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La montaña como Walhalla. Julius Evola

La montaña como Walhalla. Julius Evola

La palabra Walhalla (Walholl) es notoria a través de todas las obras de Ricardo Wagner, en las cuales, no obstante, en muchos puntos se deforman y se "literalizan" los antiguos conceptos nórdico-escandinavos de los Edas, de los que Wagner nutre especialmente su inspiración y que son susceptibles de significados más profundos. Walhalla quería literalmente decir "el palacio de los caídos", del cual Odin era el rey y el jefe. Se trata del concepto de un lugar privilegiado de inmortalidad (aquí, como en las tradiciones helénicas, para los seres vulgares no hay, tras la muerte, más que la existencia oscura y mediocre en el Niflheim, el Ade nórdico), reservado a los nobles y esencialmente a los héroes caídos en el campo de batalla. Casi como el dicho según el cual "la sangre de los héroes está más cerca de Dios que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos", en estas antiguas tradiciones el culto y el sacrifico más grato a la divinidad máxima -Odin-Wotan o Tiuz- y más fecundo de frutos supramundanos consistía en morir en la guerra. Los caídos por Odin quedaban transformados en sus "hijos" e inmortalizados junto a los reyes divinizados, en el Walhalla, lugar que frecuentemente se asimilaba al Asgard, a la ciudad de los Asen, es decir, de las luminosas naturalezas divinas en perenne lucha contra los Elementarwessen, contra las criaturas tenebrosas de la tierra.

   Ahora bien, los mismos conceptos del Walhalla y del Asgard originariamente se presentan en una relación inmediata -de nuevo- con la montaña, hasta el punto que Walhalla aparece como nombre de cumbres suecas y escandinavas y en montes antiguos, como el Helgafell, el Krossholar y el Hlidskjalf fue concebida la sede de los héroes y de los príncipes divinizados. El Asgard aparece a menudo en Edda como el Glitmirbjorg, la "montaña resplandeciente" o el Himinbjorg, donde la idea de monte y la de cielo luminoso, de calidad luminosa celeste, se confunden. Queda pues el tema central del Asgard como un monte altísimo, sobre cuya cumbre helada, por encima de las nubes y de las nieves, brilla una claridad eterna.

   Así, el "monte" como Walhalla es también el lugar donde prorrumpe tempestuosamente y sobre el cual vuelve a posarse el sedicente Wildes Heer. Aquí se trata de un antiguo concepto popular nórdico, expresado en la forma superior de un ejército mandado por Odin e integrado por los héroes caídos. Según esta tradición, el sacrificio heroíco de la sangre (lo que en nuestras tradiciones romanas se llamaba la mors triunphalis, y por la cual el iniciado victorioso sobre la muerte venía asimilado a la figura de los héroes y de los vencedores) sirve también para acrecentar con nuevas fuerzas aquel ejército espiritual irresistible -el Wildes Heer- del cual Odin, dios de las batallas, tiene necesidad para alcanzar un objetivo último y trascendente; para luchar contra el ragna rokkr, es decir, contra el destino del "obscurecimiento" de lo divino que corresponde al mundo de las edades lejanas.

   A través de estas tradiciones, unidas en su significado íntimo y no en su forma exterior mitológica, llegarnos pues al concepto más elevado del ciclo de los mitos sobre la divinidad de la montaña; y afirmaremos encontrar personalmente, en nuestros recuerdos nostálgicos de la guerra en la alta montaña, casi un eco de esta lejana realidad. Sede del amanecer, del heroísmo, y, si es necesario, de la muerte heroíca transfigurante, lugar de un "entusiasmo" que tiende hacia estadios trascendentes, de un ascenso desnudo y de una fuerza solar triunfal opuesta a las fuerzas paralizantes, que oscurecen y bestializan la vida... así resulta ser, pues, la sensación simbólica de la montaña entre los antiguos, cual resulta de un círculo de leyendas y de mitos provistos de grandes caracteres de uniformidad, de los cuales los citados no son más que algunos de los escogidos en una lista muy amplia.

   Naturalmente, no se trata de detenerse en reevocaciones anacrónicas.. . pero tampoco se trata de curiosas búsquedas de una simple erudición histórica. Detrás del mito y detrás del símbolo condicionado por el tiempo existe un "espíritu", que puede siempre revivir y tomar expresión eficaz en nuevas formas y en nuevas acciones. Esto, precisaente, es lo que importa.

   Que el alpinismo no equivalga a profanación de la montaña; que los que, oscuramente empujados por un instinto de superación de las limitaciones que nos ahogan en la vida mecanizada, aburguesada e intelectualizada de las "llanuras", se van hacia lo alto en valeroso esfuerzo físico, en lúcida tensión y en lúcido control de sus fuerzas internas y externas, por sobre las rocas, crestas y paredes en la inminencia del cielo y del abismo, hacia la helada claridad... que los que siempre en mayor medida puedan volver a encenderse hoy y obrar luminosamente según aquellas sensaciones profundas que permanecen en las raíces de las antiguas divinizaciones mitológicas de la montaña: éste es el mejor augurio que puede hacerse a nuestras jóvenes generaciones.

Meditaciones en las Cumbres

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¿FUE LA REVOLUCIÓN FRANCESA UNA VENGANZA DE LOS TEMPLARIOS?, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

¿FUE LA REVOLUCIÓN FRANCESA UNA VENGANZA DE LOS TEMPLARIOS?, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Un historiador francés ha observado que mientras hoy se reconoce ya que las enfermedades del organismo humano no nacen solas, sino que se deben a agentes invisibles, a microbios y a bacterias, en lo referente a las enfermedades de esos más grandes organismos que son las sociedades y los Estados, enfermedades correspondientes a las grandes crisis históricas y a las revoluciones, se piensa que allí en cambio las cosas sucedan de otra manera, es decir que se trataría de fenómenos espontáneos o debidos a simples circunstancias exteriores, mientras que en las mismas pueden haber actuado con gran vigor un conjunto de fuerzas invisibles similares a los microbios en las enfermedades humanas.

Se ha escrito mucho respecto de la Revolución Francesa y sobre la causa que la originó; habitualmente suele reconocerse el papel que, por lo menos como preparación intelectual, han tenido ciertas sociedades secretas y especialmente la de los denominados Iluminados. Una tesis específica y más avanzada es aquella que a tal respecto sostiene que la Revolución Francesa haya representado una venganza de los Templarios. Ya en un período sumamente cercano a aquella revolución se había asomado una idea semejante. Seguidamente De Guaita habría de retomarla y profundizarla.

