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Biblioteca Evoliana

Entrevista con Evola. "Ave Lucifer". Elísabet Antebi

Entrevista con Evola. "Ave Lucifer". Elísabet Antebi

Biblioteca Evoliana.- La siguiente entrevista y la instrucción que precede, ha sido extraída del volumen "Ave Lucifer" de Elisabet Antebi, publicado en 1970 por Calman Levy y editado en lengua española por Martínez Roca en 1976 (páginas 225-250). El texto que sigue fue publicado como Capítulo I de la tercera Parte, con el título de "Las Eminencias Grises". Para los que conocen la biografía de Evola y su pensamiento, los errores, por desconocimiento y mala transcripción unos yvisiblemente deliberados otros, sutiles algunos y groseros los más, son extremadamenteevidentes y renunciamos a ponerlos de relieve. Si hemos decidido publicar este texto en la Biblioteca Evoliana es como muestra de toda una gama de textos desaprensivos e ignorantes que se publicaron sobre Julius Evola a lo largo de su vida.

"El cielo desciende sobre la tierra, las aguas se elevan hasta el cielo; s6lo las turbinas rompen este silencio metálico. Tal vez baste pronunciar una sola palabra para que el mundo estalle de aire y de r¡sa."

(Julius Evola)

"A nosotros, estos profesores y estos hermanos de la caridad que no hacen más que recordar mitos nórdicos no nos merecen ningún respeto... Me pregunta usted que por qué los soporto. Pues porque contribuyen a la descomposición”. Difícilmente podría encontrarse una definición que cuadrara mejor a uno de los personajes que maniobraban en la sombra de la Italia fascista: Julius Evola. Este aristócrata romano de amplia frente, manos estilizadas y ojos penetrantes, oficial de la reserva del arma de artillería, teórico de un peculiar racismo, dadaísta, fascista, heredero de Catón y de los antiguos romanos, fiel a la idea del Pontifex‑Rex; este hombre que hoy ignora  pretende ignorar el Black y el Flower Power; este personaje para el que la guerra de Vietnam es sólo un problema muy secundario, que quisiera ver saltar por los aires a dos continentes, que compara a Mao con Hitler y que proclama ideas de extrema derecha en una época en que el viento sopla de la izquierda; este hombre al que podríamos apodar el anti‑Wilhelm Reich por las ideas que expone en su Metafísica del sexo, tuvo su momento de gloria y una misión ‑oculta‑ que desempeñar en los círculos nacionalsocialistas y fascistas, donde trabó excelente amistad con Rosenberg, von Pappen, von Gleichen y Himmler, de un lado, y con Mussolini del otro. Filósofo tendencioso, pero importante, en el que se entremezclan las teorías más discutibles con las ideas más avanzadas, “il barone" Julitis Evola, paralítico a causa del estallido de una bomba que le interesó la columna vertebral, residente en el quinto piso de un austero palacio romano ha querido darnos una explicación completa de cuál fue su papel histórico y definir, conforme a sus ideas monárquicas y extremistas, los conceptos de "acción" y de "activismo” de "doctrina" y de "política” de “cristiandad" y de "antisemitismo", de "rebelión" y de "contestación” de "tradición", de "mujer" y de "revolución sexual".

¿Cuáles son en esencia, las ideas de Evola? Desde su adolescencia se interesó por los poderes mágicos. Antes de la guerra de 1939 fundó el grupo "Ur", dedicado al estudio de las técnicas mágicas. Los trabajos de dicho grupo todavía no son conocidos [comentario absurdo, dado que los trabajos del Grupo de Ur fueron publicados en tres gruesos volúmenes con el título de “Introducción a la Magia”]. Resulta difícil saber lo que piensa Evola de las potestades mágicas. La investigación en este campo sigue siendo un secreto. No es partidario de Aleister Crowley, pero tampoco parece repugnarle la magia negra; incluso se dice que en la oscura y tenebrosa morada del Corso Vittorio Enimanuele celebra cada semana una misa negra [comentario estúpido del plumífero que escribe estas líneas y que no merece siquiera ser comentado]. En su opinión, según afirma en Chevaucher le tigre, el otro mundo no es otra realidad, sino otra dimensión de la realidad. La obra del mago debe ser como la del artista, tal como la entendía Nietzche: "Enseñorearse de la confusión que somos cada uno de nosotros, constreñir al caos individual a convertirse en forma, matemática, leyes: [ ... ] nuestra suprema ambición."

Según la tradición védica, el Arbol del mundo hunde sus raíces en el cielo. Por consiguiente, está vuelto del revés y de él se desprende, gota a gota, el licor de la inmortalidad. Según la tradición hindú, el dios Agni cobró la forma de un gavilán, arrancó una rama del árbol y cayó fulminado. En Grecia, Prometeo robó el fuego celestial y un águila le devoró las entrafias. Gilgamesh se apodera del "fruto cristalino" que vino a buscar, pero no puede abandonar aquel lugar. Más afortunados, los ángeles caídos de que nos habla el libro de Enoc, descendieron sobre la cima del Hermón, y los iluminados transmitieron de forma progresiva la magia, el arte que sepulta sus raíces en el más allá.

La liberación de la mente y del sentimiento, operada mediante la ascesis del despertar, permite la acción ubicuitaria, la lectura del pensamiento, la "posibilidad supranormal aseverada en todas las tradiciones mágicas de atraer o liberar de uno mismo determinadas fuerzas sutiles y vincularlas a materias físicas específicas que se cargan con ellas objetivamente, al modo de condensadores espirituales."

