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Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo. Capítulo IX. El Satanismo

Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo. Capítulo IX. El Satanismo
Descendiendo un escalón y manteniéndonos dentro de la materia objeto del presente libro, se puede examinar el satanismo que representa, por asi decirlo, el punto extremo de las tendencias modernas hacia lo sobrenatural, acompañadas de po­sibles convergencias de evocaciones involuntarias de las que ya se ha hablado al fin del capítulo sexto. Se puede decir que Satanás y satanismo son actualmente una moda que ejerce fascinación singular. Lo siniestro ha suministrado suficiente materia para varios escritos, novelas, filmes e, incluso,­ folletos. Por otra parte, existen en la actualidad grupos que se proclaman abiertamente "satánicos", pretendiendo practicar la magia negra: caso especial que empieza a brotar en los ambientes de los que van en busca de lo sensacio­nal y de lo oculto, encontrando en tal caso un ingrediente más excitante para sus experiencias. Después de haber proporcionado suficientes puntos de referencia por lo que respecta a un domi­nio especializado, opuesto a la iniciación, veamos la manera de orientamos frente a este "satanismo" moderno de carácter difuso, periférico y con frecuencia efímero.

Podemos comenzar con la definición de lo que se entiende por "sa­tánico".  En nuestra área cultural, Satanás ha tenido el significado, en primera línea, de "adversario" (sin embargo lo expresa mejor por su etimología la palabra diabolus = calumniador, acusador) y "principio del mal" (el maligno).  Pero la genealogía, si así puede decirse, de Satanás, es compleja.  El concepto de Satanás y del principio del mal encuentra sitio so­lamente en una religión que tenga como vértice a un dios "mo­ralizado", es decir, un dios definido únicamente por todo aquello que tiene comúnmente un valor para los hombres, como lo bueno, luminoso, creativo o providencial, de tal ma­nera de aquel que no presente tales características (y al que, sin embargo, se debería referirse también considerando varios aspectos de la realidad y de la naturaleza) puede reunirse, con­cretarse y personalizarse en un antidiós, exactamente en el diablo.  Sin embargo, en una concepción metafísica del Princi­pio, este dualismo (que ha tenido su más conspícua expresión en la religión antigua del Irán, el madzeísmo, con Arimán en oposición con Aura Madza) no representa la instancia ex­trema.  El principio supremo vence al dios "moralizado", com­prende también la "otra meta", entre ambos extremos, mani­festándose ya sea en lo luminoso como en lo tenebroso, en lo creativo o en lo destructivo, por lo cual el concepto del Satán occidental y cristiano da lugar a aquello que tiene un rostro diverso del Dios.  Haciendo referencia a esta con­cepción o teología definiríamos a Satanás como una fuerza destructora, que perdería su carácter tenebroso volvien­do a entrar a una "dialéctica de lo divino"[1].  Como ejemplo se puede aducir la concepción hinduista de la Trimurti, es decir, del triple rostro de la divinidad, de donde derivó un culto tan­to del Dios como creador y conservador del universo (Brahma y Vishnu) y de su aspecto destructor (Siva).  Por lo tanto, únicamente con reservas precisas se puede confirmar la carac­terización de lo satánico y lo diabólico en términos de una fuer­za destructora.  Se requiere, además, añadirle la "maldad".

Al margen del mundo islámico e iranio solo ha existido una secta de "adoradores del diablo", la secta de los yezidi.  Su visión es diferente y se resiente visiblemente de al­gunas corrientes teológicas del gnosticismo cristiano antiguo.  La antítesis da lugar a una estratificación jerárquica. "Dios" es reconocido pero relegado a una absoluta intrascendencia. Quien gobierna este mundo es Satanás, dios de orden inferior, que vive en el mundo y persigue fines mundanos, que quiere el éxito y la felicidad en el mundo, no la divinidad separada a la que debe volverse, sino "por competencia", precisamente al diablo, princeps huius mundi (príncipe de este mundo), sin particulares connotaciones negativas.  Los yezidi tienen culto y ritos sobre los que se ha sabido muy poco, habiendo perma­necido secretos, y a los que se les ha atribuido naturalmente un carácter tenebroso.  Demostraremos ciertas concordancias de estas ideas de los yezidi con algunas formas del satanismo caprichoso de nuestros días.