La destrucción de la Orden de los Caballeros Templarios fue uno de los acontecimientos más trágicos y misteriosos de la Edad Media. Los Templarios eran una Orden cruzada de carácter sea ascético como guerrero, fundada hacia el 1118 por Hugues de Payns. Exaltada por San Bernardo en su Laude de la nueva Milicia, habría de convertirse rápidamente en una de las Órdenes caballerescas más ricas y poderosas. Improvisamente en 1307, la misma fue acusada por la Inquisición. La iniciativa partió esencialmente de una figura siniestra de soberano, por parte de Felipe el Hermoso de Francia, quien impuso su voluntad al débil Papa Clemente V, apuntando así a quedarse con las grandes riquezas de la Orden. Se reprochaba a los Templarios de profesar sólo en apariencias la fe cristiana, de tener un culto secreto y una iniciación ajena al cristianismo y más aun anticristiana. Cómo hayan sido las cosas verdaderamente es algo que no se ha podido nunca saber con exactitud. De cualquier forma el proceso concluyó con una condena: la Orden fue disuelta, la mayor parte de los Templarios fue masacrada y terminó en la hoguera. Fue quemado también el Gran Maestro, Jacques de Molay. Éste justamente en la hoguera señaló los días de la muerte de los responsables de la destrucción de la orden, del rey y del pontífice. Felipe el Hermoso y Clemente V habrían de morir exactamente dentro de los términos profetizados por el Gran Maestro templario para presentarse delante del tribunal divino.

Se dice que algunos Templarios que se salvaron de la masacre se refugiaron en la corte de Robert Bruce, rey de Escocia, y que se integraron a ciertas sociedades secretas preexistentes. De cualquier modo, de acuerdo a la tesis mencionada al comienzo, ciertas derivaciones de los Templarios habrían continuado de manera subterránea hasta el mismo período de la Revolución Francesa  y habrían preparado, como una verdadera venganza, la caída de la casa de Francia. Que algunas sociedades secretas se hubiesen organizado para fines revolucionarios, ello es algo develado por la investigación histórica. Una mera casualidad - el hecho de que un correo de las mismas fuese abatido por un rayo- permitió descubrir documentos de los Iluminados que llevaba consigo y que contenían planes revolucionarios. Más importante aun fue la reunión secreta que se realizó en Frankfurt en 1780. Fue descripta de manera novelesca por Alejandro Dumas en su famoso libro José Bálsamo, en donde se sirviera seguramente de los apuntes, publicados en Italia en 1790 y en Francia en 1791, del proceso realizado por el Santo Oficio a este misterioso personaje conocido bajo el nombre de Cagliostro. En su exposición Cagliostro habla de aquella reunión, hace mención a los Templarios, dice que los convocados se habían comprometido a tumbar a la casa de Francia; que luego de la caída de esta monarquía su acción habría debido dirigirse hacia Italia teniendo en mira particularmente Roma, sede del Papado.

A todo esto deben agregarse las revelaciones hechas en 1796 por parte de Gassicourt en un libro sumamente raro, Le tombeau de Jacques Molay. En el mismo se sostiene que "los hechos de la Revolución Francesa tienen un signo templario". Según el autor el mismo nombre de los Jacobinos -es decir quienes fueron los principales promotores de la Revolución- vendría de el del Gran Maesto templario, Jacques Molay, y no, como generalmente se cree, de la iglesia de religiosos jacobinos, lugar de reunión que la organización secreta habría elegido por una mera casualidad en el nombre. Y la consigna de la secta, la que debía ser mantenida aun sucesivamente en algunos altos grados de asociaciones similares, se componía de las iniciales del nombre completo del Gran Maestro templario.

Otra circunstancia extraña y significativa está representada por la elección del lugar en donde fue mantenido prisionero el último rey de Francia, Luis XVI; lugar que sólo abandonaría en el momento de subir al patíbulo. Mientras que la Asamblea Nacional le había asignado como cárcel un local del Palacio de Luxemburgo, él en vez fue encerrado en el Templo, es decir en la antigua sede de los Templarios de París: casi como un símbolo de la venganza que golpeaba, en la persona de su último descendiente, a la dinastía culpable de la destrucción de la Orden , en el lugar mismo que la misma había ocupado.

Son además aducidos otros elementos como sostén de tal tesis. Naturalmente, una investigación que, como ésta,  vierte sobre lo que se ha desarrollado en las sombras, detrás de los bastidores de la historia conocida, encuentra particulares dificultades. En el caso específico, aun admitiendo todos los indicios, quedaría por verificar si existió una continuidad entre los agentes revolucionarios alrededor del '89 y los verdaderos Templarios medievales, pudiendo también ser que los primeros hayan tomado de los segundos tan sólo el nombre, mientras que en cambio han obedecido a fuerzas oscuras de un tipo muy distinto. De cualquier modo la hipótesis aquí señalada es conocida por parte de aquellos que llevan la mirada sobre lo que bien podría ser denominado como la dimensión en profundidad de la historia.

Roma, 1º de mayo de 1956.

EL DOBLE ROSTRO DE LA LEYENDA DEL GRIAL, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

EL DOBLE ROSTRO DE LA LEYENDA DEL GRIAL, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Viernes Santo. En la capilla de los caballeros del Grial, en el Montsalvat, Parsifal, el 'puro héroe' o 'puro loco', retorna. Él ha superado la conciencia inherente a su misma inocencia primitiva. Él ha resistido a las insinuaciones eróticas de las 'doncellas-flor' y de Kundry, la bella criatura del mago Klingsor, la cual termina obteniendo la redención a través del amor. La lanza del Grial, que el rey Amfortas había perdido pecando, él la ha reconquistado en el castillo de Klingsor: es la lanza por cuya herida brotó la sangre de redención de Jesús, pero que también llagó a Amfortas, el indigno y lujurioso que quiso acercarse al Grial. Esta lanza ahora Parsifal la vuelve a llevar pues a la roca del Grial. Con su contacto, la herida ardiente de Amfortas desaparece y el prodigio del Viernes Santo se cumple una vez más. El Grial -que es la copa en la cual Jesús bebió en la Última Cena y que recogió su divina sangre- se hace luminoso. Desde lo alto desciende una blanca paloma -desciende el Espíritu Santo- entre la mística exaltación de los caballeros del 'Montsalvat'.

