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Sobre la esencia y la funcin social del espritu aristocrtico. Julius Evola (traducido por el profesor Marcos Ghio)

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Nota.- Artículo que completa el volumen "Jerarquía y Democracia", publicado por ediciones Teseo. Como el anterior artículo no consta fecha de publicación ni lugar en el que fue publicado originariamente. Quienes deseen solicitar este volumen impreso en forma libro convencional pueden dirigirse a Centro de Estudios Evolianos - Casilla de Correo nº 92 - CP (1425) Suc. 25 - Buenos Aires. Recordamos que el volumen de 89 páginas está compuesto por dos artículos de J. Evola, otro de René Guénon y dos ensayos del traductor, Profesor Marcos Ghio.

 

SOBRE LA ESENCIA Y LA FUNCIÓN
SOCIAL DEL ESPÍRITU ARISTOCRÁTICO

JULIUS EVOLA

I - Existe un espíritu aristocrático así como manifestaciones múltiples del mismo, ligadas al tiempo y al espacio. Estas manifestaciones en cuanto tales, poseen un carácter contingente, conocen una génesis, un desarrollo, eventualmente también una alteración y un ocaso. El espíritu aristocrático es sin embargo superior y anterior a cada una de ellas. El mismo corresponde a un grado de la realidad, a una función primordial en el todo. El mismo posee pues una naturaleza supra-histórica y se puede incluso definir como metafísica. Como tal, persiste pues más allá del nacimiento y del ocaso de las aristocracias históricas, que lo pueden encarnar en mayor o menor medida perfectamente en un determinado período y en el ciclo de una determinada civilización y de una determinada raza.

Del mismo modo que la idea del Regnum, o la de orden, o la de tradición, la idea aristocrática posee en sí misma la propia consagración y legitimación. Ya hay luz de crepúsculo en la interioridad de los hombres cuando surge la suposición de que sea la "historia" la que crea un Regnum, una aristocracia o una tradición, y que el uno y las otras se justifiquen o valgan sobre la base de factores contingentes, o de utilidad o de dominación puramente material, o de sugestión. La historia y, en general, todo lo que es simplemente humano, puede sólo ofrecer la dynamis, la fuerza profunda a fin de que en determinadas circunstancias un Regnum se forme y el espíritu aristocrático se ma­nifieste. Pero, en su más profunda esencia, esta manifestación está envuelta por un misterio: es el misterio que siempre se afirma toda vez que las vías de lo alto se encuentren con las de lo bajo, allí donde se realicen correspondencias entre los ápices de los ascensos humanos y las consecuencias de influencias más que humanas. Estos puntos de intersección son los denominados momentos fatídicos de la historia. Son los puntos en los cuales lo que es símbolo se convierte en realidad y lo que es realidad se convierte en símbolo, en los cuales lo que es espíritu se convierte en potencia y lo que es potencia se hace espíritu.

II - Una de las tácticas más usadas por las fuerzas secretas de la subversión mundial es la sustitución de la persona por el principio. Allí donde se apunte a disgregar un ordenamiento tradicional, estas fuerzas espían el momento en el cual una cierta decadencia se manifiesta en los representantes históricos de los principios fundamentales de este mismo ordenamiento. Es éste el punto más oportuno para la acción subvertidora: se hace de todo a fin de que el proceso dirigido en contra de las personas se extienda insensiblemente a los principios que ellas representan, de modo tal que éstos sean afectados con el mismo descrédito y sean pues considerados como ya decaídos y a ser sustituidos con otros en mayor o menor medida empapados de subversión. Esta táctica ha ya sido desde hace tiempo adoptada en contra de una cierta aristocracia tradicional europea. La degeneración innegable de parte de tal aristocracia ha sido el más útil instrumento para un ataque en contra del mismo espíritu aristocrático: ello no ha traído como consecuencia reclamar que tal aristocracia decaída fuese desprestigiada y sustituida por otra que estuviese a la altura de la idea de la cual únicamente puede recabar su autoridad y su razón de ser, sino que ha conducido al desconocimiento de una tal idea en provecho de fuerzas y de ideas más bajas.