Y es que, para Evola, la magia operativa carece de sentido si falta el trasfondo fundamental del esoterismo, aquel que permite ver lo que los demás no vislumbran. Para ilustrar de manera gráfica lo que es el conocimiento esotérico, Evola expone el siguiente ejemplo: dos amigos salen de excursión; uno de ellos se sube a lo alto de un peñasco y deja que su vista se extasíe en la contemplación de un paisaje maravilloso; el otro no ve nada. Entonces, aquél baja de su atalaya y ayuda al compañero a subir a la peña, y éste descubre la hermosa panorámica. En La Tradición hermética, Evola escribe: "Por definición, el iniciado es un ser oculto, y su senda no es visible ni penetrable. Llega del lado opuesto al que confluyen todas las miradas, y adopta como vehículo de su acción sobrenatural lo que parece más natural. Uno puede ser amigo, compañero o amante suyo, puede poseer toda su estima y confianza, pero no por ello deja de ser otro, distinto del que todos conocen. Sólo cuando hayamos penetrado en su reino nos daremos cuenta de este otro y es posible que entonces casi tengamos la sensación de haber caminado por el borde de un abismo."

El soporte esencial de toda su teoría es la “Doctrina del despertar". Para alcanzar esta iluminación (la raíz budh de Buda significa "despertarse"), es preciso aceptar una ascesis (de askein, "ejercitarse” o sea poner todas las fuerzas al servicio de un principio central. Si uno se aviene a rechazar la tentación de toda "mitología" religiosa, teológica o ética, es posible, bien permanecer en el mundo y convertirse en un "cakravartin", señor de la rueda, soberano universal, rey de los restantes reyes, o bien, renunciando al mundo, transformarse en el Sambuddha, el iluminado absoluto, "el que ha levantado el velo". El yo, principio supraindividual, se define por el "netineti”, "ni eso ni aquello"; o sea, por nada que pertenezca al mundo condicionado.

La muerte no es un problema; la vida no comienza ni termina. En una bella comparación, Evola la parangona al sonido de la cuerda del laúd, nacido del rasgueo, y que muere sin dejar de existir. 0, también, como una vela encendida con la llama de otra vela, sin que la primera sea distinta de la segunda. "No hay nada que esperar, nada que temer. El corazón no debe latir por obra del miedo o la esperanza."

¿En qué consiste el "despertar" de Évola? "Hay personas que, en determinados momentos, tienen la posibilidad de despegarse de ellos mismos, de ir más allá del umbral, de sumirse cada vez más hondo en las oscuras profundidades de la fuerza que sostiene su cuerpo y donde esta fuerza pierde su nombre y su individuación. Es en tales momentos cuando uno tiene la sensación de que esa fuerza se amplifica, recupera el yo y el no yo, invade toda la naturaleza, substantifica el tiempo, transporta miriadas de seres como si estuvieran ebrios o alucinados, adoptando mil formas distintas; fuerza irresistible, salvaje, inagotable, incansable, ¡limitada, consumida por una insuficiencia y una privación eternas”. Quien llega a tan temible percepción, semejante a un abismo que se abre de improviso a nuestros pies, se hace dueño del misterio del samsara y vive plenamente la anatta, la doctrina del no yo. Esa es, en esencia, la base de toda la doctrina del despertar."

Si bien "el tipo del asceta y del iluminado por el déspertar puede darse en el seno de cualquier casta” Evola cree que el budismo es, ante todo, una emanación de la casta guerrera de los Kshatryas. Y es, en este punto, donde difiere profundamente de las opiniones de René Guénon.

Este último nace en Blois, en 1886, de padres muy católicos, y cuenta diez años más que Julius Evola. Tan pronto se instala en París frecuenta el círculo de Papus y de los ocultistas, ingresa en la francmasonería, estudia las doctrinas hindúes y mantiene contacto con diversos eruditos. En 1912, y al igual que hicieran antes Henri de Monfreid, Lawrence de Arabia y Fernando Pouillon, se convierte al Islam. En 1921 publica su primer libro: Introduction á l'étude générale des doctrines hindoues. Se muestra hostil a las falacias espiritistas, a la teosofía y previene a Oriente ante la contingencia de un declive acelerado en Orient Occident, y más tarde, en Crise de la civilisation moderne. "Vivimos en el reinado de lo cuantitativo ‑dice‑; nos dedicamos a escarnecer los valores tradicionales, y entregamos el alma por un poco de bullicio y excitación. ¡Sustituimos los conceptos de «bien, y «verdadero» por la noción de «vida»!"

En El Cairo adopta el nombre de Cheik Abdel Wahed Yahia, conoce a Gide, que lo menciona en su diario, y vive en un retiro secreto junto con su segunda esposa, una mujer árabe. Guénon murió invocando a Alá. Hoy, su influjo se deja sentir cada vez con mayor intensidad. Pero si Julius Evola se vio profundamente influenciado por Guénon en lo tocante a sus ideas sobre la tradición y el esoterismo, siempre se mostró contrario al papel de Pontifez, según lo concebía Guénon, es decir, como intermediario entre el cielo y la tierra, como arca de la alianza. Para Evola, el kshatrya domina al brahmán. Concibe al hombre y al mundo como principios ternarios, trinidad que se encuentra también en los evangelios, donde el demonio tienta primero al cuerpo de Cristo, luego a su alma, y por último a su mente. Esta idea hallará un siniestro eco en su doctrina de la Sangre y de la Raza. En la parábola de los reyes magos, "el Mahánga ofrece a Cristo el oro y le saluda como «rey» (cuerpo), el Mahatma le ofrenda incienso y le saluda como «sacerdote» (alma) y,en fin, el Brahatma le entrega la mirra (bálsamo de la incorruptibilidad) saludándolo como «profeta» o maestro espiritual por excelencia."

En Evola todo parece reforzar ese poder del kshatrya y la preminencia del poder real sobre el poder sacerdotaL Recuérdese que Cristo pertenecía a la tribu real de Judá y no a la tribu sacerdotal de Levi. Por otra parte, "no debe considerarse como fortuito que la tradición hermético‑alquímica haya reivindicado para sí el arte real, y que haya escogido como el principal de sus símbolos el emblema regio y solar del oro". La edad de oro vendría a corresponder a la realeza, la de plata al sacerdocio, la de bronce a la violencia y a la guerra, y la edad de hierro (la nuestra), a la civilización profana.