Ésta, tal como todos saben, es aproximadamente la trama del drama místico de Ricardo Wagner: es tan sólo a través del mismo que la mayoría de las personas hoy en día sabe algo acerca de la leyenda del Grial. Se trata de un drama místico al cien por ciento, de una devota languidez cristiana que en su momento provocara la áspera revuelta del filósofo del 'superhombre' y de la 'voluntad de dominio', de Federico Nietzsche, en contra de su antiguo amigo, Ricardo Wagner. ¿Pero cuáles son las fuentes de las cuales Wagner ha recabado su drama musical? ¿Y cuáles son las correspondencias efectivas entre tal drama y aquellas fuentes?

A tal respecto se impone un reconocimiento susceptible de ser extendido también a la relación entre las obras de la 'Trilogía' wagneriana y el contenido efectivo de la antigua mitología del Edda. No existe una adecuación con la misma. No hay correspondencia. Wagner ha tomado tan sólo esbozos para formar arbitrariamente un mundo de arte y de música el cual, más allá de su valor estético, en muchos aspecto más que facilitar, desvía de una comprensión verdadera de los significados más profundos escondidos en los mitos y en las leyendas originarias.

Esto vale también para el 'misterio del Grial'. Las fuentes efectivas de esta leyenda, provenzales y germánicas, tales como Chrétien de Troyes, 'Queste du Graal', Robert de Boron, Wolfram von Eschenbach, 'Dù Crône', 'Perlesvous', etc, no concuerdan sino escasamente con los rasgos más relevantes del drama wagneriano. Parsifal no es un 'puro', él ha ya conocido y 'de manera técnica' a Blanchefleur o a Condwriramour, y, en nombre de su vocación caballeresca, ha dejado morir a su madre.

Kundry no es la bella criatura demoníaca, instrumento del mago Klingsor, sino que es una vieja horrible, mensajera de los mismos caballeros del Grial y acusadora de Parsifal. En Wolfram von Eschenbach el 'Grial' no es una copa, sino una piedra, y en el 'Wartburgkrieg' una piedra 'luciferina': en otros textos la misma es un objeto singular que aparece y desaparece y está dotado de un mágico movimiento, sin nada que pueda reclamar ni siquiera de lejos el cáliz de la Eucaristía. Símbolos esenciales, como el de la 'espada partida' y la 'prueba de la espada', el 'rey muerto' o 'en letargo' y su resurrección, han sido totalmente dejados a un lado por Wagner. Y así sucesivamente. Pero además de todo esto, debe decirse que el contexto de los textos nos muestra que la del Grial no es una leyenda cristiana sino tan sólo en la superficie, que sus elementos constitutivos son de  una naturaleza muy distinta y retroceden muy a lo lejos en el tiempo.

La tradición católica en efecto no sabe nada del Grial, y lo mismo puede decirse respecto de los primeros textos del cristianismo en general. La literatura caballeresca florecida alrededor del Grial aparece multitudinariamente en un muy breve período, asociada con un intenso interés y luego desaparece en forma repentina: ningún texto es anterior al primer cuarto del siglo XII, y ninguno es posterior al primer cuarto del siglo XIII. Por lo cual la impresión que se tiene es que se trata de algo subterráneo aflorado momentáneamente, pero enseguida rechazado y sofocado por otra fuerza: casi como si se tratase de una tradición secreta que 'bajo vestimentas extrañas' remitía a una enseñanza muy poco reductible a la de la Iglesia , del mismo modo que la siguiente literatura de los así llamados 'Fieles del Amor' (de acuerdo a los estudios efectuados por Luigi Valli), o la misma literatura hermético-alquímica o, finalmente, la misma tradición de los Templarios. Y es de notar al respecto que Wolfram von Eschenbach denomina exactamente a los caballeros del Grial como 'templeise', es decir templarios.

En cuanto a los objetos que figuran en la leyenda del Grial: una lanza, una copa que da 'alimento de vida', o una piedra que, entre otras cosas, tiene el poder de designar a los caballeros aptos de revestir una dignidad regia, tales objetos se encuentran ya en tradiciones pre-cristianas. Los tres por ejemplo figuran entre los objetos que, de acuerdo a las leyendas irlandesas, la 'raza divina' prehistórica de los 'Tuatha dè Danann' habría traído consigo en Irlanda viniendo desde el 'Avallon', una enigmática tierra occidental que quizás es la misma Atlántida del relato de Platón. Pero hay más. La misma antigua tradición romana presenta singulares correspondencias. Numa constituyó el colegio sacerdotal de los Salios que custodiaba una prenda, concedida por el Cielo, de la grandeza del imperio, 'pignum imperii'. Estos sacerdotes eran 'doce', del mismo modo que doce son los principales caballeros que se sientan alrededor de la Tabla Redonda en el castillo del Grial. Ellos llevaban  un 'hasta' o 'lancea', que es el otro objeto, custodiado, junto a la copa, por parte de aquellos caballeros. Y de tal copa así como también de la piedra regia, que es el Grial, ellos tienen el equivalente, en la medida que cada uno de los Salios tiene, junto al 'hasta', un 'ancile', es decir un escudo, el que sin embargo Dumézil ha demostrado que originariamente tenía el significado de un recipiente que brinda la ambrosía, es decir un místico alimento, propio como la copa del Grial o el recipiente de los 'Tuatha' atlantídeos. Y puesto que, de acuerdo a tal leyenda romana, el 'ancile' habría sido extraído de un aerolito, o piedra divina descendida del cielo, en esto no sólo existe una correspondencia con la piedra regia o 'fatídica' -'stone of destiny'- de los 'Tuatha' (piedra que aun hoy se conserva en Westminster y que es 'negra', negra como el misterioso 'lapis niger' de los Romanos), pero existe también una temática que remite a la versión de la leyenda del Grial, según la cual el mismo Grial habría sido recabado de una piedra caída del cielo, de una esmeralda que adornaba la frente de Lucifer antes de su rebelión. Además, la leyenda nos refiere  que, bajo tal forma, el Grial fue también perdido por Adán, luego fue reconquistado por Seth, pasó finalmente a las manos de José de Arimatea, un caballero al servicio de Poncio Pilato, el cual, luego de la muerte de Jesús, lo llevó -¿adónde?- hacia una región que en algunos textos lleva 'justamente el nombre de la región atlántica misteriosa', patria de los 'Tuatha', la 'raza divina' que ya tenía los objetos equivalentes a los de la leyenda del Grial: en el Avalón, 'insula Avallonis', la 'isla blanca', 'île blanche'. De aquí se desarrolla un nuevo ciclo de leyendas, en donde las epopeyas de los 'caballeros celestes' en su búsqueda del Grial se cruzan con las de la corte del Rey Arturo, es decir con temáticas que provienen de antiquísimas tradiciones célticas, e incluso druídicas.