La verdadera caracterización del satanismo se obtiene ahí donde se hace referencia no a la idea del "mal" -término genérico y de contenido variable en virtud de su condiciones sociológicas e históricas- sino más bien a un placer por la perversión como tal, al impulso no tanto a destruir como a contaminar con la blasfemia y el ultraje sacrílego. De esta manera la llamada magia negra y la brujería no sonnecesariamente "satánicas", pueden ser prácticas para obtener fines considerados moralmente malvados por una determinada sociedad, y la incidencia sólo puede relacionar las fuerzas activadas a tal objeto.

Ahora bien, lo que nos interesa no es el plano operativo sino el de las evocaciones y de la experiencia vivida. Parece que existen todavía, especialmente en Escocia, witches, es decir, mu­jeres dedicadas a la magia y a los encantamientos, los cuales, por otro lado, no corresponden a la imagen repelente de las viejas brujas medievales, ya que pueden ser también jóvenes y bellas. En lo que se les atribuye, puede ser reconocida una auten­ticidad; suelen unir sus prácticas con tradiciones y consagraciones transmitidas a través de las generaciones.  Las cosas son diferentes para las personas que, sin tener nociones, vuelven a practicar hoy, extemporáncamente, algunos ritos, sin ninguna transmisión regular, añadiéndole lo "satánico' sólo como un agregado picante y morboso. Es así como en la parte septentrional del estado de Nueva York ha surgido un grupo llamado "witch", palabra que quiere decir "bruja" (en sentido no necesariamen­te repelente como ya se ha indicado), cada una de cuyas letras corresponde a las iniciales de Womens International Terrorist Conspiration from Hell, es decir­ "Conspiración internacional de las mujeres del in­fierno". Se tiene conocimiento además de otros grupos dispersos aquí y ahí, los cuales celebran sacrificios de animales con fines mágicos utilizando especialmente la sangre de la víctimas.  A pesar del carácter espureo y grotesco de todo esto, no se excluye que alguna vez se llegue a experiencias que perm­iten la interferencia de fuerzas "infernales" y "diabólicas". Un caso concreto nos induce a pensar. En este pe­ríodo en el cual escribimos ha despertado gran estupor el asesinato infame de la famosa actriz Sharon Tate y de otras personas por obra de la "familia" de Charles Manson.  Manson decía que era unas veces "dios" y otras el "diablo".  El sexo y las drogas parecen haber tenido una gran parte en la religión de su "familia" y  sus autores (entre los que se encuentran tres muchachas jóvenes quienes dijeron ser "las esclavas de Satanás") no han sabido dar ninguna justi­ficación sensata (la motivación sociológica, de actos del género como "protesta" en contra del sistema de una sociedad que juz­ga y controla, se considera muy inconsistente). El hecho de que se atribuyera al asesinato­ un carácter ritual, deja efectivamente sospechar un fondo de obsesión demoníaca resultado de aque­llas evocaciones involuntarias de las que ya se ha tratado.

Esta misma línea ha tenido en la historia su máxima expresión en el mariscal Gilles de Rais.  Gilles de Rais había combatido al lado de Juana de Arco sin dar nunca un signo de anormalidad; bruscamente se transformó en un monstruo sin igual, el cual gozaba de éxtasis tenebrosos y sal­vajes, inseparables, según su misma afinnación, de apariciones sobrenaturales, acompañadas de la contaminación sádica y de la matanza y destrucción de un número incontable de niños inocentes. El fenómeno de una brusca e intempestiva invasión demoniaca en él parece ser confirmado por el hecho de la con­trición y de una especie de transformación del mismo semblante de Gilles de Rais antes de su ejecución, como si la fuerza que lo había poseído lo hubiera abandonado.

Si, como se ha dicho, el carácter de la blasfemia, del sacri­legio y de la contaminación, y no el "mal" en general y la des­trucción, es esencial para lo satánico, en esta misma línea se incluyen ciertamente las llamadas misas negras, consistentes en una parodia blasfema del ritual católico con cruces colocadas al revés, velas negras, oraciones invertidas, hostias profanadas, consagraciones al "diablo" y así por el estilo, y no consisten, en cambio, en una continuación errónea y grotesca de algunas ceremonias precristianas. También se habla mucho hoy en día de las misas negras con la intervención del sexo como principal ingrediente, sirviendo como una tradición el hecho de que en las misas negras actúa como ofi­ciante, altar y hostia una joven completamente desnuda.