Las ideas que sustenta Evola en esta materia las desarrolló sobre todo en El misterio del Grial y la idea ¡mperial gibelina: Arturo, nombre del rey de la Tabla Redonda, significa "oso", en céltico, y encarna la fuerza viril, en relación con la constelación polar (vemos asomar aquí las teorías hiperbóreas): "El elemento «polar», el elemento hiperbóreo y el elemento real convergen en la persona de Arturo." Los caballeros de la Tabla Redonda son doce, cifra del Zodíaco. En tal caso, Merlín vendría a representar el poder espiritual y trascendente. Por otro lado, "la sede del Grial se nos presenta siempre como un castillo, nunca como una iglesia o templo."

Pero para acceder a la iniciación del despertar se requiere, además, plantear la pregunta correcta. En este punto enlazamos con la idea de Gurdjieff. En efecto, se dice que un día el rey Federico recibió del preste Juan un ropaje incombustible, el agua de la eterna juventud y un anillo con tres piedras preciosas; pero el monarca no preguntó las propiedades de cada uno de ellos, limitándose a dar las gracias por el obsequio. Entonces, el preste Juan volvió a privarle del obsequio. Y es que los tres poderes: vivir bajo las aguas, ser invulnerable y tornarse invisible son las'tres potestades fundamentales del iniciado, grado que el rey Federico no había alcanzado. En una estampa de Da Barberino vemos representadas siete parejas, una de ellas andrógina: son los estados del ser en los respectivos niveles de iniciación. La misma búsqueda del Grial equivale a la busca de la palabra perdida en la masonería, del nombre de Dios en los judíos, del Soma hindú y del Haoma persa.

Pero es forzoso que el conocimiento iniciático permanezca oculto; de aquí los antiguos "misterios". El término "musticos" deriva de "Muein” que significa "cerrar", y, entre otras acepciones, "cerrar la boca" consiste exactamente en ocultar aquello que se tiene por ins6lito. Hoy hemos entrado en la era de Kali, la diosa maléfica, eri la edad de hierro, en el signo de Acuario. Por consiguiente, es preciso "cabalgar el tigre” y ello conforme a una fórmula del Extremo Oriente según la cual "si uno logra cabalgar a lomos de un tigre, impide que la fiera se arroje sobre él, y, además, si logramos aferrarnos y mantenernos firmes sin caer, incluso puede ocurrir que terminemos por dar buena cuenta de ella." Es también el símbolo degenerado del dios Mitra que hallamos en las carreras de los jóvenes frente a toros de cuya cornamenta pende la divisa de la victoria. Sin embargo, hoy, el hombre es constitucionalmente diferente de como era el mundo de la tra­dición. Evola se da cuenta de ello, pero no concibe ninguna auténtica salida.

"También, bajo el signo de la feminidad, encontramos todo el mundo telúrico y activista moderno; lo que predomina en él es una forma interior, antiaristocrática, de acción." Al contrario de André Breton, Evola no vislumbra el aspecto fecundo y rico en poderes ocultos de la mujer. Esta presenta siempre una doble faz: la de Atenea y la de Afrodita; la que sirve de guía y la pérfida; la fuerza vivif¡cante que permite al hombre acceder al conocimiento trascendente, o bien Orgeluse de Logrois, la que provoca la herida de Amfortas en la obra de Wolfram von Eschenbach.

Si en la entrevista que transcribimos a continuación puede parecer que nos apartamos del esoterismo, debemos precisar que ello no es cierto en modo alguno, ya que, para Julitis Evola, mujer, sexo, política, racismo y tradición derivan de la magia. Los guepardos no han muerto. He aquí "la palabra oscura del paisaje interior" del barón Giulio Caesar Evola, conocido como Julitis Evola:

‑Las ideas de René Guénon, que, por otra parte, usted tradujo al italiano, ¿ejercieron gran influjo en su pensamiento?

‑Sí, con la salvedad de que Guénon es un brahmán, como dirían en la India antigua, un pensador apartado del mundo, mientras que yo soy un Kshatrya, un guerrero, un hombre de acción.

‑En La crise du monde moderne éste es, precisamente, el reproche que Guénon formula al hombre occidental: el haberse convertido en un ser de acción inmediata, olvidándose de los valores espirituales, lo cual, según él, es una de las causas de la decadencia de Occidente.

‑Guénon admite que al principio había un poder único. Realeza y sacerdocio eran la misma cosa. Se trata de un fenómeno que se ha mantenido en países como Japón. Luego, Guénon comprueba ‑y yo estoy de acuerdo con él‑ que en un momento dado ambos polos se separan. Pero, según su idea, la condición normal sería la reincorporación al seno de la antigüedad primordial por me­dio de la realeza, la cual, al modo de autoridad suprema, recibiría el crismón de la casta sacerdotal, o sea de la Iglesia cristiana; y en eso sí que discrepo.

Según mis convicciones, la acción puede integrarse de forma autónoma a la vida espiritual. Estas ideas que ex­preso están contenidas en una de mis obras más importantes: Rivolta contro il mondo moderno, publicada en Italia, en 1934, y un aflo más tarde en Alemania. En ella tuve oportunidad de plasmar todas las luchas entre las fuerzas referidas, de un lado, a la tradición real, y de otro, a la tradición sacerdotal.

‑También aborda el tema en El Misterio del Grial.

‑Sí, quise demostrar que durante la Edad Media, en la literatura caballeresca y, sobre todo, en el ciclo de la Tabla Redonda, se aspiraba a recrear la unidad primordial bajo el signo de la realeza y de la acción, y que la razón más profunda de la lucha entre el Imperio y la Iglesia no es sólo, como pretende la historia, una cuestión de primacía temporal, sino la pretensión de soberanla que siempre mantuvo la Iglesia, y como señala Dante, la que tuvo el Imperio de asumir la dignidad sobrenatural de la Igle­sia. La historia del Grial es esencialmente hiperbórea y precristiana, al contrario de la interpretación que le han dado hombres como Wagner.,

‑Así, pues, ¿trata usted de descubrir en eso obra la auténtica tradición de Occidente?