En todo esto se tienen correspondencias que, para aquel que sabe de la lógica secreta que siempre preside la formación de los símbolos tradicionales, no son para nada casuales y extravagantes. La sustancia originaria de la leyenda del Grial se mantiene también en sus sucesiva forma cristianizada, en tanto que, a diferencia de lo formulado por Wagner, su temática principal no es ni el 'pecado' de Amfortas, ni la 'tentación', no se trata aquí de algo místico, sino de algo esencialmente regio y guerrero: 'es el tema del rey muerto que debe ser vuelto a despertar o vengado y de la espada quebrada que debe ser vuelta a unir', en conexión con una empresa peligrosa y mortal propuesta a un héroe que, sin embargo, al alcanzarla, se eleva a una dignidad trascendente, marcada por esta singular fórmula, que se encuentra en el antiguo texto de Merlín: "Honor, gloria, poder y alegría eterna al Destructor de la muerte".

Roma, 29 de julio de 1935.

EL LLAMADO DE DONOSO CORTÉS A UN FRENTE ESPIRITUAL Y CRISTIANO, por Julios Evola (traducido por Marcos Ghio)

EL LLAMADO DE DONOSO CORTÉS A UN FRENTE ESPIRITUAL Y CRISTIANO, por Julios Evola (traducido por Marcos Ghio)

Un conocido escritor alemán, Carl Schmitt, ha recientemente hecho notar que, examinando la historia europea del último siglo, se nos presenta una especie de reiteración. Él se refiere a la situación que ya se había verificado con los movimientos revolucionarios liberales, socialistas y radicales de 1848-1849, la cual, mutatis mutandi, se ha vuelto a presentar, de manera agudizada, en nuestros días. Sin embargo hay que notar que mientras que desde entonces en adelante, y luego del primer manifiesto del comunismo, por una lado se ha afirmado la interpretación marxista de la historia y de la vida con rasgos cada vez más precisos y sistemáticos, por el lado opuesto, es decir el de las fuerzas del orden, de la conservación y de la autoridad se ha estado muy lejos de desarrollar unas ideas con el mismo grado de coherencia, con algún tipo de continuidad con el encuadramiento católico, tradicional y dinástico de ese entonces.

Schmitt ha efectuado tales consideraciones al hablar de Donoso Cortés, figura de teólogo, de diplomático y hombre de Estado español casi olvidado en nuestros días, quien justamente hace un siglo, con una agudeza de mirada histórica y con una lucidez alucinante, supo ver como pocos otros los problemas y las alternativas fundamentales ante las cuales iba al encuentro de manera inevitable la Europa en crisis. Las ideas de Cortés son hoy en día más actuales que nunca. Y no pueden no recabarse muy escasas reconfortantes conclusiones al observar el plano sobre el cual hoy esencialmente se mueve el catolicismo político, en colusión no tan sólo con la peor democracia sino también con las mismas fuerzas de la izquierda: mientras que tal circunstancia hubiera significado por parte de hombres como el católico Donoso Cortés como una ocasión para recabar la actitud adecuada de una verdadera defensa de nuestra civilización.

De la misma manera que en su momento con De Maistre, fue mérito de Cortés haber entendido que, en su significado más profundo, la antítesis a la cual la Revolución Francesa primero y luego los movimientos de 1848-1849 había dado lugar, tenía no tanto un carácter económico y social cuanto más bien religioso y metafísico. En el 48' la antítesis fundamental parecía ser entre autoridad y anarquía. Pero mirando más en lo profundo y apoyándose en la teología, Cortés remitió el conflicto al existente entre dos interpretaciones antitéticas de la misma naturaleza humana. Allí donde el dogma católico de la caída tiene como consecuencia la concepción de la natural maldad del hombre (que Cortés desarrolló al estigmatizar el carácter obtuso, irracional y demoníaco de las masas), a ello las fuerzas de la subversión le contraponían una seudo-religión de la humanidad que por un lado exaltaba el evangelio del optimismo social y del progresismo y por el otro desembocaba en el Terror dando a conocer así su rostro verdadero. Cortés por lo demás vio con suma claridad la inevitabilidad de un futuro choque cruento y decisivo entre catolicismo y socialismo ateo. El punto más importante es sin embargo que él supo reconocer que el liberalismo burgués y el parlamentarismo eran una cosa híbrida en tanto no habrían conducido a ninguna solución de los problemas.

Para él como para De Maistre, lo esencial era reconocer el principio de autoridad en los términos de una infalibilidad, de un derecho supremo e inapelable de decisión: esto en tanto concebido como el eje de las fuerzas del orden y de la contrarrevolución. Cortés solía decir: "Se avecina el día de las negaciones radicales y de las afirmaciones soberanas"*. Su crítica de la inanidad del parlamentarismo liberal y del sistema de los compromisos es sumamente actual. Con una frase lapidaria, él define a la burguesía como "la clase discutidora"*, como la clase que discute en vez de decidir, de organizarse, de combatir. Esto condujo a Cortés a una conclusión sumamente audaz para un católico de su tiempo: el reconocimiento del derecho de la dictadura. Tal fue el contenido de un famoso discurso que sostuviera el 9 de enero de 1849. Cortés no podía no reconocer la crisis en la cual había entrado el régimen monárquico, minado por el constitucionalismo. Las figuras de reyes son cada vez más raras, él decía, y entre éstas son pocas aquellas que tienen la osadía de reconocer el ser rey de una manera diferente que de la voluntad del pueblo. El frente de la anti-revolución necesita de un poder supremo de decisión. La fórmula de Cortés es: dictadura coronada. Quizás se la podría interpretar así: los reyes que nuevamente 'montan a caballo', que en verdad reinan. Una tal solución él sin embargo solamente la reconoció como impuesta por la necesidad y la dureza de los tiempos a los cuales se iba al encuentro: dictadura coronada para hacerle frente a la dictadura de otras fuerzas, de las fuerzas de la subversión mundial. Y más aun, resultando ello algo asombroso si se piensa que entonces la Rusia aristocrática era considerada como un baluarte de la 'reacción' y que la misma aun militarmente había contribuido a la represión de los motines del 48', Cortés profetizó que habría venido 'la gran hora de Rusia', que Europa se habría hallado frente al gran peligro constituido por la posible asociación entre el socialismo revolucionario con la política rusa: exactamente lo que luego sucedería.