Esto, por lo demás, no ha sido sino un episodio en un proceso más vasto de subversión y de involución, que aquí valdrá la pena recordar brevemente. Se piense en los cuatro grados fundamentales de la antigua jerarquía social aria: jefes espirituales, aristocracia guerrera,. burguesía, trabajadores. La degeneración del primer grado no ha servido para determinar que jefes espirituales indignos fuesen sustituidos por otros dignos representantes del mismo principio, sino que ha sido el precioso pretexto por medio del cual el segundo grado, la aristocracia guerrera, ha sido conducida a usurpar y a asumir la autoridad legítimamente propia sólo del primero. En un segundo momento la degeneración de una parte de la aristocracia guerrera no ha tenido como consecuencia una sublevación que apunta a su restauración, sino una segunda usurpación, la operada por el tercer estado que se ha sustituido a la nobleza guerrera como plutocracia burguesa. En fin, la degeneración del sistema del tercer estado, de la

burguesía y del capitalismo no ha conducido a una oportuna eliminación de las excrecencias enfermas y parasitarias del mismo, sino que, nuevamente, por medio de ésta se ha inventado un proceso en contra del principio, propiciando el intento de una ulterior usurpación de parte del cuarto estado, del mundo materializado y proletarizado de las masas (marxismo, bolchevismo).

III- De esta breve síntesis histórica aparece simultáneamente claro que el conocimiento de la esencia y de la importancia del espíritu aristocrático es fundamental para la lucha en contra de la subversión y por una justa orientación sobre todo en puntos, como aquel en el cual actualmente se encuentra la "civilización occidental".

Hoy algunas fuerzas se han desplegado espiritual y materialmente en contra de la civilización y del espíritu burgués, en contra de la plutocracia, en contra del capitalismo. Ellas quieren el fin de la era burguesa. Sin embargo hay dos vías no sólo diferentes, sino incluso antitéticas para negar a la burguesía y para determinar el fin de la época burguesa. Siguiendo la primera, la burguesía con todas sus derivaciones debe ser superada para dar lugar al dominio de las masas. Desde otro punto de vista en vez la verdadera superación de la burguesía es el retorno a una idea aristocrática, es decir la idea a la cual, por un lado en razón de la degeneración de una parte de los representantes de ella, por el otro a causa de una usurpación, se le había sustituido la hegemonía del burgués y de los ídolos del burgués: el capital, el oro, la economía sin patria y sin rostro.

Esta misma alternativa se puede esclarecer desde un ulterior punto de vista. Puesto que estas fuerzas poseen innegablemente aspectos de "totalización" y de socialización, exteriormente similares a aquellos que son también propios del "ideal" social marxista-comunista ¿en cuál medida las mismas pertenecen al final de un ciclo al cual le es propio justamente el retroceder desde aquello que es diferenciado, cualitativo y personal hacia el anonimato de lo colectivo? Para contestar a esta pregunta debemos tener en claro que el fenómeno del totalitarismo y la concentración estatal posee dos significados opuestos de acuerdo a su "dirección" y al tipo de régimen de la sociedad que lo ha precedido. Pero a tal respecto, la piedra fundamental de prueba es nuevamente la idea aristocrática.

Se suponga el caso en el cual el orden preexistente a la "totalización" sea el de una sociedad bien articulada —no artificialmente, sino por natural vocación— en estratos no cenados y contrastantes, sino actuantes ordenadamente en concierto con un todo jerárquico; concibamos además que la diferenciación y el anticolectivismo de tal sociedad se expresen a su vez a través de una cierta repartición del poder y de la soberanía, en una cierta repartición de funciones y de derechos particulares, sobre los cuales sin embargo rige la autoridad central, reforzada, en vez que disminuida en su puro e inmaterial principio, justamente a través de esta parcial descentralización. Si en una tal sociedad se afirmara el centralismo y el totalitarismo, ello significaría una destrucción y una desarticulación: la regresión de lo orgánico en lo amorfo. Recoger en forma absoluta en el centro todo poder significaría en tal caso como querer referir directamente al cerebro toda función y actividad del cuerpo y al mismo tiempo realizar la condición de aquellos animales inferiores, que están constituidos sólo por una cabeza y por un cuerpo inarticulado e indiferenciado. Justamente éste es el sentido del absolutismo antiaristocrático y nivelador, que fue perseguido metódicamente bajo el empuje de circunstancias variadas, sobre todo por los reyes de Francia. No es una casualidad que justamente en Francia, a través de la revolución jacobina, se haya tenido en primer término la demagogia y el advenimiento del tercer estado. Aquellos reyes absolutistas y enemigos de la aristocracia en efecto se cavaron literalmente a la propia fosa. Mientras que por un lado su dignidad se secularizaba y perdía su consagración originaria, centralizando, disolviendo y desarticulando el Estado, sustituyendo una superestructura burocrático-estatal por formas viriles y directas de autoridad, de responsabilidad y de parcial y personal soberanía, ellos crearon el vacío alrededor de sí, puesto que la vana aristocracia cortesana no podía significar más nada y la militar estaba ya privada de relaciones directas con el país. Destruida la estructura diferencial que oficiaba de vínculo entre la nación y el soberano, quedó justamente la nación como masa, despegada del soberano y de su soberanía secularizada. Con un solo golpe, la Revolución barrió fácilmente aquella superestructura y puso el poder entre las manos de la pura masa. Esto es un ejemplo para la primera dirección involutiva del proceso de totalización estatal.