‑Si. En La Crise du monde moderne, o en Autorité spirituelle, et pouvoir temporel, Guénon afirma que la tradición occidental es el catolicismo, y que las tentativas de recuperación por parte de Occidente deberían apuntar a devolver al catolicismo su dimensión metafísica y tradicional, ahora olvidadas.

Por mi parte, también creo que Occidente se ha orientado hacia la acción; por consiguiente, es más lógico formular una tradición bajo el signo de la acción que no de la contemplación.

A partir de Rebelión contra el mundo moderno mantuve una correspondencia regular con Guénon. El siempre me contestaba, pues era un hombre de exquisita cortesía, pese al violento cariz que adopta en el curso de sus polémicas.

‑¿Cuáles eran, en resumen, las ideas que exponla usted en su libro?

‑No era un panfleto, como el título podría inducir a creer; es un título liviano y superficial, como las famosas "contestaciones" de hoy. En la primera parte, "El mundo de la tradición", tomo como base el estudio comparado de los textos que van desde el Extremo Oriente hasta la Edad Media, desde Egipto al Perú, y del Perú a los antiguos mitos nórdicos, y trato de descubrir las constantes de diferentes fuerzas tradicionales cuya característica general era la de sostener que toda la vida estaba orientada de arriba abajo. En la segunda parte, "Génesis y semblante del mundo moderno” esbozo una especie de metafísica de la historia, desde la prehistoria hasta nuestros días. No intento ser original, sino que pretendo ver qué es lo que puede sacarse en limpio de una cierta ensefianza casi impersonal, pero que existe.

‑¿A qué llama usted una cierta enseñanza casi impersonal?

‑Seguimos un mecanismo de involución y no de evolución. Desde el punto de vista espiritual, la historia experimenta un mecanismo de degradación más que de progreso...

‑...Lo que escribe usted en Metafísica del sexo: «No es el hombre el que desciende del mono, por evoluci6n, sino que el mono proviene del hombre por involución." Al igual que piensa usted de Maistre, nosotros también creemos que los pueblos primitivos no son los pueblos originales, sino vestigios degenerados, crepusculares, nocturnos, de razas más antiguas hoy por completo extintas.

‑Exactamente. Y mi punto de vista se basa en la doctrina de las cuatro edades, que hallamos en todas las traiciones: hindú, germánica, griega, etc. Es una doctrina carente de autor, de paternidad y, por lo tanto, impersonal; pero tiene ese carácter de constancia que descarta la pura coincidencia.

‑Antes de concentrarse de manera específica en el estudio de las ciencias tradicionales, usted ejerció actividades que hoy llamaríamos inconformistas. Oriundo de la nobleza romana, de repente se convierte usted en dadaísta. ¿Por qué?

‑En Il cammino del Cinabro relato ciertos episodios de mi vida, mi itinerario espiritual. Son anotaciones que hubieran debido aparecer después de mi muerte; pero, por desgracia, mi editor no quiso esperar hasta entonces. Un oscuro deseo de liberación, de afán hacia un difuso más allá, me impulsó a interesarme en la vanguardia de la época, por lo que había en ella de anárquico, de anhelo de escapar de los módulos aceptados. En Italia, antes de la Primera Guerra Mundial, estuvo de moda el futurismo. Pero se continuaba atribuyendo demasiada importancia a lo sensorial, a una especie de impresionismo arrebatado y vehemente.

Así pues, primero conocí el dadaísmo indirectamente, a través de la revista Dada, impresa en Zurich y, más tarde, entré en contacto con Tristan Tzara.

‑¿Qué supuso para usted la experiencia dadaísta?

‑Me adherí a este movimiento por su carácter de tendencia‑límite y no en tanto que movimiento artístico. Si se pretendía obrar con seriedad, era imposible mantener eternamente aquella actitud. Uno termina por desandar lo andado, como hicieron Aragon, Breton y, en parte, el propio Tzara; o bien opta por el suicidio, lo que no deja de ser una solución coherente; o se prescinde de todo, que es lo que yo intenté hacer, dentro de mis posibilidades. A partir de 1922 me separé de los dadaístas.

‑¿Nació su interés por la magia en aquellos momentos?

‑Yo poseía ya una cultura oriental, pero poco especializada. justamente después de mi experiencia dadaísta publiqué mis dos libros sobre el individuo absoluto, obras que no aconsejaría leer a nadie porque están escritas con la clásica jerigonza universitaria. Fueron editadas hacia 1930 y cuando quise releerlas, treinta afíos después, tuve que hacer un verdadero esfuerzo para concluir la lectura. Pero, por aquellas mismas fechas, también escribí Ensayos sobre el idealismo mágico, expuestos en la línea de las ideas de Novalis. Por aquel entonces, todo el mundo, en Italia, andaba embarcado en el neohegelianismo de Croce y otros filósofos italianos. Yo conocía algunas obras de cuya existencia apenas tenían noticia los propios franceses, como las de Lachelier, Lagneau, Weber. Lachelier, en particular, decía: "La filosofía moderna es la reflexión que conduce al reconocimiento de su impotencia y a la necesidad de pasar a la acción para resolver sus problenias."

‑¿Y fue, entonces, cuando fundó usted el grupo Ur?

‑"Ur" se ocupaba esencialmente de esoterismo. Intentamos organizar un reducido círculo operativo, absolutamente técnico y privado.

‑¿Por qué ese nombre «Ur"?

‑Esta apelación puede ser la raíz de la palabra "fuego” pyr en griego, y uro en latín. También es el prefijo que, en alemán, significa "primordial". Este grupo desarrolló su actividad en el periodo 1928‑1929. Yo tomaba anotaciones, que luego publicamos en un libro hoy agotado: Introducción a la magia.

‑¿Qué entendía usted, entonces, por filosofía de la acción?

‑Cuando me centré en el estudio de las tradiciones fundamentales, escribí, hacia 1925, El Yoga del Poder. No se trataba de activismo, sino de una superaci6n de la condición humana.