Todos los principales problemas del futuro europeo han sido pues formulados con exactitud meridiana hace 100 años por esta menta lúcida. Lamentablemente las posturas de Donoso Cortés relativas a su apelación a un verdadero frente espiritual y cristiano de defensa europea han quedado en la nada. Es en vez la clase discutidora* la que hoy con astucias y chicanas de todo tipo se ilusiona con estar a la altura de los tiempos, mientras que tales podrían serlo solamente aquellos que por coraje espiritual y por rigor de doctrina no fuesen menos que el hombre de Estado español, al que con estas breves notas hemos querido recordar.

*En español en el texto original.

Roma, 11 de mayo de 1955.

EL 'ROJO' REVOLUCIONARIO Y EL 'ROJO' DE LOS SOBERANOS, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

EL 'ROJO' REVOLUCIONARIO Y EL 'ROJO' DE LOS SOBERANOS, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

En ocasión de las diferentes manifestaciones que entre nosotros se han vuelto vincular con el primero de mayo, se nos ha dado en pensar en un fenómeno sobre el cual más de una vez hemos dirigido nuestra atención y que puede definirse como el de la inversión de los símbolos.

Nos podemos referir en primer lugar al simbolismo del color rojo. Se conoce muy bien aquel cántico que nos dice: "Levántate o pueblo para la liberación, bandera roja triunfará". A partir de la bandera del Terror de los jacobinos en la Revolución Francesa , el "rojo" ha señalado permanentemente las consignas del radicalismo revolucionario, luego fue la insignia del marxismo y del comunismo hasta arribar a las "guardias rojas", a la estrella roja de los Soviet y a la armada roja de la Rusia bolchevique. Y bien, el color rojo, que se ha convertido ya en emblema exclusivo de la subversión mundial, es también aquel que, como la púrpura, se ha vinculado habitualmente con la función regia e imperial, es más, no sin relación con el carácter sagrado que tal función, fue muchas veces reconocido de esta manera. Al rojo de la revolución se le contrapone el rojo de la realeza. La tradición podría remitirnos hacia la antigüedad clásica, en donde tal color, que tenía una correspondencia con el fuego, concebido como el más noble entre todos los elementos (es el elemento radiante que, de acuerdo a los Antiguos, indicaría al cielo más elevado, el cual por tal causa fue denominado empíreo), se asoció también al simbolismo triunfal. En el rito romano del triunfo que, en la antigüedad tuvo un carácter más religioso que militar, el imperator vencedor no sólo vestía la púrpura, sino que en su origen se teñía de este mismo color, en el intento por representar a Júpiter, el rey de los dioses; esto en tanto se pensaba que Júpiter hubiese actuado a través de su persona, en modo tal de ser él el verdadero artífice de la victoria y el principio de la gloria humana.

Resulta superfluo citar ejemplos de las tradiciones siguientes, en razón de la recurrencia del rojo como color de la realeza. En el mismo catolicismo, los 'purpurados' son los 'príncipes de la Iglesia'. Existía el dicho: "haber nacido en la púrpura", con referencia a una cámara del palacio imperial bizantino, en donde se hacía en modo que nacieran los príncipes de la Casa reinante. Entró en el uso de la lengua inglesa la expresión: he was born in the purple, para significar que una persona había nacido en un ambiente regio o, por lo menos elevadísimo. Y con ejemplos de tal tipo que también aparecen en países no europeos, se podría fácilmente continuar. El hecho que, sucesivamente, la asociación del rojo con la subversión puede haber tenido ciertas relaciones con el Terror, con el esparcimiento de sangre que formaba parte integrante de los pregoneros de la religión jacobina de la humanidad, no le quita para nada su carácter singular de proceso efectivo de inversión: el color de los reyes se convierte en color de la revolución. Pero hay más: justamente el uso moderno de la palabra "revolución" acusa una idéntica inversión de significado. En efecto el término 'revolución', en su sentido primario y originario no quiere decir subversión y revuelta, sino justamente lo contrario, es decir el retorno a un punto de partida y movimiento ordenado alrededor de un centro inmóvil: por lo cual, en el lenguaje astronómico la "revolución" de un cuerpo celeste es justamente el movimiento que el mismo cumple gravitando alrededor de un centro, centro que regula la fuerza centrífuga, obedeciendo a la cual el mismo se perdería en el espacio infinito. Por lo cual, en razón de una natural analogía, también este concepto ha tenido un papel importante en la doctrina de la realeza. El simbolismo del 'pueblo' aplicado al Soberano, punto firme, 'neutro' y estable alrededor del cual se ordenan las diferentes actividades político-sociales, ha tenido carácter y difusión casi universales. He aquí por ejemplo un dicho característico de la antigua tradición extremo-oriental: "Aquel que reina  a través de la virtud del Cielo (en términos occidentales se diría 'por la gracia de Dios') se asemeja a la misma estrella polar: la misma permanece fija en su lugar, pero todas las otras estrellas giran a su alrededor". En el cercano Oriente el término Qutb, 'polo', ha designado no solamente al Soberano, sino también a aquel que en un determinado período histórico decreta la ley como jefe de la tradición.

Se puede resaltar por lo demás que la insignia regia e imperial del cetro (que se vuelve a encontrar sin embargo también como atributo de diferentes divinidades celestiales), en su origen ha tenido un no diferente significado. El cetro expresa en el fondo también el concepto de 'eje', análogo al de 'polo'. Y éste es un aspecto esencial de la función regia, base de la misma idea de 'orden'. Gracias al mismo, en un organismo político subsiste siempre algo firme y calmo, a pesar de todo desorden y agitación debida a la contingencia de los tiempos.

La 'revolución' en el sentido moderno, con todo cuanto la misma ha creado, incorpora exactamente el significado opuesto: las fuerzas políticas y sociales se disuelven de su órbita natural, declinan, no conocen ni toleran más un 'centro' (una verdadera autoridad) ni un orden que sea diferente de una forma malamente constituida a través del desorden. La expresión de Trotzky, "la revolución permanente" es el caso límite y, a tal respecto, resulta significativa cuál sea el sentido específico que quería darle su autor. Indica exactamente el punto de vista de la fundamental inestabilidad de fuerzas que en el fondo son las fuerzas mismas del caos y de la materia separada de cualquier principio superior. Éstos son sólo dos casos de 'inversión de los símbolos'. Se podrían dar muchísimos más ejemplos y, de presentarse la ocasión, se podrá volver sobre tal temática. No puede negarse que todos ellos son signos elocuentes y significativos de la 'señal de los tiempos'.