Diferente es el caso cuando el antecedente del proceso de concentración autoritaria no sea un orden orgánico, jerárquico y diferenciado, sino una sociedad en disolución, como se verificó en la época moderna. El liberalismo, la democracia, el racionalismo, el internacionalismo han reducido a las naciones al estado de masas lábiles que se disuelven en todas las direcciones para alcanzar el fondo del abismo, representado por el marxismo y por el bolchevismo. Frente a un tal estado de cosas, el primero y más urgente deber es evidentemente el de crear con cualquier medio un dique, un freno, para neutralizar la tendencialidad centrífuga con una fuerza política centrípeta. Y justamente este sentido debe adscribirse al proceso de totalización al cual tienden estas fuerzas. Se trata de cualquier modo de un deber preliminar, siendo aquí el principal el de articular nuevamente a la nación referida a sí misma, unificada bajo el signo de mitos y de símbolos múltiples: se trata de sustraerla de cualquier colectivismo dando vida a una estructura jerárquica bien estable, bien formada con claro relieve del principio de la personalidad y, además, de la verdadera autoridad espiritual.

Pero reconocer esto significa también reconocer que justamente la idea aristocrática, como dirección, es la que diferencia los dos casos; es decir, es aquella en base a la cual corrientes, que pertenecen históricamente al final de un ciclo, se diferencian netamente de otras corrientes, que ya representan el principio de la resurrección y de la reconstrucción más allá del internacionalismo y del derrumbe colectivista.

IV - Siendo el espíritu aristocrático anterior y superior a cualquier estación suya, al problema de toda formación aristocrática concreta se presupone la comprensión profundizada de la misma esencia de aquel espíritu. En cualquier modo se debe tener presente que, k los fines de la reconstrucción, no se trata de una clase simplemente política en una cierta medida vinculada al cuerpo administrativo o legislativo del Estado. Se trata sobre todo de un prestigio y de un ejemplo que, vinculado a un estrato bien preciso, debe poder formar una atmósfera, cristalizar un superior estilo de vida, despertar especiales formas de sensibilidad y dar así la tonalidad a una nueva sociedad. Se podría por lo tanto pensar en una especie de Orden, de acuerdo al significado viril y ascético que este término tuvo en la civilización gibelina medieval. Pero todavía mejor se podría pensar en las más antiguas sociedades arias e indoarias, en donde se sabe que la élite no estaba en manera alguna organizada materialmente, por lo que ella no recababa su autoridad del hecho de representar un poder cualquiera de carácter tangible o un determinado principio abstracto, sino que mantenía firme su rango y daba la tonalidad a la correspondiente civilización por medio de una influencia directa que emanaba de su esencia.

El mundo moderno conoce muchas falsificaciones del elitismo, de las cuales se debe tomar distancia. El espíritu aristocrático es esencialmente antiracionalista. Por ejemplo, se debe tomar neta postura en contra de la denominada "aristocracia del pensamiento" El culto supersticioso del "pensamiento" pertenece típicamente a la civilización burguesa combatida por nosotros, la que lo inventó y lo difundió por precisas razones polémicas. Para desplazar los últimos restos de la aristocracia de la sangre y del espíritu, la civilización burguesa, consolidada con el advenimiento del tercer estado, inventó en efecto el derecho de la "verdadera" aristocracia, que habría sido justamente la del "pensamiento" y en la cual tuvieron un gran papel los "nobles" principios preparados nigrománticamente por el iluminismo masón. El retomo a una verdadera civilización aristocrática supone la superación de este mito burgués.