‑¿Conoció usted a Gurdfleff?

‑No, personalmente, pero creo que era más importante lo que hacía que lo que decía. No conviene prestar demasiados oídos a los sujetos que han sido algo en la vida. Se corre el riesgo de que aquéllos no tengan la suficiente cultura para exponer sus ideas o soslayen el verdadero núcleo de su personalidad.

‑En una obra reciente, Werner Gerson escribe: «Según se dice, Evola fue consejero oficioso de Mussolini en materia de romanidad esotérica y de resurrección del Imperio concebido al estilo gibelino. A partir de 1936, fue el director iniciático de un Comité de Acción para la Universalidad de Roma (CAUR), el cual, tras un congreso mundial celebrado en Erfurt, se convirtió en un asociado del Weltdienst nazi que dirigía el coronel Fleischauer." ¿Qué hay de verdad en todo ello?

‑Eltal coronel Fleischauer era un antisemita antimasónico. Yo fui invitado al Congreso de Erfurt en calidad de observador, pero sin tomar parte activa en el mismo. Por otro lado, allí conocí a los miembros de la Revue Internationale des Sociét¿s Secrétes, de Monseñor Jouin.

A diferencia de R. Guénon, yo no me limité a exponer doctrinas tradicionales, sino que traté de indagar cuáles podían ser las posibilidades de llevarlas a la práctica. Guénon era un hombre prudente, un contemplativo, que a pesar de oponerse a todas las academias habidas y por haber, hubiera podido ingresar en la Sorbona.

Por consiguiente, analicé las consecuencias que podían derivarse de las doctrinas tradicionales en el sentido de una organización social y política del Estado. Vistas así las cosas Rivolta contro il mondo moderno puede considerarse como el texto fundamental de la WeItanschaung de un fascismo purificado. Antes, allá por los afíos treinta, publiqué un panfleto rebosante de pathos revolucionario y anarquista, Imperialismo pagano, editado con un "Apéndice polémico sobre la reacción del partido güelfo", en el que confrontaba al fascismo con el siguiente dilema: o bien se dedican ustedes a bromear y a parlotear sobre cuestiones banales, o bien se plantean en serio la idea de "romanidad" (o sea, de tradición romana), como alma que es de su movimiento. En este último caso, deben solventar la cuestión del cristianismo, en la medida en que vuestra moral quedará vinculada a las realidades paganas, incompatibles con una visión católica de la vida.

Este panfleto desencadenó un escándalo. El Osservatore romano, órgano del Vaticano, pidió explicaciones al fascismo. Hubo una revista católica que publicó como folletín Respuesta a Satán. Después de todo ese alboroto, en el extranjero empezaron a fijarse en mí, y creyeron que yo era la eminencia gris del fascismo...

‑Y en Roma continúan pensando así...

‑Rosenberg fue el que más. Por lo visto, creyó que yo era su par italiano. Todo era mentira.

‑¿Y todavía lo es?

‑Atienda. Rivolta contro il mondo moderno era una obra mucho más seria que este panfleto, y no tuvo ningún eco en Italia. En aquellos días, la cultura fascista estaba por los suelos. Se gritaba "viva el Duce” y nadie se preocupaba de las cuestiones doctrinales. Se produjo, entre otros, aquel escándalo de la creación de una Academia italiana calcada sobre el modelo de la Academia francesa, y en cuyo seno todo el mundo era antifascista o agnóstico. El propio Mussolini era un socialista ateo, influido por Sorel y Nietzsche.

En consecuencia, fue en Alemania donde el libro tuvo gran repercusión. La situación allí era muy distinta. Re­queriría demasiado tiempo analizar las fuerzas en presencia, cuando la génesis del nacionalsocialismo. El hecho más importante era que la cultura alemana, aparte ciertos matices académicos y pedantes, estaba sensibilizada al mito y al símbolo, al contrario que los italianos, racionalistas y católicos. En nuestro país, sólo el filósofo Gian Battista Vico, en el siglo XVIII, constituyó una excepición, mientras que en Alemania el romanticismo preparó el terreno.

De otro lado, quedaban los vestigios de una sociedad feudal, el prusianismo y sus ambiciones, la nostalgia del Deutsche Ritterorder de los Caballeros de la Orden Teutánica. Todos esos medios estaban interesadísimos en mis ideas, tanto más cuanto que yo partía de la idea de una raza boreal primigenia más que de una raza aria. Por lo demás, el término "ario" pertenece al vocabulario filosófico.

‑Tengo entendido que conoció usted a Himmler, ¿no es cierto?

‑Sí; demostró por mí un interés especial. En la última fase del nacionalsocialismo, se produjo un encuentro bastante curioso entre el ala conservadora, representada en especial por la Reichswehr, o sea el ejército, y el Herrenklub, el "club de los señores” que presidía el barón von Gleichen, con el cual me unía una íntima amistad. Así pues, a partir de 1935 fui invitado a Berlín. Cada semana, el círculo de los Junkers invitaba a una personalidad, alemana o internacional. Por lo demás, quiero precisar que si alguien se imagina que los concurrentes eran unos gigantes rubios de ojos azules, se hubiera llevado un gran desengaño, pues la mayor parte eran individuos obesos y de corta estatura. Después de la cena y del ritual de los brindis, el invitado tenía que pronunciar una conferencia. Y así, mientras aquellos señores fumaban sus cigarros y bebían a pequeños sorbos su jarra de cerveza, yo hablaba. Fue entonces cuando Himmler tuvo noticias acerca de mí. Tenía el proyecto de recrear las excelencias del orden teutónico y dotarlo de una base filosófica. La noche de los cuchillos largos, del 30 de junio de 1933, en que murieron asesinados Röhm y los mandos de las SA, se produjo porque aquel había reprochado a Hitler su complicidad con los "barones de la industria y del ejército” y porque quería desembarazarse de la Reichswehr prusiana y reaccionaria para sustituirla por un ejército revolucionario y social, al estilo de Mao Tsé­tung.