Si está fuera de toda duda que en muchos casos todo este aparato diabólico y algunas veces también místico sirve sola­mente como pretexto para la sexualidad, hay sin embargo que considerar dos puntos.  El primero es la parte que pueden tener el sexo y el orgasmo en procesos evocatorios, incluso en los involun­tarios, por ser el sexo "la más grande fuerza mágica de la natu­raleza" de la que puede disponer el hombre, más allá de cual­quier uso profano y libertino del mismo.  El segundo punto se refiere a una coyuntura histórica particular. Al hablar de la génesis del concepto occidental de Satanás dijimos que este con­cepto ha compendiado todo lo que era rechazado por la concep­ción del dios moralizado. En esta concepción del cristianismo estaba presente una fuerte "sexofobia": el sexo era estigmatizado como algo pecaminoso, enemigo del espíritu y de todo lo que es sagrado; así como pasó automáticamente a la "otra meta" y fue asociado a lo diabólico, al "enemigo", al grande ten­tador".  Era natural, por lo tanto, que, ya sea en el Sabbat, en otras ceremonias reales o con carácter de "sicodramas", el desencadenamiento orgiástico del sexo se uniera al satanismo.  Pero en el clima actual de libertad sexual y de "revolución sexual" esta coyuntura, es ya, en gran parte, inexistente, y aquí aparece el peligro de que el satanismo valga con demasiada frecuencia como el picante­ y morboso para quien contemple esencialmente el sexo y busque un ingrediente para gozar de sensaciones más intensas.

La desembocadura del satanismo contemporáneo queda in­dicada en el caso de la "Iglesia de Satán" fundada en California por Anton Szandor LaVey en la última noche de abril de 1966, la cual es la famosa noche de Valpurgis, sagrada de acuerdo con las antiguas ceremonias del Sabbat[2].  La parte humorística y grotesca está presente en el hecho de que esta igle­sia, que tiene sus bautismos, sus matrimonios y sus exequias celebradas bajo el signo de "Satanás", haya sido reconocida por las autoridades, y que su gran sacerdote, LaVey, se haya hecho fotografiar al lado de su fiel esposa que nada tiene de diabólica y al lado de sus hijos, exactamente como si se tratara de una perfecta familia burguesa. Por lo demás la prensa fue admitida en  ritos en los cuales, aparte de varias jaculatorias y de un cierto ceremonial, el único punto verda­deramente escandaloso, y que llamaremos peregrino en la época de los streep-teases convertidos en espectáculos casi de consumo común, es una mujer desnuda sobre el altar "satánico", el "pun­to central sobre el que se concentra la atención durante las ce­remonias"; por otra parte, "no en una posición inconveniente" como refiere un cronista, ya que la mujer seria "el receptáculo natural pasivo y representa a la Madre Tierra"[3]. Tal es una vaga reminiscencia de los antiguos "misterios de la mujer", en los que había bien poco que fuera verdaderamente satánico.

Por lo demás, en este "satanismo" se podría encontrar en parte la concepción de los yezidi que hemos indicado, acerca del diablo como una fuerza poderosa adecuada a las cosas de este mundo, asociada, sin embargo, a una especie de paganismo muy banal.  Satán es el "opositor" sin sede cósmica (como el enemigo de Dios o antidiós) pero simplemente de carácter moral: es el dios de una religión de la carne y de la vida, opuesta "a todas las religiones que humillan y condenan los instintos natu­rales del hombre".  El satanismo se reduce, por lo tanto, a afir­mar y consagrar todo lo que las otras religiones consideran como pecado; su evangelio es "sacar provecho de la vida lo más que se pueda aquí y ahora.  No existe ni cielo ni infierno, cada uno es su propio redentor"[4]. En esto se añade una especie de dar­winismo o nietzcheanismo de la peor especie: "Bienaventurados los fuertes porque vencerán en la lucha por la existencia, y mal­ditos los débiles que tendrán como herencia el yugo." Se lee en el libro intitulado Satanic Bible: (Biblia Satánica): "¡Soy un satanista!  Inclinaos, porque soy la encarnación más alta de la vida" y esto es un ensayo de las invocaciones: "En nombre de Satanás, el señor de la Tierra, el rey del mundo, ordeno a las fuerzas de las tinieblas me concedan su poder infernal.  Abrid de par en par las puertas del infierno y venid al abismo a sa­ludarme como vuestro hermano (o vuestra hermana) y vuestro amigo"[5]