¿Qué cosa es esta "aristocracia del pensamiento"? Ella se reduce en buena , medida a los famosos "intelectuales", a los creadores de brillantes como arbitrarias "filosofias", a los poetas, literatos y huma­nistas, en suma, más o menos a aquellos que PLATÓN, frente a los verdaderos jefes y a los verdaderos "sabios", quería justamente expulsar de su Estado; el cual no era para nada —como vulgarmente se cree— un modelo utópico, sino que reflejaba aquello que tradicionalmente siempre fue reputado como normal en materia de ordenamientos políticos. Ya es suficiente con formular la idea de que una élite de intelectuales, de humanistas y de pensadores los cuales pueden ser también, en cuanto a su carácter, cobardes y poco más que pequeño burgueses, deba estar en el vértice de una civilización, para advertir todo su absurdo y el anacronismo no sólo ante el problema del verdadero espíritu aristocrático, sino también respecto del antirracionalismo que anima a las fuerzas antes mencionadas.

V - Habiéndose ya disuelto los humos del iluminismo progresista y cientificista, se debe tomar distancia de una "aristocracia de pensamiento" concebida como compuesta de científicos, de inventores y de técnicos. Todos éstos son indudablemente elementos útiles e indispensables para una sociedad de tipo moderno, y, para la nueva idea de Estado, que informa a la concepción demoparlamentaria, es propia la afirmación del principio de las competencias en el campo mismo del elemento político. Es sin embargo evidente que ni siquiera esta aristocracia puede representar la sustancia apta para el núcleo central de una civilización nueva más allá de la burguesa y colectivista. Mucho más cerca del marxismo y del bolchevismo es pensar que una élite de técnicos, preocupada en resolver problemas puramente materiales, sociales y económicos pueda iluminar a la humanidad colectivizada, a cuyo servicio ellos se encuentran, para guiarla hacia el nuevo paraíso, de modo de poder pretender un superior reconocimiento.

VI - No hay ni siquiera identidad entre el espíritu aristocrático y una idea genéricamente autoritaria o dictatorial. Ya el hecho de la existencia de un término como "dictadura del proletariado", nos muestra hoy la necesidad de especificar en materia de dictaduras y dé • autoritarismo. Ha habido quien ha buscado demostrar que el fenómeno del elitismo, es decir de una minoría dirigente, es un hecho histórico fatal. Este autor — PARETO— ha hablado al respecto de una "circulación de élites", que se sustituyen las unas a las otras, emergiendo por medio de un técnica de dominio aproximativamente análoga, sirviéndose de ideas varias, que, a tal respecto, son menos ideas verdaderas y pro­pias, que mitos, es decir, centros bien preparados de cristalización para fuerzas sugestivas irracionales.

El elitismo, a tal respecto, aparecería como un concepto puramente formal: aquí un cierto estrato es élite en cuanto simplemente se encuentra en el poder, y en consecuencia al mismo le es posible ejercer una cierta sugestión. En cambio en una concepción normal el principio es que un cierto estrato debe estar en el poder, y al mismo debe serle dado ejercer una determinada influencia, en tanto élite, es decir grupo seleccionado (élite derivado de eligo) que tiene como propia una superioridad, un prestigio y una autoridad inseparable de determinados principios inmutables, de un determinado estilo de vida, de una determinada esencia.

El verdadero espíritu aristocrático no puede tener rasgos en común con las formas de un dominio de base maquiavélica o demagógica como aconteciera en las antiguas tiranías populares y con los tribunos de la plebe. Ni siquiera puede tener como base una teoría del "superhombre", si es que a tal respecto se tuviese que pensar sólo en un poder apoyado sobre cualidades puramente individuales y naturalistas de figuras vio­lentas y temibles. En su más íntimo principio, la sustancia del espíritu aristocrático es en cambio "olímpica". Ya en su momento dijimos que ella recaba su origen de un orden metafísico.

