, sino también de que esta cualidad, incluso si existiera hoy en día, quedaría paralizada por la presencia, en las nuevas generaciones, de una materia refractaria y disociada. Existe una correlación entre el ni­vel familiar y el social: tal como hemos dicho, en el estado actual de las masas modernas los personajes que tuvieran una verdadera talla de je­fes serían los últimos en ser seguidos, del mismo modo no hay que ha­cerse ilusiones sobre la acción formadora y educadora susceptible de ser todavía ejercida sobre niños en un ambiente como el de la sociedad actual, incluso si el padre no lo fuera solamente en los términos del es­tado civil.

Podría objetarse respecto asesta postura que comportaría el pe­ligro de una despoblación de la tierra, pero ello no es cierto, ya que la reproducción pandémica y catastrófica de la humanidad sería ampliamente suficiente para evitarla. También podría objetarse que serían los hombres diferenciados quienes renunciarían desde el princi­pio a asegurarse una descendencia capaz de recoger sus ideas y sus acti­tudes, mientras que las masas y las clases más insignificantes, tendrían esta descendencia, cada día más numerosa. Pero ello puede rebatirse haciendo una distinción entre la generación física y la generación espi­ritual. Dado que en un régimen de disoluciones, donde ya no existen ni castas, ni tradiciones, ni razas en sentido propio del término, una y otra descendencia han cesado de ser paralelas y que la continuidad he­reditaria de la sangre ya no representa una condición favorable a esta continuidad espiritiual, a la cual, incluso en el mundo tradicional, se le concedía la preeminencia cuando se hablaba de las relaciones de maestro a discípulo, de iniciador a iniciado y, cuando se llegó a formu­lar la idea de un renacimiento o "segundo nacimiento" , indepen­diente de toda paternidad física, capaz de crear, en aquel que fuese su sujeto, un lazo más íntimo y esencial que aquellos que podían unirlo a su padre según la carne, a la familia o a cualquier comunidad y unidad natural.

Tal es la posibilidad particular que puede considerarse como alternativa: se refiere a un orden de ideas análogo al que ha sido ex­puesto al hablar del principio de la nación, cuando decíamos que las unidades naturales que actualmente están en crisis, pueden ser reem­plazadas por una unidad determinada o por una idea. A la "aventura" que representa la procreación física de seres que pueden ser individuos desgajados, "modernos", útiles sólo para acrecentar el mundo insensato de la cantidad, se puede oponer la acción de desper­tar de aquellos que no pertenecen espiritualmente al mundo actual, que pueden ejercitar sobre elementos poseedores de las cualificaciones requeridas a fin de impedir que la desaparición física de los primeros deje un hueco imposible de llenar. Por lo demás, los escasos hombres diferenciados que existen todavía sólo tienen raramente la misma for­ma interior y la misma orientación nacidas de una común pertenencia hereditaria a una misma sangre y a una misma estirpe. No hay ningu­na razón para suponer que ello pueda ocurrir de otro modo en la pró­xima generación. Por importante que sea la tarea de asegurar una su­cesión espiritual, su realización depende de las circunstancias. Ello se­rá realizado allí donde sea posible realizarlo sin que sea necesario dedi­carse a una búsqueda inquieta y, menos todavía, a ningún tipo de proselitismo, Ante todo, en este terreno, lo que es auténtico y válido, se realiza bajo el signo de una sabiduría superior e inasible, con la apa­riencia externa de un azar más que de una iniciativa directs "querida" por uno u otro individuo.