Hay peligro, sin embargo, de que todo esto quede reducido a palabras; una doctrina que se limita a exaltar los "instintos naturales humanos" y a alentar su satisfacción,  una religión de la vida y de la carne, de la fuerza y de la inma­nencia sin nada de propiamente perverso y blasfemo (aparte de la negación de la moral cristiana) bastaría referirse de nuevo al peor Nietzsche y a su polémica anticristiana o también a las ideas de D. H. Lawrence, sin estorbar a "Satanás" y sin necesidad de una escenografía satánica; bastaría simplemente con proclamar un ateísmo y un "paganismo" (en su acepción más profana); no sería satanismo, sino precisamente un neopaganismo, sin ningún fon­do de trascendencia y de transfiguración, el nombre justo y honesto que conviene a este evangelio de LaVey.

La aclaración de que Satanás es "una fuerza oscura y oculta que actúa en procesos para los cuales la ciencia y la religión no dan una explicación", no está de ninguna manera desarro­llada.  No se alude en absoluto a experiencias, ni tan siquiera a éxtasis sombríos; se mantiene en la misma línea popular de las narraciones con personajes que se refieren al "diablo" y con quien hacen pactos para obtener la satisfacción de sus propios deseos y para abatir a sus enemigos. Sobre ritos operativos consi­derados en la "Iglesia de Satanás" (en los que figuran también fórmulas de una hipotética "lengua de Enoch", transmitidas por una mano desconocida) dotados de cierto poder efec­tivo evocador,  están sujetos a una constante cautela.  Sin embargo, no se excluye que a pesar de todo algo "se mueva" cuando se activan fuertes cargas emotivas y de sugestión.

Para concluir, podemos decir que este esquema general puede proporcionarnos una orientación al respecto. Toda tradición co­rresponde a un proceso, mediante el cual se imprime una forma a algo que no la tiene. Esta materia subsiste dentro de la forma y por debajo de ésta. Es posible activarla, liberarla, hacerla resurgir y reafirmarla destruyendo el orden de las formas tra­dicionales; tal es la esencia de las evocaciones demoniacas, vo­luntarias o involuntarias.

Hay, sin embargo, otra alternativa: la ofrecida por un uso ordenado desde arriba de aquel fondo y de su liberación, por el que lo que está debajo de la forma puede ser usado para conseguir lo que está por encima de ella, o sea una verdadera trascendencia.  Pero esta posibilidad regresa al ámbito iniciático; forma parte también del vâmâcâra tántrico, de la llamada "vía de la mano izquierda", cuya peligrosidad no obstan­te, es fácil comprender; a no ser que se posea una calificación excepcional -y no una orientación interior equivocada- o bien, como algunos sostienen, también un "crisma protector".

Para completar, incluiremos en esta reseña compendiada del satanismo, una alusión a Aleister Crowley, a tí­tulo de tránsito al tema que trataremos en el próximo capítulo.  Crowley ha sido un individuo cuya personalidad supera sin lugar a dudas a todos los nombres que hasta ahora hemos considerados. Si lo asociamos a la línea del satanismo es porque él mismo nos invita a hacerlo. Efectivamente, él se había dado el título de la "Gran Bestia 666" que es el Anticristo del Apocalipsis, mien­tras a las mujeres que elegía y usaba sucesivamente, les daba el nombre de "Mujer Escarlata", siempre según el Apo­calipsis de San Juan, es la "Grande Prostituta" asociada a la "Bestia". La calificación "el hombre más perverso de Inglaterra", que le fue dada por un juez en Londres con relación a una peripecia judicial, le debió causar mucho placer, tal era su gusto de escandalizar, recurriendo para conseguir este fin a cualquier medio.

Una de las invocaciones empleadas en las ceremonias presi­didas por Crowley es la siguiente:

¡Tú, Sol espiritual! ¡Satanás! ¡Tú ojo, tú voluptuosidad. ¡Grita en voz alta! ¡Grita más fuerte! ¡Haz girar la rueda, oh Padre mío, oh Satanás, oh Sol!