A partir de entonces, las SS cobraron mayor impor­tancia, y se convirtieron en una especie de Estado dentro de otro Estado gracias a Himmler, que andaba de acá para allá pregonando las excelencias del orden; de un orden fundado en la idea de la raza. Tuvo lugar entonces un acercamiento entre el Herrenklub y las SS. A todo lo cual hay que añadir la importancia que revestía la comisi6n de la Ahnenerbe, o "legado de los ancestros". Bajo el signo de este acercamiento Himmler celebró, entre 1937 y 1938, una serie de conferencias en grupos reducidos para la oficialidad de las SS, en las que participé como invitado. Además, conocía íntimamente al canciller von Pappen y, en Austria, a Karl‑Anton von Rohan.

En este medio, opuesto al "populismo dictatorial" del nacional‑socialismo' mi obra fue muy bien acogida. Por otro lado, siendo extranjero e italiano podía decir cosas que hubieran enviado a cualquier otro a un campo de concentración.

Y, sin embargo, mi doctrina de la raza no era la misma que la de los alemanes. Su concepción de la unidad ‑equívoca‑ del alma y del cuerpo, los llevaba a determinar las cualidades morales a partir del fondo biológico. La concepción de la raza corresponde, a todas luces, a la concepción que uno tiene del hombre. Desde el punto de vista tradicional, el hombre no es "bios", vida, materia animada. Los tres elementos fundamentales siempre han sido el cuerpo, el alma y la mente. Por lo que toca a la cuestión judía, la cosa adquiere matices un tanto especiales puesto que interviene una serie de factores sociales. Pero ser ario no es patrimonio exclusivo de un pueblo. El concepto de una "raza alemana" es absurdo.

‑¿Podría usted precisar su ideario a propósito del problema judío?

‑En El mito de la sangre esbozo el curso de la historia de la raza humana, desde la antigüedad hasta Hitler. En ella dedico todo un capítulo a los judíos, que corresponde al ensayo, publicado en Alemania sobre la Studenten judenfrage, sobre la génesis del hebraísmo como fuerza destructora.

‑Y, según usted, ¿cómo se manifiesta esta fuerza destructora?

‑El judío es un ser desarraigado. El más peligroso no es el hebraísmo tradicional, sino el que carece de patria, de,plataforma visual. Según el Antiguo Testamento, Jehová prometió a Israel todas las riquezas de la tierra y una vara de acero para gobernar el mundo. Ahora bien, resulta que este pueblo que se consideró a sí mismo como el pueblo elegido, como el primero, se ha visto confinado al último lugar, perseguido. Este sentimiento de odio enraizó en el inconsciente y determinó ciertas formas de comportamiento. Como Marx, creen estar en posesión de una cierta ideología, pero esta desazón deriva de una impugnación profunda de todo lo existente.

‑¿Es en esta acusación formal de la "raza judía" cuando usted entroniza determinados valores tradicionales, como la cábala?

‑No, por supuesto. En el plano de la tradición sería un tanto frívolo crear oposiciones de esa índole. Sólo las formulaciones son diferentes. A determinados niveles se produce un acuerdo entre "los que saben". Pero, por otra parte, los judíos oscilan sin cesar entre su naturaleza pri­maria, de apetitos groseros, carnales, y sus aspiraciones de redención. Unos optan así, por el rigorismo ascético y detestan lo carnal; este es uno de los elementos que el judaísmo ha transferido a la religi6n cristiana. Por otro lado, se dan cuenta de que lo absoluto va en contra de la realidad, y entonces se hunden en esta realidad pecaminosa, buscando coartadas para proyectar este fracaso en otros pueblos.

Con esos dos ingredientes de su idiosincrasia: el impulso de rebeldía nacido de un complejo de resentimiento, de un lado, y esta Schadenfreude o placer maligno que les produce subrayar la falsedad de los ideales de otros pueblos, se puede llegar a Freud o a Max Norda.

‑En tal caso, el ideal de trascendencia que usted pro­pone ¿se opone al análisis freudiano de las profundidades del inconsciente?

‑¡Querrá usted decir de los bajos fondos! Con una especie de obsesión enfermiza, Freud indaga cuanto de subpersonal hay en el hombre. Sería preciso psicoanalizar el psícoanálisis.6

‑¿Y sus teorías no llevan a Auschwitz? En una conversación que sostuvimos con anterioridad, usted me confesó que condenaba las atrocidades cometidas por los alemanes. ¿Acaso una cosa no conduce a la otra? ¿No cabría considerar como profético este verso que usted escribió en 1921: "Somos asesinos de manos carbonizadas que contemplamos el sol?»

‑Al principio, en Alemania, sólo se pretendía un apartheid.

‑¿De modo que favorece usted la existencia del Estado de Israel?

‑Si es que existen judíos peligrosos, desde luego no son los que habitan en Israel, cuyas gentes trabajan, se organizan y dan prueba de extraordinarias dotes militares. Los peligrosos son aquellos que habitan en las grandes urbes de Occidente, a los que la democracia deja libres las manos. Por otra parte, en el caso de que alguien pretendiera hoy replantear la cuestión judía, llegaría tarde, pues ya no existe. Como le decía, opino que es mucho más importante la cuestión de la raza “interior". Por lo demás, las actitudes por las que se juzgaba indeseables a los judíos se hallan en la actualidad tan extendidas entre los buenos arios, que sería injusto y carecería de justificación proceder encima a una discriminación.

‑¿Tuvo usted amigos de raza judia?

‑Sí; sobre todo amigas. Si ha leido usted Sexo y carácter, de Weininger, comprenderá el porqué. Weininger, cuya obra traduje al italiano, es un judío que procesa a los demás judíos. Ante todo, señala, es preciso determinar con carácter previo quién es judío, del mismo modo que se establecen las propiedades del triángulo sin tener en cuenta el triángulo de la realidad. Luego, según ese esquema, hay que examinar en qué grado se halla extendida la condición de judío. Los judíos siempre han tenido necesidad de sobrevivir y de saber mentir. Ahora bien, Weininger, que pertenecía a esta raza de ascetas a que antes me refería, y que consideraba a la mujer como un instrumento del diablo, realiza una extraña comparación entre la mujer y el judío: el hombre es a la mujer, dice, lo que el ario es al judío. La mujer miente como miente el judío, y, por lo tanto, nadie es mujer a tan justo título como la hembra judía.