La base de tipo aristocrático es ante todo espiritual. El significado de la espiritualidad tiene que ver aquí muy poco con la noción moderna de la misma: ella se vincula con un sentido innato de soberanía, con un desprecio por las cosas profanas, comunes, de adquisición, nacidas de habilidad, ingenio, erudición e incluso de genialidad; desprecio, que se acerca sumamente al mismo que el asceta profesa, diferenciándose sin embargo por una ausencia completa de pathos y de resentimiento. Se podría encerrar en esta fórmula la esencia de la verdadera naturaleza noble: una superioridad de raza con respecto a la vida convertida en mera naturaleza. Esta superioridad, que tiene rasgos de ascetismo, no sirve luego en el tipo aristocrático para crear la antítesis en el propio ser; del mismo modo que como una segunda naturaleza, ella se destaca y penetra de sí en manera calma" la parte humana inferior, se traduce en dignidad imperativa, en fuerza, en "línea", en serena y controlada capacidad del alma, de las palabras, del gesto. Da lugar así a un tipo humano, cuya calma e intangible fuerza se encuentra en el más neto contraste con la del tipo "titánico", prometeico y telúrico. Si la antigüedad atribuyó simbólicamente un origen celeste", uránico, a todas las principales cepas portadoras del espíritu aristocrático, en esto debe entenderse un preciso reconocimiento de este núcleo "olímpico" de la esencia aristocrática. Se recuerde la antigua concepción ariohelénica del noús. éste no es el "espíritu" de los intelectuales modernos, es en vez el elemento sobrenatural del hombre, que se encuentra en relación con el alma así como el sol lo está con la luna y es la sustancia de una inmaterial virilidad; y respecto de ello se dijo que los dioses reservaron para sí el noüs y dejaron la inquieta razón para la gran mayoría de los hombres. Es así como en el mito la astucia y la audacia prometeica no pueden nada en contra del noús olímpico: ni la tragedia de los hombres y de los mismos héroes toca a este noáv quo so eleva por encima de ella como una calma y firme luz. Y el que participa de misma – - se pensaba es verdaderamente de estirpe regia, participa como tal también de la comunidad con lo divino propia del estado primordial y las estirpes que se vinculan a ellas constituyen las razas superiores, las superrazas, las que han resuelto positivamente la oscilación entre la condición humana y la condición más que humana, que originariamente fue propia de ciertas estirpes terrenales. Se conserva siempre un reflejo de estos significados supra-históricos en todos aquellos momentos de la historia en los cuales se haya tenido un verdadero espíritu aristocrático.

VII - La idea de raza se vincula —en sus valores de significado profundos y auténticos—con la idea aristocrática. Es necesario sin embargo tener cuidado en que, a causa de una degeneración, la noción de raza no se despotencialice y se vacíe de su significado más alto y tradicional. En la historia la idea de raza ha estado siempre en la más estrecha conexión con la idea aristocrática y tal conexión ha impedido constantemente su materialización en una especie de zoologismo. Tener una raza ha sido siempre sinónimo de aristocracia. Las cualidades de "raza" han significado siempre cualidades de elite. Ellas se oponían a las cualidades del hombre vulgar puesto que aparecían, en gran medida, como esenciales, innatas, vinculadas a significados superiores. Para esclarecer tales significados es muy importante distinguir varios aspectos en aquello que en general es raza. El primer aspecto es la raza del cuerpo, el segundo es la raza como alma, el tercero es la raza como espíritu. Se trata de tres manifestaciones muy diferentes de una misma esencia, a las cuales les corres­ponden herencias similarmente diferentes, leyes propias, determinados límites. Mientras que en el primer grado la raza se reconoce en una determinada forma hereditaria de la figura fisica, en el segundo ella se manifiesta en un determinado estilo de la experiencia y, en el tercero, en la forma determinada de una tradición.

En su forma más alta de aparición, la raza se vincula a un elemento suprabiológico, a cualidades y fuerzas tales que en su pureza pueden realizarse y preservarse sólo en una élite y que en la masa fatalmente se perderían. Se puede así decir que si la raza se encuentra en modo difuso en todos los exponentes de una determinada estirpe, en sus grados superiores ella se realiza sin embargo sólo en un determinado grupo, el cual, en lo interior de aquella determinada estirpe, se presenta simultáneamente como la sustancia más inmediata para una encarnación del espíritu aristocrático. Aquí vive y se afirma aquello que nosotros podemos llamar como raza eterna: el cuerpo de esta manifestación es la tradición y los verdaderos exponentes de la tradición, la cual representa pues al alma en su plenitud y al núcleo metafisico de la raza biológica, es decir a la raza como espíritu, son a su vez la vena olímpica de aquella estirpe, esto es, la aristocracia.