Tales invocaciones parecerían confirmar indudablemente el satanismo, aun cuando no fueran una mescolanza (como la del "Sol espintual").  Hay que considerar, sin embargo, que Crowley no puso a Satanás en el lugar de Dios, dada la alta estima en que tenía a tradiciones, como la Kabbala, las cuales veneran a una divinidad a pesar de que era concebida metafísicamente y no con sentido religioso.  En fin, como en otros casos ya con­siderados, el ostensible satanismo de Crowley se define en los términos de una antítesis del cristianismo como doctrina que condena todos los sentidos y la afirmación integral del hombre, pero en este caso, no con un fondo naturalista, sino más bien de iniciación y "mágico". Si fueron invocadas fuerzas peligro­sas, parece que en el caso específico de Crowley las condiciones ya señaladas para afrontar experiencias del género estuvieron presentes, en primer lugar, porque Crowley tenía una persona­lidad excepcional y estaba predispuesto de forma natural a con­tactos con lo suprasensible (además de poseer un particular "magnetismo"); en segundo lugar, por su unión con organiza­ciones bastante serias de carácter iniciático.  Se trata, en primera línea, de la organización Hermetic Order of the Galden Dawn (orden hermética del Amanecer Dorado) del que Crowley for­mó parte, a pesar de que luego se separó con el fin de instituir la Ordo Templi Orientis (Orden del Templo de Oriente) (O.T.O., con reminiscencias de los caballeros templarios y Baphomet que había sido exhumado). Sin embargo, esta Orden utilizó muchos rituales mágicos de la Orden del Amanecer Dorado, con la pretensión de comunicarse con los llamados "maestros secretos"  o con "inteligencias".  Crowley también atribuyó la génesis del Liber Legis (Libro de la Ley), compendio de sus doctrinas, a una entidad que había sido evocada por él en el Cairo, Aiwass, que sería una manifes­tación del egipcio Hoor Paar Kraat, el "Señor del Silencio". Se debe sostener que, en general, todo esto no se reduce a la pura fantasía, ya que Crowley tuvo algunos contactos reales con un mundo misterioso suprasensible.

No se trata de detenernos aquí sobre la vida de Crowley, muy agitada y prestigiosa pues; además de cultivar la magia (él dijo: "He rehabilitado la magia y la he identificado conmigo en el curso de mi propia vida"), fue poeta, pintor, alpinista que se inmortalizó, entre otras cosas, por haber escalado las cumbres más altas del Himalaya, el K 2 y el Kin­chijunga; experimentador de drogas (escribió también una obra intitulada Diary of a drug friend = "Diario de un amigo de las drogas", publicado en 1922)[6]. Nos limitaremos a indicar brevemente a sus doctrinas y técnicas.  En el Liber Legis se puede prescindir de la polémica anticristiano y pagana obligada en tendencias semejantes.  Se lee, entre otras cosas (I1,22): "Hombre, sé fuerte; goza de toda cosa y de todo éxta­sis, sin temer que por esto Dios pueda condenarte." Para el individuo se indicada una doctrina resumida en tres principios.  El primero es: "Haz todo lo que quieras, tal es la ley" (Do what wilt shall be the whole of the law).  Pero no hay que entender que se prescribe hacer todo lo que nos gusta (como en la frase de Rabelais Fay ce que vouldras, haz lo que quie­ras) porque Crowley se refiere a la verdadera voluntad de descubrir dentro de sí lo que se leva dentro y después realizarlo. Este descubrimiento y esta realización serían la esencia de la obra (el discípulo debía jurar ante la "Grande Bestia 666" de consagrarse a ella), con la advertencia de que -afirmaba Crowley- solamente aquellos que llegan a este punto son verdaderamente hombres y señores, mientras que el resto son "esclavos" (verosímil ante todo, desde el punto de vista interior). Por lo demás, Crowley ha hablado también de una autodisciplina por lo menos respecto a sí mismo, de una "moral rigurosa mucho más que cualquier otra a pesar de la absoluta libertad en relación a cualquier código de conducta acordado".  En la misma perspectiva debe entenderse el siguiente corolario: "The only sin is restriction", es decir, el único pecado es la res­tricción, indudablemente a la luz de la mencionada voluntad.