Roma, 4 de mayo de 1955

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EL MUNDO SE HA PRECIPITADO EN UNA EDAD OSCURA, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

EL MUNDO SE HA PRECIPITADO EN UNA EDAD OSCURA, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Es en gran medida sabido que mientras el hombre moderno ha creído y en gran medida aun cree en el mito de la evolución, las civilizaciones antiguas en cambio, casi sin excepción e incluso hasta las poblaciones salvajes, reconocieron en vez la involución, la gradual decadencia del hombre desde un estado primordial concebido no como un pasado semi-simiesco, sino como el de una alta espiritualidad.

La forma más notoria de tal enseñanza es el mito de Hesíodo respecto de las cuatro edades del mundo -del oro, de la plata, del bronce y del hierro- las cuales corresponden a grados sucesivos de la mencionada decadencia o descenso. Totalmente análogo a ello es la enseñanza hindú respecto de los yuga, ciclos de conjunto y sucesivos que son del mismo modo cuatro y que a partir de una “edad del ser” o “de la verdad” satya-yuga, van hasta una “edad oscura”, kali-yuga. De acuerdo a tales tradiciones, los tiempos actuales corresponden al epicentro propio de este último período: nosotros nos encontraríamos pues en plena “edad oscura”.

Si bien la formulación de tales teorías sea antiquísima, de hecho los caracteres previstos para la “edad oscura” corresponden en modo sumamente desconcertante a las características generales de nuestros tiempos. Ello puede ser recabado de ciertos pasajes del Vishnu-pûrana, texto que nos ha conservado gran parte del tesoro de las antiguas tradiciones y de los antiguos mitos de la India. Nosotros nos hemos limitado a agregar entre paréntesis algunas aclaraciones y a subrayar las correspondencias más evidentes.

Comencemos:

“Razas de siervos, de sin casta y de bárbaros se adueñarán de las riberas de la tierra hindú… Los jefes que reinarán sobre la tierra, como naturalezas violentas se adueñarán de los bienes de sus súbditos. Limitados en su poder, la mayor parte de éstos se levantará y caerá rápidamente. Muy breve será su vida, insaciables sus deseos, y ellos casi ignorarán qué cosa sea la piedad. Los pueblos de los diferentes países, que se mezclarán con ellos, seguirán su mismo ejemplo”.

Se trata aquí de las nuevas invasiones bárbaras con la consiguiente invasión del virus del materialismo y de la salvaje voluntad de dominio propia del Occidente moderno en civilizaciones que aun son fieles a milenarias y sagradas tradiciones. Tal proceso como se sabe se encuentra en pleno desarrollo en el Asia.

“La casta predominante será la de los siervos (período proletario-socialista: comunismo). Aquellos que poseen abandonarán la agricultura y el comercio y se convertirán en siervos o ejerciendo profesiones mecánicas (proletarización industrializadora). Los jefes en vez de proteger a sus súbditos los despojarán y bajo pretextos fiscales robarán las propiedades a la casta de los mercaderes (crisis de la propiedad privada y del capitalismo, estatización comunista de la propiedad)”.

“La salud (interior) y la ley (conforme a la propia naturaleza) disminuirán de día en día hasta que el mundo será totalmente pervertido, Sólo los bienes materiales conferirán rango. Como única meta de devoción será la preocupación por la salud física, el único lazo existente entre los sexos será el placer, el único camino para el éxito en las competencias será el fraude y la mentira”. “La tierra será sólo venerada por sus tesoros minerales (industrialización a ultranza, muerte de la religión en la tierra)”. “Las vestimentas sacerdotales se sustituirán a la dignidad del sacerdote”. “La debilidad será la única causa de la obediencia (final de las antiguas relaciones de lealtad y de honor)”. “La raza será ya incapaz de producir nacimientos divinos”.

“Habiendo sido socavados por seres sin fe, los hombres se preguntarán entonces de manera insolente: ‘¿Qué autoridad tienen los textos tradicionales? ¿Qué son estos dioses, qué es la casta que posee la autoridad espiritual (brâhmana)’”. “El respeto por las castas, por el orden social y por las instituciones (tradicionales) será menoscabado en la edad oscura”. “Los matrimonios en esta edad dejarán de ser un rito y las reglas que vinculan a un discípulo con un Maestro espiritual no tendrán más fuerza. Se pensará que quienquiera y por cualquier vía pueda alcanzar el estado de los regenerados (es el nivel democratizante de las pretensiones modernas por la espiritualidad) y los actos de devoción que podrán aun ser ejecutados no producirán más resultado alguno”. “Todo orden de vida será igual promiscuamente para todos (conformismo, estandarización)”. “Aquel que distribuya más dinero será señor de los hombres y la descendencia familiar dejará de ser un título de preeminencia (superación de la nobleza tradicional)”. “Los hombres concentrarán sus intereses en la adquisición, aun deshonesta, de las riquezas”. “Toda especie de hombre se imaginará ser igual a un brâhmana (pretensiones prevaricadoras de la libre cultura académica; arrogancia de la ignorancia). La gente tendrá como nunca un terror por la muerte y se espantará por la pobreza; tan sólo por tales razones conservará la forma (una apariencia) de un culto”.

“Las mujeres no cumplirán más con las órdenes de sus esposos ni de sus padres. Serán egoístas, abyectas, descentradas, mentirosas y se apegarán a las personas disolutas. Ellas se convertirán simplemente en objeto de satisfacción sexual”.

“La impiedad  prevalecerá entre los hombres desviados por la herejía y, en consecuencia, la duración de su vida será mucho más breve”.

Si la actualidad de tal profecía del Vishnu-pûrana tiene rasgos difícilmente refutables, para alcanzar el significado completo de la misma habría que tener un sentido del punto de referencia, es decir de aquello que habrían sido sus orígenes, del estado desde el cual paulatinamente la humanidad habría decaído. ¿Pero qué significado hoy podrían tener para la mayoría términos tales como ‘edad del ser’ y ‘edad del oro’? Lamentablemente ello se reducirá a simples recreaciones mítico-literarias.