También profesé una gran estima a Michélstaedter, hijo de un judío de Goritzia, autor de un libro sobre la filosofía de la idea pura. Al igual que Weininger, se suicidó a los veinticinco años, y su sobrino, amigo mío, también se suicidó a la misma edad. Teniendo en cuenta su dualismo, estos seres atravesaban una profunda crisis, y terminó por producirse un chispazo, un cortocircuito.

‑Volvamos al capítulo de sus relaciones con Mussolini.

‑Durante la época en que yo pronunciaba conferencias en Alemania, Mussolini empezó a interesarse por el racismo. Por tres razones:

*Italia había conquistado Etiopía. Se trataba de fomentar una especie de orgullo nacional entre los colonos italianos para evitar el mestizaje. Este tipo de racismo se parecía menos al racismo fanático alemán que al racismo sutil que los ingleses practicaban en sus colonias.

*En segundo lugar, Mussolini se dio cuenta de que una revolución no pasaba de ser una humorada sin la imagen previa de un hombre "nuevo", Il nuovo Italiano. Todo ello, partiendo de la base de que si se inculca una idea de forma sistemática y pertinaz, ésta termina por ejercer una influencia en la realidad física.

justo al comenzar la guerra, Mussolini leyó mi Síntesis de una doctrina de la raza, obra en la que yo exponía las teorías que antes había explicado en Alemania, y me mandó llamar. Aquello fue en verano, y por esa época yo tenía la costumbre de recorrer los glaciares en compañía de algunas muchachas, sin dejar ninguna dirección. Cuando, al fin, fui conducido a presencia de Mussolini, éste me espetó todo un discurso en presencia del ministro de Cultura Popular para felicitarme y pedirme que colaborara con él. Yo le dije: "Pero Duce; yo no soy fascista” pues es lo cierto que jamás he estado afiliado a ningún partido, y tanto en Italia como en Alemania, me limitaba a prestar mi apoyo a los movimientos en los que tenía esperanzas de poder inocular fuerzas positivas.

‑¿Y cuáles eran, en su opinión, estas posibilidades positivas?

‑Todas se hallan expuestas en El Fascismo. Ensayo de un análisis crítico desde el punto de vista de la derecha.

Escribí este libro pensando, sobre todo, en los alemanes ‑proseguí diciendo al Duce‑; pero puesto que usted aprueba las ideas que en él se exponen, tal vez sería útil ejercer a nuestra vez, un influjo sobre los alemanes. No hay ningún pueblo europeo de raza pura; por lo tanto, se trataría de realzar el elemento dominante como configurador de los restantes. Con este criterio se planteó en Alemania el mito de la Aufnordung, o sea la "nortizacíón". En el caso de los romanos, predominaba el elemento ario‑romano. "Además, le propongo la creación de una revista ¡talo‑alemana que se llamaría Sangre y Espíritu." Mussolini dio su conformidad. Yo me encargaría de todo lo relativo a Italia y Rosenberg y Gross de la problemática alemana. Por desgracia, el proyecto no llegó a prosperar.

‑¿Cuál era la posición de Himler?

‑Las SS pretendían adueñarse de los centros neurálgicos del Estado, lo que provocaba una tensión entre ellas y el partido nazi.

‑¿Qué impresión le causó? ¿Qué aspecto tenía?

‑Feo. De corta estatura, usaba quevedos, rostro mongólico. jamás lo hubieran admitido en el cuerpo de haberse presentado voluntario.

‑¿Y Mussolini?

‑Cuando tenía que entrevistarse con alguien, en un plano no estrictamente político, procuraba documentarse y asimilar unos cuantos conocimientos que le permitieran salir del paso. Así, mientras yo hablaba, él manifestó su entusiasmo, diciendo: "Estos tres 'grados de la raza se corresponden por entero con los de Platón en su República: en la base de la pirámide se encuentra la masa, que el caudillo necesita; en segundo lugar, los guerreros, la fortaleza de ánimo y, por último, la raza superior: los pensadores y los artistas". A lo que yo repuse: "Un momento, Duce; Platón situaba a los poetas en la base de la pirámide" No volví a verlo hasta su liberación en el Gran Sasso por Skorzeny. Por aquel entonces, yo me encontraba en el cuartel general de Hitler en compañía de otros italianos.

Por mi parte, me distancié del movimiento fascista en el momento en que se procedió a instaurar una república socialista, pues yo era, ante todo, antisocialista y monárquico. Luego fui herido, y sólo asistí de lejos al final de los acontecimientos.

‑¿Se desinteresa usted, hay, de la evolución del mundo?

‑No, en absoluto. Se me considera como el enemigo público número uno de la democracia y del comunismo, y todavía soy más intransigente que antes. En Los hombres y las ruinas planteó la idea fundamental de la gran tradición europea ‑más allá de la oposición fascismo-antifascismo‑, los principios de autoridad de un poder legítimo y la forma y las condiciones de la unificación europea. Escribí este libro para los hombres que todavía se sostenían en pie entre las ruinas. El prólogo está escrito por el comandante príncipe Borghése, jefe de los servicios especiales de la marina, quien, durante la guerra, se dedicó a hundir, con sus hombres rana, acorazados ingleses en el puerto de Alejandría.

‑Dejando a un lado los libros, ¿mantiene usted contacto con los movimientos de extrema derecha?

‑Hace unos años surgió la posibilidad de instaurar en Italia un gobierno tradicional de, signo conservador. En efecto, se fundó un "Movimiento social italiano", integrado en parte por antiguos fascistas, pero también por gente joven, que son los que combaten el comunismo en la calle y en la Universidad. Cuenta con unos dos millones de afiliados.