El segundo principio consiste en que "todo hombre es una estrella", en el sentido de que en él se manifestaría o encarna­ría un principio en cierta manera trascendente, lo que lleva, en general, más allá de un mero naturalismo "pagano". Se podría volver a tocar la teoría del "sí mismo" distinto del simple "yo". Por lo tanto, también la conexión con el concepto especial antes indicado, de la voluntad, aparece evidente.  Entre otras cosas, Crowley vuelve a tocar la antigua teoría de los "dos demonios", habla de una línea de vida que pretende evocar "al demonio bueno" sin caer en las tentaciones que, en cambio, pondrían a merced del otro demonio conduciendo a la ruina y a la conde­nación, mientras del primero se inspiraría acerca del uso justo de las técnicas mágicas.  En forma dramatizada parecería tra­tarse aquí de nuevo del principio profundo ya postulado por la concepción del ser humano como "una estrella" (o como un "dios"), cuya presencia constituye lo supuesto previamente para hacer frente a las experiencias arriesgadas de esta vida.

Finalmente el tercer principio es: "La ley es el amor, el amor sometido a la voluntad" (love ís the law, lave under will) entendiéndose por amor, esencialmente, el amor sexual. Esto conduce del dominio doctrinal al de las técnicas, donde se presentan los aspectos de Crowley que son los que pueden alarmar más al profano confiriendo un problemático tinte orgiástico (aunque por esto no se pueda hablar todavía de algo "satánico" en sentido propio).

En la vía anunciada y recorrida por Crowley, el uso del sexo, además del de las drogas, tiene una parte pri­mordial.  Sin embargo se debe reconocer que, por lo menos in­tencionalmente, se trataba del uso "sagrado" y mágico del sexo y de las drogas que también fue contemplado en diversas tradiciones antiguas. El fin, conscientemente perseguido, consis­te en obtener experiencias de lo suprasensible y contactos con "entidades". Hasta este momento las cosas se presentan de modo muy diverso de cuanto sucede al margen del mundo contempo­ráneo a través de la simple salida de evasiones, de sensaciones y de "paraísos artificiales".  "Existen drogas, dice Crowley, que abren los umbrales del mundo escondido detrás del velo de la materia"; esta aseveración, a pesar de ser imperfecta porque en sentido estricto no se debería hablar de cualquier tipo de drogas, sino más bien de su uso especialísimo ligado a condiciones precisas y no fácilmente realizables.

Otro tanto vale para el sexo como técnica, por encima de la ­religión orgiástico, anunciada por el Liber Legis, con una referencia que llega hasta el "gran dios Pan".  Para Crowley, el acto sexual revestía el significado de un sacramento, de una operación sagrada y mágica; en el abrazo se miraba, al límite, a una especie de "ruptura de nivel"; por él se encontraba "cara a cara con los dioses", es decir, se verificaban aberturas sobre lo suprasensible.  Es importante que en este o en otros contextos, Crowley haya hablado de cosas concretas. Aludió a elementos que "para ti son ven­enos; más aún, venenos mortales" y que es posible "transformar en ali­mentos"; el resultado mortífero de la vía indicada por él tuvo en algunos de sus discípulos la explicó refiriéndose a "dosis de veneno demasiado altas para poder ser transforma­das en alimento". Una vez más, interviene la condición consti­tuida por una personalidad excepcional; se ha dicho, refirién­dose a las drogas, que son un alimento sólo para el "hombre regio". Por lo que toca al sex magic (sexo mágico), la técnica mediante el orgasmo y la ebriedad se debía llegar a un estado de agotamiento que llevara hasta el límite extremo "compatible con la posibilidad de seguir viviendo"[7]. También en el campo de las ceremonias evocatorias el "ritual mágico", empleado junta­mente con todo el instrumental tradicional de signos, fórmulas, protecciones, talismanes etcétera, tenía el valor de "un sím­bolo y de estar dispuestos siempre a sacrificar todo"[8]. En el ritual secreto de la Ordo Templi Orientis de Crowley, llamado De arte mágica, en el capítulo XV se habla de una "muerte en el or­gasmo" llamada mors justi (la muerte del justo)"[9]. El límite extremo del agotamiento y de la ebriedad orgiástico era indi­cado también como el momento de una posible lucidez mágica, del trance místico alcanzado por el hombre o por la mujer.  Así en el libro intitulado Magic report of the Beast 666 (Reporte mágico de la Bestia 666) se habla de muchachas jóvenes ardien­tes y desenfrenadas que en un momento dado, "sin que nada lo hubiera preanunciado, pasaban a un estado de calma pro­funda difícilmente distinguible del trance profético, por el que comenzaban a describir todo lo que veían"[10].