Tradición viene de la palabra tradere, es decir transmitir. Acotemos que a tal respecto parece que no hay límite para el contenido del concepto, es decir que todo puede ser denominado como tradición, que todo puede ser transmitido. Desde un punto de vista superior las cosas sin embargo se encuentran de otra manera. Al transmitir se presupone en efecto una continuidad, una identidad del contenido, la cual cosa a su vez es inconcebible sin una cierta superación de la condición temporal. No puede pues hablarse de tradición, en sentido superior, allí donde su contenido no se vincule a algo metafisico y supratemporal. La tradición puede tener formas de expresión y de manifestación diferentes, condicionadas por distintas circunstancias, a veces mutables, a veces incluso contradictorias. Pero si la misma no debe significar routine, transmisión mecánica de costumbres, hábitos e ideas que se estratifican y que se convierten siempre más en opacas y sujetas a la deformación, más allá de aquellas formas exteriores de expresión de la tradición debe subsistir una vena profunda y continua, y hombres, que tengan plena y clara conciencia de esta vena. Es necesario pues un esoterismo de la tradición que por base natural no puede tener sino a aquellos elementos que son simultáneamente los exponentes del espíritu aristocrático. Aquí en el fondo se tiene una condicionalidad recíproca: la tradición sirve de base para el espíritu aristocrático así como éste sirve de base para la tradición, la que a su vez expresa la raza eterna o lo eterno de la raza.

En este conjunto el ápice y la fuerza más interior y sutil de una tradición y de los hombres pertenecientes a una tradición constituyen en un cierto modo el elemento supranacional de una nación o la superraza de una raza. Procede de ello una posibilidad de entendimiento y de solidaridad en el sentido del verdadero espíritu aristocrático, que el pasado tradicional ha siempre

demostrado en el orden de pueblos de común origen y que está reflejada también en algunas costumbres familiares y raciales de la precedente aristocracia europea. Se sabe que en la cría animal el "pura sangre" no es siempre el animal surgido de progenitores de la misma especie, sino que puede también ser el producto de la cruza de progenitores diferentes, sin embargo con la con­dición de un mismo rango y una misma pureza. Las cualidades del pura sangre se pierden y se tiene el mestizaje si el mismo se cruza con un tipo inferior, aunque fuese de la misma especie. De la intuición de una ley análoga, que actúa sobre un plano supertior, procedió el sistema del parentesco supranacional de las diferentes dinastías aristocráticas europeas; se establecían allí cruzas pero de acuerdo al principio de la calidad.

A pesar de que este sistema posee también sus rasgos de sombra, se encuentra en su base un reflejo de una verdad superior: se trata del principio de la comunidad de estirpe de acuerdo a la raza del espíritu, es la unidad y la homogeneidad que se actualizan a través de los ápices, no por promiscuidad, sino por culminaciones jerárquicas, sobre la base del elemento metafísico y eterno potencialmente comprendido en cada uno de ellos e inseparable de la sustancia de los representantes calificados del verdadero espíritu aristocrático.

VIII - En lo relativo al racismo contemporáneo existe una doble posibilidad de interpretación absolutamente análoga con la indicada para el fenómeno de la concentración totalitaria: y también en este caso el criterio de juicio es dado por el espíritu aristocrático. Hay quien ha creído poder considerar al racismo político contemporáneo como un capítulo más del "humanismo", en el sentido más general de una concepción del mundo y de la vida, en el centro de la cual se encuentra esencialmente el hombre. A partir del denominado Renacimiento ha actuado sistemáticamente la tendencia a transferir hacia el hombre la mística de lo divino y, cosa singular, en mayor medida en tanto más el hombre cesó de ser considerado como un ser privilegiado de la creación y consecuentemente no se lo estudió más sobre la base de su origen y de su destino sobrenatural, sino como una de las tantas especies naturales y, finalmente, incluso animales. Así la palabra antropología, que en su origen significaba la ciencia del hombre en general, en su plenitud física y e’spiritual, terminó asumiendo un significado nuevo: no fue más la ciencia del hombre en cuanto tal, sino del hombre como un ser de la naturaleza, al cual se le pueden aplicar métodos clasificatorios semejantes a los de la zoología y de la botánica: fue así una ciencia natural del hombre. Pero al mismo tiempo actuó la antes mencionada tendencia de divinificar al hombre: se la ve ya en obra en el culto deísta e iluminista-masónico de la "humanidad", desarrollándose hasta la mística bolchevique del hombre colectivo y del mesianismo técnico; pero, de acuerdo a los autores aquí mencionados, ella aparecería también en tendencias sumamente di­ferentes, como la tendencia hacia la divinificación de la humanidad como sustancia de un determinada nación, de una determinada estirpe, o justamente, como realidad biológica, como sangre y raza.

18/08/2010 20:56. juliusevola #. Artículos

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