‑¿Mantienen algún contacto con el NPD alemán?

‑No. Almirante, que sucedió a Michelini en el mando, aboga por una cierta autonom,a. Pero otro grupo, "Ordine nuevo” ha adoptado por entero mis ideas. Nuestra tentativa para publicar una revista llamada reaccionario acabó por irse al traste.

‑Dado que es usted un inconformista integral, ¿es partidario de la "revolución sexual"?

‑Siempre he pugnado contra los tabúes burgueses y jamás contraje matrimonio; pero el movimiento de que me habla es una aberración. Wilhelm Reich, Fromm, Luigi Demarchi, que elaboraron las primeras teorías, querían hacer de la sexualidad un elemento para consumo de las masas, democratizarlas. Reich estima que todo lo sadomasoquista es perversión; cosa que no es cierto. El sadomasoquismo es perversión cuando condiciona una experiencia; pero puede ser uno de los aspectos fundamentales de la misma. Reich habla de un complejo de Nirvana, según el cual, el impulso destructor sería producto de la represión; cuando la carga sexual se halla demasiado comprimida, esta impulsión tiende a manifestarse. Creo, por el contrario, que en toda experiencia sexual auténtica, hay que pensar en la iniciación mística. La verdadera fórmula de una unión, incluso profana, radica en el famoso Cupio dissolvere et dissolvi, destruir y destruirse. So pretexto de valorizar el sexo, se le primitiviza y pierde todo su impacto mágico y sagrado.

‑Al igual que Wilhelin Reich, aunque en el bando opuesto, su visión del sexo se convierte en el núcleo en torno al cual cristaliza su Weltanschaung, ¿no es as!?

‑En efecto. En esta materia, como en todas, la máxima puede ser: "Me permito todo aquello a lo que puedo renunciar." Si uno está seguro de su poder, no existen barreras. Pero sólo en ese caso.

‑¿Hay en su sistema, un puesto para la homosexualidad?

‑Es la consecuencia o resultado tipo de la vía democrática. Para Reich, la homosexualidad, como las restantes perversiones, es algo lícito. Y conste que no las llamo perversiones desde un punto de vista moral, sino metafísico. Aparte de la homosexualidad biológica ‑lo que Magnus Hirschfeld llamaba la Zwischenform‑ en que el amor normal se convierte en anómalo, hay otra de tipo aberrante: el aspecto fundamental en unas relaciones profundas y completas es la polaridad, ya que, repitámoslo, el erotismo es magia antes que nada. Este magnetismo bipolar será tanto más importante cuanto mayor sea la diferencia entre ambos polos.

‑El filósofo Raymond Abellio, que distingue la "mujer original" de la "mujer última", le reprocha el que sólo tenga usted en cuenta la "mujer absoluta"...

‑Es un simple punto de vista. Como ocurre con el triángulo absoluto del que parte Weininger para estudiar la naturaleza de todos los triángulos de la realidad. Es posible subrayar el papel que corresponde a la mujer si recurrimos a los postulados alquímicos. El grado supremo es un grado al que la mujer no puede acceder ‑también los derviches islámicos dan fe de ello‑, lo cual, por otra parte, a ella le tiene sin cuidado. Según el esquema de la gran Obra hay que recorrer las tres fases del negro, blanco y rojo. La primera es el régimen de Saturno; la segunda, la de la Luna, la mujer, la del mercurio, y, la úl­tima, es la del hombre, la del Sol y el azufre. Para que el hombre alcance la purificación, al igual que la del oro, ante todo es preciso destruir la forma del yo durante la fase del negro, también llamada fase de la putrefacción. En la segunda fase, aquél se libera bajo el signo de la mujer. Pero en la tercera, el hombre, que parecía muerto en este baño de "leche de la virgen” resucita y reacciona contra la fuerza que lo ha liberado. En cuanto a la mujer, per­manece en la fase de iluminación mística.

‑En tal caso, esa ascensión está reservada a una élite. .,.

‑No es posible democratizar el sexo ni la magia, los cuales, por otra parte, están estrechamente unidos. En La Metafísíca del sexo he pretendido mostrar una serie de experiencias en las que la fuerza sexual no dimana de la libido freudiana, sino de la trascendencia.

En L'Arco e la Clava titula usted uno de los capítulos: Libertá del sesso y libertá dal sesso". Eso, en francés, tiene el mismo significado. ¿Y en italiano?

‑Quiero decir, con ello, que no basta con liberar el sexo, sino que es preciso liberarse del sexo; liberarse de una persona en el plano sexual es una realización superior En parte, encontrará usted ejemplo de ello en Histoire d'O. La noción de familia, tal como se entiende hoy, es otra cosa absurda, un proceso de disolución. Con tal de que la emancipación de la mujer no sea una mera emancipación, necia y destructora, en el dominio de lo práctico, sino que se trate de una independencia interna, la pareja cobra un aire de dignidad que respeta la individualidad de cada cual, sin dejar de mantenerla unida en el terreno de la sexualidad. Para la mujer que entiende así la unión, ' el problema más bien radica en virilizarse mediante el dominio interno y en renunciar a preservar su feminidad. Ambas cosas no se consiguen con facilidad; pero es el supuesto ideal.

‑Simone de Beauvoir ha escrito un libro en que una "invitada" se introduce en la pareja. ¿Cree usted que una "invitada" puede destruir el núcleo de una pareja?

' ‑No, siempre y cuando el hombre y la mujer no sean cartas de un juego que se apoyan unas contra otras, sin consistencia propia. En este caso ideal, uno puede permitirse algunos "Seitespriinge”, ciertas diletancias. Pero cuando no se está seguro de uno mismo, entonces conviene amar a varias personas, al objeto de no ligarse a una sola.

‑Usted habla con frecuencia del tantrismo...

‑La disciplina interior del tantrismo no apunta de forma exclusiva hacia el otro mundo, sino hacia todo género de cosas, y sabe obtener un antídoto para cualquier veneno, lo cual es aplicable a la sexualidad, pero, también, a todos los restant

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