En el texto en cuestión valdría la pena notar dos temas ulteriores que mitigan sobremanera las tétricas perspectivas de la “edad oscura”. Haremos de ello tan sólo una mención. El primero es la idea  de que aquel que ha nacido en el kali-yuga y es sin embargo capaz de reconocer los valores verdaderos y la ley verdadera, éste recogerá frutos sobrenaturales difícilmente alcanzables en tiempos más fáciles. “Pesimismo heroico”, diría Nietzsche, y esta idea no es ajena al mismo cristianismo. El segundo punto es que el mismo kali-yuga, en razón de vincularse a un desarrollo cíclico cósmico más vasto, tendrá también un final. A causa de una mutación no simplemente humana se producirá una mutación general. Le seguirá a ello una especie de regeneración, de un nuevo principio.

Esperemos que sea así: y sobre todo que antes no estemos obligados a ir hasta el fondo del abismo, con las delicias que la ‘era atómica’ nos reserva.

Roma, 14 de enero de 1954

LA RAZA DEL HOMBRE FUGAZ, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

LA RAZA DEL HOMBRE FUGAZ, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Resulta conocido por todos el tipo de acción corrosiva que han ejercido en los últimos años acontecimientos de final de guerra y de posguerra en los ánimos de las personas, y entre nosotros en Italia ello es más visible que en otras partes. A pesar de sus exageraciones un libro como La piel de Malaparte es todo un documento de ello. El belga Christian Beltroux ha recientemente publicado un ensayo sumamente interesante dirigido a señalar verdaderas y propias variaciones psicopatológicas del tipo humano del período actual, variaciones generales y uniformes rastreables por todas partes entre los pueblos europeos y en especial en los de Estados Unidos de América, todos los cuales debido a su alcance nos permiten hablar ya de una raza nueva: la raza del hombre fugaz.

Las constataciones de Beltroux relativas al dominio más visible son sumamente obvias. Para caracterizar en modo general al nuevo tipo de posguerra podemos hablar sobre todo de una "anestesia moral". La preocupación por "no perder la cara", es decir el sentido elemental de respeto hacia sí mismo, ha casi desaparecido. Pero aclaremos de cualquier modo que no es que anteriormente fuera posible discernir en todos la existencia de un "carácter". Lo que sucedía antes era que aun en aquellos que no lo tenían subsistía sin embargo el sentido de aquello que ellos habrían debido ser y lo que un tipo humano normal es en modo general. Y bien, justamente esto es lo que está faltando en un gran número de personas: éstas se han hecho lábiles, oblicuas, sin forma, fugaces. Ya carecen de una medida. Su sensibilidad moral se encuentra totalmente "anestesiada". Más aun, respecto de ciertos principios, de una exigencia de coherencia, de mantenimiento de una determinada línea de comportamiento, ellos muchas veces manifiestan un rechazo casi histérico.

Por lo demás, la mencionada inconsistencia no se refiere a aquellos problemas éticos superiores que no se presentan en cada momento a las mayorías. Ella es característica incluso en las cosas más simples de la vida común. Se trata por ejemplo de la incapacidad de mantener un compromiso, de cumplir con la palabra empeñada, con la dirección ya emprendida, con un determinado propósito. Con respecto a todo lo que vincula, que implica algún tipo de compromiso respecto de sí, el tipo en cuestión siente un rechazo mayúsculo. Es decir: él dice una cosa, pero luego hace otra, rehuye el compromiso, y le resulta algo muy natural comportarse de tal manera. Incluso llega a asombrarse cuando alguien se sienta molesto por ello y se lo eche en cara.

El hecho de que tal actitud ya se encuentre generalizada resulta una cosa sumamente preocupante. En los tiempos últimos la misma ha hecho presa en estratos sociales en los cuales hasta el día de ayer predominaba una línea sumamente diferente: entre la aristocracia y el artesanado. La huida del compromiso, la promesa hecha pero luego no mantenida, la falta de puntualidad, la evasión aun en las cosas pequeñas, es todo ello que se ha convertido aquí en algo demasiado frecuente. Y vale la pena señalar un punto muy importante: esto no es hecho de manera conciente y deliberada, sino que se ha convertido casi en un hábito inconsciente. Se es así porque no se puede ya ser de otra manera, más aun muchas veces se lo es en contra del propio beneficio, en razón de una verdadera claudicación interior. Es por tal vía que muchos a los que ayer creíamos vanamente conocer bien y que eran nuestros amigos, hoy se han hecho irreconocibles. Podría decirse que se trata aquí de un hecho 'existencial' que resulta más fuerte que ellos mismos y de lo cual muchas veces ni siquiera se dan cuenta.

Beltroux ha tratado de seguir tal fenómeno en sus repercusiones a nivel de la estructura psicológica. El "hombre de la raza fugaz" acusaría una verdadera y propia alteración psicológica. Son utilizadas aquí las relaciones ya expuestas por Weiniger entre eticidad, lógica y memoria. Las tres cosas en un tipo normal y derecho se encuentran intrínsecamente unidas puesto que el carácter expresa aquella misma coherencia interna que se manifiesta también en el rigor lógico y aquella unidad que permite acordarse, mantenerse en una memoriosa y conciente unidad con nuestro pasado. De acuerdo a Weiniger justamente esta unidad de las facultades caracteriza la psicología masculina frente a la femenina, la cual es en cambio fluida, poco lógica, incoordinada, hecha de impulsos más que de rigor lógico y ético.

Y bien, a tal respecto el "hombre de la raza fugaz" aparece como más mujer que hombre. Ulteriores rasgos suyos característicos de tipo psicológico que operan como contraparte de la "anestesia moral", son la disminución de la memoria, la facilidad con la cual uno se olvida, la dificultad en concentrarse, muchas veces incluso de seguir un razonamiento preciso, la distracción, el pensar discontinuo. Todo esto son visiblemente los efectos de una parcial disgregación que del plano de los principios y del carácter han pasado a repercutir en el de las facultades psíquicas en sí mismas.

Por un lado el fenómeno del colapso que ha sucedido a una prolongada tensión (la que a muchos les impuso la guerra), por el otro, el derrumbe de los valores y de los ideales en los cuales hasta ayer se creyó: éstos son para Beltroux dos de los factores que, además de los generales propios de toda posguerra, han propiciado la formación del tipo fugaz. De cualquier manera, el fenómeno lamentablemente es real, y cada uno de nosotros puede corroborarlo mirando a su alrededor. La constatación no es por cierto edificante. Los tiempos que se están preparando no son propiamente aquellos en los que pueblos, en los cuales una tal característica ha sabido difundirse y asumir rasgos casi constitutivos, puedan estar a la altura de ellos mismos. Esperemos que algún enérgico proceso restaurador y profiláctico tenga lugar antes de que sea demasiado tarde.