Como es natural, no se puede establecer lo que podía re­sultar de estas experiencias, ni con qué planos de lo invisible se podía tener contacto. Lo cierto es que según Crowley el injerto de instancias precisas mágicas-iniciáticas es exacto, como son evidentes las referencias a los ritos y a las orientaciones de an­tiguas tradiciones; del plano de experiencias caóticas, dispersas y aventuradas con el sexo desenfrenado y con las drogas, propio de los ambientes de jóvenes marginados del mundo contempo­ráneo, se pasa a algo mucho más serio pero, precisamente por esto, mucho más peligroso.  Crowley tuvo discípulos, los cuales fue­ron sometidos a pruebas y disciplinas de todo género (fundó también en 1920 una "abadía mágica" en Sicilia, en Cefalú, antes del advenimiento del fascismo; sin embargo, fue inmediatamente expulsado de Italia por todo lo que se decía acerca de lo que se hacía en esa abadía).  Pero los destinos de sus alumnos difieren en cada caso.  Todos los que eran muy fuertes para sostenerse, para no desbandarse, decían que habían salido renovados e integrados por estas experiencias hechas con la Grande Bestia 666; sin embargo, se habla igualmente de otras personas, en especial de mujeres, que se separaron y que ter­minaron en manicomios; e incluso se dieron algunos casos de suicidio.  En tal caso Crowley decía que no se había estado en grado de obrar la trasmutación mágica de las fuerzas evocadas con lo cual se había dado vía libre a las dosis de veneno, sido demasiado altas para poder ser transforma­das en alimento); por esto, aquellas personas habían sido aba­tidas. En cuanto al mismo Crowley, él supo sostenerse hasta el fin, terminando su vida a los 72 años de edad en 1947, con todas sus facultades lúcidas y normales.  Aparte de sus discípulos, diferentes personalidades, de cierto rango (como por ejemplo el conocido general de los cuerpos acorazados Filler) tuvieron con­tactos con él, y dado el ambiente general de nuestros días, es natural que su figura continúe ejerciendo un fuerte atractivo y que sus  ideas sean citadas frecuentemente.

A pesar de que los horizontes de Crowley parecerán a muchos preocupan­tes y oscuros, objetivamente, el elemento propia­mente "satánico" a pesar de todo lo que la Grande Bestia 666 mostraba casi teatralniente, apenas aparece o lo hace de forma muy secundaria. El colorido satánico no tiene tanto relieve como el que presenta un carácter mágico y, en parte, iniciático.

Por esto, como ya dijimos, las presentes notas sobre Crowley pueden servirnos como un nexo para pasar a la consideración de corrientes modernas en las cuales aquel elemento ocupa unívo­camente el primer plano, sin las mezclas antes señaladas.



     [1]Sobre este punto puede consultarse a M. ELIADE, Mefistofeles y el Andrógino (trad. esp., Guadarrama, Barcelona, 1977) donde se habla de diversos escritos en los cuales los opuestos se encuentran reunidos en lo divino.

     [2]A. S. LAVEY, The Satanic Bible (La Biblia Satánica) Avon, Nueva York, 1969.

     [3]LAVEY, op. cit., p. 134.

     [4]Ibid., p. 33.

     [5]Ibid., p. 144.

     [6]Para la parte biográfica, cfr.  J. SYMONDS, The Great Beast, The lile ol Aleister Crowley, 3a. ed., Londres, 1952.; para algunas compara­ciones sobre las doctrinas, cfr., la obra del mismo autor intitulada, The Magic of Aleister Crowley, Londres, 1958 y el ensayo llamado 7'he lace and mask of A. Crowley, en "Inquiry", n. 4 116, 1949.  Durante ese tiempo, se publicaron muchos otros Escritos sobre CrowIey, lo que confirma el interés suscitado por él aun después de su muerte.  Parece que, por lo menos en parte, Somerset Maugham en su novela El mago se inspiró en él.

     [7]The Magic of A. Crowley, cit., pp. 48, 130-131.

     [8]Ibid., p. 215.

     [9]Ibid., p. 131.

     [10]Para otras indicaciones sobre la magia sexual, cfr. nuestro libro llamado Metafisica del sesso, cit., 384y sigs. (con referencias también a Crowey).

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