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Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y Amor Sexual. 7. Eros y la tendencia al placer

Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y Amor Sexual. 7. Eros y la tendencia al placer

Hemos de reconocer, pues, una prioridad al impulso elemental que empuja al hombre hacia la mujer, una prioridad y una realidad en sí frente a la simple biología; cosa que, sin embargo, no debe dar lugar a equívocos en el sentido opuesto.

Eso es lo que sucede, por ejemplo, con la teoría que expone la tendencia al placer en base al instinto sexual. Ciertamente, hay que reconocer que, en la mayor parte de los casos, cuando un hombre se siente atraído por una mujer y la desea no se esfuerza por descubrir las cualidades gracias a las cuales esté en condiciones de garantizar una prole en condiciones óptimas para cumplir la finalidad de la especie, sino que trata de presentir el "placer" que puede obtener de ella, imaginándose de antemano la expresión de su cara y su comportamiento general durante la crisis de la relación sexual. Sin embargo, hemos de advertir que cuando todo esto adquiere un carácter demasiado consciente, se aleja en otro sentido de la normalidad del eros. En su desarrollo natural, las experiencias de la pasión y las inclinaciones profundas se encaminan hacia lo que denominamos el "placer", pero no lo tienen como fm antepuesto y destacado. Cuando es así, puede hablarse de lujuria y libertinaje, tendencias que corresponden a disociaciones, degeneraciones y "racionalizaciones" del amor físico. En la "normalidad" del eros la idea del placer no es el motivo determinante, aunque existe el impulso que, despertado en unas circunstancias dadas por la polaridad sexual en sí misma, provoca sin más un estado de embriaguez hasta la crisis del "placer" en la unión de los cuerpos, o en otras situaciones semejantes a ese estado.

El verdadero enamorado, al poseer a una mujer, tiene tan poco en cuenta la idea del "placer" como la de la procreación. El freudismo cayó desde sus inicios en el error cuando puso el "principio del placer" —el Lustprinzip— no sólo en la base del eros, sino de toda la vida psíquica humana. En esto demostraba ser un producto de su época, ya que el erotismo se desarrolla principalmente en la forma disociada de simple "placer" en tiempos de decadencia, como los actuales, poniendo la sexualidad en función de él como Si se tratara de una especie de droga, usada, dicho sea de paso, no menos profanamente que las verdaderas drogas (12). Pero incluso el freudismo se vio obligado a abandonar rápidamente las posiciones del comienzo —y precisamente el título de una obra posterior a Freud es Más allá del principio del placer (13).

Las ideas expuestas, sin embargo, no deben inducirnos a juzgar cada ars amandi como depravado y decadente. En efecto, ha existido un ars amandi —un arte o cultura del amor— que no siempre se redujo a una suma de recursos y de técnicas en función de una simple lujuria. Este arte fue conocido en la antigüedad y lo es aún en algunos pueblos orientales. No obstante, entre estos últimos hubo mujeres que, maestras en ese arte, eran estimadas y respetadas tanto como quienes poseían los secretos de cualquier otro arte y sabía aplicarlos. En la antigüedad clásica, las hetairas fueron notoriamente estimadas por hombres como Pericles, Fidias o Alcibiades; Solón erigió un templo a la diosa de la "prostitución", y lo mismo sucedió en Roma por lo que respecta a ciertas formas del culto a Venus. En tiempos de Poli-bio, en los templos y edificios públicos se encontraban estatuas de hetairas junto a las de generales y políticos. En Japón, por su parte, algunas de estas mujeres han sido honradas con monumentos. Como ocurre en todas las artes, en el marco del mundo tradicional veremos que para el ars amandi también hay que sospechar la existencia de una ciencia oculta, sobre todo en los lugares donde son demostrables las relaciones de las mujeres que poseen ese arte con determinados cultos.

En efecto, es difícil que las posibilidades superiores de la experiencia del eros se manifiesten y se desplieguen cuando se deja a esta experiencia desarrollarse por sí misma, en sus formas vulgares, ciegas, determinadas por una espontaneidad pri-mitiva. El punto esencial consiste en ver si en los desarrollos hacia formas-límites de sensaciones, cuya experiencia erótica es susceptible, se mantiene y predomina incluso la dimensión más profunda, psíquica, del eros, o bien si degeneran en una persecución libertina y exterior del "placer". Esto nos lleva a definir dos aspectos posibles y muy diferentes del ars amandi. Casi no hace falta indicar que a menudo en el segundo caso cualquiera se ilusiona ante los resultados: no hay técnica amorosa que, en el dominio mismo del "placer", pueda conducir a algo interesante, intenso y cualitativamente diferenciado, sin unas premisas de orden interior, psíquico. Cuando éstas existen, el contacto de una mano puede embriagar más a veces que cada activación sagaz de las "zonas erógenas". Pero ya volveremos sobre el tema.
Veremos más adelante por qué razón al tratar del "placer cuando se intenta designar lo que interviene normalmente en el auge del amor físico, hemos puesto entre comillas esta palabra Mientras tanto, quizá no sea inútil liquidar algunas opiniones sexológicas formuladas a este respecto; siempre con la finalidad de limpiar el tema del eros de las explicaciones materialistas.

Notas a pie de página:

(12) A. MALRAUX pone en boca de uno de sus personajes estas palabras: "Siempre sentimos necesidad de un tóxico. Este país (China) tiene el opio, el Islam tiene el hachís, Occidente tiene a la mujer... El amor es seguramente el medio preferido por Occidente."

(13) S. FREUD: Jenseits des Lustprinzips, Leipzig-Viena2, 1921.

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