Roma, 3 de febrero de 1951.

Este mismo tema ha sido tratado en un capítulo homónimo aparecido en la obra El Arco y la Clava.

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Conversaciones de sobremesa con Hitler, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Conversaciones de sobremesa con Hitler, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Ediciones Longanesi acaba de editar un libro titulado Conversaciones de sobremesa con Hitler, el que nos es presentado como un texto apropiado para esclarecernos sobre la figura de Hitler desde un punto de vista más directo y personal que el que en cambio corresponde a sus diferentes discursos políticos y a su obra principal, Mi lucha.

Sin embargo hay que destacar que es cierto que se trata de anotaciones tomadas a partir de todo lo que Hitler tuvo oportunidad de hablar sobre los temas más variados, en ocasión de expresar  algunas cosas significativas en conversaciones que tenía en la sobremesa con sus colaboradores más cercanos, sobre todo en el Cuartel General; sin embargo las mismas eran luego revisadas en su redacción por el mismo Hitler, a fin de que, como un ipse dixit, pudiesen servir eventualmente como una orientación y directiva con respecto a todo aquello sobre lo que versaban. Además se debe tener presente que, tal como es resaltado en la introducción, también cuando estaba en la mesa Hitler se sentía como en una tribuna, por lo cual las temáticas que son hechas conocer aquí nos presentan varios caracteres de intimidad y espontaneidad.

Por cierto que este libro nos muestra con la mayor crudeza varios aspectos de la persona, de la mentalidad y de la concepción del mundo de Hitler: y, digámoslo enseguida, todo esto está muy lejos de beneficiarlo.

Las anotaciones se refieren al período que va desde la mitad de 1941 hasta el año siguiente. Es el período del apogeo militar alemán, antes de la derrota en Rusia y antes de El Alamein: el período en el cual el sueño del dominio europeo-continental por parte de Alemania parecía muy cerca de realizarse. Ahora bien, en primer lugar las posturas de Hitler respecto de la organización del futuro Reich no pueden no dejarnos perplejos. Todo es concebido de una manera crudamente realista, tecnocrática, y digámoslo "moderna" en el peor sentido de la palabra. No hay una sola referencia a algo verdaderamente espiritual. Una voluntad de dominio en varios aspectos artificial y violenta, como cuando para poblaciones como la rusa se programa un status apto para fomentar científicamente la inferioridad cultural e incluso física con respecto a los grupos germánicos que habrían debido colonizar, explotar y dominar sus tierras.

El mito de la raza superior se encuentra naturalmente en la base de tales perspectivas; pero es el mito tal como es concebido por un diletante, que se conforma con fórmulas vagas usadas como simples instrumentos políticos, en modo tal de comprometer aquello que podría existir de justo en algunas doctrinas antidemocráticas. Si bien Himmler tenía aun una idea sumamente precisa al referirse propiamente a la raza nórdica, Hitler, considerando prevalecientemente en ella lo que es puramente alemán y "germánico" no hizo en verdad racismo, sino en todo caso un exasperado nacionalismo. Es de saber al respecto que el mismo alemán es un conglomerado de diferentes razas, cuya superioridad con respecto a otros conglomerados es por lo menos problemática.

Si en los gustos y en sus apreciaciones relativas al mundo del arte Hitler no va más allá de los horizontes y la sensibilidad de un mediocre burgués wagnerizado, en todo lo que se refiere a la religión, a la Iglesia, a la idea monárquica y dinástica, así como a la nobleza tradicional, debemos decir que en tales conversaciones él desciende nada menos que a la brutalidad y a la vulgaridad de un proletario socialista. Él prácticamente llega a definir, como Marx, a la religión como un opio para el pueblo, como un medio de explotación, como algo oscurantista que el progreso de la ciencia poco a poco hará desvanecer, todo ello en beneficio de una comunidad nacional regimentada dirigida hacia grandezas puramente temporales.

Se sabe cómo han sido recurrentes las referencias de Hitler a la Providencia, de la cual él se sentía el ungido, el protegido y el ejecutor. Ahora bien, no se entiende qué cosa pueda ser tal Providencia, cuando Hitler por un lado, con trivialidad darwiniana, como ley suprema de la vida reconoce el derecho del más fuerte, cuando por el otro excluye como supersticiones cualquier intervención u orden sobrenatural y proclama "la impotencia del hombre ante la eterna ley de la naturaleza", del mismo modo que el más chato y decadente cientificismo.

No faltan en el libro observaciones interesantes e inteligentes sobre distintos problemas concretos. Pero la atmósfera general es muy distinta de la que puede corresponder a un verdadero Jefe, al de aquel que podría estar legítimamente revestido de una autoridad absoluta.

Ritter, que ha tenido a su cargo la edición alemana de la obra, al final de su introducción escribe que la enseñanza a recabar de la misma es que la derrota no  tuvo como causa la superioridad del potencial bélico del enemigo, ni el retraso en la utilización de alguna arma secreta y ni siquiera un presunto sabotaje por parte de las fuerzas de la resistencia. "El hombre mismo y su sistema llevaban consigo la propia condena".

A pesar de todo lo que hemos dicho hasta aquí, nosotros no suscribiríamos tales palabras: y resulta curioso que sea un alemán el que las pronuncia. Un alemán no debería ignorar que Hitler actuó esencialmente como un centro de cristalización de fuerzas sumamente diferentes, las cuales se encontraron unidas bajo el signo de la Cruz Gamada tan sólo para la realización de improrrogables cuestiones de política interna y externa; fuerzas que en gran parte no fueron para nada creadas por el nacionalsocialismo, sino que habían recibido su forma de una anterior tradición más alta. Sistema e ideas no deben ser confundidos con sus falsificaciones y con  todo aquello que en las mismas se resiente de la presencia de factores contingentes. Muchos en Alemania no cometieron tal confusión, sino que se unieron a Hitler tan sólo en nombre de Alemania,  más aun de Europa, a la espera de un sucesivo proceso de clarificación y rectificación que el puro factor militar habría de impedir.

Roma, 19 de febrero de 1953

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